Capítulo 26
—¿A qué viene tanta prisa? —le pregunté a Kevin.
—A que son las dos del viernes y tengo hambre. ¿Te parece poco?
Habló con diversión.
—Hoy has llegado a casa más pronto de lo normal.
—Porque soy un chico listo y me he escabullido —rio.
—Pues sigue siéndolo y no me esperes para comer.
—Va, que estoy de broma. Claro que te espero, pero ¡sal ya!
Reí.
—Joder, me has pillado recogiendo. Ya mismo estoy de camino.
—Erea llegará después de comer, para estar descansada para lo de mañana, así que necesita a sus hermanos mayores. A ver si hemos acabado de comer para entonces.
—Si vamos con retraso creo que podrá esperar unos minutos —dije divertida.
—Va, te cuelgo para que no te retrases. Ten cuidado.
—Vale. Hasta ahora.
—Hasta ahora, cariño.
Colgué la llamada y negué con la cabeza, sonriendo.
Era cierto que mi hermano me había pillado recogiendo, de hecho, ya había terminado. Tenía la mesa libre de papeles y carpetas, y el ordenador apagado.
Me levanté de la silla con el móvil en una mano y fui hacia el armario. Guardé el móvil, me puse la chaqueta, el pañuelo y me colgué el bolso, para ir a la puerta. El termostato ya hacía horas que lo puse como estaba al principio, por lo que salí del despacho.
Cerré con llave y me acerqué a las mesas de Bruno y Belén.
—¿Al final vais a salir esta tarde-noche con Adela?
Durante el desayuno volvieron a sacar el tema de coger la costumbre de quedar un día al final de la semana, para salir. Al final no sabía cómo habían quedado.
—Lo hemos dejado para cuando tú puedas —me contestó Bruno.
—Sí. No hay prisa —comentó Belén.
Se encogió de hombros.
—Gracias, pero no hacía falta que me esperarais.
Sonreí.
—Claro que sí, jefa —dijo Bruno.
Me hizo un guiño.
—Que tengáis un buen fin de semana —les deseé.
—Igualmente —me habló animada Belén—. Y que a tu hermana le vaya genial en la pista de patinaje.
—Joder, es verdad. Mucha suerte —añadió Bruno.
—Gracias, chicos. Me voy ya que mi hermano ya ha llegado a casa y está un poco desesperado —comenté con humor.
—¿Cuál de ellos? —preguntó Belén.
—Mi mellizo.
—Qué pasada —suspiró.
Solté una carcajada.
Terminé de despedirme de ellos con un beso que me devolvieron y fui hacia el ascensor, despidiéndome también de todos los trabajadores y compañeros que me encontré al recorrer el pasillo central.
Una vez montada en el coche me llevó unos doce minutos llegar a casa. Me paré frente a la verja y esperé a que se abriera despacio. Timón y Pumba ya me esperaban para recibirme y saludarme, y para acompañarme hasta el garaje. Corrieron a los lados del coche.
Al bajarme les di su ración de mimos, con abrazos y besos, y fuimos del garaje a la casa. En cuanto cerré la puerta del garaje se separaron de mí, para adelantarse. Entraron en la cocina.
—Ya estoy aquí —dije en alto para que Kevin me escuchara, antes de verme.
Sabía que estaba en la cocina, como cada mediodía. Por eso Timón y Pumba habían ido, abriéndome el camino. Kevin salía media hora antes que yo de su trabajo, aparte de que tardaba menos que en ir y venir.
—Ho…
No llegué a saludarlo, porque me quedé sin palabras y con los ojos abiertos al máximo, por la sorpresa.
—¿Qué…? No me lo puedo creer. ¿Qué haces aquí? —grité de felicidad.
—Joder, menudo recibimiento —dijo con diversión mi amiga Emma.
Estaba sentada a la mesa de la cocina y se levantó despacio, con los ojos nublados por las lágrimas.
—¡Em!
Corrí hasta ella. Ambas corrimos para encontrarnos a la mitad del camino. Nos abrazamos con fuerza y comenzamos a saltar y a reír, en el centro de la cocina.
Kevin, apoyado en la encimera con los brazos cruzados, nos observaba sonriendo. Timón y Pumba nos rodeaban a Emma y a mí, saltando felices y ladrando.
—¡Qué fuerte! Hemos hablado esta mañana y me has dicho que esta noche habías quedado con Jon, en su bar —dije riendo.
—Ya estaba aquí. Iba en el coche con tu hermano, ha venido a recogerme al aeropuerto.
Señaló a Kevin y lo miré asombrada, por todo lo que había callado mi hermano. Aunque todavía no sabía hasta qué punto era cierto.
—He tenido el día libre para no dejarla sola —me contó Kevin.
—Gracias —le dije emocionada.
Él me hizo un guiño.
—Xai —me llamó Emma.
—Qué fuerte —repetí y reí de nuevo, abrazándola otra vez.
Necesitaba tocarla para creerme que era verdad.
—Xai —repitió.
—¿Qué? —le pregunté separándome.
La miré de arriba abajo, estaba preciosa y con un brillo especial en la mirada.
—Quiero enseñarte algo.
—Claro.
—Id tranquilas, a la comida aún le quedan unos minutos —nos dijo mi hermano.
Le lancé un beso con la mano y lo dejamos en la cocina, con Timón y Pumba.
Emma me agarró de una mano y tiró de mí. La miré divertida y alucinada.
—¿A dónde vamos? —le pregunté.
—A la habitación que me ha dado tu hermano. Está muy cerca de la tuya.
Sonrió y le devolví la sonrisa.
—Aún no me creo que estés aquí. Joder, qué sorpresa.
—Comiendo te cuento como ha ido todo. Yo tampoco termino de creérmelo —rio—. Mañana estaré apoyando en persona, en la pista de patinaje, a Erea.
—¡Es verdad! Ya verás cuando te vea hoy.
Nos paramos frente a una puerta que estaba muy cerca de mi habitación, como me había dicho.
—Ya están vacías, me ha cundido el tiempo desde que llegué, pero mira —me pidió.
La observé con curiosidad.
Abrió la puerta de la que sería su habitación por el tiempo que quisiera y señaló hacia un lateral. Allí vi las cuatro maletas grandes y varias mochilas de viaje que me hicieron agrandar los ojos, por la sorpresa.
—¿No has venido para el fin de semana? —le pregunté, mirándola a los ojos.
—No.
—¿Cuánto tiempo te quedas?
—Qué tal, toda la vida.
Solté un jadeo por la impresión y me llevé una mano al pecho.
—¿Cómo? —grité.
—He venido para quedarme, Xai. No me voy más, a no ser que sea de viaje por vacaciones, claro.
—¿Qué dices? ¿En serio?
—Sí.
Se frotó las manos, nerviosa.
—¿Qué te parece? —me preguntó intranquila.
—¿En serio, Em? ¿Qué qué me parece? Por Dios, se me va a salir el corazón del pecho.
Reí.
La abracé fuerte y sin dejar de reír, comencé también a llorar.
—Joder, me parece tan increíble. No sabes lo feliz que estoy.
Me separé, agarrándole la cara con las manos.
—Cariño —susurré—. Madre mía, no vamos a separarnos más. Estoy flipando.
—Y yo —lloró Emma—. Ha sido todo gracias a tu hermano, me lo ha facilitado todo. Yo solo he tenido que hacer las maletas —Hipó—. Aunque no he podido traérmelo todo.
—No te preocupes, iremos con mi coche para hacerlo todo de un viaje.
—Vale —sonrió.
—Vamos —le pedí con urgencia.
Esta vez fui yo la que tiré de ella para ir hacia la escalera y a la cocina, para que Kevin me lo contara todo. Necesitaba escuchar a mi hermano, con urgencia.
—¡Kevin! —lo llamé al entrar en la cocina.
Él se giró hacia mí con un cucharon en la mano. Fui corriendo hacia él y lo abracé, apoyando la cara en su pecho. Mi hermano me correspondió al abrazo al instante.
—Gracias. Gracias. Gracias —susurré, muy emocionada.
—Sabes que eso sobra entre nosotros.
Me dio un beso en la cabeza.
—Quiero saberlo todo —le pedí riendo, mirándolos a los dos cuando me separé de mi hermano.
—Ahora, pero antes…
Señaló la olla de la comida y asentí. Emma y yo pusimos la mesa de la cocina y Kevin sirvió la comida en los platos.
—¿Timón y Pumba? —pregunté.
—Comiendo y después a su rollo.
—¿Y mamá? —continué.
—En la organización, con su amiga Rocío.
—Ay, es verdad. Me lo dijo hace unos días —comenté al acordarme.
—Sí.
La organización era una benéfica a la que mi madre y su amiga iban a menudo, aparte de que hacían donaciones y también galas, de tanto en tanto, para recaudar fondos.
Cuando iban estaban allí el día completo.
Nos sentamos a la mesa, con los platos delante.
—¿Lúa no está? —me extrañó.
—Sí, pero trabajando en su habitación. Tenía una reunión, por eso no te he dicho que estaba, para que no fueses.
—Ah, vale. ¿Ya ha comido?
—Ha terminado cuando yo comenzaba a preparar nuestra comida. Ella no podía esperar por lo de la reunión y ha comido el guiso que sobró de ayer. —Asentí—. Se ha disculpado por no hacernos la comida, pero no le daba tiempo.
Sonreí negando.
—Bueno, contádmelo todo —les pedí.
—Ya te he dicho que he venido para quedarme —empezó Emma—. Lógicamente no aquí, en esta casa —sonrió un poco ruborizada—. Estaré un tiempo, pero después buscaré un piso de alquiler.
—No hay prisa, Emma —le aseguró mi hermano y lo miré con cariño—. Ya te he dicho que te lo tomes con calma y mis padres te dirán lo mismo.
—Gracias.
—Yo también voy a quedarme una temporada aquí —dije.
Reímos.
—Kevin tiene razón. —Le agarré una mano por encima de la mesa—. Estás en tu casa, así que sin presión.
—Parad que estoy a nada de no poder parar de llorar —rio nerviosa.
Kevin y yo sonreímos.
—¿Y tu trabajo? —me interesé—. No querías dejarlo, a pesar de que no era lo mejor que podías conseguir.
—Tengo un nuevo trabajo, en esta ciudad.
Agrandé los ojos.
—¿Qué me dices? ¿Dónde? ¿Y cuándo y cómo lo has encontrado?
—Dónde, en la empresa de tu hermano. Esto responde también al cómo —sonrió mirando a Kevin.
Yo también miré a mi hermano, aún más alucinada.
Qué callado había estado, porque la conversación sobre Emma y su trabajo, la de encontrarle un trabajo aquí para que se viniera, giró en torno a mí y mi empresa. En ningún momento Kevin hizo algún comentario al respecto, lo que no quiso decir que no lo pensara y comenzara a trabajar en ello.
—Fue hace tres días —siguió hablando Emma—. Me llamó para decirme que en su empresa estaba el puesto de trabajo perfecto para mí. Me habló del sueldo y del horario, pero eso me dio igual porque se me abrieron las puertas y las ventanas —rio— a la posibilidad de venir aquí, contigo.
—Joder…
—Sí. Así que tu hermano es el responsable de que haya venido con lo poco que tengo y de que me quede a vivir para empezar una nueva vida.
—Madre mía —susurré.
Me retiré la humedad de la cara, no me había dado cuenta cuando había comenzado a llorar.
Me levanté de la silla haciendo un puchero y Kevin retiró su silla, para que me sentara en sus piernas. Fue exactamente lo que hice, para abrazarlo con fuerza.
—Gracias —tuve la necesidad de decirle otra vez, haciendo fuerza con los brazos en su cuello.
—Ya puedes estar tranquila —me susurró al oído—. La tienes aquí, para siempre.
Me dio un beso en la cabeza y cerré los ojos. Así permanecimos durante un tiempo, sin importarnos la comida. Emma no nos interrumpió, podía escucharla llorar contenida.
—Hay más —dijo al cabo de un rato.
Al oírla me senté recta en las piernas de Kevin y la miré.
—Jon llega mañana, sobre las dos. Lo sabe todo, que ya no vuelvo.
Agrandé los ojos.
—¿De verdad?
—Sí. Quería acompañarme hoy, pero tenía pendiente hacer unos trámites del bar y no ha podido. Por eso viaja mañana. Se quedará unos días en la ciudad.
Sonrió de oreja a oreja.
—Joder. Voy a teneros a los dos conmigo —dije sobrepasada.
Solté una carcajada que los hizo reír también.
—Jon también se queda aquí —dije girándome hacia mi hermano.
Él levantó las manos a los lados, pero con una sonrisa pícara. Kevin y Jon se conocían, como no, de todo lo que yo les contaba a ambos y de las veces que mi hermano viajó para verme y se quedaba en mi piso.
Me incorporé y regresé a mi silla, al lado de Emma. Apoyé la cabeza en su hombro, olvidándome de nuevo de la comida. No tenía hambre con tantas emociones.