Quién nos lo iba a decir Capítulo 40
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Capítulo 40

Xaira

Abrí los ojos despacio y sonreí.

En un principio no supe porque sonreí, pero lo hice. Hasta que me acordé de lo que sucedió anoche y abrí los ojos de golpe.

Estaba girada hacia el lado que tenía que estar ocupando Cian, pero este se encontraba vacío.

¿Al final se fue a dormir a la otra habitación? ¿No había podido pasar la noche conmigo?

Tragué saliva, intranquila de repente, al pensar que no habíamos superado la prueba.

Deslicé la mano hacia delante y toqué la sábana. Un largo suspiro salió de mis labios, cuando noté que todavía estaba caliente.

—Vale, sí que hemos dormido juntos —susurré.

Justo en ese momento la puerta del baño se abrió y miré hacia allí, para ver a Cian salir.

—Buenos días —me dijo—. ¿Te he despertado?

Se sentó en el lateral de la cama y colocó una mano encima de mi pierna, sobre la ropa de cama. Él todavía llevaba solo el bóxer.

—No —le sonreí—. ¿Quieres darte una ducha?

Me incorporé, para sentarme.

—Quiero mi beso de buenos días.

Sonrió de medio lado.

Me tragué los nervios que me asaltaron de repente y me acerqué a él. Me senté sobre los talones enfrente y le di el beso que me había pedido, en los labios.

—Bien.

Me hizo un guiño y sonreí.

—¿También quieres una ducha? —repetí.

—Cuando llegue a casa.

—La ropa de Kevin debe irte bien, si quieres voy a buscar un chándal.

—Si me lo planteas así…

—¿Voy?

—Te lo agradecería. Me sentaría genial una ducha.

—Vale. Tú ves haciendo, cuando vuelva con el chándal te lo dejo dentro del baño.

—Genial. Gracias. ¿A tu hermano no le importará?

—Claro que no.

—¿Seguro?

—Que sííí… tira para la ducha.

Rio cuando lo empujé. Antes de levantarse me robó otro beso, pero este fue mucho más intenso que el que le di yo.

—Ahora muchísimo mejor —me dijo con un guiño.

Se puso de pie y caminó hacia el baño. No perdí la oportunidad para observarlo a conciencia. Cian tenía un cuerpo increíble y era un deleite para la vista.

Dejó la puerta del baño entreabierta y solo entonces pude moverme, cuando ya no lo vi más.

Me bajé de la cama sacudiendo la cabeza, pero con una gran sonrisa.

Miré la hora en el móvil, eran las ocho y cuarto. Una buena hora, pero para algunos en esta casa demasiado temprano al ser fin de semana. Y más teniendo en cuenta que la noche anterior la mayoría nos acostamos tarde.

Mi hermana Erea ya debía estar en la pista de hielo. Quedó anoche con Daniel, él venía a recogerla para desayunar juntos y llevarla al entrenamiento.

Fui hasta la puerta y salí al pasillo. No parecía que nadie se hubiese levantado, todas las puertas de las habitaciones estaban cerradas. Esa era la señal de: entra con cuidado para no despertarme o la de, no quiero ver a nadie, no te atrevas a entrar.

Allá cada cual con el riesgo que quisiera correr, según el ánimo que tuviera.

Caminé descalza hacia la puerta de mi hermano Kevin y abrí con cuidado, para colarme dentro, pero cual fue mi sorpresa que… me quedé paralizada al ver lo que había en la cama, o más bien, a quiénes había en la cama y cómo.

—Joder, Xai —dijo mi hermano, con la voz entrecortada.

—Ay, Dios mío —jadeó por la impresión Emma, o por otra cosa.

—¿Qué… qué hacéis?

Fue una grandísima pregunta porque si no entendía qué hacía mi hermano encima de Emma, ambos desnudos y con las partes íntimas de sus cuerpos unidas, yo debía estar muy ciega y tonta perdida.

—Mmm… —dijo mi hermano— ¿Puedes darte la vuelta, meterte en el baño o salir al pasillo?

Solté un bufido antes de girarme y de esa manera, sin mirarlos, fui hacia el armario.

Escuché cómo se movían a mi espalda.

—¿Qué haces? —me preguntó Kevin, al verme abrir las puertas del armario.

—Coger un chándal para Cian, para eso he venido.

Bufé de nuevo.

—Le he dicho que podía ducharse y vosotros tenéis la misma talla.

—¿De todo? ¿Le sirvió el regalito que os dejé anoche?

Me giré hacia él porque en realidad no me importaba ver desnudo a mi hermano. Conocía cada parte de su cuerpo perfectamente porque entre nosotros actuábamos de la manera más natural y sana posible.

—Para tu información a Cian le quedaba un poco pequeño, así que tú la tienes más diminuta.

Kevin soltó una carcajada. Sabía leerme perfectamente.

—¿Desde cuándo lleváis engañándome? —Los señalé con un dedo— ¿Cómo habéis podido hacerlo? A mí. —Fruncí los labios— Jon vino a hablar enseguida conmigo de Lúa y vosotros… la persona en la que más confió en mi vida me ha traicionado.

Miré solo a mi hermano.

—Xai… —me llamó hablando bajo Emma.

—¿No me merecía saberlo antes de pillaros? —le pregunté a mi amiga—. No es el hecho de que estéis juntos, eso me haría inmensamente feliz en otra situación, pero me siento tonta y engañada.

Bajé la mirada al chándal y lo apreté en mi pecho.

—Lo siento, nosotros no…

—Ahora no quiero saber nada —interrumpí a Emma.

Caminé hasta la puerta.

—Xaira —me llamó mi hermano, pero lo ignoré.

Salí al pasillo cerrando de un portazo y casi corrí a mi habitación. Cerré echando el pestillo, lo que no recordaba haber hecho en muchos, muchos años.

Me senté al final de la cama con la vista nublada y enfocada en el suelo. Lo veía todo borroso.

—Eh.

Cian salió del baño.

—Tus brazos no son dentro del baño, que yo sepa —continuó hablando, hasta que se dio cuenta de que me pasaba algo—. ¿Xaira?

En pocos pasos se puso frente a mí y me agarró de la barbilla, para que lo mirara.

—¿Qué pasa? ¿Por qué estás así? Únicamente has estado unos minutos sola.

Frunció el ceño.

Se sentó a mi lado y me hizo girar el cuerpo hacia él.

—¿Qué te ha sucedido? Por más que pienso no…

Levanté el chándal y se quedó mirándolo.

—Gracias —malinterpretó mi gesto.

—De nada —suspiré—. Pero mejor dáselas a mi hermano Kevin, el que estaba follándose a mi mejor amiga en su cama.

No vi sorpresa en su cara ni reaccionó de ninguna manera, por lo que agrandé los ojos.

—¿Tú lo sabías? —le pregunté con un jadeo.

—No, claro que no.

—¿Entonces?

—Anoche durante la cena vi varios cruces de miradas entre ellos y tonteos, por lo que supuse que tenían algo más que una amistad. Pensaba que todos lo sabíais, yo qué sé.

Se encogió de hombros.

—Yo no me di cuenta de nada, ni en ese momento ni en otro —susurré.

—¿Y es tan grave el descubrimiento que has hecho? A ver, puede que el recuerdo de verlos en esa situación te cree algún trauma de por vida, pero…

—No ha sido para tanto. No me escandalizo fácilmente.

Consiguió hacerme sonreír y él me devolvió el gesto.

—Pues no lo parece por tu reacción.

—Me importa poco que estén juntos o no.

—Eso no es verdad.

—Bueno, vale, me importa mucho que mi mellizo esté con mi mejor amiga. Me… me haría mucha ilusión, pero si me lo hubieran contado ellos como algo bonito. No así, que parece algo prohibido de lo que nadie puede enterarse. Ni siquiera yo.

Bajé la mirada.

Cian me quitó el chándal de las manos y lo dejó a un lado, para acercarse a mí.

—Mírame —me pidió.

Busqué su mirada.

—Te ha dolido que no confiaran en ti para contártelo, que te excluyeran en algo tan importante.

—Sí —susurré—. Pensaba… creía que no teníamos secretos. Puede parecer que es una tontería, pero es que…

—No tienes que justificarte, Xaira. Si te hace daño algo, te lo hace y punto. Nadie más eres tú, nadie más puede estar dentro de ti.

—Gracias —susurré.

—No me las des.

Me acarició la mejilla y cerré los ojos.

—¿Has hablado con ellos?

La manilla de la puerta se movió, pero esta no se abrió por el bloqueo del pestillo. Varios golpes sonaron en la madera.

—Vale, ya veo que no has hablado con ellos.

—No los he dejado explicarse —suspiré.

—Sabes que tu hermano es muy capaz de echar la puerta abajo, ¿verdad?

Asentí, pero no me moví.

Me regaló una sonrisa llena de ternura, antes de darme un beso rápido en los labios.

Me hubiese encantado que no se separara, porque lo necesitaba, pero Cian se levantó de la cama.

—Eres un provocador —susurré.

—¿Yo? ¿Por qué?

Bufé y él rio.

Se quitó la toalla que llevaba enrollada en la cintura y se quedó desnudo frente a mí.

Parpadeé muy poco, para no perderme nada. Era un espectáculo de hombre, incluso mientras se vestía. Se puso el chándal de mi hermano, se calzó las deportivas, y me agarró de nuevo de la barbilla.

—Voy a abrir y bajaré a la cocina para prepárame un café, espero que no tengáis una cafetera de esas de última generación que parecen de otro mundo. —Negué sonriendo—. Estupendo. De mientras tú vas a hablar con tu hermano y cuando bajes y nos volvamos a ver ya lo habréis arreglado. ¿Vale?

—No tengo ganas.

Hice una mueca.

—Pues sin ganas. Las cosas importantes no pueden esperar.

Se inclinó hacia mí para darme un beso en los labios. Esta vez ambos lo alargamos y lo profundizamos, mientras los golpes en la puerta continuaban escuchándose de vez en cuando.

—No tengas ninguna prisa por mí. Te espero abajo —me susurró sobre los labios.

—Vale.

Le di un último beso, antes de que se incorporara. Caminó hasta la puerta, quitó el pestillo y se quedó frente a Kevin.

—Toda tuya, pero trátala como se merece.

—No me toques los cojones.

—No me los toques tú a mí —le advirtió Cian—. Ahora no me vengas con que tú nunca le harías daño, que más que tú no la quiere nadie, porque mira cómo está tu hermana y es por tu culpa y su mejor amiga.

Con esas palabras que, aunque no lo pareciera, no iban cargadas de mala intención, pasó por al lado de mi hermano y se dirigió a la escalera. Kevin supo ver que Cian solo quería verme bien y se arrepintió de cómo le había hablado.