Quién nos lo iba a decir Capítulo 27
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Capítulo 27

—No podemos salir todavía —le dije a Emma.

—Adoro a tu familia —rio sin alzar la voz.

Sonreí.

Estábamos en mi habitación, sentadas en la cama con las piernas estiradas y las espaldas apoyadas en el cabecero.

Miré la hora en el móvil que tenía en la mesita de noche, eran las nueve de la mañana.

Hoy tampoco había salido a correr y en esta ocasión no podía echarles la culpa a los truenos o a un temporal, por primera vez en mucho tiempo no me había apetecido moverme de la cama para madrugar un sábado.

Lo primero que había hecho Emma había sido tocarme la frente y palparme la cara, mientras me repetía que estaba mala, que debía tener fiebre.

No pude parar de reír, hasta que dejó de tocarme.

—¿Jon te ha escrito? —me preguntó.

—Sí. Hace media hora, iba para el aeropuerto.

—Guay. Yo me he dejado el teléfono en la habitación. ¿Tú crees que si salimos nos arrollarán en el pasillo?

Solté una carcajada.

En la casa de mis padres todo estaba patas arriba. Y todo, es todo, incluso mi familia.

Se escuchaban ir de un lado al otro por el pasillo, así como los gritos desde una punta a otra, pero no gritos de enfado, sino nerviosos y apresurados.

Emma y yo ya estábamos arregladas para irnos, lo único que nos faltaba era calzarnos cuando dejáramos la cama.

A pesar de todo, todavía quedaba media hora para irnos hacia la pista de patinaje. Erea estaba librándose del caos que había en la casa porque estaba en la pista. Ya había pasado una hora desde que una de sus compañeras y amiga vino a recogerla con su madre.

Aunque mi hermana estaba pasando por los peores nervios.

La tarde anterior estuvo cargada de muchos sentimientos y emociones. Comenzamos con la sorpresa de Emma, la que se fueron encontrando mis hermanos conforme llegaron a casa. Los únicos que sabían de su llegada eran nuestros padres, desde el principio, al igual que todo lo que había hecho Kevin.

Después saltamos a la noticia del viaje de Jon, al que todos apreciaban mucho y conocían de una manera u otra. Y, por último, nos centramos en Erea y en su exhibición.

Hablé con mi hermano pequeño para contarle que su amigo Brian estaba malo.

Tuve que frenarlo para que lo llamara un poco más tarde.

Lo hizo, claro que sí, hablaron y se vieron en una videollamada que le hizo Eloy.

Todos los hermanos y Emma aparecimos en la pantalla, para saludar a Brian y para desearle que se recuperase pronto.

El pequeño se emocionó y le hizo ilusión ver a tanta gente. Es que éramos un montón, porque también se sumaron nuestros padres y Timón y Pumba. Conseguimos hacer reír a Brian, a pesar de que se notaba que tenía fiebre y que se esforzaba para poner buena cara.

Y cuando apareció Cian en pantalla a mí me empezó a temblar todo.

Lo vi guapísimo, mi hermana Lúa no se cortó a la hora de piropearlo, y es que la sudadera que llevaba y el pelo despeinado le sentaban de maravilla.

No supe si en algún momento me buscó con la mirada, a través de la cámara no pude diferenciarlo, pero pensé que no, por mi paz mental.

Los adultos nos retiramos y dejamos a los pequeños hablar de sus cosas. Eloy subió a su habitación con la videollamada activa, mientras lo escuchábamos decirle a Brian que quería presentarle a sus amigos Teo y Oliver. Sus voces se perdieron en la planta superior.

Entre todas esas emociones, sumadas a que la exhibición de patinaje artístico cada vez se acercaba más, mi hermana pequeña no había conseguido dormir casi nada. Los nervios la habían mantenido despierta durante gran parte de la noche. Lo sabía porque vino a mi cama.

En ese momento…

—¿Xai? ¿Estás despierta? —me preguntó desde la puerta, hablando muy bajo.

Me pilló que estaba quedándome dormida, por lo que la invité a entrar.

—No. Ven aquí.

Di varios golpecitos en la cama y Erea caminó rápido y se metió debajo de la ropa, de lado y de cara a mí.

Encendí la tenue luz de la lamparita de la mesita de noche.

—¿Estás nerviosa o no te encuentras bien?

—Son nervios. Estoy cansada de dar vueltas —susurró.

Busqué su mano por debajo de la sábana y se la agarré.

—Mañana lo harás muy bien, como siempre, dando lo mejor de ti, cariño. Intenta controlar los nervios para ir descansada.

—Ya me he tomado una infusión y varias gominolas para dormir, pero no consigo quedarme dormida ni que los nervios aflojen. Y estoy cansada —suspiró.

—Vamos a hacer una cosa. Voy a apagar la luz y tú tienes que cerrar los ojos. ¿Vale?

Asintió.

Estiré el brazo para apagar la lamparita y cuando volví a la posición, comencé a acariciarle la cara y el pelo, sin soltarle la mano.

—No tienes que preocuparte por nada cariño —le hablé en un tono que esperé que fuese relajado y tranquilo—. Sé que lo vas a hacer genial. A mí me da que estás más nerviosa de lo normal porque Daniel estará viéndote. Seguro que sí, pero es lógico.

Continué hablando, contándole lo feliz que me sentía por todos los cambios que estaba viviendo. Hablé más para mí que para mi hermana, porque ella no escuchó una gran parte de lo que dije.

Conseguí que se quedara dormida. Esa fue la primera vez de varias durante la noche.

—Parece que se han calmado —me dijo Emma, sacándome de mis recuerdos.

—Sí. No se oye nada —comenté y agrandé los ojos—. ¡A que se han ido sin nosotras!

—¿Qué dices? ¿Cómo se van a olvidar o a no darse cuenta de que faltamos? —me preguntó sorprendida.

Solté una carcajada, mientras me levantaba de la cama. Emma hizo lo mismo y nos calzamos. También cogimos las chaquetas y los bolsos.

—A nuestro padre le pasó una vez, cuando Eloy tenía dos años —le conté, caminando hacia la puerta.

—Joder —rio.

—Salió de casa tan alterado y agobiado, que hasta la mitad del camino no se dio cuenta de que faltábamos Kevin y yo, los mayores.

—Madre mía, nada más y nada menos que dos hijos.

Reímos.

—Por suerte la mitad del camino era el de casa, no del trayecto. No llegó hasta la verja —sonreí—. Si no le habría dado algo a mi padre. Después estuvo años pasando lista cada vez que nos montábamos en el coche.

—No me extraña, se quedaría traumatizado.

Asentí.

Salimos al pasillo y efectivamente, no había nadie ni se escuchaba nada. Emma fue un momento a su habitación, para coger el móvil, y bajamos las escaleras.

Nos dimos cuenta enseguida que no se habían ido sin nosotras. Los encontramos en el salón, esperándonos. Mi amiga y yo nos colocamos las chaquetas y los bolsos y seguimos a todos hacia la entrada principal.

Timón y Pumba nos esperaban junto a los coches y ladraron al vernos.

Recibieron caricias de todos, antes de dividirnos en dos coches.

En el que conducía mi padre se montó mi madre, Iago y Lúa.

Ella todavía no estaba recuperada, le fallaban las fuerzas porque el virus se las había llevado todas, pero no quería perderse por nada la exhibición de Erea.

En el coche de Kevin nos montamos Emma, Eloy y yo. Mi hermano pequeño estaba muy nervioso por Erea, al mismo tiempo que mientras hablaba con Emma sobre el patinaje artístico, se notaba el orgullo que sentía por su hermana.

Salimos de la propiedad para ir hacia la dirección de la pista de hielo, que tal y como nos dijo Kevin, estaba a unos quince minutos en un día de tráfico normal. Por suerte fue lo que encontramos.

Antes de llegar saqué el móvil del bolso, para entretenerme, pero cuando desbloqueé la pantalla y vi una notificación de un correo electrónico del trabajo, el corazón me dio un vuelco al ver que me lo había enviado Cian. Me había escrito.

De: Cian Álvarez

Para: Xaira Figueroa.

Buenos días, jefa.

He pensado que te gustaría saber el parte de cómo van los bichos en mi casa y en mi familia.

Te informo de que mi hermano continúa como lo viste ayer por la tarde en la videollamada. Le mantengo la fiebre controlada, pero aguanta muy poco sin tener.

A mi abuelo lo aislé en cuanto llegué al piso. Bueno, lo de aislar es un decir porque se me escapa a veces para hablarle desde el pasillo a Brian. Mi hermano tampoco quiere que se acerque para que no se ponga malo.

Y así estamos, por ahora mi abuelo bien, mi hermano recuperándose, aunque no veo ningún cambio, y yo, pues al frente del piso, de los bichos y encargándome de los dos. Espero no caer.

Seguiré actualizándote la información.

P.D. Gracias, porque ayer hicisteis muy feliz a mi hermano. La sonrisa no se le borró hasta bastante tiempo después de colgar, a pesar de que no se encontraba nada bien. Ah, se me olvidaba, ayer estabas muy guapa en la videollamada, jefa, aunque seguías pareciendo pija.

Solté una carcajada y lo releí, sonriendo, pero también sonrojada por el piropo. Las pulsaciones se me dispararon.