6. Satty, amor, me vas a pagar la puerta
—¡Negro, negro, neeegro! ¡Levanta, hombre! ¡Negro!
Lucas abrió los ojos, desorientado. Estaba tumbado en una cama grande, no llevaba más que la ropa interior y alguien le toqueteaba la frente.
Tras parpadear un par de veces, vio a la asesina junto a él, sentada en una silla junto a la cama.
Llevaba otra ropa diferente, un pantalón de chándal negro grande y una camiseta de manga corta de unas cinco tallas más que la suya.
—¿Tú?
—¡Joder, carboncillo! —dijo ella—. ¡Qué susto me has dado! ¿Estás bien?
—¿Qué ha pasado?
—Pues que te has caído todo redondo antes y te he tenido que arrastrar hasta aquí. ¡Te parecerá bonito! ¡Como para que nos hubieran visto!
Lucas se incorporó de golpe. Su compañera intentó que se tumbara de nuevo, que se había despertado hacía poco y que no tenía la tensión bien. Se mareó, pero estaba demasiado preocupado por la chica. Una puñalada en el estómago no era en absoluto un asunto de risa.
—¿Y tu herida? —preguntó—. ¿Has ido al médico?
—Ya está cerrada, no te preocupes —le dijo ella a la vez que se levantaba la camiseta y mostraba su vientre intacto y plano; de la herida no había ni rastro, ni la más leve cicatriz—. ¿Tú qué?
—¿Cómo que está cerrada? —preguntó el chico, asustado—. ¡Pero si te apuñalé!
—Lo sé, soy consciente, tengo el cuchillo a remojo —contestó ella ladeando la cabeza pero como si no fuera importante—. Mientras dormías, estuve analizando lo que pasó esta mañana. El tío al que intentamos matar es inmortal.
—¿Cómo? —casi sollozó Lucas—. ¿Inmortal? ¿¡Cómo que inmortal!? ¿¡Y tú!?
—No chilles, que te cascas la garganta —regañó ella—. No es que sea inmortal del todo, ningún humano puede optar a la inmortalidad. Solo que debe haberse hechizado o algo parecido para ajustar su esperanza de vida a una situación concreta.
—¿¡Qué!?
—Si puedes, levántate —dijo la chica—, vamos a tomarnos un café.
Diez minutos más tarde, los dos estaban sentados en la mesa de la cocina, taza en mano. La chica había sacado galletas y dulces, pero ninguno de los dos los había tocado. Ninguno tenía cuerpo para ello, apenas eran capaces de tragar el café.
—A ver cómo te explico esto. —La asesina dudó, estaba a punto de revelar uno de sus mayores secretos, y no le apetecía nada.
Pero Lucas ya sabía que aquel hombre no podía morir, así que debía saber lo que había detrás—.
La inmortalidad no existe para los humanos, es algo que de ninguna manera podemos alcanzar; ni nosotros ni nadie en realidad.
Un ser celestial o un demonio puede morir también si se sabe cómo matarlo.
En realidad nadie es inmortal de verdad salvo Dios y Satán, pero los monstruos y celestiales son tan complicados de matar que los consideramos inmortales.
A los humanos se nos mata muy fácilmente, pero aunque no podemos acceder a una inmortalidad real, hay varias formas de lograr algo parecido.
Hay rituales, encantamientos antiguos e incluso la gente se prepara bebidas mágicas para lograrlo.
Claro que el precio a pagar es demasiado alto, muchos de ellos no superan el ritual y mueren sea por pronunciar mal el conjuro o echar un poco de más de un ingrediente en la bebida…
Y luego tenemos los famosos pactos, claro —añadió.
Hizo una pausa de casi un minuto—. Algunos demonios, los más poderosos, hacen pactos con humanos.
Estos piden su deseo, suelen entregar su alma a cambio y el demonio se lo concede.
A veces ese demonio es un cabronazo que puede dar la vuelta al deseo porque no está del todo bien formulado y el humano no obtiene lo que quiere sino lo que ha pedido, que no siempre es lo mismo.
Es muy complicado que salga bien, así que no sé cómo lo habrá hecho tu enemigo.
—Pero si la inmortalidad no es posible…
—No lo es, no, pero en ese pacto o ritual se puede llegar al acuerdo de que solo morirás en una situación concreta.
Por ejemplo, es como si uno dice que solo puede morir sumergido en ácido; por mucho que le dispares, no morirá.
Sentirá el dolor, claro, y tardará en regenerarse, pero no morirá.
Por eso es tan complicado lograr cerrar el trato, porque a los demonios no les suele interesar que un humano cierre su forma de muerte a una única cosa de su elección.
No sé cómo formuló su pacto este tío, ni cuál es la forma en la que puede morir.
Si queremos salvarte, hay que averiguar cómo matarlo; será complicado, pero haré todo lo posible por descubrirlo.
Lucas sintió que la habitación empezaba a dar vueltas cada vez más rápido y con más violencia.
Se mareó y apoyó ambos brazos en la mesa para no caer.
La chica lo miró con compasión, comprensiva.
Tenían que matar a alguien que solo podría morir de una forma que desconocía, o de lo contrario moriría él.
Algo dentro de ella se movió, y una sensación que pocas veces había sentido apareció en su cuerpo.
¿Estaba sintiendo pena? ¿Ella? ¿Por qué, por qué con él?
—Lo sé, negrito, lo sé —dijo la asesina—. Es un golpe duro, pero haremos todo lo posible por evitar que mueras. Confía en mí, estarás bien.
Lucas la miró, al borde del llanto; y entonces recordó que aquella chica no había muerto aun después de haberle perforado el estómago. Había visto cómo un enorme chorro de sangre salía de su cuerpo, pero ella no se había ni inmutado.
—¿Tú…?
La chica le leyó la mente y asintió despacio.
—Sí, yo soy una de los que lo consiguió. Pero no te diré cómo matarme ni cómo lo conseguí, eso es secreto de Estado.
—¿Eres casi inmortal?
—Así es —dijo ella con prisa, como si no quisiera hablar del tema—. Vete a casa, yo me encargo del resto. ¿Te pido un taxi?
—Por favor… —murmuró él mientras se levantaba. Tenía mucho que asimilar.
Cuando la chica se quedó sola poco después, se derrumbó sobre la mesa, cansada.
La herida se le había cerrado, pero la zona aún le escocía.
Cerró los ojos, si dormía el escozor desaparecería.
No era la primera vez que alguien la apuñalaba o hería, llevaba matando gente mucho tiempo y las víctimas a veces lograban defenderse; le bastaba con dormir un par de horas y recuperaba toda su energía.
Pensó en levantarse y volver a la cama y dormir allí, pero estaba muy cansada y había encontrado una posición muy cómoda en la mesa.
Empezó a abandonarse al sueño, pero alguien llamó a la puerta.
Malhumorada, se levantó y abrió la puerta.
Sobre el felpudo, quieta y con los ojos clavados en la joven, había una cabra negra.
El animal subió la cabeza y ambas se miraron a los ojos.
La cabra baló, como si pidiera permiso para entrar.
La chica se agachó y le tocó la cabeza mientras sonreía. No parecía sorprendida.
—Oh, pero qué cosita más mona. ¿Cómo tú por aquí?
La cabra volvió a balar.
—Lo siento, amiguito —contestó la chica—, pero no puedes pasar, es mi casa. Vuelve a tu granja, ¿quieres?
Y cerró la puerta como si el que una cabra llamase a su puerta fuera la cosa más normal del mundo.
Caminó por el pasillo, dispuesta a dormir en la cama, ya que se había levantado; pero antes de poder tumbarse, un estruendo sonó por el pasillo y la joven alcanzó a ver la puerta de la entrada estrellarse brutalmente contra la pared de enfrente y romperse en mil pedazos.
Salió de la habitación y se asomó al recibidor.
La cabra se había convertido en un hombre alto y de pelo castaño y rizado, vestido de traje y con dos cuernos grandes y oscuros sobresaliéndole de la frente.
Sus ojos marrones se clavaron en los rojos de la chica, una nube de humo se empezó a extender por el pasillo, rodeándolos a los dos.
—¿Cómo osas negarme la entrada a mí, oh, simple humana?
La chica se cruzó de brazos y contestó, muy seria:
—Satty, amor, me vas a pagar la puerta.
Él entró en la casa, extendió la mano y los trozos de madera se alzaron en el aire, se mezclaron formando una puerta nueva y volvieron a su posición en el marco de la entrada.
Ella vio la puerta arreglada y volvió a mirar a su inesperado invitado.
Él le sonrió, mostrando unos colmillos afilados, y se acercó a ella.
—Hola, rubita. ¿Te pillo muy cansada? —preguntó mientras le acariciaba la mejilla.
—Satty, no puedes aparecer por mi casa y romperme la puerta —le dijo ella aceptando la caricia—. Es de mala educación.
—Perdón —contestó Satty pasando de acariciarla a abrazarla—, pero quería verte un poco. ¿Qué tal está mi reina?
—Hmmm —musitó ella—. Un poco cansada, día duro.
—¿O noche dura? —preguntó él—. Hueles un tanto impura.
—Ni alma tengo, como para ser impura.
—¿Con quién te acostaste ya, querida?
—Solo me tiré a una chica en un baño ayer —contestó la chica, y se separó de él—. No he traído a nadie a mi casa. No te me pongas celoso, ¿eh? ¿Qué dirían tus esbirros si ven que una humana es capaz de despertar celos en…?
Satty fue hacia ella y la sujetó, haciéndola callar. Ambos rieron, divertidos por aquel juego que ya empezaba a ponerse tenso. Los brazos de él apretaron su cuerpo, la atrajeron más y más. Ella le sonrió, coqueta, y le sacó la lengua con toda intención de provocarlo.
—No soy celoso —le dijo él—. Pero sé que siempre vendrás conmigo porque no hay nadie que te trate como lo hago yo.
—Oh, Satty —se burló la chica simulando un gemido largo mientras le echaba los brazos al cuello—, tienes razón; no hay nadie en este mundo que me folle como tú.
El hombre sonrió, de un movimiento fuerte pero no brusco la obligó a alzar la cabeza y tras sonreírle, unió sus labios con los de ella.
No fue un beso tierno o suave, desde el primer momento una nube de pasión los rodeó y se fue haciendo cada vez más intensa.
La chica se abrazó a él con fuerza, profundizando el beso si es que aquello era posible.
A trompicones, sin separarse y mientras tropezaban con todo lo que había por medio, llegaron al dormitorio
—¿Bajo la persiana? —preguntó él después de separarse un poco; jadeaba.
—Un cojón y medio —jadeó ella a su vez—, quiero verte.
Satty no se hizo rogar. Volvió a besarla y la tumbó sobre la cama con fuerza, dominante.
Ella se echó a reír, si algo le gustaba de aquel tipo era que, por muy fuertes que fueran sus tratos y caricias, nunca eran bruscos ni toscos.
Era firme, no tenía problema en demostrar que él mandaba allí, pero siempre cuidaba y miraba por ella, se aseguraba de que lo disfrutara tanto como él.
Tumbada boca arriba, lo miró a los ojos, ladeó la cabeza y le sonrió mientras le pasaba una mano por detrás de la nuca y tiraba levemente.
Él también le sonrió un poco, pero no bajó a besarla, se limitó a mirarla fijamente con la boca entreabierta y los ojos rebosantes de placer deseando empezar ya.
Ella sintió que le temblaban las piernas, aquella expresión la encendía como la gasolina al fuego y también la ponía un poco nerviosa; pero jamás admitiría algo así. Al menos no delante de él.
Satty solía tener una expresión tranquila, sonreía bastante y era en cierto modo un tipo burlón a quien le gustaba meterse de broma con la gente, en especial con aquellos a los que consideraba muy cercanos, la asesina entre ellos.
Durante el día era un hombre muy agradable y calmado, no parecía que nada lo preocupase nunca; pero en cuanto llegaba a casa de su querida asesina, bastaba con que se besaran un par de veces y toda esa expresión tranquila desaparecía.
En su lugar aparecía otra completamente distinta.
Tenía los ojos medio abiertos, las cejas bajadas y la boca entreabierta; casi le cambiaba la forma de la cara, no solo la expresión.
El deseo podía leerse en cada uno de sus rasgos, brillaba en sus ojos, se escapaba de su boca en jadeos sutiles, y aparecía cada vez que el hombre agarraba con fuerza y necesidad las piernas de la chica.
—Satty —murmuró ella.
Él no dudó en deslizar la mano por su cuerpo y le desató el cordón de los pantalones. Ella intentó quejarse de broma, se sentó y trató de sujetar las manos de él.
—Oye —le dijo con voz lasciva—. ¿No estás yendo muy rápido?
Él no dijo nada, la empujó de nuevo contra el colchón, todavía con aquella expresión de deseo en el rostro, y con una mano la sujetó del cuello para que no se moviera.
A ella se le escapó un gemido traicionero de los labios, le encantaba que hiciera eso, él lo oyó pero no dijo nada, ya la molestaría más tarde.
Le quitó los pantalones y los lanzó a algún lado de la habitación, sin importarle dónde caían.
Intentó deshacerse de la camiseta, pero ella le detuvo diciéndole que aún llevaba demasiada ropa y que no era justo.
Él rio, le dio un beso suave y se quitó la parte de arriba del traje; solo entonces pudo desnudar el torso de su chica.
Ella tiró de él, volvieron a besarse, se aferraron el uno al otro.
Él pasó de sus labios a su cuello, atacó el que sabía que era el punto débil de su pareja mientras le acariciaba el resto del cuerpo.
No quería que la asesina se guardase nada, y se aseguraría de volverla incapaz de ello.
Bajó aquellos besos húmedos del cuello al resto del cuerpo, y cuando llegó a su entrepierna, se tapó con la manta.
—Satty —dijo ella, un tanto inquieta; jadeaba y sabía muy bien qué estaba a punto de hacerle—. ¿Dónde vas?
Se incorporó un poco y trató de sacarlo de allí, pero él fue más rápido.
Se irguió, la volvió a sujetar del cuello sin hacerle daño y la tumbó sobre la cama.
Bastó una mirada para que la chica dejara sus nervios a un lado y se dejase hacer.
Él volvió a su posición entre sus piernas, y la terminó de desvestir.
—¿Satty?
—Disfruta —le dijo él con voz ronca—. No quiero que te calles ni una sola palabra, ¿entendido?