Capítulo 36
—También quiero darte un recuerdo de este coche, para que no puedas rechazar la oferta de mi padre.
—¿Cuál? —me preguntó con la voz un poco ronca.
Me olvidé de las palabras e hice lo que llevaba tiempo deseando hacer.
Me lancé de cabeza, a pesar de los nervios que sentía porque Cian pudiera rechazarme o que hiciera cualquier otra cosa que pusiera freno a la situación.
No quise pensar en nada negativo mientras, sin dejar de mirarlo a los ojos, me moví en el asiento y me puse de rodillas, para pasar con más facilidad a su lado.
Tomé como una invitación que palpara con la mano un lateral del asiento y que deslizara este hacia atrás.
Me quedé sobre él, sentada a horcajadas sobre sus piernas, al tiempo que el asiento nos separaba del volante.
Llevé las manos por detrás de su cuello y se lo acaricié, mientras que sus manos se posaban en mis caderas.
Me mordí el labio inferior al notar el bulto que comenzaba a presionar entre mis piernas. Cada vez fue haciéndose más grande y lo sentí más duro.
—Voy bien para convencerte con este recuerdo —le susurré sobre los labios.
—Sí.
Tragó saliva y echó la cabeza hacia atrás, cuando comencé a balancearme sobre él. Me moví rozando nuestros sexos, haciendo el máximo contacto, teniendo en cuenta la ropa que llevábamos puesta.
El interior del vehículo se llenó de jadeos, los que se intensificaron en el momento en el que empujó mis caderas hacia abajo, para clavarse en mi zona íntima.
—Cian…
—Joder, Xaira —siseó.
Me movió con sus manos, al mismo tiempo que se elevaba porque también necesitaba mucho más.
Con una mano en su pelo y otra en el cuello, busqué su boca por primera vez.
Ambos gemimos al primer contacto, por la intensidad con la que nos encontramos. Nos teníamos tantas ganas… quedó en evidencia en la forma tan desesperada que nuestros labios encajaban y se acoplaban a los del otros, y por cómo nuestras lenguas, una vez se tocaron, no pudieron dejar de buscarse.
Fue un beso profundo en el que ambos nos quedamos sin respiración, lo que nos obligó a separarnos para recuperarnos.
Lo hicimos respirando entrecortadamente y con los pechos subiendo y bajando descontrolados.
En esa pausa bajé las manos hacia el botón de su pantalón vaquero, para desabrochárselo y deslizar la cremallera a continuación. Aparté bien el pantalón hacia los lados y me moví un poco hacia atrás, para tener más facilidad de movimiento.
Le bajé el bóxer lo suficiente para liberar su erección y me llené la mano con ella, rodeándosela.
—Como sigas así, hasta me quedo con el coche si me lo regala tu padre —gimió.
Reí.
—¿Entonces voy por buen camino?
—Muy bueno —dijo con un pequeño gruñido.
Mi mano se movía por todo la largo de su miembro, arriba y abajo, a un ritmo constante. Al cabo de unos segundos comenzó a elevar la cadera consiguiendo que mis movimientos fuesen más enérgicos.
Volví a besarlo, tragándome sus jadeos y sonidos de placer, mientras se lo daba con la mano.
—Tumba el asiento —le pedí entre beso y beso.
No tuve que repetírselo, volvió a palpar el lateral y el respaldo fue bajando poco a poco, hasta que se quedó tumbado bocarriba.
Me eché hacia delante, sobre él, apoyando mi peso en la mano que coloqué en el asiento, cerca de su hombro. La otra no la separé de su miembro. Ahora su impulso era más fuerte y rápido, por el cambio de posición.
Mientras se masturbaba utilizando mi mano, llevó las suyas a los laterales de la cinturilla de mi pantalón del chándal y me lo bajó un poco. Lo hizo todo lo que le permitió mi posición, lo que para ninguno de los dos fue suficiente.
Contuve la respiración cuando coló las manos por debajo de mi braga, para agarrarme las nalgas con fuerza. Dejó una mano en mi trasero y la otra la dirigió hacia delante.
Jadeé cuando se adentró y fue directo a mi clítoris, el que apresó entre varios dedos, haciéndome gemir. Me estremecí por el escalofrío que me recorrió la espalda y por todas las sensaciones que sentía.
Cian se tensó debajo de mí mientras humedecía sus dedos con mis fluidos. Los deslizó arriba y abajo, arriba y abajo, arrastrando mi humedad, al mismo tiempo que alternaba con acariciarme el clítoris y penetrarme con varios dedos, después de tantear la entrada y comprobar lo excitada que estaba.
Fue a su encuentro moviendo la cadera con energía, adaptándome al ritmo de las embestidas de sus dedos, mientras su trasero se elevaba incansable del asiento, dándose placer con mi mano.
Me retorcí entre sus brazos. A pesar de que yo era la que estaba arriba, me sentí atrapada por él. Gemí y grité su nombre, cuando el orgasmo me pilló de improviso. Me liberé con sus dedos entrando y saliendo de mi interior, mientras yo misma me frotaba el clítoris con su cuerpo.
Las sensaciones me superaron, mientras caía y caía, después de haber subido a una gran ola de placer.
Jadeé removiéndome inquieta.
—Mierda, no voy a aguantar más —gruñó.
Le subí la sudadera rápido, liberándole la barriga y gran parte del pecho, que fue justo donde se corrió, en tensión.
Cian soltó al final un bufido y a mí me dio por reír.
—¿Has tenido suficiente con este recuerdo? —le pregunté, hablando entrecortadamente.
—No.
Volví a reír.
—¿Quieres más?
—Sí.
Me miró a los ojos, los suyos ahora brillaban más en la oscuridad de la noche.
—Quiero mucho más —añadió.
Suspiré y me incliné sobre él, con cuidado de no mancharme. Nos besamos lento y suave, pero profundo. Cuando nos separamos cogí mi chaqueta y de un bolsillo saqué un paquete de pañuelos.
Cogí uno, lo extendí y le limpié el semen esparcido por su piel. Cian no dejó de observarme en ningún momento.
Una vez le dejé limpio el pecho y la barriga, pasé el papel por la punta brillante y mojada de su miembro.
—Deberíamos volver —me dijo, en tensión.
—Sí —susurré.
Dejé caer el pañuelo manchado en la alfombrilla y le subí el bóxer, para después colocarle bien el pantalón vaquero. Cian me subió el mío del chándal, después de acariciarme por última vez entre las piernas. Me robó varios jadeos.
—Dime que tú también te has quedado como yo.
—¿Cómo? —le pregunté.
—Con ganas de más. No he tenido suficiente.
Tiró de mí hacia abajo y nuestros pechos chocaron.
—Mierda, Xaira, creo que nunca tendré suficiente de esto.
Apretó la mandíbula.
Se la acaricié, pasando los dedos lentamente, para que la relajara.
—Me gusta que pensemos de la misma manera —le dije.
Le mordí el labio inferior y después lo succioné, provocándole un gemido.
Me rodeó la cintura con los brazos, para pegarme por completo a su cuerpo, y nuestras bocas se encontraron de nuevo, esta vez con más agresividad y posesión.
Gemimos al unísono.
—Va a ser una tortura —susurró.
—Haremos que valga la pena.
Sonreí.
—Sí.
Me retiró el pelo de la cara antes de besarme por última vez. Me costó volver a mi asiento, para que él pusiera el suyo bien.
No me gustó dejar de sentir su calor y cercanía, se me antojó que estábamos demasiado lejos, a pesar de que podíamos tocarnos.
—¿Bien? —me preguntó.
—Sí —suspiré.
Cian arrancó y echó marcha atrás, hasta que pudo girar para ir a la carretera de frente. El paseo se nos hizo demasiado corto, no tuvo nada que ver con el que hicimos de la casa de mis padres al mirador, ya que dimos más vueltas.
Esta vez fuimos directos, por lo que tardamos poco en llegar.
En cuanto entramos en la propiedad y la verja comenzó a cerrarse Timón y Pumba aparecieron corriendo y como siempre, se pusieron a los lados del coche, para seguirnos hasta la casa.
Cian sonrió al verlos, sonrió de verdad.
En el garaje salimos del coche con las chaquetas y el pañuelo manchado, del que por suerte se acordó Cian. Timón y Pumba nos dieron la bienvenida contentos. Él los acarició y rio cuando comenzaron a subir las patas delanteras a su pecho.
—Vamos, chicos —los llamé con un silbido, mientras caminaba hacia la puerta que daba a la casa.
Mis perros atendieron a mis palabras y se acercaron a mí enseguida. Cian me siguió de cerca. Dejó el llavero del coche en su sitio y entramos en la casa. Cerré la puerta del garaje con llave y nos dirigimos hacia las voces que se oía.
Nos encontramos a todos en el salón. En cuanto nos sintieron se giraron hacia nosotros en los sofás.
—¿El paseo bien?
Mi padre fue el primero en preguntar y su sonrisa de después lo dijo todo.
—Sí —le confirmamos Cian y yo.
—Xai —me llamó Iago.
Dirigí la mirada hacia él y después la posé en Jon.
—Nada de echarme la bronca, preciosa —me dijo mi amigo.
—Ahora están muy bien, si los llegas a ver hace un rato… —comentó Erea.
Su novio Daniel estaba sentado junto a ella y le sonreí, mientras me acercaba a saludarlo. Le di dos besos y se lo presenté a Cian. Mi amigo Jon se presentó él mismo.
—Es un placer conocerte —le dijo Jon.
—Igualmente —le correspondió Cian.
—Xai —volvió a llamarme Iago.
—Hola —me acerqué a él.
Se levantó del sofá y me abrazó.
Mi mirada se cruzó con la de Lúa y en ella vi preocupación y tristeza.
—Voy a avisar a los niños —dijo nuestro padre—. Y cenamos.
Al pasar por mi lado me dio un beso en la cabeza. No dejé de abrazar a Iago, ni siquiera cuando nos sentamos en el sofá. Mi hermano apoyó la cabeza en mi hombro y soltó un suspiro, con los ojos cerrados.
Estaba muy afectado por el alcohol, pero no tanto como para no poder sentarse a comer con los demás. Eso si no se quedaba dormido en la mesa, claro, lo que sería motivo de bromas, nada más.
En cambio, Jon, aunque tenía un brillo especial en los ojos y una sonrisa constante, controlaba muy bien la situación. La vista se le iba hacia mi hermana Lúa, sin darse cuenta.