Quién nos lo iba a decir Capítulo 31
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Capítulo 31

Casi una semana más tarde…

—¿Tenéis alguna duda? —les pregunté a todos.

Estaba en el trabajo y hacía una hora que comenzamos la reunión en la sala específica para ello.

La teníamos en nuestra planta del departamento, a unos metros de distancia de mi despacho.

—No, jefa —me contestó Fran.

Pasé la mirada por todos, para detectar alguna expresión de duda, pero no vi ninguna.

En cambio, lo que encontré fueron unos ojos que me observaban fijamente.

Durante toda la reunión había evitado cruzar la mirada con la Cian, porque podía quedarme al descubierto fácilmente.

Estábamos al final de la semana de trabajo, era viernes y hoy era el primer día de Cian. Había regresado a la empresa, a pesar de que le insistí en que se incorporara el lunes, porque por un día más no pasaba nada. Obviamente no me había hecho caso, porque lo tenía a unos metros de mí.

Brian también había vuelto hoy al colegio. El pequeño hacía unos días que ya dejó atrás los síntomas fuertes del virus, pero al final Cian cayó enfermo el domingo, al día siguiente de la exhibición de patinaje de Erea, y no había podido salir del piso.

Por suerte el abuelo había conseguido librarse, por lo bien asilado que habían estado sus nietos. Brian y Cian se coordinaron para no coincidir con su abuelo en las zonas comunes y con una buena ventilación las veinticuatro horas del día, habían ido salvando la situación.

Durante los días que habían pasado Cian y yo habíamos estado en contacto por mensajes.

Todavía no era la hora del descanso para el desayuno, quedaba media hora, por lo que no había podido hablar con él en persona.

No me quedó más remedio que dejar de mirarlo, para volver a centrarme en todos los demás y en el final de la reunión.

—De acuerdo —carraspeé, al apartar la vista—. Igualmente, si os surge alguna duda durante el proceso ya sabéis dónde estoy. Ya hemos terminado.

Sonreí.

Todos dijeron que sí, mientras se levantaban de las sillas. Comenzaron a salir de la sala y en poco tiempo solo nos quedamos en ella Belén, Bruno, Cian y yo.

Me sorprendió que Cian no se fuera con los demás.

—¿Alguna duda? —le pregunté.

—No.

Sonrió de medio lado.

—Sinceramente me he enterado de muy poco —añadió.

—Eso significa que no te has enterado de nada —le dijo Belén y rio.

—Morena, no me delates —le pidió él, divertido.

—La morena tiene más peligro… —comentó Bruno.

—Oye, ¿qué has querido decir con eso?

—Está claro, que eres peligrosa —le contestó Cian.

Rieron y me contagiaron las risas. Estábamos en ello cuando nos interrumpieron, con lo que me llevé una sorpresa.

—Vaya, así da gusto trabajar.

Bruno, Cian y Belén se giraron hacia la puerta de la sala. Yo estaba frente a ella, aunque bastante separada.

—Ismael… ¿Qué haces aquí? —le pregunté.

—Estaba buscándote —contestó sonriendo—. Vengo a invitarte a un café.

—Pero… no queda mucho para ir a la cafetería a desayunar —comenté.

—Precisamente por eso. Como me dijiste que allí eras fiel a tus amigos…

Sonrió.

—Si vamos ahora cuando ellos lleguen a la cafetería te dejaré libre. —Me hizo un guiño—. Además, es el momento perfecto, después de una reunión.

Miré a mis amigos, para ver que ellos se miraban entre sí. Cian, después de los primeros segundos observando a Ismael, se giró para quedarse bien sentado, de cara a mí.

Sabía que había estado observándome todo el tiempo, mientras yo hablaba con Ismael.

—Si me esperas unos minutos…

—Claro. Estaré frente al ascensor. Adiós, chicos.

—Adiós —le correspondieron Bruno y Belén.

Cian no se molestó ni en mirarlo otra vez, mucho menos iba a hablar.

—Cuando subamos de desayunar ya hablaremos para organizar con lo primero que os pondréis a trabajar —les dije a Belén y Bruno.

—Claro —carraspeó Bruno.

—¿Por qué? —me preguntó Cian.

Me sobresalté por su tono de voz. Dirigí la vista hacia él.

—¿Por qué qué? —le devolví la pregunta.

—Eso me gustaría saber —dijo, dejándome igual de descolocada.

—No entiendo que…

—Déjalo, no vale pena —me interrumpió.

Se levantó de la silla y caminó hacia la salida.

—Cian —lo llamé—. ¿Puedes quedarte para hablar un momento?

—Lo siento, jefa . Tengo mucho trabajo acumulado de los días que he faltado y tú tienes una cita.

—Yo no tengo ninguna cita —le dejé claro—. Solo voy a tomar un café con un compañero de trabajo.

—Que te aproveche. Seguro que de ahí a su cama va muy poco.

Agrandé los ojos por la sorpresa, pero cuando me recompuse y fui a hablar, Cian cerró la puerta de un portazo.

—¿Qué… ha querido decir? —pregunté susurrando.

Una presión extraña se me instaló en el pecho.

—Se le pasará —me dijo Belén.

Me sonrió con cariño.

—No he hecho nada —dije, más para mí que para ellos.

—Y Cian lo sabe —comentó Bruno—. Es solo que no ha sabido…

—¿El qué no ha sabido? —alcé la voz, alterada— ¿Qué mierda no ha sabido, Bruno? ¿Eh? Porque que yo sepa no somos nada, nos tratamos como dos amigos.

—Sabes que eso no es del todo cierto —me habló serio—. Puede que no hayáis hablado directamente de lo que hay entre vosotros, pero joder, es tan evidente para los demás…

—Perdona. —Cogí una bocanada de aire—. Joder, lo siento, Bruno. Tú no tienes la culpa y te he gritado a ti. Perdóname.

—Está bien, no pasa nada, Xai. De verdad —insistió, al ver que yo no me encontraba mejor.

—Podéis dejarme sola —susurré, sentándome en la silla que hasta ahora no había utilizado.

—Xai… —me llamó Belén.

—Por favor.

—Vámonos —le pidió Bruno a Belén.

Lo miré con pesar, pero él me miraba con una de sus sonrisas reservadas a decir que todo está bien, como me había dicho con palabras.

—Nos vemos en la cafetería en un rato —continuó Bruno.

—Sí —susurré.

Los seguí con la vista, hasta que salieron de la sala. Cuando me quedé sola apoyé los brazos en la mesa y la cara en ellos.

¿Qué mierda había sucedido? Hacía tantos días que estaba deseando ver a Cian… tantos como habían pasado desde que me despedí de él frente al edificio en el que vivía.

—Joder…

Cerré los ojos con fuerza, antes de levantarme.

—¿Es que esperaba que le dijera a Ismael que no? —pregunté al aire— No puede ser, seguro que ha habido algo que se me ha escapado. Sí, eso es, lo que sea le ha sentado mal.

Solté un suspiro y caminé hacia la puerta, dándole vueltas en la cabeza a los últimos minutos.

Al salir me dirigí a mi despacho, donde me puse la chaqueta, cogí el monedero y el móvil, para dejar cerrado con llave.

Bruno y Belén no estaban en sus mesas, Cian tampoco. Sentí en mi interior un pinchazo, al imaginarlos a los tres hablando, o más bien a Belén y a Bruno intentando que Cian entrara en razón. Al menos esperaba lo último.

Recorrí el pasillo central pensativa, hasta que llegué junto a Ismael. Tal y como me había adelantado me esperaba en la zona del ascensor, más concretamente bloqueaba las puertas para que no se fuera de la planta.

Entré seguida por él.

—Gracias —le dije.

—No ha de qué, preciosa.

Lo miré de reojo. Era la primera vez que me decía preciosa, nunca había mostrado ese tipo de cercanía hacia mí. Y yo no le había dado tal libertad, por lo que me molestó que me lo dijera. Si alguien lo escuchaba…

—Me gusta mi nombre. Te agradecería que no me dijeras preciosa ni nada parecido, mucho menos en el trabajo —solté, lo más suave posible.

—Perdona, me ha salido solo. No sabía que te molestaría.

Noté su mirada, pero no aparté la mía de la puerta.

—Tranquilo, hay muchas cosas que no conoces de mí. Nuestra amistad es muy reciente —dije con mucha intención—. Esta es una de las cosas, no me gusta ese tipo de confianzas.

Qué mentira más grande acababa de soltar, pero claro, no podía decirle que lo que no me gustaba, ni un poco, era que él me dijera preciosa o algo parecido. Mejor cortar de raíz la situación, para que no se repitiera.

—Lo lamento de verdad, no volverá a ocurrir.

—Relájate —lo miré sonriendo, porque me dio pena cómo se había quedado—. No estoy enfadada.

—¿Seguro?

Las puertas del ascensor se abrieron frente a nosotros y salimos.

—Y tanto —reí—. Te aseguro que si estuviese enfadada no tendrías dudas de que lo estoy. Digamos que soy muy, pero que muy transparente.

Le hice un guiño, consiguiendo que sonriera.

—Está bien saberlo. Para huir a tiempo y esas cosas.

Soltamos una carcajada.

A pesar de las risas y de que Ismael me hacía sentir muy bien, siempre, exceptuando el pequeño detalle que ya estaba aclarado, a pesar de todo no terminé de encontrarme bien.

Hasta cuando llegamos a la cafetería tuve que esforzarme por no dejar solo a Ismael, para regresar a la empresa y plantarle cara a Cian, para obligarlo a hablar conmigo.

Pero no hice lo que necesitaba. Primero porque Ismael no se lo merecía. Joder, que solo quería invitarme a un café y lo de preciosa no había tenido mayor importancia porque se suele decir a menudo, como yo digo bonita, cariño, guapa… la lista era larga.

Y segundo, porque yo no había hecho nada para merecerme la reacción que Cian había tenido. No lograba comprenderlo porque lo único que me venía a la cabeza lo descartaba al instante, ya que era que se había puesto celoso. Eso no podía ser y punto, Cian jugaba al despiste a veces, pero de ahí a…

—Xaira.

—¿Sí?

—¿Café con leche o prefieres otra bebida? —me preguntó Ismael.

Entonces me di cuenta de que Celia, una de las camareras, esperaba sonriendo mi respuesta.

—Café con leche. Gracias —le sonreí.

—¿Qué tal se presenta el fin de semana? —se interesó Ismael, cuando nos quedamos solos.

—Genial, con mis amigos y mi familia.

—Suena muy bien.

—Sí.

Jon no se había ido, por lo que iba a disfrutar de él el máximo tiempo posible. Al día siguiente ya hacía una semana que llegó y desde entonces no habíamos vuelto a hablar de cuándo se marcharía.

Yo no había querido sacar el tema, por miedo a la respuesta. Él no había comentado nada, solo sobre el bar. El negocio iba muy bien, Lorenzo lo hacía estupendamente. Había hablado con él varias veces y también nos habíamos visto, en una videollamada que le hizo Jon.

Y por si tenéis alguna duda, sí, Jon sacó en brazos del restaurante a mi hermana Lúa. Nos reímos mucho con las protestas de ella, pero nos reímos mucho más porque mientras se quejaba se agarraba con fuerza a Jon, como si no quisiera separarse de él.