¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 3. Negro meado, día desgraciado.
5%

3. Negro meado, día desgraciado.

Cerca de las once de la mañana, alguien llamó con fuerza a la puerta.

Empezó por tocar el timbre, suave, paciente, pero al ver que nadie contestaba, los timbrazos se volvieron más fuertes y constantes, acompañados de golpes en la propia puerta.

La joven inquilina dormía plácidamente metida en su cama y no oía, pero tales eran los golpes y timbrazos que acabaron por arrancarla del sueño.

Gruñó, se cubrió con la manta y se giró, reacia a levantarse.

Estaba de resaca y sentía el cuerpo dolorido; la noche pasada había bebido cuando había encontrado y había tenido un intenso encuentro con una chica borracha en un baño, así que se había reservado la mañana entera para dormir.

Los golpes siguieron, esta vez acompañados de gritos.

Al final se levantó mientras soltaba una buena ristra de tacos blasfemos.

Salió de la cama, recorrió medio desnuda la habitación intentando no pisar la ropa tirada por el suelo y cogió la vieja bata china de seda azul del respaldo de su silla.

Se la puso por encima de la ropa interior y mientras la cerraba, abrió la puerta.

Cuando vio quien llamaba, notó la tensión caerle en picado. Era imposible que la hubiera encontrado, totalmente imposible. Aunque estaba muy nerviosa, intentó no dar muestras de ello y se limitó a mirarle con seriedad. Respiró hondo, bajó las cejas y preguntó, lo más neutra y tranquila posible:

—¿Cómo me has encontrado, oreo con cara?

Lucas, su cliente de la noche anterior, estaba de pie en la puerta, de traje y con la cara descompuesta.

Estaba tanto o más nervioso que la noche anterior, y volvía a tener la parte de la entrepierna húmeda y más oscurecida.

Ella, aunque inquieta porque él sabía dónde vivía, le miró la zona del pene sin ningún disimulo.

—¿Te meas encima muy a menudo?

—¡Tienes los ojos rojos!

Los iris rojos de la chica lo miraron con aburrimiento. Su pupila, roja como la sangre, se clavó en el rostro de él. No le culpó por asustarse, la gente no tenía ese extraño color de ojos y era totalmente comprensible que les sorprendiese, pero tampoco hacía falta gritarlo.

—Oh, guau, tengo los ojos rojos —dijo ella con sarcasmo—. Oh, cuidado. ¿¡Qué coño haces en mi casa!? ¡Se supone que no deberías saber dónde está!

—¡Necesito ayuda! ¡No matas…!

—¡Pero cállate, Wakanda! —gritó la chica agarrándolo de la corbata y metiéndolo en su casa, tras lo cual cerró la puerta con fuerza—. ¿Planeas gritarlo en medio del rellano? ¿Qué quieres, que me pillen?

—¡No lo mataste! —dijo Lucas—. ¡No está muerto!

—¿Eh? —preguntó la joven, todavía adormilada—. ¿El pavo de la foto? Me lo cargué a martillazo limpio. ¿Café?

—¡Que no! —gritó Lucas sujetándola del brazo—. ¡Que está vivo!

—¿Qué coño dices? —le gruñó ella, soltándose de malos modos, odiaba que la tocasen sin permiso o de improvisto—. Te pasé la foto y todo, no pienso hacer reembolso. Está muerto, tío, yo misma lo maté.

—¡Si tan muerto está…! —La voz de Lucas se quedó congelada en su garganta—. ¡Si tan muerto está, ¿por qué me lo encontré esta mañana?!

La chica, que estaba de camino a la cocina, dejó de andar y lo miró fijamente.

Arqueó las cejas, el piercing de dos bolitas que tenía en la izquierda brilló, aquel hombre estaba muerto, lo había matado hacía menos de doce horas, le había hecho fotos y se había quitado su sangre de la ropa.

La confusión iluminó su cansado rostro, y Lucas no podía hacer más que repetir que se lo había encontrado aquella mañana en un bar.

—¿Cómo que te lo…?

El joven, muerto de miedo, le contó que estaba desayunando en un bar en Oviedo, junto a la facultad donde daba clase, y que el supuesto muerto había entrado por la puerta, lo había mirado fijamente a los ojos, sonriendo como un demonio, y le había dicho, en tono cantarín: «Te quedan seis días…»

La chica siguió andando y se sentó en la mesa de la cocina, sin decir nada, mirando hacia el cliente, aún confusa.

Aquello era imposible.

—¿Te lo encontraste? ¿Y viniste de Oviedo a Gijón por eso?

—¡Sí! ¡Y me dijo que solo me quedaban seis días con vida! ¡No quiero morir!

—A ver, a ver —murmuró ella, y se llevó una mano a la cabeza, enterrando los dedos en los mechones rubios—. No me grites que estoy de resaca, habla despacio.

—Está vivo —susurró Lucas—. Está vivo de verdad, me ha seguido hasta Gijón, me va a intentar…

—Shhh —susurró la chica con una sonrisa tranquilizadora—. No te preocupes, rey.

—¿¡Cómo quieres que no me preocupe!? ¡¡El tío al que mataste sigue vivo!!

—¿Seguro que era el de ayer? —preguntó la joven, que trataba de sonar calmada—.

Quizá nos equivocamos. Eso a veces pasa.

Mira, más fácil, cámbiate los pantalones y vamos a por él.

Voy a por algo para que te pongas. —Se levantó y pasó por su lado, lo miró fijamente y le dijo—: No te muevas, ya es bastante que sepas dónde vivo.

Lucas se quedó de pie en la cocina pintada de rosa y blanco esperando a la joven, asustado.

Le aterraba que su enemigo aún no estuviese muerto, que siguiera vivo a pesar de haber llegado a morir, pero sobre todo le asustaba que la ella estuviese relativamente tranquila; además, que tuviera los ojos de aquel intenso color rojo le revolvía el estómago.

Ella volvió al cabo de unos minutos con unos pantalones de traje como los que llevaba Lucas.

—A Satty no le hará ni gota de gracia que los lleves —musitó dejándolos sobre la mesa—. Pero como suelo decir: negro meado, día desgraciado.