¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie? 2. Ya está muerto, conguito
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2. Ya está muerto, conguito

El hombre caminaba por la oscura noche con tranquilidad, disfrutando del paseo.

No era consciente de la presencia de una joven que lo seguía de cerca, que llevaba un martillo oculto en el bolsillo derecho de la sudadera y de algún modo se las arreglaba para mezclarse con el entorno, desapareciendo y apareciendo cuando le convenía.

Los dedos de la chica, de uñas sin hacer y llenos de anillos plateados, acariciaban el mango de madera del martillo con cierto cariño, como una madre que le dice a su hijo que ya falta poco, que pronto podrá salir a jugar todo lo que quiera.

En sus ojos, de un rojo intenso e infrecuente, brillaban las ganas de matar, de arrancar una vida más del mundo humano; se le acercaba cada vez más con pasos fantasmales que nadie oía, como si los pies no tocasen el suelo.

Cuando pudo entrever pese a la oscuridad las líneas que definían el cuello de su víctima, cerró el puño con el arma agarrada.

Esta le vibró en la mano, impaciente por salir, por matar.

La chica se relamió, sacó el martillo del bolsillo y lo alzó.

Él se había parado junto a una pared y trataba de leer un cartel pegado, así que no pudo defenderse cuando su agresora dio el primer golpe.

El martillo se hundió con fuerza en un lado de la nuca, desgarrando la piel, destrozando el hueso del cráneo.

Se oyó un desagradable crujido y varios trocitos de hueso salieron volando en dirección a la chica; el martillo penetró, cruzó el líquido cefalorraquídeo y golpeó con fuerza el encéfalo.

Destrozó las meninges, aplastó el cerebro y acabó con nervios, surcos y conexiones.

La joven sacó el martillo con un violento retroceso y la víctima se desplomó, aunque antes de tocar el suelo tenía de nuevo el martillo hundido en el cráneo, esta vez separando a golpes el cerebelo de la médula espinal, salpicando todo de sangre y fluidos.

La asesina logró mantener erguido al cadáver solo con el martillo como herramienta, y el cuerpo ya sin vida no se desplomó hasta que todas las partes de su encéfalo estuvieron separadas y esparcidas por la acera manchada de sangre y lluvia.

La asesina sonrió, dejando asomar lo peor que llevaba dentro, y dedicó unos breves minutos a admirar su obra de arte.

Siempre había fantaseado con la idea de ser una artista de éxito, de vender cuadros, dibujos y pasarse los días escribiendo historias.

No lo logró, nunca pudo vender un solo cuadro, pero había encontrado otra forma mucho más divertida de hacer arte.

Además, le tenía un poco de tirria a exponer sus proyectos desde la vez en la que su padre quemó todas sus pinturas y escritos y luego la golpeó con el candelabro por intentar sacar un lienzo a la calle.

Sacudió la cabeza y borró el recuerdo; habían pasado demasiados años para seguir pensando en ello y nunca le había guardado rencor a su padre, al que amaba.

Sin quitar la vista del cadáver con el cráneo abierto del que no paraban de salir fluidos, sacudió el martillo, se lo guardó en el bolsillo aun lleno de sangre y sacó el móvil.

Una de las cosas que más le gustaban de las nuevas tecnologías —y de las que más le había costado utilizar— era la capacidad de llevar toda la vida en el bolsillo en un pequeño rectángulo.

Eran herramientas muy útiles y también armas y utensilios letales, se ocultaban gran cantidad de cosas en los teléfonos, se podían guardar en carpetas seguras e incluso eliminar en momentos extremos; y si no se usaban bien, podían acabar jugando en contra de su dueño.

Si alguien hubiese visto lo que había en el móvil de la chica no habría sospechado nada raro, habría pensado sin más que era una joven rara que nunca guardaba los números y que tenía siempre activados los mensajes temporales.

La lista de contactos del teléfono contenía un único número, guardado bajo el nombre de «Satty» con un corazón rojo detrás y una cabra.

En WhatsApp ese número no aparecía, estaba guardado, pero no había ningún signo de comunicación entre el tal —o la tal— Satty y la asesina; pero sí había infinidad de mensajes de números españoles sin guardar.

El que estaba más arriba en la pantalla, el último con el que había hablado, le había escrito un mensaje preguntando si ya estaba todo, si había podido hacerlo.

La chica pulsó y abrió el chat, activó la cámara y le sacó una foto con flash al cadáver, otra a la masa encefálica desparramada por el suelo y otra a la cara del muerto, como para corroborar que había matado al que tenía que matar.

Mandó las fotos con la opción de ver una sola vez; se tomaba muy a la ligera —quizá demasiado— el tema de matar pero no era imbécil.

Apoyada en la pared, esperó a que su cliente respondiera.

Aunque enseguida le llegó el mensaje de que las fotos habían sido abierta, hasta pasados cinco minutos la otra persona no mandó un solo texto ni salió el «escribiendo…

» que indicaba que estaban respondiendo.

La asesina ni se inmutó; bostezó, sacó una cajetilla de tabaco del bolsillo y encendió un cigarrillo mientras miraba al muerto y, con el teléfono en la otra mano, esperó a que este vibrara.

El cadáver de la acera parecía un tipo bastante inofensivo; llevaba un traje gris perfectamente planchado que había quedado arruinado por la sangre y sesos, y tenía cara de no haber roto un plato.

La chica se extrañó, no parecía el tipo de persona que maldeciría a otra, no con aquel rostro inocente.

Con el cigarrillo entre los labios, rodeó el cadáver y se acuclilló delante, analizando bien su aspecto.

Nariz grande y puntiaguda, labios pequeños, tez blanca, barbilla afilada y marcada, ojos cerrados…

con dos dedos, abrió uno, eran marrón anaranjado.

No parecían una simple alteración genética, era físicamente imposible tener los ojos de un color como ese.

Le entraron las dudas, miró bien el ojo por si la poca luz le había jugado una mala pasada e incluso se atrevió a alumbrar con la linterna, pero eran naranjas, en efecto.

Le resultó curioso, pero no dijo nada, ella los tenía rojos, al fin y al cabo. El móvil vibró por fin en el bolsillo del pantalón, la asesina lo sacó y miró la pantalla. Mensajes.

+34456782948: Era él.

¿Ya has terminado de potar?

+34456782948: ¿Le has abierto el cráneo?

Eso querías, ¿no?

+34456782948: Quería que muriera.

Pues ya está muerto, conguito. Ya no estás maldito.

+34456782948: Gracias.

Se me han manchado los playeros de sangre, hazme un bizum de 300 euritos y borra mi número.

Solo cuando le llegó la notificación de la transferencia guardó el móvil, pisoteó la masa encefálica del suelo y se fue caminando despacio, sin prisa.

Al llegar a casa se daría una ducha como Dios mandaba y luego, si no le ganaba la pereza, utilizaría el dinero ganado esa noche.

Como siempre que mataba a alguien, el cuerpo desapareció sin dejar rastro cuando ella giró la esquina.

Llegó a su edificio, se quitó los zapatos en el ascensor y entró en su apartamento. Fue directa al baño, se desvistió allí, abrió el grifo del lavabo, sacó los productos de limpieza que jamás le fallaban y lavó la ropa hasta eliminar cualquier rastro de sangre.

Tenía lavadora en casa, por supuesto. La ponía varias veces a la semana y no tenía necesidad de lavar la ropa a mano en la ducha, pero cuando volvía de matar a alguien necesitaba ese peculiar ritual de limpieza.

¿Quizá por respeto al muerto, que no merecía que su sangre se fuera de la tela sin esfuerzo?

No, no era eso. No sabía la razón, pero esa desde luego que no.

Sus zapatos aún ensangrentados eran una tarea más dura, más que frotar sangre de los vaqueros o de la camiseta totalmente blanca; eran de tela negra, porque nunca le habían gustado las botas, aunque fueran mejores para no mancharse tanto a la hora de matar.

Cogió los playeros, les quitó los cordones y fue con todo a la ducha, abrió el agua y con una esponja reservada única y exclusivamente para esas ocasiones empezó a frotar la tela con fuerza, maldiciendo en voz baja.

Si los cadáveres desaparecían después de que ella los matara, ya podrían desaparecer también las manchas de sangre.

Tras más de media hora peleándose con los zapatos y con los cordones, quitó toda mancha que hubiera y salió de la ducha y los dejó bajo el radiador de la cocina para que secaran.

Luego, volvió al baño y se duchó tranquilamente, se quitó sangre de la cara, cuello y del escote; se enjabonó, bailó y cantó bajo el agua caliente como si fuera una simple adolescente antes de salir de fiesta y no hubiera arrancado una vida humana hacía cosa de una hora.

Salió, se envolvió en una suave toalla blanca, se puso ropa interior limpia y con el secador secó la ropa recién lavada que estaba sobre el lavabo.

Se vistió, limpió sus gafas y con el secador en la mano fue a la cocina y terminó de secar allí los zapatos, con cuidado para no quemarlos.

Antes de calzarse, se apoyó contra la lavadora y dudó entre quedarse en casa y leer uno de los muchos libros que tenía pendientes o salir, tomarse un par de copas y conseguir algo de sexo fácil y rápido.

Al final se calzó, se puso en pie y salió de casa.