Capítulo 29
—Daniel —lo llamé.
El novio de mi hermana estaba sentado a cuatro asientos de los escalones que yo estaba subiendo. Mi familia estaba unas filas más arriba, desde donde debía verse la pista estupendamente desde todos los ángulos.
—Hola, Xaira —me saludó.
—Hola. ¿Me he perdido algo interesante?
Se levantó y vino hacia mí. Nos quedamos en la escalera.
—Todos los patinadores han estado hasta hace poco en la pista, calentando y repitiendo los pasos más complicados. Se han repartido por las zonas del hielo, pero Ere no ha salido —me informó intranquilo.
—¿No?
Negó y me giré para mirar hacia las zonas de fuera de la pista, las que estaban a pie de esta. Ahí estaban todos los participantes con sus entrenadores, habían puesto bancos extras separados los unos de los otros. Después de recorrer con la mirada hasta la última persona, no localicé a mi hermana.
—No sé si ha entrenado antes, supongo que sí porque ha llegado aquí muy temprano —me habló de nuevo Daniel.
—Seguro que es una tontería por lo que todavía no ha salido —quise quitarle importancia.
—No he podido hablar con ella, no sé cómo está.
Miré hacia arriba, hacia la fila de asientos que ocupaba mi familia y Emma. El único que faltaba era Kevin, los demás estaban sentados y demasiado serios.
—Kevin ha ido a ver qué le pasa a Erea, pero ya hace bastante. Iba a ir Lúa, pero cuando le ha pedido a Kevin que la acompañe, este ha visto que estaba más floja para moverse y la ha obligado a quedarse en las gradas. Han decidido que solo fuese él, porque como os movierais todos…
—Ya, somos muchos —sonreímos—. Está bien. Yo voy a colarme también en el vestuario.
Si no estaba fuera había pocas opciones donde mirar: el largo pasillo o el vestuario.
—Tu padre me ha dicho que a los familiares no les ponen problemas para acceder. Yo… no puedo.
—Pues vas a venir conmigo. Eres de la familia.
Le hice un guiño.
—¿En serio?
Se le iluminó la cara.
—Por supuesto. Además, me da a mí que lo que más necesita mi hermana es estar contigo. Pero después de verla yo, ¿eh?
—Claro —sonrió.
Le hice un gesto a mis padres y asintieron, sonriendo.
—Ahora vengo —le dijo Daniel a un amigo que lo había acompañado.
—Tranquilo.
Lo agarré de la mano y tiré de él, para bajar los escalones. Fuimos hacia una de las salidas de las gradas y una vez estuvimos a pie de pista, la rodeamos para llegar a la zona donde estaban los participantes y los entrenadores.
Nadie nos prestó atención y si lo hicieron a mí me dio exactamente igual. Iba a llegar hasta mi hermana como fuese.
Abrí la puerta que daba acceso a los vestuarios y caminamos por el pasillo alargado. Estaba solitario, así que solo quedaba un sitio donde mirar. Sabía muy bien cuál era el vestuario que siempre utilizaba mi hermana, por lo que me dirigí directa a él.
Daniel me soltó la mano cuando nos paramos frente a la puerta.
—Entra tú primero que si no la próxima vez no contarás conmigo.
—Chico listo —le dije con un guiño, a modo de broma, y él sonrió—. Gracias.
Lo sorprendí al darle un beso en la mejilla, pero es que me nació. Le hubiera dado un abrazo también si no me hubiera urgido entrar en el vestuario. Fue lo que hice al empujar la puerta y me aseguré de dejarla entornada, para que Daniel no se quedara al margen de lo que sucedía dentro.
En el interior me encontré con mi hermana sentada en un banco de madera, con los pies descalzos, porque los patines descansaban a un lado. Estaba vestida y peinada para la exhibición.
Al otro de ella estaba sentado Kevin, quien le hablaba en tono bajo. Al escuchar entrar a alguien ambos miraron hacia mí.
—Xai —susurró Erea, al mismo tiempo que se retiraba las lágrimas de la cara.
Kevin soltó un suspiro y después me hizo un guiño. Asentí.
—¿Qué te pasa, cariño? —le pregunté.
Caminé hacia ella.
—Que la última vez que me enfrenté a algo parecido, a la posibilidad de cambiar mi futuro, me hice mucho daño y lo perdí todo —me contestó con los labios temblorosos—. Pensaba… pensaba que lo tenía controlado.
Me senté a su lado y le acaricié la espalda.
—Esto no es el balé, cariño. No tiene nada que ver y tú tampoco eres la misma. Pueden pasar muchas cosas en la pista de hielo, no te digo que no, pero nunca lo mismo que viviste hace años.
—Me da igual que alguien se fije en mí, yo… lo único que no quiero es dejar de patinar. Nunca.
—Por eso mismo tienes que salir a la pista a brillar como solo tú sabes.
Olvídate del resto del mundo, hasta de nosotros, tu familia, piensa únicamente en el hielo.
Solo estáis él y tú, disfruta de su frialdad, de cómo el corazón se te acelera cuando deslizas las cuchillas por él y también de lo que te hace sentir: libre.
El di un beso en la mejilla, antes de que mi hermana se lanzara a mis brazos. La apreté fuerte con los míos y continué hablando, mientras notaba el temblor de su cuerpo.
—Tienes que ser libre, cariño, porque tienes razón.
A la mierda los ojeadores o quién narices esté en las gradas observando para captar a los mejores patinadores.
¿A quién le importa? Ahí fuera solo tenéis que existir tu pasión y tú.
No dejes que nadie se interponga entre la pista de hielo y tus patines, Erea.
Brilla, vuela, pero porque te dejas llevar con libertad, no por algo más.
—Vas a hacerlo genial, peque —le habló Kevin, sonriéndome a mí.
—Olvídate del pie, no vas a lesionarte de nuevo —le susurré—. Y si alguna vez ocurre, volverás a recuperarte y a luchar por tus sueños. Aunque tengas que crear nuevos, eso es continuar y vivir, cariño.
—Vale —susurró.
—Llevas aquí horas, ¿has calentado y practicado algo?
—Sí, mucho. Elena y yo teníamos la pista para nosotras solas.
Se refirió a su amiga.
—Estupendo, habéis acertado al venir tan temprano. He traído una sorpresa conmigo, la tengo fuera del vestuario.
Le retiré las lágrimas cuando nos separamos.
—¿Cuál?
Sonreí.
—Te la doy, pero no puedes tardar en salir. La exhibición debe estar a punto de empezar.
—Sí.
Asentí, la abracé, le di un beso en la mejilla y me levanté. Kevin hizo lo mismo cuando se lo pedí con la mirada. Ambos caminamos hacia la puerta y cuando la abrí del todo Daniel entró.
—¡Daniel! —lo llamó mi hermana sorprendida, llorando otra vez.
Ella se alejó del banco, él fue a su encuentro. Se encontraron a la mitad y se lanzaron a los brazos del otro.
Kevin y yo nos miramos sonriendo, satisfechos, y los dejamos solos. Pero antes…
—Erea.
—Gracias —me dijo y asentí.
—Acuérdate de brillar para ti, es lo único importante hoy y siempre.
—Sí —susurró.
Cerré la puerta del vestuario y recorrimos el pasillo.
—Has estado genial —me dijo Kevin.
Me pasó el brazo por los hombros.
—Perdona, soy genial, la mejor de nuestra relación de mellizos.
Soltó una carcajada y sonreí.
—Esta vez no tengo nada que decir al respecto.
—No me lo puedo creer. ¿Me das la victoria? —le pregunté.
—No te vengas muy arriba que no te durará mucho —me picó.
Le saqué la lengua.
Cuando llegamos a las gradas y junto a nuestra familia y Emma, les contamos rápido lo que había sucedido y, sobre todo, los dejamos tranquilos diciéndoles que habíamos dejado bien a Erea, en compañía de Daniel.
Él, Daniel volvió a las gradas unos minutos después. Dirigió la mirada hacia nosotros y asintió, sonriendo, antes de ocupar su asiento al lado de su amigo.
Me senté entre Lúa y Emma, ambas me agarraron de una mano cada una cuando Erea salió a pie de pista y se acercó a su entrenadora. Hasta desde donde estábamos pudimos ver el alivio de la mujer al ver a mi hermana.
Después de una presentación rápida en la que todos los participantes dieron una vuelta a la pista de hielo, comenzó la exhibición. Erea salía en cuarto puesto, por lo que tuvimos que aguantar y controlar los nervios hasta que llegó su turno.
Cuando mi hermana se paró en la entrada de la pista todos contuvimos la respiración. Les apreté las manos a Emma y a Lúa y me emocioné cuando mi hermana pequeña hizo su primer deslizamiento sobre el hielo. En ese momento volví a respirar.
Las luces volvieron a apagarse y el lugar se quedó en completo silencio de nuevo. La pista se iluminó siendo el único foco de luz que había y la música comenzó a sonar con mi hermana en el centro de la pista.
Durante toda la actuación tuve la piel erizada y los ojos nublados por las lágrimas. Porque sí, porque mi hermana fue libre sobre el hielo y brilló, brilló como nunca mientras se mecía, se deslizaba y hacía piruetas en la pista, como si el hielo y ella fuesen una extensión del otro.
—Joder, qué maravilla —susurró Emma, emocionada también.
—Sí —reí, sin poder parar de llorar.
Cuando la actuación llegó a su fin todas las personas de las gradas se levantaron para aplaudir. Toda mi familia, Emma y yo nos subimos a los asientos, para que Erea nos viera por encima de todos los demás.
Aunque daba igual que nos viera, porque nuestros silbidos y gritos los escuchó perfectamente. Nos miró muy emocionada y asintió hacia nosotros, con la mano en el pecho. Antes de ir hacia la salida de la pista dirigió la vista hacia su novio.
Daniel miró hacia atrás con los pulgares hacia arriba y reí, haciendo lo mismo.