Capítulo 34
Cian
Me llevé a los labios el vaso de agua que Kevin acababa de darme y bebí un sorbo, para dejarlo después sobre el posavasos, en la mesa baja de enfrente.
—Luego nos vemos, Cian, cuando volváis —me dijo, apretándome un hombro.
—Vale.
Él estaba de pie y yo sentado en el sofá.
Hacía unos minutos que Xaira había subido a su habitación.
—Voy a ponerme cómodo y a saludar a mi hermano Iago —me contó.
—Tranquilo.
Sonreí, asintiendo.
Emma y Román hablaban entre ellos y Kevin les dijo que ahora bajaba, antes de ir hacia la escalera.
—Sube tú también —le pidió Román a Emma—, para quitarte la ropa de calle —le sonrió.
—Sí —le dijo ella y después mi miró a mí—. Cuidado con mi amiga que solo tengo una, a ver qué haces con el coche —me advirtió y rio, mientras se levantaba del sofá.
—Nos la devolverá de una pieza —comentó con tono divertido Román.
—Para vuestra tranquilidad hace muchos años que me saqué el carné.
—Es bueno saberlo. —Me hizo un guiño Emma—. Nos veremos luego, ¿no?
—No lo sé. Supongo. Entraré para buscar a mi hermano —le contesté.
—Guay.
—Sube tranquila que todos veréis a Cian —habló Román.
La puerta principal de la casa se abrió dando paso a Evie y a Lúa, a madre e hija.
—Hola —las saludó animada Emma—. Mirad quién ha venido a visitarnos. —Señaló hacia mí.
—Vaya, Cian —dijo Lúa, sonriendo.
—Hola —las saludé, levantándome del sofá.
Me acerqué a ellas para darles un beso y hablamos unos minutos en los que me preguntaron cómo me encontraba después del virus, al igual que se habían interesado Emma y Kevin, cuando nos sentamos en los sofás.
Román me preguntó en cuanto me vio, al recogernos a mi hermano y a mí en el polideportivo en el que había entrenado Brian.
Fue Román quién me llamó esta mañana, antes de irme de la empresa. Me invitó a su casa y mantuvo la sorpresa hasta el final, la que había merecido la pena, muchísimo.
Emma y Lúa se fueron hacia la escalera y se cruzaron con Xaira, que bajaba preparada para irnos.
Incluso al pensarlo todavía no me lo creía. ¿Cómo había llegado hasta este momento? Román se había encargado de todo, yo no lo había visto venir y solo me había dejado llevar.
—Hola, mamá.
—Hola, cariño —le sonrió ella, antes de darle un beso—. ¿Os vais? —nos miró a su hija y a mí.
Xaira estaba preciosa. No se había quitado el chándal, se había calzado unas deportivas y puesto una chaqueta. También se había peinado con otro moño, pero bien hecho, aunque lo llevaba suelto.
—Sí —le contestó ella.
—No llegaremos tarde —dije, levantándome del sofá.
—Que vaya bien chicos —se dirigió a nosotros Román—. Disfruta Cian. —Me hizo un guiño—. Vamos, cariño —le dijo a su mujer—. Te acompaño a la habitación y así te cuento cómo me ha ido la tarde.
—Nos vemos luego —se despidió de nosotros Evie.
Asentí y Xaira le sonrió. Cuando nos quedamos solos reinó el silencio, como si la casa estuviera vacía.
—¿Vamos? —me preguntó—. Donde quiera que sea que tengas pensado.
Se encogió de hombros.
—Claro —carraspeé.
Cogí la chaqueta que me quité al sentarme en el sofá y caminé hacia el garaje, como si estuviera en mi casa. Xaira se puso a mi lado y me acompañó callada.
—¿No vas a preguntarme de qué va lo del coche?
La miré de reojo.
—Creo que lo sé —contestó.
Entramos en el garaje y cogí la llave del coche que minutos antes Román había colgado en un armario de llaves. Caminamos hacia el vehículo.
—¿Crees? —le pregunté al abrir con el mando, con una ceja arqueada.
—¿Qué?
Sacudí la cabeza.
Abrí la puerta de atrás para dejar la chaqueta y después me monté frente al volante. Xaira me siguió sentándose en el asiento del copiloto, después de quitarse su chaqueta. La lanzó hacia atrás.
Abrí la puerta del garaje desde el mando y metí la llave en el contacto, para arrancar.
Nos mantuvimos en silencio en todo momento.
Salí del garaje y me dirigí al camino que llevaba hasta la verja. Ver la propiedad desde fuera me había impresionado, pero estar dentro de ella era una pasada.
Había un bosque en miniatura que la rodeaba y la protegía. la vivienda estaba rodeada de jardines. La casa era de dos plantas, enorme y preciosa, pero en su interior no destacaba el lujo excesivo, como llegué a pensar.
Para nada, todo se veía muy natural, sencillo, aunque con un encanto increíble.
Al traspasar la verja esperé a que se cerrara, para incorporarme a la carretera. Comenzamos a circular, era una gozada hacerlo con este coche.
—¿Y los perros? —le pregunté al acordarme.
No los había visto ni escuchado.
—En la casa del vecino, con otros perros que son sus amigos —me contestó.
—Ah.
Sonreí.
Volvimos a estar otro rato en silencio, tiempo en el que Xaira se relajó y se acomodó más en el asiento.
El atardecer dio paso a la noche sin que me diera apenas cuenta. Me sentía tan a gusto conduciendo que el tiempo se me pasó volando, aunque tampoco era muy tarde. Todavía no había una oscuridad absoluta.
—¿Dónde quieres ir? —me preguntó.
—A ningún lado —respondí—. Solo…
—Estás disfrutando. Se te nota, no dejas de sonreír.
—Yo no he sonreído.
—Anda que no. —Bufó—. Casi desde que nos hemos ido de mi casa.
Sonrió también.
—No hace tanto de la última vez que conduje, pero lo he echado más de menos de lo que creía.
Sacudí la cabeza.
Me desvié hacia una parte que conocía bien y a la que hacía semanas que no venía. En ella me gustaba perderme cuando algo me superaba. Subimos una carretera de curvas, hasta que volví a desviarme reduciendo la velocidad para acceder a una zona de gravilla.
—Hace mucho tiempo que no vengo, ni me he acordado desde que volví —susurró.
Avancé por la tierra, alejándome de la carretera, y me paré a unos metros del final del mirador.
—Viví años en otra ciudad, hasta que mi jefe me habló de la sede de aquí y no me lo pensé, pedí el traslado.
Fue una suerte que la abrieran tan cerca de mi casa —suspiró—.
En la ciudad que vivía antes iba a diario a un mirador parecido a este, me gustaba correr temprano por esa zona y cuando terminaba me pasaba un buen rato admirando las vistas. Me servía para evadirme y pensar.
—Yo vengo mucho a este —admití—. Me sucede lo mismo, aquí desconecto de todo.
—Sí.
Apagué el motor para que las luces de los faros y del interior no nos entorpeciera para ver el cielo estrellado. Había algunas nubes, pero se veía bien.
—¿Cuándo le dijiste a tu padre que yo necesitaba un coche? —le pregunté— Porque sé perfectamente que la llamada que me ha hecho hoy, al igual que la oferta por este coche, ha sido cosa tuya.
Sonrió.
—Hablé con él hace unos días, pero te aseguro que no tenía ni idea de que te llamaría hoy. Lo único que me dijo fue que él se encargaba de todo. Me he llevado la misma sorpresa que tu al verte en mi casa. No me lo esperaba, para nada, porque pensé que iría a verte con el coche. Yo qué sé.
—No tendrías que haberlo hecho, no puedo aceptarlo.
—¿Por qué? —me preguntó extrañada— Cian, lleva meses encerrado en el garaje, mi padre estaba pensando en venderlo.
Es una oportunidad perfecta porque te aseguro que el coche está nuevo, de motor y el interior ya lo ves.
Cuando me dijiste que definitivamente no ibas a arreglar el tuyo porque tenías que invertir mucho dinero, enseguida me vino a la cabeza este coche.
—Y te lo agradezco, pero no voy a pagarle a tu padre el dinero que me ha pedido.
—¿Cuánto te ha pedido?
—Dos mil euros, Xaira, y eso deben valer solo las puñeteras llantas —negué.
—Te has pasado exagerando —rio y sonreí.
—Es un decir, pero que dos mil euros es como si me lo regalara.
—¿Y? ¿Qué problema hay en eso?
—Que no puedo aceptarlo. Tu padre puede venderlo por muchos miles de euros.
—No quiero que te tomes mal lo que voy a decir ahora, es solo una realidad. Mi padre, por suerte, no necesita el dinero, Cian. Y estoy segura de que te ha dicho dos mil euros porque ya te conoce un poco y nunca aceptarías que te lo regalara.
—Por supuesto que no.
—Pues eso.
Se encogió de hombros.
—Piénsalo al menos. Lo necesitas para tu hermano y tu abuelo —me pidió—. Y estás encantado con el coche, ¡si no has dejado de sonreír mientras lo conducías!
—Yo no…
Me quedé callado por varios motivos, los principales por su cercanía y su contacto. Se inclinó hacia mí para ponerme un dedo sobre los labios, para que no hablara más.
—Piénsalo —repitió susurrando—. Por favor. Si no lo compras el coche se tirará otra larga temporada en el garaje, eso o mi padre te perseguirá hasta que aceptes y te aseguro que puede ser muy, pero que muy pesado.
—No prometo nada, pero lo pensaré —susurré.
—Gracias.
Xaira no se apartó para volver a sentarse bien. Tampoco quitó el dedo de mis labios y yo no me atreví a moverme, para no romper el momento.
Este se rompió solo cuando un coche que circulaba por la carretera tocó el claxon, entonces ella retrocedió.
Nos quedamos en silencio durante un rato, observándonos.
—¿Cuántos años estuviste lejos de aquí? —le pregunté.
Necesitaba volver a escucharla.
—Cuatro años y medio.
—Con la unión que tienes con tu familia debió de ser muy duro.
Me quité el cinturón y me giré en el asiento hacia ella. Xaira me imitó en todo y nos quedamos mirándonos de frente.
—Sí, fue muy duro. Cada día los echaba muchísimo de menos, pero en la otra ciudad encontré a personas maravillosas que, si no me hubiese atrevido a irme de mi hogar, nunca habría conocido.
Sobre todo, hablo de Emma y de Jon. A él no lo conoces, llegó el sábado pasado, el día de la exhibición de patinaje de Erea.
Está en casa de mis padres también, cuando lleguemos te lo presentaré.
—Me gustaría —dije.
Asintió sonriendo.
—Bueno, ahora que lo pienso no sé si Jon estará en condiciones de una presentación.
Apretó los labios.
—¿Y eso? —La miré con curiosidad.
—Mi hermano Iago ha llegado a casa mal, muy afectado, y Jon ha subido con él a su habitación, con bebida. Espero que ya hayan parado de ahogar las penas.
Negó.
Me contó lo que le había pasado a Iago y comprendí como debía sentirse, después de la traición del que consideraba un amigo y del desamor de la chica de la que estaba enamorado.
—¿Cómo te encuentras? —me preguntó, cambiando de tema— ¿Has podido descansar?
—Te dije que solo tenía agotadas las fuerzas.
Y sí, he descansado. En cuanto llegué al piso me tumbé en la cama.
He estado en ella hasta que mi abuelo me ha despertado para comer y al terminar me he echado otro rato, hasta que he tenido que activarme para ir al polideportivo donde entrena Brian.
Lo llevó la madre de uno de sus mejores amigos.
Después tu padre vino a recogernos y fuimos directos a vuestra casa.
—Me alegro de que estés un poco más recuperado.
—Gracias.
—Cian…
—Xaira…
Hablamos al unísono y nos miramos sonriendo.
—Quiero pedirte perdón, Xaira. Esta mañana me he excedido, no te merecías que te tratara como lo he hecho. No he reaccionado bien.
—No quiero pelear más —susurró.
—Yo tampoco, pero después llega el imbécil de Ismael en el trabajo y jode todo lo que hemos conseguido.
—¿Por qué? ¿Qué hace él para que le tengas tanta manía? ¿Ya se la tenías de antes?