Capítulo 30
—¿Por qué tarda tanto en salir? —me preguntó Emma.
Estábamos frente a la salida por la que tenía que aparecer Jon, en el aeropuerto. Eran las dos de la tarde.
Kevin nos había traído a Emma y a mí, ya que habíamos venido directamente desde la pista de patinaje. Eloy se había quedado con los demás, iría con nuestros padres, y Erea en el coche de Daniel.
Mientras que nosotros habíamos venido a recoger a nuestro amigo, mi familia había ido al restaurante en el que comeríamos para celebrar el día de Erea. Teníamos una mesa reservada y para sorpresa de Daniel, mi padre le pidió que se uniera a nosotros.
Así que el novio de mi hermana también estaría con la familia.
El amigo de este lo acompañó hasta que Erea salió del vestuario, porque después rechazó la invitación de mis padres, la de que viniera también a comer.
A mis padres les supo mal dejarlo fuera y al final se llevaron el agradecimiento del chico.
Erea al final hizo dos actuaciones de patinaje en total, a cada cual más perfecta y brillante. Nos sentíamos tan orgullosos de ella, de lo que había conseguido, y no estoy refiriéndome a hacerlo mejor o peor, no, sino al logro de superación que había alcanzado.
Erea terminó pletórica, recibiendo halagos de muchas personas. Su amiga Elena también acabó muy contenta y satisfecha con sus actuaciones, y la entrenadora feliz y muy orgullosa de ambas.
Si alguien se había fijado en ellas lo sabríamos en cuestión de días, quizás en alguna semana. En ese caso se pondrían en contacto con la entrenadora, pero ninguno, ni siquiera Erea, le quitábamos segundos al tiempo para pensar en eso.
La suerte estaba echada y el destino también.
—¡Ahí está! —gritó Emma.
Me centré en las personas que salían al mismo tiempo y sonreí al ver a Jon. Él también sonrió al vernos. No tuvo problema en localizarnos, por la efusividad y emoción de Emma.
Esta fue corriendo hasta él para abrazarlo. Jon soltó la maleta para corresponderle y después se acercaron a mi hermano y a mí.
—Jon.
—Kevin.
Se sonrieron antes de abrazarse.
—¿Ya no me quieres ni un poquito? —me preguntó mi amigo, cuando fue mi turno.
—Tonto —reí, lanzándome a sus brazos.
—Hola, preciosa —susurró.
—Hola —hablé contra la curva de su cuello—. Tienes que enamorarte de esta ciudad, para que también te quedes a vivir —le pedí, con un pequeño puchero.
Jon soltó una carcajada y Kevin se le unió, mientras que Emma y yo nos mantuvimos serias porque ella pensaba igual que yo. Había dicho una verdad muy grande.
—Venga, vamos que nos están esperando —nos pidió Kevin.
—No he podido escoger mejor día para venir —dijo con humor Jon.
Me pasó un brazo por los hombros y me hizo un guiño. Yo apoyé la cabeza en su cuerpo y solté un suspiro.
—Quien sabe, sabe —comentó Emma, riendo.
Jon estaba informado de que íbamos directos a un restaurante, donde estarían el resto de mis hermanos y mis padres.
—Vas a conocer al novio de Erea, se llama Daniel —le informé.
—Mmm… interesante. ¿Voy a estar sentado al lado de él?
Reímos.
—No lo pongas nervioso que es un buen chico —le pedí.
—La pequeña se nos hace mayor, ¿eh?
—No lo digas que ya bastante tengo con verlo a diario. —Bufó Kevin.
Jon rio.
—Joder, que con la llegada y lo demás se me ha pasado. ¿Cómo le ha ido la exhibición?
—Genial —le contesté—. He grabado las dos actuaciones que ha hecho, ahora en el coche te las enseño.
—Me alegro y estoy deseando verlas.
Sonrió.
Cuando estuvimos montados en el coche, con la maleta de mi amigo en el maletero, Kevin salió del aparcamiento y se dirigió al restaurante.
Le contamos a Jon la pequeña crisis que tuvo Erea antes del inicio y después vio las grabaciones, con las que silbó y todo lo que dijo fue muy bonito.
—Es una artista —comentó, devolviéndome el teléfono.
—Tiene un don, como le sucedía con el balé —dijo Kevin.
—Ya te digo —estuvo de acuerdo Jon.
—¿Qué tal el bar? ¿Te has ido tranquilo? —le pregunté.
—Lorenzo está a cargo de él y sí, me he ido tranquilo. Mañana no sé cómo estaré.
Reímos.
—¿Cuántos días te quedas? —Quiso saber Emma.
—Por ahora una semana, si es más dependerá de mis conversaciones con Lorenzo, sobre el bar. Voy a sentirme raro porque hace mucho tiempo que no tengo tantos días libres seguidos.
Negó con la cabeza.
—¡Qué bien! Es muchísimo más de lo que pensaba, aunque me gustaría que te quedaras indefinidamente —suspiré.
—Nunca se sabe, lo mismo si me dais bien de comer y me enseñáis la zona… todo puedo plantearse.
Me hizo un guiño.
—Yo te cebo a comer hasta que explotes y te llevo a dar vueltas por toda la ciudad, tantas veces como quieras —le dije.
—Joder, he dicho comer bien, no hasta vomitar.
Soltamos una carcajada.
—Preciosa, ¿tú sabes diferenciar lo que es la calidad de la cantidad? ¿Mmm?
Reímos durante un rato más, hablando entre risas, y de esa manera el trayecto se nos hizo muy ameno. Emma le contó cómo se había adaptado a estar aquí, lo rápido que había sido, y yo lo puse al día de cómo me iba el trabajo y de las últimas novedades. En definitiva, que le hablé de Cian.
Por suerte al llegar a la calle del restaurante Kevin encontró rápido dónde estacionar.
Nos bajamos y no tuvimos que dar muchos pasos para entrar en el restaurante. Kevin dio el nombre de nuestro padre y el chico que lo atendió nos pidió que lo siguiéramos. Fue lo que hicimos, hasta que nos llevó a la gran mesa que ocupaba mi familia y Daniel.
Las caras de felicidad de la parejita destacaban por encima de todo lo demás. Sonreí y les hice un guiño.
—Jon, bienvenido.
Mi padre fue el primero en saludarlo, con un abrazo. Mi madre le siguió y después el resto de mis hermanos. Por último, Erea se lo presentó a Daniel.
—Primero de todo, enhorabuena, Erea —le dijo Jon, cuando estábamos sentados a la mesa—. He visto tus actuaciones y solo puedo decirte que me quito el sombrero. Eres magia sobre los patines, en la pista de hielo.
—Gracias, Jon. —Se ruborizó.
—Chico, cuidado, que tienes un tesoro a tu lado —se dirigió a Daniel.
Todos reímos, hasta Daniel, porque las advertencias en esta familia volaban. El pobre las recibía todas.
—¿Y tú, preciosa? ¿Cómo te encuentras? —le preguntó a Lúa.
Todos nos dimos cuenta de la diferencia de dirigirse a cada una de mis hermanas. Con la última, con Lúa, lo de preciosa destacó muchísimo. Ella se sonrojó un poco y le sonrió, antes de contestarle.
—A punto del desmayo, pero aquí estoy —dijo con gracia.
La avalancha de preguntas y la preocupación llegaron de golpe.
—¿Te sientes mal?
—¿Por qué no has dicho nada?
—¿Estás mareada, cariño?
—Lúa, estás pálida.
—Tenemos que llevarla a urgencias, no es normal que tarde tanto en recuperarse, joder.
Todos hablamos a la vez.
Lo último lo dijo Iago, cabreado y agobiado. Tenía razón, pero mientras que todos entendíamos que Lúa había pasado por un virus muy fuerte que la había dejado debilitada, él, Iago, lo único que veía era que su hermana inseparable no se encontraba bien y tenía mal aspecto.
Por suerte, no sabía cómo, pero los demás de la familia nos habíamos librado de contagiarnos del virus. Estaba claro que habíamos sido inmunes a él, porque expuestos estuvimos mucho.
—Joder, qué velocidad —dijo con asombro Jon, por todos los comentarios seguidos que habíamos dicho—. No me ha dado tiempo ni abrir la boca.
Soltamos una carcajada.
—Te acostumbrarás —le aseguró Lúa—. Y por favor, no preocuparos tanto por mí —miró directamente a Iago, el que continuaba con el ceño fruncido—.
Me siento muy floja, sí, pero estoy segura de que es el final del virus.
Que no tenga fiebre ni un malestar fuerte no significa que lo haya eliminado del todo del cuerpo.
Estoy bien, solo necesito más reposo del normal.
—Y hoy te estás excediendo —intervino nuestro padre—. Tendríamos que haber pedido la comida en casa, no he caído en eso.
Sacudió la cabeza.
—Papá, puedo estar aquí perfectamente. Después, si me cuesta moverme, con que alguien me lleve en brazos hasta el coche ya estará solucionado —dijo con diversión.
—Yo me ocupo de ti, preciosa. Te llevaré en brazos.
Jon no perdió el tiempo y todos los miramos.
—¿Qué? Soy el recién llegado, voy a comer gratis en este maravilloso restaurante y me habéis abierto las puertas de vuestra casa, para quedarme el tiempo que esté aquí. ¡Qué menos que colaborar en todo lo que pueda! —se justificó Jon.
Todos sonreímos y ninguno le creímos. Incluso Iago, que defendía y protegía a Lúa como nadie, y eso ya era mucho decir en esta familia, incluso él sonrió de oreja a oreja.
Jon le gustaba y le agradó aún más notar el interés que estaba mostrando por Lúa.
Cogimos las copas para hacer un brindis y al terminar, los recién llegados elegimos la comida y la añadimos al pedido que ya habían hecho los demás.
Mientras nos esperaban a que llegáramos del aeropuerto, mis padres hablaron con el camarero que atendía nuestra mesa y todos pidieron la comida, pero con la condición de que no la trajeran hasta que no estuviera la mesa al completo, con los que faltaban en ese momento. O sea, nosotros, Kevin, Emma, Jon y yo.
—¿A qué ha venido lo de mi hermana? —le pregunté a Jon, inclinada hacia él.
En todo el tiempo que hacía que lo conocía nunca había visto que tuviera interés por Lúa. Se conocieron años atrás, la primera vez que mi hermana vino con Kevin a visitarme a la otra ciudad, donde vivía en el piso.
Después de esa vez hubo más, aparte de todas las ocasiones que se habían visto por videollamada, porque Jon se encontraba en ese momento conmigo. Jon tenía cinco años más que mi hermana.
Mi amigo me miró de reojo y escondió hacia los demás la sonrisa, con los labios rozando el filo del cristal de la copa.
—¿No querías que le diera la enhorabuena?
—Oh, no te hagas el tonto. No estoy hablando de Erea —susurré.
Puse los ojos en blanco.
—Solo quería que Lúa sintiera mi cariño —me dijo con un guiño.
Hice una mueca, porque no estaba siendo sincero.
—Aquí no. ¿Vale?
—Vale —acepté suspirando.
—¿Cuándo te he ocultado algo? —Arqueó una ceja.
—No tengo ni idea porque si me lo has ocultado, ¿cómo voy a saberlo?
—Buen punto.
Reímos.
—Vamos a disfrutar de la comida, que tengo que coger fuerzas para sacar a tu hermana de aquí en brazos.
Me hizo un guiño y sonreí negando.
Le di un beso en la mejilla y nos unimos a la conversación de los demás, la que en este instante giraba en torno a la exhibición de patinaje artístico.
En mi hermana ya no quedaba ni una pizca de nervios ni de tristeza, rebosaba felicidad con Daniel sentado a su lado. Verlos era muy bonito, se notaba el amor, la complicidad y la ilusión que desprendían, aunque con lo jóvenes que eran solo el tiempo diría si sus vidas continuarían unidas.