Capítulo 41
Mi hermano soltó un suspiro y entró en la habitación.
Vino hasta la cama y se sentó a mi lado, en silencio.
—Lo siento. No sabes cuánto lamento que te hayas enterado como lo has hecho, porque has dado por hecho que hace tiempo que entre Emma y yo hay algo. Y no es cierto.
—Ah, ¿no?
—No.
Giró la cabeza hacia mí. Yo continué mirándolo de reojo.
—Xai, nunca te mentiría. Soy yo.
—Ya… el que estaba en la cama con mi mejor amiga.
—Nos acostamos anoche por primera vez.
Entonces sí que lo miré directamente.
—¿No me mientes?
—¿Cuándo te he mentido? Joder, es que al tener a Emma conmigo no me ha dado tiempo ni a salir de la habitación.
Anoche, cuando Jon y yo dejamos a Iago en su cama, Lúa y Emma nos esperaron en el pasillo.
Emma y yo nos despedimos de Lúa y Jon, los que por cierto entraron juntos a la habitación de ella.
Sonreí.
—Nuestras habitaciones estaban en la misma dirección y…
durante la noche Emma y yo nos habíamos lanzado muchas miraditas y comentarios, porque sin darnos casi cuenta llevábamos todo el día tonteando.
Una cosa llevó a la otra y al estar solos en el pasillo le pedí que pasara la noche conmigo. Aceptó.
Se pasó las manos por el pelo.
—Me gusta Emma, Xai. Mucho. No me preguntes desde cuando porque ni yo lo sé. El caso es que no supe verlo hasta ayer, por eso no sabes nada. Ni yo mismo tenía idea de lo que iba a suceder.
—Desde que empezó a trabajar en la misma empresa que tú, pasáis muchas horas juntos —susurré.
—¿Y eso te molesta?
—No —respondí rápido y con fuerza.
—Siento lo que has visto, iba a hablar contigo cuando nos viéramos para desayunar.
—¿Qué es para ti Emma? ¿Un polvo, varios, o algo más? Eres mi hermano, mi mellizo, te adoro, pero si le haces daño de alguna manera…
—Ya te he dicho que me he dado cuenta de que me gusta. Hemos pasado la noche juntos, hemos tenido sexo varias veces, en pocas horas, y me conoces de sobra para saber que no me van los juegos de ese tipo. Soy muy consciente de quién es Emma, tu mejor amiga, jamás se me ocurriría hacerle daño.
—Vale.
—¿Ya me has perdonado?
—Estás en proceso.
Apretó los labios, conteniéndose para no reír.
—Vas a tener que hacerme el desayuno y la comida a diario, durante… ya te lo diré.
—¿El desayuno y la comida que ya te hago cada día? —Arqueó una ceja.
—Efectivamente, para que veas lo buena que soy. Así no tienes que variar tus rutinas, continúa igual.
Soltamos una carcajada.
—Ven aquí.
Me abrazó y me aferré a él con fuerza, escondiendo la cara en su cuello.
—Jamás te haría daño, cariño —me susurró al oído.
—Lo sé. Siento haberme comportado sin razonar —suspiré—. Es solo que me ha dolido el impacto que me he llevado, porque no pensaba que tú y Emma… que va, en mi cabeza era imposible.
—¿Xai?
Al escuchar a Emma mi hermano y yo nos separamos y miramos hacia la puerta.
Kevin volvió a mirarme a mí.
—Habla con ella —me pidió susurrando—. Se ha quedado muy afectada.
Asentí.
Se levantó, me dio un beso en la frente y caminó hacia Emma. A ella también le dio un beso y para sorpresa de mi amiga, en la boca. Y no fue uno corto, breve, un piquito, no, Kevin se apoderó de la boca de Emma con un señor beso, de esos que te dejan temblando durante un buen rato y dando palmas.
De esa manera se quedó mi amiga cuando mi hermano nos dejó solas y cerró la puerta para darnos privacidad.
Antes de cerrar del todo me hizo un guiño y sonreí.
—Anda, ven aquí —le pedí de pie, abriendo los brazos.
Emma soltó un gritito y corrió a abrazarme.
—Shhh… tranquila —le pedí, al notar cómo temblaba—. No te pongas así, si sabes que soy muy facilona para los enfados con las personas que quiero. Me cabreo, exploto y en segundos ya me he desinflado como cuando pinchas un globo.
Reímos.
Nos sentamos en la cama y le retiré la humedad de la cara.
—No llores.
—Lo siento mucho.
—Lo sé.
Sonreí.
—Dios, me has pillado con tu hermano encima. —Se tapó la cara con las manos.
—Si solo fuera encima… chica, lo he visto todo en primer plano —suspiré, de manera dramática.
—Joder.
Se ruborizó con los ojos abiertos al máximo y me reí.
—Me habéis creado un trauma, pero no pasa nada. —Levanté una mano y la moví entre las dos.
Emma rio y yo sonreí al verla.
—¿Kevin te lo ha contado todo? ¿Cómo ha pasado? Al menos para mí ha sido totalmente inesperado.
—Y para él.
Asentí.
—Me ha contado que ayer empezasteis a tontear y que a ambos os pilló por sorpresa.
—Sí.
Asintió varias veces con la cabeza.
—También me ha dicho que no teníais planeado pasar la noche juntos, simplemente surgió cuando os quedasteis solos.
—Así es.
—¿Cómo te sientes?
—Ay, Xai, como en una nube. Es que todavía no me lo creo, yo…
—Mi hermano se ha fijado en ti porque eres una mujer increíble, preciosa, simpática, alegre, cariñosa… ¿Sigo? No vayas a ponerte pegas delante de mí porque entonces sí que me cabrearé.
—Pero se te pasará rápido el enfado.
—No puedo contigo —dije haciéndome la indignada.
Soltamos una carcajada.
—Tu familia significa mucho para mí, Xai, y tú la que más.
—Lo sé, cariño.
—Nunca he tenido ni un poco de todo lo que me dais vosotros y es que es tanto…
Tragó saliva emocionada y la abracé.
—Me he sentido durante tanto tiempo sola. Hablo de esa soledad que se te clava en el interior y no te deja ni respirar, esa soledad que te hace preguntarte qué hay de malo en ti que nadie te quiere, ni siquiera tus padres.
—Em…
Cerré los ojos con fuerza, mientras las lágrimas resbalaban por mis mejillas.
—Os quiero mucho a todos y… creo que sin darme cuenta me he enamorado de tu hermano —susurró.
Me separé, sonriendo.
—Pues estamos de suerte porque parece que a él le ha sucedido lo mismo.
Le hice un guiño cuando me miró con esperanza e ilusión.
—¿Bajamos a desayunar? —me preguntó, nerviosa.
—Tienes ganas de estar ya con él, ¿eh?
Asintió y reí.
—No te imaginas lo que me alegro —le dije abrazándola fuerte, otra vez—. Voy a tenerte como hermana.
—Y a Jon como hermano.
—Oh, joder, ¡es verdad!
Soltamos una carcajada.
—Baja tú.
—¿No vienes? —se extrañó.
—Sí, pero quiero darme una ducha porque entre unas cosas y otras al final lo he retrasado. Seré rápida, el pelo no tengo que lavármelo.
—Vale. Te esperamos abajo. ¿Te preparo la tostada?
—Tranquila, mi hermano está castigado con hacerme el desayuno y la comida durante un tiempo.
—¡Si siempre te los prepara él! —rio.
—¡Oye! ¿De qué bando estás tú? ¡Qué yo también me los hago! —me quejé.
—Claro, el desayuno cuando él tarda en bajar porque si no, no te da tiempo para ir a trabajar. La comida nunca porque él llega antes a casa.
Reímos.
Nos levantamos de la cama y después de abrazarnos, Emma salió de la habitación y yo me dirigí al baño. Tardé muy poco en ducharme, tal y como le dije a mi amiga.
En la habitación, frente al armario, me vestí con la ropa interior, un pantalón vaquero y una camiseta de mangas tres cuartos. Me puse los calcetines y me calcé las deportivas casuales de arreglar.
Regresé al baño, me cepillé el pelo y, por último, me perfumé.
Antes de irme de la habitación abrí la ventana para ventilarla y entonces sí que bajé a la planta baja, para ir a la cocina.
En ella encontré sentados a la mesa a Cian, a Emma, a Kevin y a nuestro padre.
—Buenos días, papá —lo saludé, dándole un beso en la mejilla.
—Buenos días, cariño. ¿Cómo has dormido?
—Estupendamente —le contesté sin entrar en detalles.
Me preparé el café con leche, porque no me gustaba frío ni natural. Por eso ninguno me lo había hecho. Cian no lo sabía todavía, a no ser que se lo hubieran dicho.
Me senté donde estaba mi tostada y comencé a desayunar.
—Román —le dijo Cian a mi padre.
—Dime, hijo.
Me encantaba la familiaridad y el cariño con los que trataban mis padres, no solo mi padre.
—Ya he pensado lo del coche.
Lo miré sorprendida, temiendo que tanta rapidez fuese porque iba a negarse definitivamente.
Kevin y Emma estaban informados, al igual que todos los demás que estuvieron en la cena de anoche. Cian lo contó en aquel momento.
Timón y Pumba eligieron este instante para entrar en la cocina y se acercaron a mí para saludarme, ya que era la última que había llegado. Después de varias caricias y besos, se llevaron de regalo dos buenos trozos de tostadas con jamón que les di. Regresaron felices al salón, a sus camas.
—¿Qué has decidido? —le preguntó mi padre.
—Me lo quedo.
Abrí la boca, sorprendida, sin dejar de mirarlo. Cian conectó con mis ojos y me hizo un guiño.
—No sabes cómo me alegro de oír eso —le dijo mi padre—. Enhorabuena, Cian, te llevas un coche estupendo.
—Lo sé y también sé que no me engañarías.
—Por supuesto que no. Déjalo en mis manos, yo me encargo de todo, ¿de acuerdo? Lo aceleraré lo máximo posible para que sea tuyo cuanto antes.
—Gracias, pero ya no me va de unos días.
—Lo solucionaré rápido —repitió, más que satisfecho.
Mi hermano y Emma felicitaron a Cian por la decisión que había tomado y el buen coche que se llevaba.
Cuando se pusieron a conversar entre ellos llamé la atención de Cian. Le pedí que se acercara, para hablarle al oído.
—¿Lo del coche lo has hecho por el recuerdo que te di de él ayer? —le pregunté.
—Sí, pero lo que más ha pesado en mi decisión es pensar en todos los recuerdos que me darás a partir de ahora.
Me hizo un guiño y solté una carcajada.
—Me alegro mucho— Le di un golpecito en la punta de la nariz.
Sin cortarse, buscó mis labios y me dio un beso rápido. Se lo devolví encantada y cuando nos separamos nos enfrenamos a las miradas de los que nos acompañaban desayunando.
—No me hagáis hablar —les dije a mi hermano y Emma.
Reí con ganas cuando levantaron las manos, como sincronizados. Se miraron y se sonrieron. Oh, y qué sonrisas destinadas únicamente para el otro.
Mi padre también sonreía observándonos a los cuatro, sonrisa que no podía ocultar detrás de la taza de café.
¿Qué debía pasar por su cabeza? Porque de golpe, de un día para el otro, todos sus hijos mayores tenían pareja. Bueno, Iago estaba a las puertas de conseguirla, tiempo al tiempo con Katia.