Capítulo 35
Xaira
—Si te digo que Ismael va detrás de todo en lo que yo me fijo, ¿me creerías?
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—No sé si te has dado cuenta, pero Esteban tiene debilidad por mí.
—Sí. Lo vi desde el principio —le confirmé.
—Eso es solo porque soy como un hijo para él y si tengo que considerar a alguien en esta vida como mi padre, ese es Esteban.
—No tenía ni idea de que llegaba a tanto.
Ahora entendía muchas cosas del trato hacia Cian.
—Yo era el mejor amigo de su hijo. Crecimos juntos, aunque mi vida familiar era una mierda teniendo un padre biológico alcohólico. Por ese motivo siempre mantuve a Cristian alejado de mi casa. Así se llamaba mi amigo, el hijo de Esteban.
—¿Eras? ¿Se llamaba?
—Murió hace años.
Apartó la mirada de la mía, para observar hacia delante.
A pesar de la oscuridad, por la falta de luces artificiales, pude apreciar perfectamente la tristeza en su cara.
—Lo siento —susurré.
Lo sentí tanto por él, porque era evidente que seguía doliéndole. Y por Esteban, porque solo de imaginar lo que sufrió y sufría por la pérdida de su hijo…
—Tuvo muy mala suerte. —Apretó la mandíbula—. Una noche que salió se vio metido en una pelea que no buscó. De repente estaba en el centro, resultó herido y murió en el hospital.
—¿Estabas allí?
—No. —Cogió una bocanada de aire—. La puñetera tarde de ese día que sucedió mi padre llegó muy borracho a casa y me peleé con él, como solía hacer cada vez que intentaba acercarse en ese estado a mi hermano.
Brian era muy pequeño. El resumen es que me dio una paliza, por eso no salí con Cristian.
Y ya no volví a ver más a mi amigo, si hubiese sabido que había una mínima posibilidad de que le pasara algo malo habría salido arrastrándome.
—No puedes culparte.
—Durante años lo hice, pero ya no. Y es gracias a Esteban.
—Os volcasteis el uno en el otro, fuisteis vuestra salvación.
—Sí. —Tragó saliva—. Esteban se enteró tarde de cómo vivíamos Brian y yo, era algo que yo mantenía muy en secreto. Me daba miedo que me separaran de mi hermano o que mi padre pudiera quedarse con él y a mí me enviaran a otro lado.
—¿Y vuestro abuelo?
—Para él también todo era normal, yo no sabía por aquel entonces que él podía hacerse cargo de nosotros.
Aparte de que mi padre me tenía amenazado con mi hermano —suspiró—.
Mi única meta era sobrevivir viviendo con nuestro padre, hasta que consiguiera el dinero suficiente para llevarme a Brian conmigo. Pero nada es fácil.
—¿Cómo salisteis de esa situación?
—Fue el día que mi abuelo se enteró por casualidad de que su hijo era un borracho y que me pegaba día sí, día también. El resto del tiempo era como si no existiera, mientras yo trabajaba en todo lo que podía, compaginándolo con los estudios.
—¿Qué pasó?
—Mi padre siempre ponía reglas a todo y una de ellas era que no aceptábamos visitas en el piso en el que vivíamos, fuese quien fuese.
Pero ese día mi abuelo ignoró esa regla y se presentó en el piso, porque yo llevaba dos días que me inventaba excusas para no ir a verlo.
Se olió algo y cuando me vio se le cayó el mundo al suelo.
Por suerte mi padre estaba casi inconsciente tirado en el sofá.
Le agarré la mano que tenía más cerca de mí. Él necesitaba el contacto, lo pedía a gritos, pero es que yo no me encontraba mejor.
—Mi abuelo nos sacó de allí con lo puesto y nunca más volvimos. Bueno, solo nos llevamos los libros, y yo el móvil y el cargador. Ya está. Y hasta hoy día hemos vivido con nuestro abuelo y crecido con él.
—¿Y vuestro padre? ¿Ha intentado alguna vez…?
—Hace tiempo intentó acercarse a Brian, pero el colegio avisó a mi abuelo y él no se contuvo más. Mi abuelo le pegó a su hijo en la calle y también lo amenazó para que no se acercara más a nosotros, ni que lo intentara.
Hizo una pausa, pensativo, antes de continuar.
—No sé bien lo que sucedió o cómo fue, pero alejó a ese hombre de nuestras vidas. Mi abuelo me dijo ese día que su hijo estaba muerto para él, desde el día que me vio a mí mal, y yo decidí que para mí también lo estaba. Ninguno de los dos lloramos.
—Siento por todo lo que has tenido que pasar —susurré.
—Gracias, pero no te lo he contado para dar pena.
—Lo sé, y no es eso lo que siento.
Me miró.
—Y sobre Ismael…
—¿Tanto te interesa hablar de él? —Frunció el ceño.
—Para nada, si pudiera sacarlo de todas nuestras conversaciones lo haría, pero si te pregunto por él es porque necesito saber a qué persona tengo delante. ¿Entiendes? Es difícil conocer a alguien en tan poco tiempo y, como a todo el mundo, imagino, no me gusta que me engañen.
—Ismael, como algún otro de la empresa, jefecillo o empleado, no soporta la relación que tengo con Esteban. Aunque debo decir que a una gran mayoría les caigo bien.
—Lo he visto, yo diría que les caes bien a todos, exceptuando a esas personas contadas que mencionas. Veo a diario como se acercan a ti, cómo interactuáis.
Asintió.
—Te prometo que Esteban no me trata con favoritismos. Sí, tengo libertad de horario y no tengo que preocuparme por llegar tarde, pero es que recupero cada puñetero minuto, a pesar de que Esteban me tiene dicho que no lo haga.
—También lo sé. Te recuerdo que soy tu jefa —sonreí.
—Como te gusta decirlo…
Reímos.
—Esteban también me apoya mucho, pero joder, lo hace con todo el mundo. Contigo también.
—Desde el principio, sí. Está en su naturaleza.
—Pues eso, ni él me regala nada ni yo lo aceptaría. Que nuestra relación es especial y daríamos la cara o lo que hiciese falta por el otro, sí, pero en el día a día en la empresa él es el director general y yo un trabajador más.
—¿Cómo estás tan seguro de que Ismael te tiene envidia? ¿De qué quiere todo lo que tú tienes o te interesa?
—Porque lo ha dejado ver más de una vez, Xaira. Puedes preguntarles a Bruno, a Belén y a Adela, incluso a algunos de mis compañeros del departamento. Todas las sonrisas que ves en Ismael son falsas y están destinadas a conseguir algo.
Sacudió la cabeza.
—Ismael habla fatal de mí, corre la voz de cosas inventadas y su último lio sonado fue con una chica con la que yo me acosté varias veces. Toda la empresa lo sabe. Pretendía joderme, pero yo y esa chica solo tuvimos sexo. Le di la enhorabuena por llevarse mis sobras.
—La chica no escucharía eso, ¿no? —Agrandé los ojos.
—Sí, pero ya estaba avisada. Hablé con ella antes y le pedí que no se tomara a malas nada de lo que saliera de mi boca con respecto a ella, que no se lo creyera. Ella sabía cuál era mi situación con Ismael.
—¿Y aun así estuvo con él?
—Solo fue sexo.
Se encogió de hombros.
—Joder.
—No tienes que creerme si no quieres, pero solo te pido que lo observes todo muy bien para que no te engañe y utilice. Ve con cuidado.
—Te creo —dije convencida de ello.
Volvimos a quedarnos mirándonos fijamente.
—Tengo… tengo que llamar a mi abuelo.
—Claro —sonreí.
Su olor me llegó con intensidad cuando se quedó muy cerca de mí. Pasó el cuerpo entre los asientos, para coger de la parte de atrás su chaqueta, de la que sacó el móvil.
—Abuelo —le dijo cuando descolgó.
Apoyé la cabeza en el asiento, sonriendo. Pude escuchar la voz del hombre, al otro lado de la línea.
—¿Estáis cenando con Barry y Jake? —le preguntó el hombre.
—No. ¿Te acuerdas de que te he dicho que Román venía a recogernos a Brian y a mí a la salida del entrenamiento, para llevarnos a su casa? Es el padre de Eloy, el nuevo amigo de Brian.
—Sí, claro.
—Pues todavía estoy… con ellos.
—¿Y esa duda, muchacho? ¿Acabas de mentirme?
Apreté los labios. Cian no se contuvo y soltó una carcajada.
Me encantó oír su risa.
—Más o menos —carraspeó.
—¿Eso qué significa? ¿Me has mentido o no?
—Te he mentido en la parte de que no estoy con Román ni en su casa.
Ya te lo contaré bien, pero ahora mismo estoy con su hija mayor, la que también es mi jefa en el trabajo.
Estamos dentro de un coche, hablando. Y en realidad no te he mentido porque ahora volveré a la casa de la familia para recoger a Brian. Se ha quedado jugando con Eloy.
—Ah, muchacho. Ahora te entiendo —dijo, sin poder ocultar la diversión—. Ya tiene que ser importante esa chica como para que me mientas.
—No te he mentido —rio Cian—, solo ocultado información.
—Es lo mismo.
—¿Quieres que lleve la cena?
—No, lo que quiero es que disfrutéis los dos. No tengas prisa en volver, yo estoy bien. Deja que Brian juegue más con su amigo y tú haz lo mismo con su hermana.
—Abuelo, joder, que puede oírte.
—¿No me digas? Vaya por Dios.
Cian negó, pero sonriendo.
—¿Seguro que te encuentras bien?
—Hijo, claro. ¿No me escuchas animado?
—Sí.
—Pues ahí lo tienes. Cian, olvídate de mí por una noche. Yo voy a cenar un poco ahora y me voy a la cama a ver la tele, hasta que me duerma. Repito, no tengas prisa para volver.
—Seguramente mis padres ya están preparando la cena para todos, cuentan con Brian y contigo —le dije, interviniendo.
—¿Ves? —habló el abuelo que me escuchó tan bien como yo lo oía a él— Es una chica lista, mira cómo te retiene con ella. Me gusta.
—Joder, abuelo.
Soltamos una carcajada.
—Sé libre, como corresponde a tu edad, hijo. Mañana nos vemos.
—Hasta mañana. Te quiero.
—Yo también, mi niño grande.
Sonreí, por cómo se refirió a Cian.
—Buenas noches, señor —le dije alzando la voz.
—Igualmente. Buenas noches —me correspondió, haciéndome sonreír.
—Pues ya está —comentó Cian, después de colgar.
Dejó el teléfono en un espacio que había debajo de la radio.
—Me gusta tu abuelo —le dije.
—Ya…
Sacudió la cabeza, nos miramos y soltamos otra carcajada.
—¿Os quedareis a cenar? —le pregunté.
—No sabes si tus padres…
—Claro que lo sé. Respóndeme —le pedí.
Sabía de sobra cómo pensaban y actuaban mis padres. Bueno, toda mi familia. Por eso mismo sabía que contaban con nosotros para la cena y que hasta que Cian y yo no volviéramos no se sentarían a la mesa. Al menos los adultos, cabía la posibilidad de que Eloy y Brian cenaran antes.
—¿Tú quieres que nos quedemos? —me preguntó.
—Sí —le contesté sin dudar.