¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 4. Tendría que haber nacido sorda
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4. Tendría que haber nacido sorda

Verónica Rooney no había deseado tanto en su vida ser sorda.

Aquella ajetreada mañana su mente solo repetía que debería haber nacido sin poder oír, así tendría audífonos y podría apagarlos siempre que quisiera.

Era un pensamiento egoísta e incluso cruel, pero después de dos días sin dormir lo que menos quería era estar frente a una casa abandonada escuchando gritos y llantos mientras su amiga lloraba abrazada a una inspectora de policía que curiosamente era su tía.

No quería estar allí, no le gustaba la gente, ni el ruido, ni los lloros, ni los dramas. No quería seguir allí. Quería ser sorda.

Junto a la chica que lloraba abrazando a su tía, tapado con una sábana blanca con el logo del Hospital de Cabueñes, estaba el cadáver de su novio, José María Fernández, que había aparecido allí tirado.

Había sido un vagabundo el que había llamado a la ambulancia con el móvil del joven para a continuación robarle quince euros.

Respondió a tres o cuatro preguntas y desapareció tan pronto como pudo.

José María, de muy buena familia, había sido identificado y reportado como muerto apenas cinco minutos después de la llegada de la ambulancia.

No tenía pulso ni signos vitales, y había sido imposible reanimarlo; estaba muerto.

Dado que el cuerpo seguía caliente, había fallecido muy poco tiempo antes.

Almudena García, la chica que lloraba, había quedado con él esa misma mañana a las nueve y cuarto para desayunar y pasar juntos el día, pero el chico no llegó en ningún momento y fue una llamada de Verónica lo que le obligó a poner las noticias en directo y a enterarse de que su novio estaba muerto.

Verónica había llegado por fin a su casa tras dos días de arduo trabajo en un bosque cántabro.

En cuanto cerró la puerta detrás de ella, notó algo extraño en el ambiente, algo que iba mal, y por instinto puso las noticias en un canal que las reproducía en directo en cuanto pasaban.

Vio el hallazgo del cadáver de José María, y llamó de inmediato a Almudena y la citó en el lugar de los hechos, a la entrada al cementerio de Ceares.

En cuanto llegó Almudena, que había cruzado el Parque de los Pericones a la carrera y en tiempo récord, se echó a llorar llamando a su novio, no podía creerse que aquello estuviera pasando de verdad.

Su tía, la inspectora Marisa García, la encargada del caso, había intentado consolarla, mientras Verónica las contemplaba, sentada sobre una piedra y con los ojos a media asta.

Los llantos, gritos y murmullos de curiosos no habían hecho sino aumentar, y cuando Verónica consideraba muy seriamente arrancarse el conducto auditivo, si es que era físicamente posible, otro grito resonó en el ambiente.

—¡¡Almudena!! ¿¡Qué le has hecho a mi hijo!?

Así entró en escena el señor Fernández, desarreglado y con el rostro descompuesto, apartando gente a codazo limpio mientras gritaba.

Su mujer, aún con rulos en el pelo, lo seguía intentando no romper en llanto.

Almudena se giró hacia ellos, asustada. Dos policías intervinieron y evitaron que el histérico padre llegara a las manos con la joven.

Gritaba fuera de sí, culpaba a la chica y llamaba a su hijo.

—Le ruego que se calme, señor —dijo el inspector Pérez, compañero de Marisa—. La chica está tan conmocionada como usted, aquí nadie tiene la culpa de nada. Hay que esperar a la autopsia, pero según parece, su hijo murió de sobredosis.

—¿¡Sobredosis!? —bramó el hombre—. ¡¡Mi hijo no se droga!!

—Tenía rastros de cocaína en la nariz —dijo el inspector—, había muestras de la droga por toda la entrada del cementerio y olía a alcohol. Lo lamento, señor Fernández…

—¡José nunca haría algo así! —Los ojos del padre se clavaron en Almudena, que no había parado de llorar—. ¡Es culpa tuya! ¿¡Lo has metido en esto, niña!?

—¡No, señor!

Verónica, en cuanto vio que la inspectora fruncía el ceño, dispuesta a defender a su sobrina, gruñó y soltó un suspiro que guardaba todo su cansancio. Con la mano derecha agarró con fuerza el paraguas negro que llevaba a todos sitios, lloviera o no, y gritó:

—¡Eh, viejo! ¿Sabía usted que si grita se les sube el cortisol a los críos y se bloquean?

Todos se giraron a la vez, buscando a quien se había atrevido a llamar «viejo» al poderoso y respetado señor Fernández.

Ella, apoyada en el paraguas como un señor en un bastón, aún sentada en la piedra, los contemplaba, harta ya de tanto espectáculo.

Tampoco a ella le hacía ninguna gracia la muerte del chico, y menos en unas condiciones tan raras como aquellas, pero tanto grito la irritaba y enfurecía.

—¿¡Qué me has llamado!?

—Viejo —repitió ella con voz ronca—, ¿o es que no me oye? ¡Deje de gritar a esa chica, haga el favor!

—¿¡Pero tú quién cojones te crees que eres, peliteñida de mierda!?

—¡Oiga, que mi pelo es natural! —espetó Verónica, de pelo negro y morado, natural de verdad. Se levantó y guardó el paraguas en una funda que le colgaba de la espalda—. ¡Deje de gritar! ¡Aquí nadie ha matado a nadie!

Tras un buen rato intentando tranquilizarlo, lograron que dejara de gritar y pasó a sollozar de rodillas en el suelo abrazado a su mujer.

La inspectora Marisa García le dijo a su sobrina que se fuera a casa, que iría a por ella cuando tuvieran que tomar declaración, pero Verónica se ofreció a llevarla hasta la comisaría, que quedaba lejos de allí y así iban ahorrando tiempo.

—Vamos, Almu —gruñó—, a ver si nos da tiempo a tomar un café.

—Gracias, Vero…

—Déjate de dar las gracias y tira —le espetó—. Llevo días sin dormir y si no me meto un café voy a empezar a gritar.

Llegaron ante la moto de la joven. Almudena no había parado de llorar y cada vez lo hacía con más fuerza.

Aunque sentía empatía y entendía que no podía estar tirando cohetes, Verónica no podía evitar sentirse muy molesta por el ruido.

Cogió el casco negro, le lanzó otro gris a su amiga y antes de ponérselo, murmuró:

—Tendría que haber nacido sorda.