Quién nos lo iba a decir Capítulo 32
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Capítulo 32

Cian

—¿Cian?

Solté un suspiro al escuchar a Belén. No me apetecía ver a nadie, ni siquiera a mis amigos. Y no venía sola, Bruno la acompañaba.

Los vi de reojo, cómo se acercaban caminando hacia mí.

—Es una mierda que os enseñara este sitio —les dije a modo de queja, con la vista perdida hacia delante.

Estaba sentado en un muro bajo de la pequeña terraza del edificio, con la espalda apoyada en una pared. Para todo lo grande que era el bloque este lugar era muy reducido.

No se utilizaba para nada, ya que los trabajadores no sabían que existía. Cuando querían despejarse salían a la calle, no subían en el ascensor hasta la última planta, donde estaba el acceso cerrado de esta terraza.

Yo tenía la llave porque Esteban me la dio años atrás. Era un privilegiado y quise compartir ese privilegio con mis amigos, pero en este momento me arrepentía de haberlo hecho.

Quería estar solo, pensar.

—No tendrías que haber venido hoy, no tienes buena cara todavía —me dijo Belén, preocupada.

—Vaya, gracias —dije con ironía.

—Has pasado por mucho en poco tiempo.

—Esa cara no es por el virus —comentó Bruno.

Se sentó frente a mí, imitando mi postura. Flexionó las piernas y apoyó los brazos en las rodillas.

—Dejadlo ya —le pedí.

No quería que ellos pagaran la mala leche que sentía.

—Esa cara es porque le ha jodido que Ismael apareciera y, por supuesto, lo que más ha sido que Xaira aceptara su invitación.

Sacudí la cabeza y la apoyé en la pared, con los ojos cerrados.

—Te has puesto celoso —afirmó Belén.

Bufé.

—Xaira no ha hecho nada malo —continuó Bruno—.

El problema es que no sois sinceros con vosotros mismos y ahora voy a hablar solo de ti.

No le has dicho que te gusta, más que eso, y estás jugando a un juego muy peligroso porque Ismael está al acecho y quiere ganar terreno con Xaira. Tú tienes el poder de frenarlo.

—¿En serio, Bruno? ¿Qué mierda de poder tengo yo? —Entrecerré los ojos.

—¿Cómo puedes decir eso? —me preguntó Belén— ¿No lo ves? Claro que sí y no solo eso, también lo sientes. Xaira y tú habéis estado hablando todos estos días, durante largos ratos, lo único que os falta es dar el último paso.

—He llegado hoy.

No supe ni porque me justifiqué.

—Sí, pero has huido a la primera de cambio —comentó Bruno.

—No me toques los cojones —le advertí.

—No es mi intención.

Sonrió de medio lado.

—Lo que tengo con Xaira es… no lo sé, pero ella no es para mí —dije pensativo.

—Pero ¿Qué dices? ¡Si sois perfectos el uno para el otro! —exclamó Belén.

—Tío, ¿de qué tienes miedo? ¿Qué te frena?

—Joder, y que tenga que ser yo quien lo diga.

Bufé, pasándome las manos por el pelo.

Belén se sentó muy cerca de mí.

—No vayas a decir lo que creo que vas a decir —me advirtió Bruno—. No me jodas, hombre, ¿de verdad? ¿Te piensas que a Xaira le importa más el dinero que los sentimientos? ¿En serio vas a ponérselo todo en bandeja a Ismael porque él es otro jefe de departamento, como ella? No puede ser.

—Mierda, claro que no puede ser —dijo asombrada Belén.

—Xaira ha tenido la oportunidad de elegir y lo ha hecho.

—¿Elegir el qué? —habló Belén, con un pequeño jadeo—. Tú no le has propuesto nada para que ella decidiera. Te has ido de la sala dejándola desconcertada, porque no veas con la perlita que le has soltado con lo de que del café a la cama de Ismael va muy poco.

Bufó, mientras que yo me frotaba la cara.

—Lo he dicho sin pensar —susurré—. No quería hacerle daño, pero he sentido tanta rabia… joder. Estaba deseando venir, por eso no he esperado al lunes, pero habría sido mejor que me quedara en casa.

Sacudí la cabeza, antes de levantarme.

—Eh, ¿te has mareado?

Mis amigos se incorporaron también y me agarraron de los brazos.

—Estoy bien, solo me he levantado muy rápido —dije con los ojos cerrados.

—Todavía no has recuperado las fuerzas —comentó Bruno.

—Me siento estupendamente.

Me zafé del agarre de los dos y apoyé la espalda en la pared.

—Cian, tío, no pierdas la gran oportunidad que tienes al alcance —me pidió Bruno, mirándome con cariño—.

¿Por qué no te vas a casa? Tómatelo con calma hoy, nosotros podemos decirle a Xaira que te has mareado y que necesitabas un poco más de tiempo.

Ella misma te repitió varias veces que no vinieras hoy.

—Puedo trabajar.

Negué.

—Sí, pero es más recomendable que descanses un poco más.

—Bruno tiene razón.

—De acuerdo, pero yo hablo con Xaira. Ahora le escribo un mensaje.

—Estupendo. Eso está mucho mejor —dijo Bruno—. Piensa bien en estos días de descanso.

Me apretó un hombro y después de unos abrazos rápidos, nos despedimos los tres hasta el lunes. Les deseé que tuvieran un buen fin de semana, antes de que se fueran de la terraza.

Saqué el móvil del bolsillo del pantalón y lo desbloqueé. Dudé por un segundo, pero al final hice primero una llamada.

Me llevé el teléfono a la oreja, mientras los tonos sonaban.

—Eh, Cian. ¿Cómo te encuentras hoy? —me preguntó Barry.

—Más o menos, flojo de cojones —suspiré.

—Normal, mira que te dijimos que necesitabas quedarme un poco más en casa.

—Déjalo porque ya está hecho. ¿Qué haces ahora?

—He salido a que me dé el aire, estoy tomándome un café en la terraza de una cafetería.

Mi amigo Barry no había ido hoy a trabajar porque tenía fiesta.

—¿Puedes hacerme un favor? —le pregunté.

—Claro. ¿Qué necesitas?

—Que vengas a por mí, me largo de la empresa.

—Joder, joder, entonces sí que estás mal.

—Qué va, pero voy a haceros caso a todos.

—¿Desde cuándo te has vuelto tan obediente? —habló con diversión.

—No me toques las narices.

Soltó una carcajada.

—Ya voy para allí, en unos seis minutos llego. Estoy cerca.

—Joder, ya te digo. No me has dado tiempo a decirte que te bebieras tranquilo el café.

Negué, sonriendo.

—Tarde, me lo he bebido de golpe —rio—. Ahora nos vemos.

—Sí. Hasta ahora.

Colgué la llamada y entré en la aplicación de mensajes, para acceder a la conversación que tenía con Xaira.

Cian: ¿Puedo irme a casa?

Ya, no mejoré una mierda la situación entre nosotros, al ser tan directo y escueto, pero yo era de dejarme llevar por los impulsos.

Xaira: ¿Te encuentras mal?

Vale, me merecía que ella me correspondiera con la misma frialdad.

Cian: ¿Puedo o no puedo?

Xaira: ¿Puedes comportarte como un adulto?

Cian: ¿Quieres que haga lo que me dé la gana y salte por encima de ti, jefa? Porque solo te he preguntado para respetarte.

Xaira: Joder, Cian… ¿Cómo hemos retrocedido tanto?

Buena pregunta , me dije, con la mandíbula apretada.

Xaira: Respóndeme a si te encuentras mal.

Cian: Si les preguntas a Bruno y a Belén sí, estaba con ellos, sentado, y al levantarme me he mareado.

Si la respuesta es mía te diré que estoy bien, aunque sin fuerzas.

Me pesa el cuerpo y me cuesta tirar de él, solo necesito descansar un poco más.

Ha sido un error venir hoy, podría haberme ahorrado mucho.

Xaira: Vete a casa, Cian, y aprovecha que Brian está en el cole para descansar todo lo que puedas.

Cian: Gracias.

Xaira: No hay de qué. Cuídate y ya… ya hablaremos.

Cian: Hasta el lunes, jefa.

Xaira: Hasta el lunes.

Me quedé mirando el final de la conversación, mientras me contenía para no preguntarle si continuaba con Ismael o ya estaba con Bruno, Belén y Adela.

Salí y bloqueé el móvil, pero justo cuando estaba guárdamelo en el bolsillo, me sonó una llamada.

Sonreí al ver quién era.

—Hola —dije al descolgar.

—Hola, Cian. ¿Te pillo en buen momento?

—Claro, dime.

—Quería preguntarte si esta tarde puedes venir a mi casa.

—¿Cómo?

La sorpresa se reflejó en mi voz.

—Tengo algo que puede interesarte y me gustaría enseñártelo. ¿Qué me dices? ¿Paso a recogerte?

—¿Sobre qué hora?

—A la que te vaya bien, a mí me da igual.

—Mi hermano sale del entrenamiento a las siete y cuarto.

—Envíame un mensaje con la dirección exacta y estaré ahí a esa hora.

Le di la dirección, mientras caminaba hacia la puerta de la terraza. Cerré con llave desde dentro del edificio y me acerqué al ascensor.

—¿No vas a decirme de qué se trata? ¿Ni siquiera un pequeño adelanto?

—Es una sorpresa. Nos vemos esta tarde, Cian.

—Adiós.

Colgué preguntándome a qué venía la llamada y entonces me di cuenta lo que acababa de aceptar.

—Joder —susurré.

Me pasé una mano por el pelo, agobiado, pero ya estaba hecho.

Cogí una bocanada de aire cuando las puertas del ascensor se abrieron para mí. Fui a la planta de mi departamento, directo a mi mesa, la que dejé recogida antes de ponerme la cazadora. Me aseguré de no dejarme nada y para no esperar otra vez el ascensor, bajé por las escaleras hasta la planta baja.

En cuanto estuve en la calle la mirada se me fue hacia la cristalera de la cafetería.

Ahí estaban Adela, Bruno, Belén y Xaira, ocupando una de las mesas que estaban pegadas a la cristalera.

Hablaban animados entre ellos, pero Xaira de repente miró hacia la calle, como si hubiera sentido que la observaba o mi presencia.

Nuestras miradas conectaron, hasta que la voz de mi amigo me hizo buscarlo con la vista.

—¡Cian! —gritó Barry.

Se había parado a unos metros de donde estaba yo, en doble fila. Asentí hacia él, para que supiera que lo había visto, y antes de moverme para ir hasta su coche, volví a mirar hacia la cristalera.

Xaira alternó la mirada entre el coche, Barry y yo. Sabía que tenía muy buena memoria, así que di por hecho que supo que era mi amigo, uno de los que estaban conmigo la primera vez que ella y yo nos vimos en el polideportivo en el que se enfrentaron los equipos de nuestros hermanos.

Caminé hasta el coche y me monté en el asiento del copiloto.

—¿Tienes hambre? —me preguntó Barry.

—Mucha, esta es mi hora del desayuno.

—Lo sé. Por eso te lo he preguntado, pero no sabía si te encontrabas lo suficientemente bien como para ir a algún sitio a desayunar.

—Ahora mismo solo quiero alejarme de aquí —susurré.

Apoyé la cabeza en el asiento y cerré los ojos.

—Joder. Cuando acabemos de desayunar iré a un sitio que venden productos naturales. Voy a comprarte unas ampollas que son vitaminas, las que me tomo yo de vez en cuando y me van bien. Necesitas recuperarte a marcha forzada.

—No estaría mal. Cuando me venga arriba, un poco, te actualizo lo bien que me ha ido en la empresa —le dije con ironía—. Lo he jodido todo en tiempo récord.

—No fastidies. ¿Con Xaira?

—Sí.

—Mierda.

Tanto él como Jake, mis mejores amigos, estaban informados de todo lo que me había sucedido con Xaira, partiendo del inicio en el que ambos estuvieron presentes, junto a mí en el partido de mi hermano.

Lo sabían todo, absolutamente todo, y no os digo la sorpresa que se llevaron cuando les conté que era mi jefa.

No abrí los ojos en ningún momento, mientras Barry se incorporaba a la carretera y pasaba por delante de la cafetería.