9. Llevaba muchos años viva y apenas había sentido miedo, pero la humanidad la aterrorizaba
Encontrar a su presa no le resultó excesivamente complicado.
Lucas le había contado algunas cosas sobre él y la relación amistosa que habían mantenido los dos en el pasado, y gracias a eso su búsqueda se redujo a un barrio en concreto.
Dio con él en una cafetería pequeña y antigua, de esas a las que van las señoras mayores a tomar el té y a merendar día sí y día también.
Estuvo a punto de entrar, sentarse y hablar con él, pero montar un alboroto no era la mejor opción, así que esperó con paciencia a que el hombre terminara el café.
Durante veinte largos minutos, la joven estuvo apoyada en la pared del edificio, oculta a los ojos de los que estaban dentro.
De vez en cuando echaba ojeadas al interior, vigilando a su objetivo.
No quería cometer la gambada de dejarlo escapar.
Cuando el hombre salió de la cafetería, ella encendió un cigarro y simuló ser una simple fumadora que estaba allí apoyada porque coincidía. Él la ignoró, aunque su instinto se puso en alerta de forma inconsciente. Ella lo notó, vio cómo sus hombros se tensaban al pasar por su lado.
Mierda. Lo sabe.
Aun así, el tipo pasó de largo. Ella fue tras él, intentando que no fuera demasiado obvio.
Recorrieron la larga calle en silencio, cada uno atento a los movimientos del otro.
El tipo no parecía tener prisa por llegar a ningún lado, caminaba despacio y marcando muy bien los pasos y movimientos, era plenamente consciente de que lo seguían.
Tras quince o veinte minutos que parecieron interminables torció a la izquierda y se metió en un callejón.
Se quedó de pie, con la vista clavada en la entrada, esperando. La chica tardó poco en llegar.
—De modo que eres tú quien me anda siguiendo, ¿eh? —dijo en cuanto la vio entrar.
—Soy yo —asintió ella—. Y tú el cabrón que maldijo a Lucas, ¿cierto?
El hombre se echó a reír. Sus ojos habían perdido cualquier tono marrón y se habían vuelto completamente naranjas.
—El mismo que viste y calza. ¿Eres su novia que viene a matarme para salvarlo a él?
—No tengo novio, cabronazo —gruñó la joven—, pero sí muchas ganas de partirte la jeta. ¿Cómo puedes ser tan rastrero de maldecir a un tío por un doctorado? ¿Por qué?
—Sí que tuvo que caer bajo para recurrir a ti. Los mortales hacen cualquier barbaridad para mantenerse con vida. ¿Una asesina a sueldo?
—Hizo lo necesario para no morir injustamente. Hasta yo sé cuándo alguien debe morir y cuándo no. Erais amigos, ¿de verdad es necesario una maldición por envidia? Que seas pobre no es culpa suya, él también quería ese doctorado.
—Lo sé, y reconozco su mérito. El tío se mató a estudiar los cuatro años y no bajó del sobresaliente en toda la carrera; yo le seguía el ritmo, pero le dieron la beca a él porque me superó por una décima. ¡Una décima! ¡Eso no es justo!
La chica frunció el ceño. Si algo odiaba de la gente era la profunda envidia que tenían unos de otros; nadie estaba satisfecho con lo que tenía, nadie era capaz de alegrarse por nadie que hubiera conseguido algo, sino que lo saboteaban, rebajaban o ignoraban.
Entendía la rabia de quedarse sin beca por una simple décima de la nota, a nadie le podía sentar bien que le tiraran por los suelos cuatro años de esfuerzo, pero de ahí a maldecir a alguien solo por eso había un mundo entero.
Un mundo entero que escapaba a su comprensión pese a su avanzada edad.
Llevaba muchos años viva y apenas había sentido miedo, pero la humanidad la aterrorizaba.
—¡Ah! ¡Eso no es justo y maldecir a tu amigo sí!
¿Qué ganas con eso? —preguntó mientras bajaba el tono.
Se esforzó en descubrir qué debilidades tenía su rival, cómo atacar y hacerle daño, al tiempo que trataba de comprender cómo alguien sería capaz de maldecir a un amigo solo porque este había conseguido algo—.
¿Vas a poder hacer el doctorado ahora? ¿Esa maldición te da dinero?
—El doctorado lo puedo hacer a partir del año que viene —contestó pausadamente, los ojos naranjas empezaron a brillar—. Firmé un pacto con un demonio para eso.
¿Qué?
La chica curvó las cejas, estaba sintiendo miedo de verdad.
—¿Sellaste un pacto demoníaco solo para doctorarte? —preguntó titubeante. Intentó cambiar el tono, no mostrarse asustada—. ¿No sabes lo que es un crédito bancario? ¿¡De verdad has firmado un pacto por eso!?
Él extendió dos dedos hacia ella.
—No puedes juzgarme, tú también pactaste. Pedí poder hacer el doctorado, terminarlo y ser el mejor en mi campo en todo el mundo. Eso no lo da un crédito bancario, ¿verdad?
—Lo da el esfuerzo y el trabajo duro. Pero eso no entra en la cabeza de los vagos como tú.
—¿Y tú qué pediste cuando le diste tu alma al diablo, rubia? ¿Bajo qué circunstancias te otorgas el derecho de juzgarme y creerte mejor que yo?
—Eso no es de tu incumbencia —respondió ella mientras entrecerraba los ojos; en realidad, no tenía ningún derecho de juzgarle o creerse superior—. Pero te aseguro que fue por una causa más razonable. ¡Si ya tienes lo que quieres, ¿a santo de qué maldices a Lucas?!
—Ansiaba ese doctorado —dijo el hombre con voz ronca—, era lo único para lo que tenía ambición o ganas.
¡Él me lo quitó, me lo arrebató todo! No quería quedarme sin mi sueño, no me lo podía permitir.
Contacté con un demonio, le pedí ayuda y me ofreció el doctorado y todos los éxitos que quisiera, a cambio de mi alma.
Se la di, oh, ¡claro que se la di! Se la entregué a cambio de cumplir mi sueño…
Oh, pero no quería morir, chiquilla, no quería que al final de mis días ese demonio se convirtiera en el dueño de mi alma, no, no, no.
Sellé uno nuevo, le pedí la inmortalidad a la que podemos optar los simples humanos, y él me la concedió a cambio del alma de alguien virgen.
Me dijo que lo encontrara y maldijera, me dio el poder de elaborar una única maldición, y como soy inmortal, Lucas será mío cuando acabe la semana.
Créeme que si hubiera podido hubiera acabado con él de inmediato, pero el demonio quiso divertirse, y le dio un pequeño margen para poder matarme y revertir la maldición.
La joven notó una gota de sudor frío bajarle por la nuca.
El corazón se le aceleró, le retumbó en el pecho que subía y bajaba mucho más rápido que de costumbre.
Un pequeño hormigueo le entumeció las piernas, la piel se le empezó a erizar, su mente era incapaz de procesar lo que acababa de oír. Era imposible.
Los humanos eran su mayor terror, desde luego.
—¿Pretendes matar a Lucas para evitar morir tú? —preguntó despacio, masticando y comprendiendo las palabras. No, tenía que ser otra cosa, no podía haber entendido aquello.
Ni siquiera ella había sido tan egoísta, y lo había sido mucho.
—Él tiene la culpa de que yo haya vendido mi alma. ¡Me arrebató lo que más quería! Morirá, su alma será para el demonio y podré seguir viviendo para siempre. Ni tú ni nadie puede pararme.
—¿¡Dónde cojones está tu ética!? —gritó la asesina—.
¿¡Crees justo condenar el alma de alguien que hizo todo bien y que se ganó su posición con el sudor de su frente?
¿¡Crees que le vino del maná y que no sacrificó nada y por eso merece que lo maldigas!
? ¿¡Cuál es tu sentido de la justicia, cabronazo! ?
—La vida nunca es justa, me temo —dijo el hombre—. A veces, para ganar algo, hay que sacrificar otras cosas, ¿no?
La asesina se estremeció. Pensó en insultarlo más o soltar una nueva parrafada de interrogantes éticos, pero sería una pérdida de tiempo. Alguien tan sumamente narcisista y egoísta no iba a comprender una sola palabra. Tenía que centrarse en información útil de verdad.
—Dices que Lucas es virgen, ¿no? Y que ese demonio quiere el alma de alguien virgen. ¿Y qué pasa si Lucas pierde la virginidad?
—Que lo intente —rio el hombre—. No podrá. Nada en este mundo hará que deje de ser virgen esta semana, nada. Acéptalo cuanto antes, rubita, Lucas es hombre muerto.
La chica lo miró furiosa, con los puños apretados de la rabia.
Ansiaba abalanzarse sobre aquel tipo y matarlo las veces que hicieran falta hasta que dejara de respirar de verdad.
Su cuerpo obedeció al impulso y se preparó para atacar, pero su mente la frenó antes de saltar.
No iba a conseguir nada con violencia ciega; si quería matarlo, primero debía averiguar cómo.
—Te mataré antes de eso, cabrón —siseó ella mientras se iba del callejón.
La única respuesta que obtuvo fue una carcajada.