Quién nos lo iba a decir Capítulo 38
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Capítulo 38

—Voy a llevarlo a su cama —dijo Jon, refiriéndose a Iago.

Hacía rato que mi hermano cayó rendido en el sofá. Dormía plácidamente con la cabeza apoyada en las piernas de Lúa.

Nuestros padres se quedaron con nosotros después de cenar, pero no tardaron en subir a su habitación.

Erea los siguió al cabo de muy poco, después de despedir a Daniel en la puerta de casa, donde él dejó el coche estacionado. Ella debía madrugar porque tenía entrenamiento de patinaje artístico al día siguiente, por lo que necesitaba descansar.

Los más pequeños, Eloy y Brian, hacía rato que estaban durmiendo en la cama de Eloy. Mi madre le pidió a Cian que dejara a su hermano aquí, independientemente de si él se quedaba o no a pasar la noche. Y de esa manera los niños habían acabado en la habitación de Eloy.

Kevin estaba a mi derecha en el sofá, Cian a mi izquierda, y Emma al otro lado de mi hermano. Todos teníamos puesta la atención en Jon y en lo que le estaba costando mover a Iago. El bello durmiente no se despertaba, bastante había aguantado.

—Voy con los refuerzos —dijo Kevin, levantándose.

—Os ayudo —habló Cian.

—Tranquilo, podemos nosotros —lo frenó Kevin, acompañando a sus palabras con un guiño.

Entre él y Jon cargaron con Iago, que ni por los movimientos abrió los ojos. Lúa y Emma se fueron detrás de ellos y los cuatro nos desearon a Cian y a mí que tuviésemos buena noche.

Nos quedamos solos en el sofá, en completo silencio.

—¿Qué vas a hacer? —le pregunté.

Giré la cabeza hacia él.

—Si te vas ahora tienes que llevare el coche.

Sonreí.

—¿Y si me quedo? —me preguntó con un carraspeo.

—Subimos a mi habitación, nos ponemos cómodos, y nos metemos en la cama —le contesté susurrando—. Si te preocupa tu abuelo puedes irte temprano.

—No se preocupará si no estamos, después de haber hablado con él.

Sonreí.

—¿Entonces?

—Enséñame tu habitación —me pidió y a mí me tembló todo.

Me levanté del sofá, lo agarré de las manos, y tiré de él, para que se pusiera de pie. Caminamos por el salón para ir hacia la escalera, pero antes acaricié a Timón y Pumba, los que llevaban tiempo durmiendo en sus camas acolchadas.

Apagué las luces y subimos las escaleras. En la planta de arriba también había silencio, todas las puertas de las habitaciones estaban cerradas, menos la mía.

Me pregunté si Jon estaría en la suya o en la de Lúa, o a la inversa, y ese pensamiento me hizo sonreír.

Entramos en mi habitación, encendí la luz y cerré la puerta tras de mí.

—Lúa me ha dicho antes de la cena que está con Jon —le conté.

No me miró, observaba mi habitación.

Cuando Iago se quedó fuera de juego en el sofá, lo que sucedió en cuanto se tumbó, Lúa y yo les explicamos a todos el motivo del cambio que dio Iago, justo antes de la cena.

—Salta a la vista que tienen algo, no han dejado de buscarse desde que nos hemos sentamos a la mesa —comentó Cian.

Caminó hasta la cama y se paró observando la colcha. No entendí qué miraba, hasta que se echó hacia delante y cogió algo.

Cuando se giró hacia mí con varios paquetitos de preservativos todo mi cuerpo ardió por la vergüenza.

—¿Y esto? —me preguntó con expresión divertida.

—Yo no… yo… no sé qué hace eso ahí —dije apurada.

—¿Seguro que no tenías planeado desde el principio traerme aquí para darles uso?

—Nooo… —reí.

Me acerqué a él y se los quité de las manos, avergonzada.

—Kevin —susurré—. Joder, los habrá dejado antes de encerrarse en su habitación. Cuando he estado aquí con Lúa, antes de la cena, no había nada en la cama.

—Pues tenemos que darle las gracias a tu hermano.

Levanté la mirada para encontrarme con la suya. Me quitó de la mano los envoltorios y los volvió a dejar en la cama, lanzándolos, mientras que con la otra mano me agarraba de la nuca y me acercaba a él.

—Sí. —Fue todo lo que conseguí decir.

Me agarré de su sudadera y me puse de puntillas, para besarlo. Él se movió al mismo tiempo y nuestras bocas se encontraron a medio camino. Jadeé al sentir de nuevo la misma sensación que en el coche, me estremecí de los pies a la cabeza.

Cian profundizó el beso dejándome sin respiración y temblando, empujando profundo.

Bajé las manos hacia el final de su sudadera y metí las manos por dentro, para tocarle la piel de la garriga con la yema de los dedos y las uñas. Mi contacto provocó que me besara con necesidad.

Giramos y quedé de espaldas a la cama, entonces dejamos de besarnos el tiempo justo que necesitamos para quitarnos las sudaderas, las que cayeron al suelo.

Nuestras bocas volvieron a unirse, mientras sus manos iban hacia el cierre de mi sujetador. Me lo desabrochó y lo hizo desaparecer rápido.

No podía dejar de tocarlo, la barriga, el pecho, los brazos, la espalda… todo era poco para mi necesidad y para lo bien que me hacía sentir.

Gemí cuando Cian se agachó para mordisquearme un pezón. Lo succionó, haciéndolo desaparecer en su boca y lo agarré con fuerza del pelo. Jugó con uno y con otro, acelerando mis pulsaciones cada vez más.

Al cabo de no sé cuánto tiempo, con un tirón de la punta dura de uno de los pezones que me hizo gemir, comenzó a descender por mi barriga con besos. Me mordí el labio inferior por el contacto húmedo de su lengua, la pasó por encima de la cinturilla del pantalón del chándal.

Metió varios dedos en los laterales y tiró hacia abajo de la prenda de ropa, llevándose también la braga. Se arrodilló frente a mí y mirándome a los ojos, me quitó primero una deportiva y después la otra, para después sacarme por los pies la braga y el pantalón.

Me dejó desnuda frente a él y no me dio tiempo a agarrarlo para levantarlo y hacer lo mismo con su ropa. Cian me empujó suavemente hacia atrás y me ayudó a caer despacio, hasta que me quedé tumbada bocarriba.

Él continuó arrodillado y contuve la respiración en el momento que me abrió las piernas y mi sexo quedó a pocos centímetros de él, casi a la misma altura de su cara.

Me removí en la cama, sintiendo sus dedos deslizándose de arriba abajo por toda mi zona íntima, por cada pliegue y por la entrada.

Me tapé a tiempo la cara con un cojín que alcancé, para amortiguar el fuerte gemido que me provocó que me succionara el clítoris, al mismo tiempo que me penetraba con un dedo.

Estaba tan excitada que añadió otro más, para embestirme a un ritmo constante y profundo, todo lo que daba de sí la largura de sus dedos que acompañaban a sus labios, a su lengua y a sus dientes.

Estos succionaban, lamían y acariciaban, y me mordisqueaban el clítoris y cada parte por la que pasaban.

Arqueé la espalda notando cómo el placer se concentraba todo en un mismo punto, hasta que me corrí sin remedio, estremecida por completo.

Grité su nombre contra el cojín, apretándolo a mí, porque por más que quise controlarme no lo conseguí. Fue imposible, la intensidad era demasiada como para mantener el control.

Cian se mantuvo entre mis piernas unos segundos más, provocándome varios jadeos y escalofríos. Al incorporarse sus labios brillaban de mis fluidos, los que retiró lamiéndolos, mientras me observaba con intensidad.

Llevó las manos al botón de su pantalón vaquero. Lo desabrochó y bajó la cremallera, para quitarse rápido la ropa que cubría gran parte de su cuerpo en este momento. Se quedó en bóxer, con la punta de su miembro asomando por la goma de la cinturilla.

Me mordí el labio inferior y me incorporé, para quedarme sentada frente a él. No esperé ni un segundo para sentir de nuevo el peso, el grosor, la calidez y el calor de su miembro en la palma de mi mano. Hice presión y jadeó.

Deslicé la mano arriba y abajo, despacio, sin prisa, disfrutando de nuevo de su piel erizada y de la tensión de su cuerpo. Lo alargué un poco más, acelerándole la respiración, mientras nuestros ojos mantenían el contacto.

Sabía lo que necesitaba y cómo, me lo había enseñado él mismo en el coche, mientras utilizaba mi mano para su placer, por lo que me dispuse a devolver el regalo que me había hecho minutos antes.

Lo empujé hacia atrás para levantarme y cuando estuve de pie frente a él, lo cogí de los brazos e invertí nuestras posiciones, para que fuese él quién cayera de espalda en el colchón. Lo conseguí al poner las manos en su pecho.

Me subí encima de sus piernas, a horcajadas, y volví a agarrarle con fuerza la erección. Cian gimió y cerró los ojos, pero los abrió rápido, justo para ver como la punta de su miembro, y después el resto, lentamente, desaparecían dentro de mi boca.

—Mierda —siseó.

Hizo un gran esfuerzo para mantenerse quieto, mientras me dejaba hacer a mi antojo, necesidad y disfrute.

Mi cabeza comenzó a subir y bajar, llenándome la boca con ansias. Su sabor me volvió loca y cuando Cian me agarró del pelo, por detrás de la cabeza, ahí supe que mi tiempo había terminado, para dar comienzo al suyo.

Sin sacar su miembro de mi boca elevé los ojos, para encontrarme con los suyos incendiados. Desprendían puro fuego, deseo y necesidad.

Me levantó la cabeza, mientras mis labios se deslizaban por todo el largo, para impulsarse hacia arriba a la vez que me empujaba hacia él. Me embistió con fuerza y profundo.

La primera vez me costó adaptarme porque la intensidad superó a todo lo que yo había hecho hasta ese momento.