Capítulo 33
Xaira
El portazo de la puerta principal resonó en toda la casa, tanto que di un salto en el sofá.
Eso fue lo primero que me sobresaltó, lo segundo, los gritos de mi hermano Iago.
—¡Puedes irte a la mierda! ¡No vuelvas a acercarte a mí! —gritó y colgó la llamada, con rabia.
Jon, que estaba sentado a mi lado no se movió, aunque no apartó la vista de Iago. Yo me levanté del sofá y me acerqué a él.
—Eh, cariño, ¿qué te ha pasado? —le pregunté preocupada.
Era muy raro que Iago perdiera los nervios y el control, por muy enfadado que estuviera nunca pasaba ciertos límites. Ahora acababa de pasar unos cuantos de ellos.
—Lo siento —dijo.
Se pasó una mano por el pelo y tiró de él, con los ojos cerrados.
—Iago.
Le agarré el brazo y se lo bajé, para abrazarlo después con fuerza.
—Shhh… Sea lo que sea se solucionará —le susurré, apretándolo fuerte a mí.
—Un amigo me ha traicionado. ¿Cómo se arregla eso?
—Lo primero que debes tener claro es que si ha hecho eso es porque nunca fue tu amigo, aunque te lo hiciera creer. Así que, a pesar de lo que te duele ahora mismo, es lo mejor que ha podido pasarte, que salga su verdadera cara.
Me separé lo suficiente para retirarle varias lágrimas de la cara y agárrasela con las manos. Iago no dejó de abrazarme por la cintura.
—¿De verdad quieres arreglar algo así? ¿Tener a tu lado a una persona que es capaz de hacerte tanto daño?
—Solo quiero que deje de doler —susurró y apretó la mandíbula.
—Cariño, para eso es necesario que pase el tiempo.
Ojalá pudiera decirte que si cierras los ojos cuando los abras ya habrá pasado todo.
Durante un tiempo, hasta que el dolor se calme y de paso a la indiferencia, tendrás que convivir con lo que sientes.
Pero te prometo que cada día será un logro e irá a mejor, aunque des pasos cortos.
—Iago —lo llamó Jon.
Se había acercado a nosotros sin que nos diéramos cuenta.
—¿Quieres una copa?
Lo miré sorprendida, pero mi hermano asintió sin dudarlo ni un segundo.
—Si es lo que necesitas… pero cuidado, ¿vale? —les pedí.
—Sí, mamá —me dijo Jon, con un guiño—. Yo me encargo del pequeño.
—Tío, que solo eres mayor por un año —se quejó Iago y sonreí.
—Pues eso, eres más pequeño que yo —sonrió de medio lado Jon.
Iago negó con la cabeza porque no podía hacer otra cosa que callarse, Jon tenía veinticinco años y el veinticuatro.
—¿Te unes? —me preguntó mi hermano.
—Dentro de un rato, Emma está a punto de llegar.
Asintió y se inclinó hacia mí, para abrazarme.
—Gracias —me susurró al oído.
Me dio un beso en la mejilla y pasó por mi lado.
—No lo dejaré beber mucho —me dijo en tono bajo Jon—. Pero le ha venido bien creer que calmará sus pensamientos.
—Gracias.
Le di un beso en la mejilla.
—Iago —lo llamé.
—¿Sí?
—¿Podemos saber qué te ha hecho el tío ese? —le preguntó Jon.
Se anticipó a mí, como si me hubiera leído el pensamiento.
—Se ha encaprichado de la chica de la que yo llevo enamorado un año y medio, y no conforme con eso, ha quedado con ella esta tarde. Ya sé cómo va a terminar. No quiero volver a ver a ninguno de los dos —soltó con rabia.
No tenía ni idea de que mi hermano llevara tanto tiempo enamorado, en silencio, por lo que en cuanto Lúa llegara a casa le preguntaría quién era ella. Lúa era la única que podía saberlo y estaba segura de que así era. Iago y ella se movían por los mismos grupos de amigos y salían juntos.
—Qué cabrón —dijo Jon—. Es una tontería lo que voy a decir… ¿Él lo sabía?
Iago soltó una carcajada que sonó demasiado fría. No reconocí a mi hermano en ella.
—Él era mi confidente, así que os podéis hacer una idea de cuántas veces me he desahogado con él.
—Pero ¿por qué no has hecho nada en todo el tiempo que llevas enamorado? —pregunté sorprendida.
—Porque cuando la conocí y se unió a nuestro grupo de amigos ella acababa de trasladarse aquí con sus abuelos y venía de una relación muy complicada y dura con sus padres. No podéis llegaros a hacer una idea y yo solo pude acercarme como amigo. Era lo que más necesitaba, estaba mal.
—Ese tío no ha perdido el tiempo.
—Pero ella no está preparada todavía y él no va a saber tratarla como se merece.
Se puso en tensión.
—Retiro lo dicho. —Jon me miró—. Y tanto que voy a dejarlo beber y lo acompañaré, tu hermano necesita sacarlo todo fuera.
Jon se alejó de mí después de hacerme un guiño.
—¿En la cocina, en el salón o en tu habitación? —le preguntó mi amigo.
—En mi habitación —contestó Iago—. Vamos a por la bebida.
Solté un suspiro cuando entraron en la cocina, de la que salieron enseguida.
Me dijeron que me esperaban, que subiera con quien quisiera menos con nuestros padres.
Esto fue idea de Jon e hizo reír a Iago.
Yo sonreí, porque sabía que muchas de las cosas que decía y hacía eran para animar a mi hermano.
Los perdí de vista cuando llegaron arriba de la escalera y volví al sofá. Me dejé caer en él, pensativa.
Miré la hora en el reloj de pulsera, pensando en que Emma y mi hermano Kevin debían estar a punto de llegar. Kevin la había llevado a una reunión con su jefe, porque el próximo lunes comenzaba a trabajar en la misma empresa que mi mellizo.
Cuando llegaran me enteraría de si Kevin había estado presente en la reunión o había esperado a Emma en la calle.
Mi amiga estaba muy nerviosa antes de irse, e ilusionada. Mucho. Yo no tenía ninguna duda de que le iría genial.
Eran las siete y media de la tarde y decidí matar el aburrimiento comiendo palomitas. Era eso o unirme a beber con Iago y Jon, y como que no tenía a esta hora el cuerpo para tanto.
Fui a la cocina, me preparé las palomitas, y cuando las tuve en un bol, regresé al salón. No me dio tiempo a llegar al sofá cuando unas risas me hicieron girarme.
—Eh. Hola —saludé a Brian.
Mi hermano Eloy y su amigo entraron por la puerta del garaje, riendo y corriendo.
—Hola, Xaira —me devolvió el saludo, con una pequeña sonrisa.
—Como me gusta verte así de fuerte.
—Gracias. He podido con el virus.
—Claro que sí.
—Yo también quiero palomitas —dijo mi hermano.
Vino hasta mí para darme un abrazo y un beso, y Brian lo imitó.
—Os las preparo —les dije.
—Sí, todavía tardarás un rato en irte. Seguro —le habló Eloy a su amigo.
—Claro, si acaba de llegar —comenté.
—Es que ha venido con su hermano y cuando termine de hablar con papá se irán.
Me costó entender las palabras de Eloy, no las procesé hasta que ya fue demasiado tarde.
Levanté la mirada al escuchar la voz de mi padre y me llevé la sorpresa de verlo acompañado de Cian. Ambos caminaban hacia nosotros, desde el garaje.
—Piénsalo, Cian. Es una grandísima oportunidad —le dijo mi padre.
—Lo sé. Me lo has puesto muy fácil para aceptar, pero no sería justo que…
—Hija.
Mi padre lo interrumpió en cuanto me vio. Llegó frente a mí sonriendo, mientras que Cian se quedó retrasado unos pasos, por la sorpresa.
Estaba en mi casa, ¿qué esperaba? ¿Qué no estuviera? ¿No verme? Bueno, eran posibilidades, pero, aun así…
—¿Puedo comer palomitas con Eloy? —le preguntó Brian a su hermano mayor.
Él no apartó la mirada de la mía.
—Claro que sí, hijo —le contestó mi padre—. Tu hermano también va a hacerme caso y va a probar el coche.
Colocó una mano en el hombro de Cian y él lo miró.
—No tenía ni idea de que mi hija estaba aquí, pero es perfecto. Ella puede acompañarte a dar una vuelta con el coche, ¿verdad, cariño? —se dirigió a mí.
¿Cómo que no tenías ni idea de que yo estaba aquí, papá?
No hice la pregunta, se quedó en mi cabeza porque claro que mi padre sabía que yo me encontraba en casa.
Cuando se fue se despidió de Jon y de mí, ambos estábamos en ese momento en el sofá y mi padre sabía perfectamente que no teníamos ninguna intención de salir.
Yo continuaba en chándal y con un moño mal hecho sobre la cabeza.
—¿Una vuelta en el coche? —pregunté porque no estaba muy centrada.
—Cian te lo explicará. —Me hizo un guiño—. Y vosotros venid conmigo. Os preparo las palomitas y podéis ir a jugar hasta que ellos regresen del paseo —se refirió a Cian y a mí, que no dejábamos de mirarnos.
Justo en ese momento la puerta principal de la calle se abrió y Emma y Kevin entraron, riendo.
—Vaya —dijo mi amiga, acercándose con una sonrisa pícara.
Era la primera vez que veía a Cian en persona, pero lo reconoció al instante de la videollamada en la que apareció él. Fue la que le hizo Eloy a Brian, el día que le dije que su amigo estaba malo, el mismo día que llegó de viaje Emma.
Cuando llegaron junto a nosotros Kevin y Cian se saludaron y Emma se presentó.
—Mira, perfecto —dijo mi padre.
—Pero… —fui a quejarme, pero no me dio tiempo.
Me dejó con la boca abierta cuando me quitó el bol de palomitas y se lo dio a Brian.
—Solucionado, ya tenéis palomitas —les dijo a los niños. Después se dirigió a mí—. Cariño, cuando vuelvas del paseo te las comes recién hechas.
—Guay. Gracias Xai —me dijo Eloy.
Me agaché para recibir su beso en la mejilla y el de Brian, antes de que ambos ser fueran hacia las escaleras y las subieran.
—Parece que el jefe de la casa ha decidido, ¿no? —habló por primera vez Kevin.
Su diversión quedó flotando en el aire.
—Joder, ya te digo. Me he quedado sin palomitas, por la cara —dije.
Soltamos una carcajada a la que también se unió Emma. Mi padre tenía una gran sonrisa y Cian estaba claro que se esforzaba por no sonreír.
—¿Cómo ha ido? —le pregunté a mi amiga.
Necesitaba recomponerme de la impresión de tener a Cian en mi casa, en el hogar de mi familia, en mi lugar seguro y a tan solo unos pasos de distancia.
Sobre todo, obviar lo guapo que estaba con un pantalón vaquero y una sudadera.
—Muy bien —me contestó emocionada Emma y miró a Kevin.
—Me alegro —hablé emocionada.
—Se ha ganado al jefe nada más entrar en su despacho —comentó mi hermano y rio.
Sonreí.
—¿Has podido estar con ella? —le pregunté feliz.
—Claro, mi jefe me adora —me confirmó Kevin.
—Siento interrumpiros —llamó nuestra atención nuestro padre—, pero podéis hablar y poneros al día más tarde. Es mejor que salgáis ya. —Me miró—. Así aprovecháis la luz del día, aunque regreséis de noche. Quiero que Cian pruebe bien el coche.
—¿De qué va esto? —Quiso saber Kevin.
—A mí mejor no me preguntes, soy una simple espectadora. —Levanté las manos.
—Ahora os lo cuento —le dijo nuestro padre—. Ve a calzarte y a por la chaqueta —me pidió.
Miré a Cian. Se mantenía callado y esperé a saber si él quería que lo acompañara. Lo último que quería era que se sintiera incómodo por lo que había sucedido entre nosotros esta mañana, y tampoco presionado por un compromiso hacia mi padre.
—¿Me acompañas? —me preguntó, por fin.
Pocas palabras, pero más que suficientes para que yo asintiera.
—Estupendo —dijo mi padre y lo miré con las cejas elevadas.
—Venid, chicos, vamos a ponernos al día —les habló a Kevin y a Emma.
Les pasó los brazos por los hombros y caminó con ellos hacia el sofá.
—Kevin —lo llame.
—¿Sí?
Me miró por encima de su hombro, conteniendo la risa.
—Cuando puedas ve al cuarto de Iago.
Con esas palabras y con un gesto que solo él vio, supo lo que me había callado. Frunció ligeramente el ceño.
—De acuerdo —comentó como si nada, para no llamar la atención de nadie.
—Cian, ¿si quieres unirte a nosotros mientras Xaira baja…?
—Vale —contestó él.
—No tardo, solo tengo que calzarme, peinarme y ponerme la chaqueta —le dije.
—Tranquila, no tengo prisa.
—Vale —susurré.
Le di la espalda y caminé hacia la escalera, sintiendo su mirada en mi espalda.
Dejé salir el aire despacio y me centré en subir cada escalón, para que no me fallaran las piernas por lo nerviosa que me había puesto. Solo de pensar que iba a estar metida en un coche con Cian, él y yo solos…