¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 8. Tengo seis días para evitar que ese chico muera, el tiempo apremia
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8. Tengo seis días para evitar que ese chico muera, el tiempo apremia

La joven asesina se dejó caer sobre el colchón, exhausta. Satty, a su lado y en su misma condición, sonrió y puso los brazos tras la cabeza. Ella se acercó a él y se apoyó en su pecho.

—¿Tú qué? —preguntó él mientras la abrazaba por un lado—. ¿Estás cómoda?

—No lo sabes tú bien —musitó ella con los ojos cerrados—. Me encanta estar así y casi nunca lo hacemos.

—Pero bien que luego vas y te tiras a otros, ¿eh? —bromeó Satty acariciándole el brazo.

—Eres un celosón —murmuró la chica—. Nunca habíamos hablado de la exclusividad, se supone que no teníamos. En teoría puedo irme de aquí y tirarme a quien quiera sin miedo.

—No, nunca habíamos dicho nada —asintió él intentando no darle a la pared con los cuernos.

La asesina pensó que añadiría algo más, pero se quedó en silencio.

A ella no le hizo falta que hablara.

—Si te molesta que me acueste con más gente, dímelo, bobo. Si quieres empezar a tener exclusividad pues empezamos a tenerla. No es tan complicado.

—No pienso decir nada. Soy quien soy y no puedo admitir estas cosas ante una simple humana.

—Vale, lo he pillado, don orgullo —se burló ella—. A partir de ahora solo me acostaré contigo, tonto. Pero tú me la guardas también, ¿eh? No me veas la cara de estúpida.

—Mira que eres tonta —musitó Satty. Pensó en decirle que por supuesto se la guardaría, que lo había estado haciendo desde hacía años, pero en su lugar soltó una risilla—. Qué caraculo eres, ¿eh?

La chica se rio, le dio un beso y se sentó en la cama. Buscó su ropa interior y se la puso. Pensó en Lucas, y un suspiro pesado se escapó de sus labios. La calma que sentía empezó a desvanecerse poco a poco.

—¿Todo bien?

—Satty, ¿sabes de algún humano que haya hecho recientemente algo para volverse casi inmortal? —preguntó ella sin rodeos.

Él arqueó las cejas ante la pregunta, pero se extrañó y preocupó cuando vio que la chica tenía muchas ganas de conocer la respuesta.

—¿Por qué? ¿Qué te ha pasado?

—He tenido un cliente —empezó ella—, me dijo que un tío le había echado una maldición; si mi cliente no mata al otro tío esta semana, morirá.

Me encargó matarlo y eso hice, pero resucitaba cada vez que lo intentábamos.

Es otro como yo. ¿Sabes de alguien que lo haya hecho?

Sé que estas cosas siempre te llegan, por algo eres…

—Pues ahora no lo sé, rubita —respondió el—. Pasan tantas cosas en el infierno que es casi imposible estar a todo. Y aunque me lleguen, si es un demonio lo bastante fuerte, no podré indagar demasiado.

—¿No eres el rey de los infiernos, Belial?

—¿Acaso un rey normal controla totalmente a sus súbditos? —repuso él sin incorporarse—. Soy el rey, mi gente me respeta y estoy al corriente de las cosas que pasan en mis dominios; pero llegar a saber qué demonio pactó qué cosa con qué humano… no.

—¿No? —preguntó la chica con decepción.

—A ver si te crees que lo apuntamos todo en un registro. No tengo secretaria, ¿eh? Ni despacho ni oficina.

—Pero algo habrá que hacer —dijo ella—. De algún modo podremos descubrir qué pactaron y cómo matarlo.

—Rubita —dijo Satanás mientras le tocaba el rostro gentilmente—, ¿cuántos años llevas viva?

—¿A qué viene la pregunta?

—Contesta.

—Quinientos sesenta y siete.

—¿Durante todos esos años alguien ha logrado descubrir tu única debilidad? ¿Alguien del cielo, del infierno, de la tierra, ha conseguido averiguar qué podría matarte? Has tenido muchos enemigos a lo largo de tu vida, ¿alguno lo supo?

—No —negó ella—. ¡Pero ninguno de ellos podía acceder a esa información! Si encontráramos cómo…

—Rubia —le dijo el Diablo—, un pacto entre un humano y un demonio se queda entre ellos. Yo les dejo libertad, que hagan lo que quieran… dentro de ciertos límites.

—¿Y no hay forma de acabar con ese humano? La que sea, me da igual.

—O descubres cómo puede morir o acabas con el demonio con el que pactó. No hay más. Y creo que ninguna va a ser fácil.

—Es que no quiero que mi cliente se muera. ¿No puedes echarme una mano?

—Rubia, una cosa es que te ayude con tus cosas de asesina y otra muy distinta es que me pidas que mate a un demonio o acabe con la vida de una persona para evitar la muerte de otra. Esas no son mis funciones. Tampoco tú deberías meterte en esto.

—Vino a mí pidiendo ayuda, no quiero dejarle con el culo al aire. Lucas no quiere morir.

—Ah, conque Lucas —musitó Belial con cierta curiosidad—. Creo que es la primera vez que te aprendes el nombre de un cliente.

—Por eso te digo —le contestó ella en un suspiro—.

El chico tiene ambiciones, ha logrado entrar en el curso de doctorado siendo tan joven, no quiero que muera por la maldición de un envidioso.

Mataré a ese cabrón me cueste lo que me cueste.

Por favor, Satty, ayúdame. Sabes que nunca te pido nada, ayúdame.

—Rubia —le dijo Belial mientras negaba despacio—, sabes que no…

—No te pido que lo mates, ni nada de eso —dijo ella a la vez que se ponía en pie y terminaba de vestirse—. Solo dame una pista para encontrar al demonio en cuestión, me ocuparé del resto.

—¿Por qué te importa tanto ese chico? Y no me cueles la del doctorado o la de las ambiciones, has matado a gente como él y nunca te importó gran cosa. Cuéntame, anda —dijo Belial mientras se sentaba—. ¿Qué tiene de especial?

La asesina guardó silencio, incapaz de contestar; en realidad, desconocía la respuesta exacta.

Quería ayudarlo, sí, pero ¿por qué? Ella, que nunca sentía nada por nadie, quería salvar la vida de un chico, ella, asesina.

Cierto que algo había visto en él, algo más allá de lo físico y de lo emocional, algo que se remontaba atrás, a muchos años atrás.

Y no quería irse tanto al pasado.

—No lo sé. Pero tengo que salvarlo —dijo, y se puso la chaqueta.

—¿Te vas ahora?

—Tengo seis días para evitar que ese chico muera, el tiempo apremia.