Capítulo 37
Salí del baño de mi habitación sonriendo, pero al mismo tenía los nervios cogidos al estómago, porque no tenía ni idea de cómo saldría lo que había comenzado con Cian.
Había subido un momento a mi habitación, antes de cenar. Faltaban pocos minutos para que nos sentáramos a la mesa y Cian y Brian nos acompañarían. Aún me parecía increíble.
Caminé hasta la puerta, pero antes de llegar esta se abrió un poco y la cabeza de mi hermana Lúa apareció por el hueco.
—Hola —le dije, sonriendo.
—Hola —me devolvió el gesto—. He abierto directamente porque Cian está abajo, así que no había peligro de encontraros en una situación comprometida, haciendo marranadas.
Solté una carcajada.
—Gracias, muy considerado por tu parte.
—Entonces es verdad. —Entró y cerró la puerta—. Os habéis liado, por fin.
—Sí. Y bien liados —suspiré.
—Oh, joder, me encanta Cian como cuñado y a todos adoramos a Brian.
—No te embales tanto —le pedí negando.
—¿Cómo qué no? Pues claro. Tú eres la única que no ve lo que hay.
Vino hacia mí y nos abrazamos.
—Me alegro mucho, cariño —susurró.
—Gracias.
Cerré los ojos.
—¿Y tú cuando vas a hablarme de Jon? Porque llevo unos días esperando y sabes que la paciencia no es mi fuerte.
—Me he acostado con él varias veces. Aquí, en la casa de nuestros padres, en mi habitación —dijo de carrerilla.
—Lo sé —reí.
—¿Lo sabes? —Se sorprendió y asentí— ¿Y por qué me has preguntado por él?
—Porque quería que mi hermana me lo contara.
Le sonreí. La agarré de una mano y la llevé al final de la cama, donde nos sentamos.
—Jon me tiene informada de todo.
—Joder, ya lo veo —suspiró.
—No hay secretos entre nosotros y cuando me dijo que tenía que hablar conmigo, serio, supe lo que venía a continuación. Jon solo se pone serio cuando trata cosas importantes y tú lo eres para él.
—¿Qué te dijo?
—Que le gustas desde hace años y que ese sentimiento fue asentándose en él, hasta derivar en algo más importante.
Durante mucho tiempo se obligó a dejarlo oculto, por la distancia que os separaba y porque cada uno teníais vuestras vidas.
Aparte de que ninguno de los dos le dio a entender al otro algún interés.
—Yo no sabía que le gustaba —susurró.
—De eso se trataba. —Le coloqué el pelo detrás de la oreja—. Yo tampoco lo sabía, hasta a mí me lo ocultó. Ahora ha llegado el momento perfecto y Jon se ha acercado a ti, dejando ver a todos sus cartas. ¿Por qué te crees que está alargando su viaje? —Le acaricié la mejilla— La respuesta eres tú.
—Y tú y Emma.
—Claro, pero no tenemos la misma fuerza que tú —sonreí.
—Joder. Estoy nerviosa.
Bufó y reímos.
—Yo no puedo estar más contenta por vosotros, no puedo desear a nadie mejor que Jon para mi hermana. Ahora sí que me lo traigo para aquí —reímos—. Pero no has venido a mi habitación para hablar de esto.
—No. Estoy preocupada por Iago.
Miró hacia la puerta cerrada.
—Jon me ha contado lo que ha pasado, la manera que ha llegado Iago a casa y que después ellos dos han estado bebiendo en la habitación de nuestro hermano.
—Otra cosa que me ha pillado de nuevas —dije pensativa.
Sacudí la cabeza.
—Creía que lo sabía todo de mis hermanos y resulta que no me entero de que a ti te gusta Jon, porque es evidente que te lo has callado también, y que Iago está enamorado en secreto de una chica.
—Lo sabes todo sobre nuestras vidas, pero a veces es normal callarse ciertas cosas para digerirlas nosotros mismos. A ti también te pasa.
—Tienes razón —suspiré.
—No tenemos secretos contigo, Xai, ni Erea ni Eloy tampoco. Y a Kevin ni lo nombro porque sois una continuación del otro.
—Tú tienes que conocer a la chica de la que Iago está enamorado.
—Sí. Sé quién es.
—¿Y?
—Se llama Katia y es un encanto de niña. A pesar de lo mal que lo ha pasado en su vida no ha perdido la dulzura y la simpatía.
—¿Crees que esta tarde habrá pasado algo entre ella y el que decía ser amigo de Iago?
—¿Algo íntimo?
—Sí.
—No, imposible.
—¿Por qué estás tan segura?
—Porque por muy cercana que se muestre Katia hay muy pocas personas en las que confía plenamente y con las que se da a conocer de verdad. No va a liarse con el impresentable de Santiago, de ninguna manera, y él es un imbécil por pensarlo si quiera. Cuando lo vea…
Soltó un pequeño grito de frustración.
—Cuando lo veas vas a mirar para otro lado y vas a continuar tu camino. Se acabó —le advertí—. No quiero que ni tú ni Iago os metáis en problemas. ¿De acuerdo?
—Pero…
—Prométemelo —le pedí seria.
—Te lo prometo —suspiró y asentí.
—¿Algunas de esas personas de confianza para Katia no seréis Iago y tú, por casualidad?
—Sí. Iago el que más —confirmó con una gran sonrisa—. Por eso está aún más afectado.
—Pero tú dices que Katia no tiene ninguna intención con Santiago, en cambio, Iago, cuando me lo explicaba ha dicho que ya sabe cómo va a terminar la cita de esos dos.
—Porque se ha dejado llevar por la rabia y los celos, pero en el fondo él sabe que Katia no entra en juegos. Y menos si son de tipo sentimental.
—Iago también ha dicho que ella no está preparada para estar con nadie porque todavía está curándose de lo que vivió con sus padres.
—Así es —suspiró, con una expresión triste—. Necesita más tiempo para sanar, pasó por mucho, durante demasiado tiempo.
—Iago está dispuesto a esperar todo el que haga falta —susurré—. Pero ¿y si pasan más años y después ella no lo quiere? El daño y el dolor se multiplicarán —dije preocupada.
—Lo que voy a decirte ahora no puede salir de aquí, Iago no lo sabe y es lo mejor para él, porque Katia necesita recorrer su camino sola, aunque Iago la acompañe. Pero por ahora solo puede ser desde la amistad.
—¿Qué pasa?
—A Katia le gusta Iago, mucho, pero el miedo por todo la supera.
—Oh.
Me ilusioné.
—Sí.
Nuestras sonrisas fueron idénticas, de oreja a oreja.
—Es complicado, pero sé que algún día Iago vendrá de la mano de Katia y os las presentará a todos.
—Vale, ya me quedo mucho más tranquila. Pero…
—¿Qué?
—Vuelvo a lo del tiempo… ¿y si tardan mucho y ninguno de los dos sabe que tiene sentimientos por el otro, y alguno termina desenamorándose y el otro sufriendo? —dije pensativa—. Joder, qué pena.
—Eso no va a ocurrir, te lo digo yo.
—¿Por qué estás tan convencida?
—Porque Iago está muy, muy pillado por Katia y ella, aunque no lo expresa con palabras, lo hace con su actitud y sus comportamientos hacia Iago. Nunca quiere separarse de él y es al único que le permite acercarse mucho y tocarla durante toda la noche, si es necesario.
—¿Qué tipo de tocamientos? —Arqueé una ceja.
Soltamos una carcajada.
—Me refiero a que Iago la abrace, tenga su brazo sobre sus hombros, que ella se agarre a su brazo… cosas así. Si los vieras cuando están junto, Xai, es una pasada. Gritan al mundo que se quieren y ni se dan cuenta.
—Joder, qué bonito. A que lloro.
Mi hermana sonrió.
—Es una maravilla lo que ha ido creciendo entre ellos. Están creando un sentimiento tan fuerte…
Ambas suspiramos.
—Tú sales con ellos, estás en el mismo grupo.
—Exacto, así que fíate de mí. Yo no estoy preocupada, para nada. —Me hizo un guiño.
—Si Iago supiera una mínima parte de todo lo que hemos hablado no estaría sufriendo tanto.
Hice una mueca.
—Podemos darle algo que le va a quitar la tristeza, a sacarle una gran sonrisa y con lo que se va a olvidar del traidor de Santiago.
—¿El qué? —le pregunté sorprendida.
—Ven a mi habitación —me pidió.
Se levantó de la cama y caminó rápido hacia la puerta. Le seguí los pasos y entramos en su habitación.
—Mira.
Cogió su móvil de la mesita de noche y se giró hacia mí, ofreciéndomelo. Me acerqué y lo agarré, para leer los mensajes que había en la pantalla.
—Le he escrito a Katia para quedarme tranquila del todo y ya ves, es como yo digo y pienso.
La sonrisa de mi hermana era enorme.
Todos los mensajes que se veían eran de Katia, como respuesta del que le había enviado Lúa. Mi hermana le escribió diciéndole que se había enterado de que había quedado esta tarde con Santiago.
Katia: Hola, Lúa. Aquí estoy, en el bar de siempre y con Santiago enfrente. Sinceramente no sé para qué he venido. Acepté quedar con él por compromiso, insistió, aunque le dije varias veces que nos veríamos mañana al salir con el grupo. Pero como se puso muy pesado al final le dije que sí.
Katia: A mala hora, no me siento a gusto. Aunque no vayas a alarmarte, todo está bien. Santiago está comportándose correctamente, me hace reír, pero aun así algo me falla. Ya sabes. No quiero esto.
Katia: Toca intentar pasarlo bien para que el tiempo vaya rápido.
Esos primeros mensajes eran de hacía unas horas. Me salté los que le envió mi hermana a continuación, y me centré en los siguientes de Katia. Estos últimos hacía diez minutos que los había enviado.
Katia: Ya está, por fin estoy en casa. Acabo de despedirme de Santiago con dos besos en las mejillas y con un hasta mañana. De esa salida sí que tengo ganas, cuento las horas.
Katia: Pasad una buena noche y dile a Iago que mañana no puede faltar, que tengo que ganarle a la partida de dardos. Tres besos para los dos.
Terminó el mensaje con una cara haciendo un guiño y miré a Lúa.
—Tres besos, dos para mí. —Se tocó las mejillas—. Y uno para Iago. —Se señaló los labios.
Reímos.
—Amo a esta chica —dije.
—Es un encanto.
—Vamos a arreglar a Iago, al menos por lo de hoy. —Le hice un guiño.
Salí de la habitación y me asomé por la escalera.
—¡Iago! —grité su nombre.
—¿Sí? —contestó él.
—Sube un momento.
—La cena ya está —nos avisó nuestra madre.
—Enseguida bajamos.
Esperé a que mi hermano subiera la escalera, lo que le costó más de la cuenta al ir agarrándose y apoyándose donde podía, y cuando llegó junto a mí le cogí una mano y tiré de él.
—¿Qué pasa? —me preguntó con la voz pastosa, por el alcohol.
—¿Cuánto habéis bebido Jon y tú?
—No lo sé.
Soltó una carcajada y negué, sonriendo.
Nos paramos frente a Lúa cuando entramos en su habitación y por unos segundos nuestro hermano pasó la mirada de una a otra, varias veces, a punto de reír de nuevo.
—¿Qué? —preguntó al final.
—A Santiago ódialo, pero a Katia no —le dijo Lúa.
Al escuchar esos nombres Iago frunció en el ceño, pero antes de que pudiera hablar Lúa le puso su móvil en las manos, para que leyera los mensajes de Katia.
—A ese ódialo, pero solo por hoy. No se merece nada tuyo —susurré, acariciándole la espalda.
La expresión de mi hermano cambió como por arte de magia. Incluso bebido su cara se transformó. Una sonrisa preciosa apareció en sus labios y cuando levantó la cabeza, la esperanza y la ilusión habían regresado a él.
—La noche es preciosa, ¿verdad? —nos preguntó, alargando las palabras.
Lúa y yo nos miramos y soltamos una carcajada, tan felices como él, pero mucho más centradas y lúcidas.
—Sí, cariño. Es maravillosa —le contesté.
—Vamos a cenar y a brindar —dijo alzando un puño.
—Tú con agua —le dije.
Hizo una mueca.
—A callar. —Le señalé la puerta y me obedeció sin rechistar.
Lúa reía a mi lado. Iago, oh, Iago, mi hermano salió de la habitación silbando y completamente relajado, y así continuó durante el resto de la noche.
Todos al verlo se preguntaron a qué era debido el cambio que dio, pero no fue el momento de contarles que la crisis que había tenido hoy ya estaba superada.
Y en cuanto al día siguiente por la noche Katia y él se vieran, ya no habría ni rastro del disgusto de hoy. Lúa me aseguró que, si a Santiago le daba por aparecer, hablaría con varios de sus amigos en común para que evitaran que se acercara a Iago.