¿Quién va a matar a quién si aquí no muere nadie?
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1. Te has meado encima, negro
El teléfono temblaba entre las manos de Lucas mientras trataba de teclear los nueve dígitos del número que le habían dicho tan solo unas horas atrás.
El sudor frío le recorría la nuca y se escondía en el cuello de la camisa.
El dedo entorpecido por el miedo marcó el seis en lugar del nueve y tuvo que volver a empezar.
Se apretó el móvil contra el pecho, se echó hacia atrás contra la dura pared de ladrillo del oscuro callejón y respiró hondo mientras una fría lluvia le caía encima.
Tomó aire por la nariz, llenó la barriga con él, lo subió al pecho y lo echó lentamente por la boca, relajándose.
Miró la pantalla del móvil, con el número a medio marcar, y tras armarse de valor terminó de escribir los dígitos y pulsó el botón verde de llamar.
El teléfono dio unos leves toques, unos suaves pitidos que le indicaron que había línea y que ya no podía echarse atrás.
Podría pasar que nadie contestase y la llamada se perdiese, pero estaba claro que de ocurrir algo, no sería eso.
Lucas cerró los ojos, no podía retroceder, pero, si no hacía esa llamada…
—¿Diga? —preguntó entonces una voz femenina. Era firme y un poco grave, de una mujer joven.
Lucas se mordió el labio pensando qué responder. ¿Decía su nombre, se presentaba y soltaba lo que quería? ¿Saludaba sin más? ¿Iba directo al grano? Un aluvión de pensamientos impactaron contra él con más fuerza que la lluvia, pero no pudo detenerse a analizarlos.
—Eo —insistió la voz—. ¿Quién es?
Lucas tragó saliva, alzó la cabeza y dijo, lo más firme que pudo:
—Tengo un encargo. Soy…
—Calla —dijo entonces su interlocutora—, hay cosas que no se dicen por teléfono. Te veo dentro de media hora, te envío la localización a este móvil.
Colgó sin darle tiempo a decir nada más. Lucas se quedó mirando la pantalla con el mensajito de «llamada finalizada, 0:45» y suspiró, la primera parte estaba hecha. Bloqueó el móvil, pero este vibró en el acto y se iluminó.
+34567839206: Ubicación.
Lucas tragó saliva, abrió el mensaje y tocó el enlace que automáticamente lo llevó a Google Maps que le mostró varias formas de llegar al destino, un edificio alto y grande.
Lucas tocó el icono del peatón, salió la pantalla de carga unos segundos y pronto apareció la ruta recalculada y adaptada para ir a pie.
16 min (1,1 KM) Mayormente plano por Av. de la Costa.
El dedo tembloroso de Lucas pulsó el botón azul para iniciar la ruta lo que provocó la aparición de la flecha blanca que le haría de guía y una voz metálica y robótica de timbre femenino se puso a indicarle por dónde ir.
Él negó con la cabeza, bajó el volumen del teléfono y trató de memorizar parte del recorrido, no quería que nadie lo viera usando Google Maps en su pequeña ciudad natal, Gijón, no quería parecer un turista perdido y sin rumbo.
Tenía que seguir recto toda la avenida, cruzar tres o cuatro pasos de cebra y luego girar a la derecha. Fácil, recto, derecha; recto, derecha.
Esa seca melodía lo acompañó durante todo su viaje —recto, derecha; recto, derecha — mientras él se desplazaba aparentando una seguridad que no tenía y no tendría nunca.
Sentía las miradas de los trasnochadores gijoneses clavarse en su figura cada vez que daba un paso en dirección a su destino, oleadas y oleadas de reproche y odio, como si la gente supiera qué era lo que estaba a punto de hacer y lo repudiara por ello.
Tenía la sensación de que pronto cualquiera se le encararía y le gritaría algo, algún insulto, algo que lo humillara, que lo ridiculizara, que lo dejara en evidencia en la concurrida calle.
Le aterraba que eso pudiera pasar, pero sus entrañas deseaban que lo hiciera, deseaban que le llovieran insultos, vejaciones, humillaciones e incluso golpes.
¡Que le peguen! ¡Sí, que le peguen por lo que va a hacer!
¡Merece una paliza! ¡Que toda la calle deje de hacer lo que esté haciendo y que se gire y lo ataque!
Nadie le gritó, nadie le empujó ni le pegó, nadie lo miraba, en realidad.
Era un peatón más que caminaba por un Gijón nocturno lleno de vida, de alegría y de gente pese a la lluvia; él solo era uno más, nadie sabía a dónde iba, ni qué pensaba, ni nada por el estilo.
Tampoco le importaba a nadie. Era una simple nota más en aquella extensa partitura gijonesa.
No le importaba a nadie.
Nadie lo veía.
Tenía que tranquilizarse.
Nadie sabía ni quería saber a dónde iba.
Cuando logró llegar al destino, ya había dejado de llover.
El edificio donde lo habían citado era oscuro e imponente, el único que se atrevía a sobresalir por encima de los demás.
En cuanto Lucas se acercó le dio la impresión de que se cernía sobre él, de que se inclinaba, acechante.
Solo tuvo que aproximarse un poco más y quedó frente a un callejón, miró dentro y le pareció ver una sombra que le heló la sangre en las venas.
No supo si era real o un producto de su histeria, pero creyó ver una enorme figura negra confundida y difuminada con la oscuridad del callejón.
Su vejiga llevaba mucho tiempo esforzándose por resistir, pero no pudo aguantar más y se rindió cuando la voz metálica y robótica del Google Maps chilló, pese al volumen al mínimo: «¡Has llegado! »
Con el corazón en un puño, ganas de vomitar y llorar y los pantalones orinados, entró en el callejón.
Tan pronto como la oscuridad se lo tragó, un fuerte brazo le rodeó el cuello por detrás y le hizo retroceder.
Su espalda chocó contra un cuerpo ágil, fuerte y joven.
Él intentó zafarse, pero el brazo era firme, y aunque no lo asfixiaba, lo mantenía sujeto, casi inmovilizado.
Estaba aterrorizado y las lágrimas le saltaron de los ojos.
De pronto oyó una risa.
—Te has meado encima, negro.
El brazo lo soltó; él llenó los pulmones en un acto reflejo.
Luego se apartó, se dobló sobre sí mismo y soltó un jadeo; tuvo que apretar los párpados para no echarse a llorar.
La risa, de mujer, siguió sonando como si la situación fuera un chiste, y eso solo consiguió destrozarle aún más los nervios. Cayó de rodillas y empezó a sollozar.
—Oye, pero no llores, hombre —dijo la mujer—. Que no te estaba insultando, es que eres negro.
—¡Que no lloro por eso! ¡Necesito hacer un encargo, a quien sea, coño!
No se veía nada, todo estaba oscuro y sentía que todo daba vueltas a su alrededor, pero notó que la chica se agachaba frente a él y le tocaba la cabeza con la mano.
Sintió la palma suave posarse sobre sus rizos y moverse lentamente por toda su cabeza, tranquilizadora.
No era un tacto desagradable, en otras circunstancias hubiera incluso sonreído. La mujer soltó una risilla.
—¿Quién?
Lucas no pudo contestar, se metió la mano en el bolsillo y sacó la foto que llevaba cargando todo el día.
Sentía la piel arder al tocar el papel fotográfico, como si quemara, y no podía quitarse de encima la idea que se estaba produciendo quemaduras reales; sacó la foto y la mostró.
En la oscuridad, la chica logró coger la fotografía y encendió la linterna del móvil, que iluminó la foto y parte de la acera. No a ella.
—¿Este tipo? Es tan feo que no me extraña. Joder, es feo como un pie. ¿Has visto esta napia, tío? De la que inspira me pasa el aspirador.
—¿Podrás hacerlo?
—¿Por qué quieres matarlo?
Lucas se estremeció al oír aquello. «Matarlo» Tembló un poco y respiró hondo, mientras la chica se dedicaba a mirar su temblorosa silueta, con ganas de alumbrarlo y ver quién era aquel chaval que se había meado en los pantalones incluso antes de entrar en el callejón.
Lucas gimoteó un poco y aunque intentó controlarse y sacar una voz firme, empezó a llorar.
—¡Me voy a morir!
—¿No se supone que se va a morir el de la foto? —preguntó la chica mientras movía el móvil para alumbrar bien la fotografía y, ya que estaba, al chico—. No te ofendas, conguito, pero no os parecéis ni en el blanco de los ojos. Nunca mejor dicho.
—Ese hombre va a matarme —susurró Lucas.
La chica lo miró sin entender nada. Él no la veía, pero ella podía verlo perfectamente a él: ojos enrojecidos, lágrimas que resbalan mejilla abajo, expresión desesperada.
El chico daba verdadera pena, despeinado, sudoroso, con el traje desarreglado y arrugado y una mancha larga y oscura en la parte interior de las perneras; como si le hubieran pegado una paliza y hubiese escapado por los pelos.
No sintió pena; la visión le resultaba de lo más simpática, y empezó a reírse.
No era el primero que llegaba entre lágrimas y rogaba la muerte de alguien para salvar su vida.
De hecho, la mayoría de sus clientes buscaban el asesinato como una forma de protección.
No era nada nuevo y ella siempre se reía ante aquellas visiones tan patéticas de los demás, pero esa vez, además de risas, hubo algo distinto.
No supo qué.
—No pasará de esta noche si me pagas, así que ándate tranquilo. ¿Por qué te quiere matar?
—Me ha maldecido—siseó Lucas entre sollozos—. ¡Me ha maldecido!
—Coño, no me jodas —dijo la chica con tono serio—. ¿Cómo?
—Ha dicho que me moriré en una semana —susurró el chico—. Si no lo mato antes, me moriré… Ayúdame, por favor…
—A ver, a ver, explícame eso, mi rey —dijo la chica—. ¿Cómo que te maldijo?
—Era compañero mío en la universidad —gimoteó Lucas—, los dos nos presentamos a la misma beca para el doctorado, la gané yo y él se quedó fuera.
¡No fue culpa mía, pero me odia! Desde ese momento me ha estado acosando, me espía, me sigue, y el otro día…
el otro día… ¡Me encontró por la calle y me maldijo!
¡Dijo algo en otro idioma, y me sentí muy raro, como si me estuvieran revolviendo por dentro, y luego me dijo que tenía una semana para matarlo, o me moriría yo!
Quiso continuar, pero lo interrumpió un sollozo. La asesina tampoco sintió pena ahora, pero no pudo disimular la sorpresa. No sentir nada por nadie no le impedía sorprenderse. No pudo evitar hacer preguntas.
Nunca las hacía.
—¿Te maldijo solo porque conseguiste una beca? ¿Te tiene envidia por ser pobre? ¿Qué cojones?
—Era una beca por nota, yo saqué una décima más… Tienes que matarlo, por favor. ¡Mátalo!
—Oh, lo haré —aseguró la chica sin dejar de enfocarlo con la linterna—. Lo haré.