7. Güeli, ¿por qué no nací sorda?
Almudena necesitó tres tilas, cinco paquetes grandes de pañuelos y mucho consuelo para parar de llorar.
Se había tomado algo con Verónica antes de que tuvieran que ir a comisaría a declarar si José María mantenía hábitos tóxicos y preguntas del estilo.
Había intentado contestar a todo con la mayor serenidad posible, no quería derrumbarse delante de un policía, aunque fuera de su familia.
Verónica se mantuvo a su lado, terminando las frases que su amiga no podía decir porque se le entrecortaba la voz.
Su absurdo deseo de ser sorda no había hecho más que aumentar, harta de oír ruidos, lloros y lamentos.
No estaba hecha para soportar a la gente, desde luego.
—Vale, Almu —dijo la inspectora Marisa García—, con esto está todo, no necesitamos más. Puedes irte, te vendrá bien descansar.
—José no se drogaba —sollozó la chica. Verónica puso los ojos en blanco.
—Lo siento mucho, mi amor —suspiró la inspectora mientras le hacía una caricia en la mano—. Lo siento.
—Vamos —dijo entonces Verónica poniéndose en pie—. Te voy a llevar a casa. Mañana te vas a tirar el día en el tanatorio y lo mejor será que descanses. Hasta luego, señora García.
—Gracias, Vero —le dijo la inspectora, agradecida por que alguien estuviera con su sobrina en una situación como aquella.
Ambas chicas salieron de la comisaría; Verónica cada vez más cansada e irritada y Almudena reprimiendo las ganas de romper en llanto.
Vero la miró, le palmeó la espalda ofreciendo apoyo y la llevó a su casa.
Cuando Almudena bajó de la moto y se acercó al portal, se giró y miró a su amiga, que ya se olía lo que iba a preguntarle.
—Vero, tú también sabes que José no murió por drogarse, ¿verdad?
Verónica no dijo nada, pero asintió levemente con tanta sutileza que pocos hubieran pensado que estaba asintiendo. A Almudena le bastó eso, por lo menos por el momento, y se despidió y entró en su portal.
Vero la vio desaparecer tras la puerta, soltó una blasfemia por la que luego pidió perdón y condujo hasta el lugar donde habían encontrado el cadáver.
Como suponía, estaba acordonado, pero ya no había policías cerca; tenían todo lo que necesitaban para el caso.
Al menos lo que ellos creían que necesitaban.
José María y Verónica no habían coincidido mucho; habrían intercambiado no más de quince palabras.
Pero sabía que era un muchacho de buena familia, que se cuidaba y mantenía alejado de vicios y malos hábitos; su muerte era un completo absurdo.
Sabía que había casos de chicos adinerados que delante de sus padres eran una cosa y luego en privado otra completamente distinta, pero no era el de José María, que siempre había sido perfecto en todos los sentidos.
Su muerte apuntaba a algo más, algo en lo que no quería tener razón.
Pero su instinto nunca se equivocaba.
Pasó bajo el cordón policial sin inmutarse y fue directamente al lugar donde se había encontrado el cuerpo.
Los policías ya habían limpiado y se habían llevado los restos a la morgue, así que solo quedaba el cordón que prohibía el paso.
Verónica localizó la zona donde había estado el cadáver y se agachó, como si el suelo tuviera todas las pistas que necesitaba.
Alargó una mano y palpó el suelo sucio, buscando algo.
Tierra, mugre, suciedad… había algo más.
Siguió tocando, despacio y con el ceño fruncido. Un leve olor a azufre emanó del suelo y le impactó en la nariz, cada vez más fuerte. Bingo.
Su dedo dio de pronto con algo que no era tierra; sobre la yema, esparcido y marcando la forma de su huella dactilar, había un polvillo anaranjado que escocía al contacto con la piel. El corazón se le hundió hasta el fondo del pecho, odiaba no equivocarse.
Almu, José no se fue. Alguien decidió que no podías despedirte.
—Es que me cago en…
Un sonido tras ella frenó la blasfemia y la hizo girarse, alerta.
Algo la estaba siguiendo y viendo; algo, no alguien.
Notaba una presencia que no era humana, que le hacía sentir náuseas y que olía a azufre.
No dijo nada, no iba a hacer la tontería de gritar «¿quién está ahí?
» como si fuera la rubia tonta de una película de terror.
Para empezar, no era rubia ni quería serlo, y de haber sido necesario, habría catalogado su vida como una tragicomedia, nunca como terror.
Se ocultó entre las sombras, agarrando el paraguas por si debía defenderse, y esperó.
No vio a nadie ni nada fuera de lugar y tampoco sintió nada raro.
El polvillo de su dedo se movió con rapidez y lo que le dijo la tranquilizó; sí había algo allí, pero no la atacaría; por lo menos esa noche.
Aparte de eso el polvo no le reveló nada importante; no sabía el tamaño, especie —aunque a juzgar por la escena y la muerte del joven, estaba bastante clara— ni intenciones de la criatura que estaba allí con ella, y no lo sabría esa noche.
Notó algo en la nuca, como si le respiraran contra la piel.
Se le heló la sangre en las venas y se dio cuenta de que el olor se intensificaba, pero no dejó que eso la bloqueara.
Se giró, paraguas en mano, pero como era de esperar no encontró a nadie.
Escudriñó la escena y atisbó entre las sombras, pero no vio nada.
Aquella cosa no iba a mostrarse ahora, y eso significaba que ella no lucharía. Hoy no.
Hoy no.
Soltó un gruñido, se levantó y se fue. Si lo que había allí hubiese querido matarla, no le habría dejado agacharse a inspeccionar la escena y no tendría ningún sentido esperar a que saliera. Ese día no atacaría y ella tenía cuanto necesitaba.
Subió a la moto y condujo casi sin quitar la vista de los retrovisores, por si algo se atrevía a perseguirla hasta casa. En vano; ninguna presencia fue tras ella y el olor a azufre se extinguió en cuanto se alejó unos metros.
Sin poder quitarse la angustia de encima, aparcó la moto en casa, un chalet grande y apartado, con un precioso jardín delantero. Recordaba mucho a una casa americana, incluso había un árbol con un columpio colgando. Dejó la moto en el garaje y fue hacia el porche.
—¡Hombre! ¡Pero si tengo una nieta! —dijo una voz.
—No estoy de humor, abuela —dijo Verónica mirando a la mujer, en bata y zapatillas, que la miraba desde las escaleras del porche—. Hoy no.
—¿Es porque han matado al novio de tu amiga?
Miró a su abuela, rendida del cansancio, y subió las escaleras por inercia.
La mujer, bastante joven con apenas unos rasgos de envejecimiento, la recibió en sus brazos con un abrazo cálido en el que Vero se permitió descansar.
No duró mucho, apenas unos segundos, pero bastó para que la joven pudiera recuperarse.
Al separarse, la abuela —que en realidad era de la décima generación anterior— le palmeó una mejilla y dijo:
—Anda, niña, dime qué has descubierto.
Verónica parpadeó dos veces, agotada.
—José no murió de sobredosis. Ni siquiera estaba vivo cuando le metieron la cocaína.
—Eso ya lo sabíamos desde que anunciaron su muerte —dijo la abuela—. Dime lo que has descubierto ahora . ¿Quién mató a ese pobre muchachito?
—Hay un demonio suelto, abuela. O por lo menos algo con el mismo poder que uno.
La abuela, pese a lo que su nieta acababa de decir, arqueó una ceja y asintió levemente.
—Ya decía yo que algo andaba raro por aquí. ¿Lo has visto?
—No —negó Verónica mientras entraba en la casa—. Lo sentí, sé que me estuvo mirando, pero a él no lo vi. Mató al chico y luego hizo pasar su muerte por sobredosis. ¿Qué demonio hace eso, abuela?
—Cualquiera que se entrene, amor —dijo la abuela, y cerró la puerta de la entrada—. Ya sabes que los demonios tienen habilidades que los hacen ser como son. Siéntate, tienes que cenar. Hoy has comido muy poco.
—No tuve tiempo. Cuando entré por la mañana a hacerme la comida después de todo el finde, pasó lo del novio de Almu y tuve que ir para allá. Entre consolar, contestar preguntas y vigilar que Almudena no se desmayase, creo que como mucho me comí un Kit Kat medio derretido. Ni me he duchado todavía.
—Ya te duchas de la que vas a la cama y así descansas mejor. Siéntate, he hecho tu plato favorito. Así me cuentas qué piensas hacer con ese demonio tuyo.
—¿Qué quieres que haga, abuela? —preguntó Verónica mientras se sentaba a la mesa.
—Tu trabajo —le respondió a la vez que dejaba sobre el mantel una fuente de filetes de pollo rebozados. Había por lo menos veinte—. Eres cazadora de monstruos, si hay un monstruo, toca cazarlo.
—Hmmm, ya lo sé, güeli , ya lo sé —musitó Verónica—. Pero voy a tener que cazarlo mientras cuido de Almu. Un demonio no me preocupa, me he enfrentado a varios y sigo vivita y coleando. Lo que no me gusta es que Almu esté en medio de todo esto.
—Bueno, es tu amiga y tienes que apoyarla ante una pérdida como esta, sí.
—Lo peor es que la niña se va a poner a investigar por su cuenta, güeli —gimoteó la chica dejando caer la cara entre las manos—. Porque José no se drogaba y que aparezca con una sobredosis es cuanto menos surrealista. Así que va a meter las narices y descubrirá lo que no debe descubrir.
—¿El qué? ¿Que existen los demonios? Eso se sabe, amor.
—Ya, pero si Almu descubre que un demonio mató a su novio, o le da un infarto o acaba en un psiquiátrico.
Además, no sé hasta qué punto cree en ellos o no, se supone que es atea, o agnóstica, o no sé qué rollo.
Lo mejor es que no lo sepa. Cuanta menos gente los conozca, más a salvo estarán.
La humanidad no puede vivir con ese miedo permanente, los que son como tú y yo nos ocupamos de eso.
—Lo acabará sabiendo, nieta —dijo la abuela—. Y es lo que hay. Me sorprende que haya tan poca gente al corriente, con todos los casos paranormales que hay por ahí.
—Eso es gracias a nosotros —musitó Verónica con la boca llena—. Si no hubiera cazadores de monstruos que mantienen escondida su existencia, la gente viviría con miedo.
—Te noto cansada —musitó la abuela—. ¿Día duro?
—Llevo días trabajando en Cantabria sin descansar, y cuando llegué a casa por la mañana tuve que volver a salir, y llevo todo el día escuchando lloros, lamentos, negaciones y gritos. Güeli , ¿por qué no nací sorda? ¿Por qué?
—Anda, calla —dijo su abuela—. No seas dramática. Termina de cenar, tienes que acostarte pronto. Y más te vale ir ganando fuerzas, que enfrentarse a un demonio es complicado.
—¿Y tú no me ayudas?
—Amor, tengo mis propias misiones. Sabes que no te voy a dejar sola con esto, pero ya eres adulta.
La excusa sonó de todo menos convincente.
Verónica miró a su abuela y estuvo tentada de ladear la cabeza como un animalito que no comprende.
La abuela siempre se había volcado a ayudar a su nieta, ¿y con un demonio le decía que no?
Verónica examinó su rostro y vio nuevas arrugas que antes no estaban, gestos más ancianos que de costumbre; lo que temía ver desde pequeña.
Así que era eso, ¿eh?
No dijo nada.
—Lo sé, si llevo todo el finde cazando monstruos yo sola; no voy a llorar por un demonio —contestó sin más.
—Así se habla. Hala, si has acabado tira para la ducha y a dormir.
Verónica suspiró, se levantó y se despidió de su abuela. Aquella noche no iba a poder dormir, pero al menos se ducharía y se refugiaría en la soledad de su habitación. No quedaba ya ningún filete de pollo. Mientras subía las escaleras al baño, murmuró:
—Buenas noches, güeli .