¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 5. Por el amor de Dios, no te mees ahora
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5. Por el amor de Dios, no te mees ahora

Como cada mañana, la pequeña y coqueta cafetería de la calle Ezcurdia estaba a rebosar de gente.

Abundaban los trajeados de los despachos y oficinas cercanas, encargando decenas de cafés y bollos para llevar, ocupando el espacio intentando pagar y conseguir sus pedidos.

En la barra, sentados sobre taburetes rojos, desayunaban los cinco afortunados que habían encontrado un sitio.

En la terraza había solo una mesa vacía, pero hacía demasiado frío para quedarse allí.

En el medio de esos cinco afortunados, bebiendo un café con leche, había un hombre vestido de traje gris.

—¿Es ese fijo? —preguntó la asesina mirándolo por fuera de la ventana—. No te me vuelvas a equivocar, negrito.

—Es él —dijo Lucas, muy seguro—. Es él, lo sé.

—Pues es clavado al que me cargué yo ayer —susurró ella mientras hacía la forma de unos prismáticos con las manos, un poco inquieta. El recuerdo de aquel ojo naranja le daba vueltas en la cabeza, nadie que fuera normal los tenía así—. Tú tranquilo, coltán, tengo un plan y lo mataré delante de ti.

—Solo quiero que esto acabe ya. No quiero morir.

—Creo que él tampoco —murmuró su compañera mientras avanzaba hacia la puerta—. ¡Vamos!

Entraron en la concurrida cafetería simulando ser dos clientes normales y se acercaron al tipo en cuestión.

La asesina, que llevaba un cuchillo afilado en el bolsillo de la chaqueta, la misma del día anterior, repasó la jugada mentalmente; no usaría el arma a menos que las cosas se pusieran realmente mal.

Lucas la siguió, mirando de reojo a su enemigo que no había levantado la mirada del café con leche, toda su atención parecía estar concentrada en la taza blanca.

La chica se acercó a la barra por la derecha de la víctima, acariciando el cuchillo, del lado derecho.

En el bolsillo izquierdo estaba el pequeño frasco transparente con lo que acabaría con su objetivo.

Aprovechó que este bajaba la taza y miraba el teléfono, y mientras se inclinaba sobre la barra para pedir un pincho de pollo con queso, volcó el frasco entero en la bebida de su víctima de un movimiento rápido y preciso.

Usó tan solo dos dedos, nadie la vio, nadie notó nada y ni la propia víctima se dio cuenta.

Mientras volcaba el veneno en el café, el camarero le dio la comida, ella pagó y se fue detrás, a la pared, con Lucas, que no había sido capaz de ver qué había hecho.

—Te pago por matarlo, no porque desayunes.

—Sé hacer más de una cosa a la vez, ¿sabes? —dijo ella dándole un mordisco limpio al pan—. Tú mira y calla.

El tipo volvió a coger la taza y terminó el café de un trago, como si le hubiera entrado prisa.

Dejó la taza vacía sobre el plato e hizo amago de levantarse, pero en cuanto apoyó un pie en el suelo, se llevó la mano al corazón y se dobló.

Al cabo de unos segundos cayó sobre la barra sin poder pronunciar ninguna palabra y se precipitó al suelo.

Los parroquianos, tras el primer momento de alarma, lo rodearon, unos se agacharon e intentaron tomarle el pulso, otros se limitaron a gritar y un par de jóvenes grabaron toda la escena.

Lucas palideció un poco, pero la chica se limitó a contemplar el panorama mientras disfrutaba del desayuno.

—Muerto está —dijo con una sonrisita—. ¿Sabes, negrito? Igual te hago un descuento, que tendrás un alquiler que pagar y mis servicios no son baratos.

Casi enfermo de alivio, Lucas abrió la boca para decir «gracias». Estaba muerto, su enemigo que iba a provocarle la muerte estaba tirado en el suelo mientras un montón de gente intentaba reanimarlo y el camarero revisaba la taza.

Tras unos segundos, el pincho de pollo a medio comer empezó a saber mal.

La chica lo apartó de la boca, notaba un retortijón en el estómago.

El cadáver no había desaparecido aún. Intentó disimular, pero el pincho se le cayó al suelo cuando la víctima, el hombre al que había matado hacía segundos, se incorporó, se colocó el traje y tras explicar que se había tratado de un simple bajón de tensión y que sentía mucho haber preocupado a la gente, se fue de allí.

—Negro —susurró la chica—. Por el amor de Dios, no te mees ahora.

—¿Se acaba de levantar como si nada? —gimió él, apoyándose en la pared para no caer al suelo—. ¿Acaba de resurgir de la muerte?

—Hasta donde yo sé… —murmuró ella, incrédula—. Eso no es posible.

Oh, sí que lo es. Claro que es posible. Lo sabes bien.

Las piezas intentaron encajar. Ojos naranjas, anormales… Naranjas. Anormales. El tipo no había muerto pese al veneno. Ojos naranjas.

—¿Qué está pasando? —preguntó Lucas.

—No tengo ni idea… Tenemos que seguirlo.

—¿Para qué? —preguntó Lucas, la cogió del brazo y tiró de ella hacia él—. Ya lo has matado dos veces y míralo, sigue vivo.

La chica miró a Lucas fijamente, y aunque él sintió terror al ser escaneado por esos ojos rojos, le aguantó la mirada. Una sonrisa cruzó el rostro de la asesina, que aun preocupada por lo que acababa de ver, dijo:

—Por mis narices que lo mato hoy.

Dedicaron la mañana a seguir sus pasos mientras la asesina intentaba matarlo.

No hubo forma de conseguir que se quedara en el suelo más de cinco segundos seguidos.

Lo empujaron a la carretera, lo acuchillaron por detrás en un callejón, lograron tirarle una maceta en la cabeza y varios intentos fallidos más.

La víctima no moría, cuando recibía un ataque por detrás, se giraba pero tampoco se esforzaba por descubrir a su atacante; la chica y Lucas se escondían y lo oían gritar buscando al culpable, pero tras pegar dos voces desistía y seguía su camino.

Sabía que lo seguían, que lo atacaban, sabía que alguien iba tras él y que intentaba matarlo, y él solo se jactaba de no poder morir.

La asesina intentó mantener su fachada de calma, pero el asunto la tenía con los nervios a flor de piel. Ojos naranjas, imposibilidad de morir. Ojos naranjas. Inmortalidad —o algo parecido—. Ojos naranjas. Naranjas.

Naranjas, rubia, naranjas.

La asesina mandó callar a sus pensamientos tan rápido como pudo, y aunque le hicieron caso, su eco resonó durante mucho tiempo.

El último intento fue en un callejón oscuro; y nuevamente fueron incapaces de darle muerte. Lucas se arrodilló, desesperado. ¿Cómo iban a matar a alguien que se burlaba de ellos y resucitaba cada vez que moría?

—A ver, negrito —dijo la chica agachándose a su lado—, lo solucionaremos, ya verás. Tú tranquilo.

Aunque intentaba calmarlo, esas palabras iban dirigidas también a ella. Desde que había visto aquellos ojos naranjas no había podido estar muy tranquila, y sus nervios solo habían aumentado con todo lo que había pasado esa mañana.

Ojos naranjas e inmortalidad, rubia. Ya lo sabes, ¿verdad?

—¿¡Que lo solucionaremos!? —espetó él mientras se giraba con violencia hacia ella—. ¿¡Eres consciente de lo que acaba de pasar!? ¡Ese tío no muere, rubia, no muere! —Envuelto en cólera, se levantó—. ¡Estamos ante un tipo inmortal y tú pareces de todo menos asustada! ¿¡Esto es un juego para ti!?

—Oye, cálmate, cálmate —dijo ella—, escucha, no…

Lucas, fuera de sí, avanzó hacia ella y de un golpe le arrebató el cuchillo que se balanceaba en la mano de la asesina. Desesperado e histérico, siguió gritando mientras la chica intentaba calmarle.

Un humano en ese estado con un arma blanca en la mano no podía ser nada bueno.

—Oye, chato, no te alteres, no te pongas así. Espera, espera… Dame el…

No funcionó, y en un estallido de pánico, Lucas hundió el cuchillo en el abdomen de la asesina.

La hoja del puñal atravesó la piel de la joven, le arrancó un grito de dolor y la hizo encogerse, intentando alejarse de su agresor.

Él, al darse cuenta de lo que había hecho, se apartó y cubrió la cara con las manos, aterrado.

La chica, que no paraba de temblar, miró la puñalada, aún con el cuchillo dentro.

Había sido un golpe hondo, hecho con muchísima fuerza, le había perforado por lo menos los intestinos y el hígado.

Un dolor punzante se extendía por su cuerpo de la joven, que palideció y notó el sudor frío apoderarse de ella.

Intentó respirar hondo, relajarse, pero el dolor era demasiado.

Le temblaban las piernas, el corazón le latía con fuerza y su vientre solo daba punzadas desesperadas por dejar de notar ese horrible dolor.

Lucas notó que se le caía el alma a los pies; aquella chica moriría en minutos si no la trataba un médico.

Y por supuesto, no les daría tiempo.

—¡Perdona! ¡Mierda, joder! —gritó—. ¡Perdona, perdona! ¡No te mueras, tengo que llamar a una ambulancia, tengo que…!

No se dio cuenta de que la joven había dejado de sudar y se había vuelto a erguir, aún con el cuchillo clavado en las tripas.

Mientras intentaba marcar el 112 , miró hacia ella una vez más, esperando verla muerta en el suelo por su culpa.

Cuando la vio de pie, con cara seria y casi inexpresiva, tragó saliva.

—¿Qué…?

La asesina miró una vez más la herida, la sangre se expandía despacio por la camiseta, la manchaba entera. Aunque le dolía todavía un poco, bufó, sacudió la cabeza y agarró el mango del puñal.

—¡Joder! —gritó, más enfadada o dolida que asustada—. ¡Mi camiseta!

Soltó un gruñido y se arrancó el arma del abdomen; un chorro de sangre enorme se liberó y lo salpicó todo a su paso, incluidos los pantalones de Lucas.

Él se sintió palidecer y se tuvo que apoyar en la pared para no caer desmayado.

La chica ni se inmutó, se limitó a limpiar el arma con la tela de la camiseta, la que quedaba limpia, y negó lentamente.

—No puedes apuñalar a la gente sin más, hombre —recriminó—. Les puedes hacer daño. O matar, que es peor.

Lucas notó que la tensión le bajaba; un pitido empezó a sonar a su alrededor y las piernas cada vez hacían menos por sostenerle.

La chica lo miró, un tanto preocupada. Cuando los aterrados ojos de Lucas vieron el cuchillo ensangrentado y la herida abierta, que se veía a través de la camiseta, cayó al suelo.