Capítulo 42
Levanté la cabeza para mirar hacia delante.
Estaba en mi despacho, con la puerta abierta. La había dejado así solo por un motivo, para ver llegar a Cian.
Dirigí la vista a la hora en la pantalla del ordenador y me extrañó que no hubiese llegado todavía.
Cogí el móvil y le escribí un mensaje.
Xaira: ¡ Buenos días! ¿Todo bien?
Su respuesta llegó casi al instante.
Cian: Buenos días, preciosa. ¿Eso es una pregunta trampa de jefa?
Xaira: Esa pregunta es lo que es, una pregunta.
Cian: Mmm… ¿Alguien me echó de menos anoche a su lado?
A excepción de la noche anterior últimamente dormíamos siempre juntos. Cian se quedaba en la casa de mis padres y si era un día laboral, al levantarnos yo lo llevaba a su piso, para que se encargara de Brian.
Y sí, me había acostumbrado a él y su ausencia la había sentido de una manera especial. No me había gustado nada.
Xaira: ¿Y tú? ¿Me has echado de menos?
Cian: Yo he preguntado primero. Ja, ja, ja…
Xaira: Pues sí, te he echado de menos en mi cama.
Cian: Yo también, y lo digo muy en serio. Te he echado de menos y me costó muchísimo dormirme.
Xaira: ¿Esta noche vuelves a quedarte conmigo?
Cian: No.
Su respuesta tajante, porque me sonó así, me puso en tensión y sin saber qué decir.
Por suerte cuando vi su siguiente mensaje pude volver a respirar, aunque no con normalidad porque se me aceleró el pulso.
Cian: Porque esta noche vas a pasarla tú conmigo, en el piso de mi abuelo. Quiero presentártelo, está deseando conocerte. Como no te lleve no me dejará tranquilo.
Sonreí emocionada. Lo que acababa de decir era dar un gran paso, porque Cian estaba abriéndose a mí para meterme en su núcleo familiar. Con lo que él quería a ese núcleo y lo protegía, era algo muy importante.
Xaira: Me encantará pasar la noche contigo en el piso de tu abuelo y conocerlo por fin. Tengo muchas ganas.
Cian: Estupendo. En la siguiente ocasión te presentaré a mis amigos, Barry y Jake. Ellos también tienen muchas ganas de conocerte, les he hablado de ti. Son los que viste conmigo el día del partido de nuestros hermanos. el mismo día que casi me saltas encima.
Xaira: Ya te hubiera gustado a ti que te saltara encima…
Cian: Ja, ja, ja… No sabría decirte, porque cuando estoy cabreado ya sabes lo que pasa. Podrías haber terminado en el suelo, y no de la mejor manera.
Xaira: ¡Nunca me habrías tirado al suelo! Ja, ja, ja… ¿Dónde estás que no has llegado todavía? Ya hace unos minutos que tendrías que estar aquí.
Cian: No te preocupes, jefa. Estoy de camino, pero ahora mismo el autobús está parado en un atasco. Los días de lluvia es lo que tienen.
Xaira: Vale. Es verdad.
Me giré en la silla, para mirar hacia los ventanales. El agua caía con mucha fuerza y se estrellaba contra los cristales.
Xaira: Ten cuidado y no tengas prisa para llegar.
Cian: Mañana ya tendré el coche, tu padre me ha dicho que por la tarde.
Xaira: Guay. ¿Estás contento?
Cian: Claro. Mucho.
Xaira: Me alegro. Tengo que dejarte. Cuando llegues no nos veremos, entro en unos minutos en una reunión con los jefes de departamento.
Cian: No me habías dicho nada.
Incluso sin tenerlo delante para verlo y oírlo, supe con la seriedad que me había escrito el último mensaje. Todo lo que tuviera que ver con Ismael, aunque le tocara de lejos, Cian no lo toleraba.
Xaira: Porque no lo sabía. Me he enterado cuando Esteban me ha llamado al poco de llegar al despacho.
Cian: Joder.
Xaira: Relájate. Ahora ya sé lo que hay.
Cian: No te quedes sola con él.
Xaira: Eso no va a suceder.
Cian: El autobús vuelve a moverse. Si veo que se para de nuevo y se alarga otra vez, me bajaré e iré caminando. Total, con tantos atascos seguro que llego antes.
Xaira: No hagas eso. Vas a llegar empapado y solo falta que después del virus pases por un resfriado fuerte.
Cian: Ya veré. Que vaya bien la reunión.
Sonreí.
Xaira: Las reuniones nunca van bien, son un aburrimiento. Estoy deseando que llegue la hora del desayuno para poder estar juntos. Nos vemos luego. Besos.
No es que en la cafetería diéramos rienda suelta a nuestra relación. Para nada, manteníamos la apariencia de amigos, aunque no podíamos evitar acercarnos más de la cuenta.
Cecilia, la dueña de la cafetería que iba detrás de Cian, había notado que mi relación con él había cambiado mucho. Era normal porque de no soportarnos o soportarnos poco, habíamos pasado a estar siempre pegados el uno al otro, sentados en la silla de al lado.
Cian había marcado la distancia con Cecilia, otro motivo de peso para que ella pensara que teníamos algo. Cian estaba muy pendiente de mí, lo que a ella no le encantaba, pero a mí sí. Yo no podía sentirme más satisfecha.
Había otra chica rondando a Cian y parecía no cansarse. Le enviaba mensajes de vez en cuando por lo que me dijo él. También me aseguró que tenía controlada la situación y que a la mínima la bloquearía, porque ella sabía perfectamente que él no quería nada.
Habíamos aprovechado muy bien el tiempo que llevábamos juntos, para hablar de todo y conocernos muy bien.
Belén, Bruno y Adela no se sorprendieron cuando les dijimos lo que había pasado entre nosotros. Se pusieron muy felices y nos dieron la enhorabuena de que por fin hubiésemos reaccionado dejándonos de rodeos y tonterías.
Esteban era la otra persona de la empresa que sabía lo nuestro, fuimos a verlo a su despacho para darle la noticia.
Él tampoco mostró asombro cuando se lo contamos, al revés, sonrió y nos abrazó con cariño.
Yo me emocioné mucho porque me dio la bienvenida a la familia, a la que formaban él, Cian, Brian y Michael, el abuelo.
Aparté todos los pensamientos cuando salí del despacho. Me llevé la chaqueta, donde metí el monedero pequeño y el móvil.
No volvería al despacho hasta después del desayuno, en cuanto la reunión finalizara bajaría a la cafetería a esperar a que los demás fuesen llegando.
—Xaira —me dijo a modo de saludo Esteban, cuando entré en la sala de reuniones.
Era otra diferente a la que yo utilizaba para las reuniones con mi departamento, aparte de que se encontraba una planta más arriba. Esta estaba destinada a los jefes.
—Hola, Esteban —le sonreí.
—Hola, cariño —me dijo, con la tranquilidad de que no había nadie más con nosotros.
Le di un beso en la mejilla y me senté en la silla que me indicó, la que quedaba a su izquierda. Dejé la chaqueta colocada en el respaldo y comenzamos de hablar de todo, menos de trabajo.
Los demás jefes de los departamentos no tardaron mucho en aparecer y conforme entraron en la sala fueron ocupando sus sillas. Por lo visto cada uno tenía un sitio asignado, a partir de hoy el mío sería en el que estaba.
—Buenos días —saludó Esteban—. Comenzamos la reunión, que sé que dentro de poco tendréis hambre.
Algunos rieron, yo sonreí. Noté el peso de una mirada, pero me obligué a ignorar que Ismael me observaba más tiempo del que me gustaba. Preferiblemente me hubiese encantado ser invisible para él.
La reunión no se hizo pesada, Esteban la llevó muy amena, haciéndonos participar para aportar ideas y dar opiniones sobre las de los compañeros. Cuando nos dimos cuenta, al menos yo, ya habíamos terminado.
—Que aproveche —les deseé a todos, al levantarme de la silla.
Me desearon lo mismo mientras me ponía la chaqueta. Me despedí de Esteban con un guiño, sin que nadie me viera y salí de la sala, para ir a la cafetería.
—Xaira —me llamó Ismael, en el pasillo.
Cerré los ojos unos instantes y cuando los abrí, me giré hacia él.
—Dime.
—Te invito a un café.
—Voy a estar con mis amigos.
—¿Yo no lo soy?
Sonrió de medio lado.
—No lo sé. —Me miró extrañado—. La palabra amigo tiene mucho peso y significado. Es una palabra que normalmente suele utilizarse erróneamente.
—Lo dejamos para otro día, entonces.
Asentí para no hablar más. Preferí callarme porque ese otro día nunca iba a llegar.
Caminé por el pasillo, yendo hacia el ascensor, pero cuando salí a la zona principal de trabajo Ismael se puso a mi lado y me pasó el brazo por encima de los hombros.
Me aparté al instante. Él rio, como si mi reacción hubiese sido porque me había asustado. Tal vez lo creyó de esa manera.
—¿Qué haces? —le pregunté.
—Xaira, creo que hoy te vendría mejor una tila que el café —me dijo.
Me hizo un guiño al pasar por mi lado. Lo seguí con la vista, con el ceño fruncido, hasta que desapareció. Miré a mi alrededor y entonces me di cuenta de que algunos trabajadores que no conocía cuchicheaban mirándome disimuladamente.
—Mierda —susurré cabreada.
Si algo no soportaba eran los cotilleos y las lenguas largas e incontrolables.
Bajé a la planta baja, donde Adela se unió a mí para ir a la cafetería un poco antes de la hora habitual. Cian, Bruno y Belén llegaron los tres juntos. Hasta ese momento no comenzamos a desayunar.
Cian y yo compartimos miradas, sonrisas y gestos, uno al lado del otro. Todo iba perfecto, hasta que regresamos al trabajo.
Al cabo de llevar unos veinte minutos trabajando en el despacho, Belén entró como un vendaval y cerró a la carrera.
—¿Qué pasa? —le pregunté sorprendida.
—Es Cian —dijo con la voz entrecortada.
Me fijé entonces que había corrido. Me levanté despacio de la silla.
—¿Qué le pasa a Cian?
—Tienes que pararlo —me suplicó y fruncí el ceño.
—¿Cómo?
—Va a pelearse con Ismael. Es lo que busca desde siempre ese tío, quiere meter en problemas a Cian. Si le pega lo denunciará.
Agrandé los ojos.
—Está corriendo un rumor de que tú e Ismael os habéis acercado íntimamente, que habéis tenido sexo en los baños.
Y Cian ha ido a por él, para partirle la cara.
Literalmente. No va a consentir que te falte al respeto y ni mucho menos que haga circular información falsa que os perjudique a los dos, sobre todo, a ti.
—¿Se lo ha inventado él?
—Como muchas otras cosas.
Bufó.
—¿Dónde está Cian ahora? —le pregunté, rodeando la mesa.
—En la planta baja. Esteban está intentando mediar entre ellos.
—Joder, qué tío más tóxico.
No hacía falta que dijera a quién me refería: a Ismael.
Bajamos a la planta baja por las escaleras, para no esperar al ascensor, y cuando llegamos me sobresalté por la cantidad de gente que había. Estaban agrupados haciendo un círculo, círculo que comencé a romper cuando me adentré apartando a la gente.
Todo pasó muy rápido, apenas me dio tiempo a procesar la información de lo que ocurría.
Cuando conseguí pasar a la última persona y llegué al centro, corrí hacia Cian, quien tenía agarrado de la camisa a Ismael.
En un momento en el que Ismael se soltó, sacudiéndose, el puño de Cian fue a su cara y temí lo peor.
Intenté interponerme, pero para sorpresa de todos, fue el puño de Esteban el que impactó en el estómago de Ismael.
Fue el primer sitio más próximo al que llegó del cuerpo de Ismael, para apartarlo de la trayectoria del puño de Cian. Esteban consiguió que Ismael se doblara de dolor y que cayera al suelo.
Miré asombrada a Esteban.
—Tranquilos, conmigo no va a poder —nos dijo a Cian y a mí.
Cian se quedó desconcertado por unos minutos.
Y fueron las palabras de Esteban las que rompieron cualquier tipo de rumor que Ismael había lanzado sobre nosotros. Más tarde me enteré de que Bruno fue quien se lo contó todo a Esteban, lo que decían en la empresa.
—Que quede claro que Ismael, el exjefe desde este mismo momento de Recursos Humanos, siempre ha sido el que ha tenido la boca muy grande para lanzar rumores a su favor. De todo tipo. Y hasta aquí he llegado. He intentado mantenerme al margen, pero se terminó, porque me ha tocado muy personalmente.
Miró a Ismael, quien todavía estaba en el suelo observándolo con asombro.
—Te tengo pillado por los huevos, Ismael, en muchas cosas.
Puedo destrozarte con una simple llamada, así que tú decides.
Espero que tu elección sea subir al que era tu despacho, para vaciarlo antes de largarte de aquí.
No quiero verte más en esta empresa ni cerca de ella, sobre todo, de esta pareja.
Nos señaló a Cian y a mí.
—Sí, están juntos y enamorados. ¡Para que quede más claro aún, de una puñetera vez!
—alzó más la voz—. Xaira jamás ha querido tener nada que ver con Ismael, aparte de ser compañeros de trabajo.
Estoy hasta los cojones de los cuchicheos y de los rumores falsos.
Todo termina aquí, como me entere que alguien dice algo más se va a la calle. Ahora a vuestros puestos o a desayunar.
Esperó unos segundos a que la gente se dispersara, para girarse hacia nosotros. A Ismael se lo llevó un hombre de los de seguridad, hacia el que había sido su despacho, y no abrió la boca para nada.
Algo muy gordo debía esconder y Esteban lo sabía.
—No tendrías que haberte metido —susurró Cian.
—Hijo, he llegado al límite y cuando he visto que ibas a pegarle… no te habría arruinado la vida porque antes habría terminado yo con la suya, porque puedo, pero estarías jodido y es lo último que quiero. Se acabó, ya podéis estar tranquilos.
Acorté la distancia que me separaba de Esteban, para abrazarlo con fuerza. Él me correspondió de la misma manera.
—Gracias —susurré.
—No tienes que dármelas, la familia está para cuidarse y protegerse.
Sus palabras me emocionaron, pero no fui la única. Me separé de Esteban y este abrazó a Cian, que no terminaba de recomponerse.
—Odias las jodidas peleas. Te ponen enfermo desde lo de…
—Shhh… —lo calló Esteban—. Estoy mejor que en mucho tiempo, hijo. No te preocupes por mí.
Cian lo abrazó con fuerza y cuando Esteban se fue y nos dejó solos, me puse frente a él y le agarré la cara con las manos.
—Te quiero —susurré sobre sus labios.
Me sujetó de las caderas, para acercarme más a su cuerpo.
—Te quiero —me correspondió.
Nuestros labios encajaron perfectamente, al mismo tiempo que se reconocían, como nuestras lenguas.
Nos besamos sin importarnos dónde estábamos y quién podía vernos. Lo de esconderse para evitar habladurías se terminó.