Capítulo 25
Aparqué en el primer hueco que encontré.
—Cian…
—¿Sí?
—Lo siento.
—¿Qué…? ¿Por qué? —Frunció el ceño.
No me pasó desapercibido que se puso en tensión, como si esperara oír algo que no iba a gustarle. Tampoco era para tanto lo que iba a decirle, solo un poco de información.
—Creo que mi hermana Lúa contagió a Brian el día que estuvo en nuestra casa. Ella llegó al mediodía encontrándose mal y, aunque se encerró en su habitación después de comer, supongo que los virus se quedaron por la casa —suspiré.
—Han pasado días desde eso.
Volví a mirarlo y me sorprendió ver una sonrisa en sus labios, tan bonita y que tan bien le quedaba.
—Brian puede haber estado incubando el virus, hasta que le ha salido.
—No pasa nada, Xaira. Estas cosas pasan. Si no hubiera sido en tu casa se habría contagiado en el colegio. Es hablar por hablar porque no lo sabemos, lo mismo sí que ha cogido el virus en el colegio.
—Tienes razón, pero me siento mal.
—Pues no lo hagas, no tiene sentido ni merece la pena.
Se encogió de hombros y volvió a hablar.
—Los virus son así y por si no te has dado cuenta, yo puedo habértelo pasado ya a ti. Debo tener muchos bichos de esos del virus danzando por mi cuerpo.
—¿Bichos?
Reí.
—Ya me has entendido.
Sonreí.
—Sí. Poco podemos hacer contra esos bichos. ¿No? —le dije divertida.
—Así es, solo cagarnos en ellos y esperar a no ponernos muy malos.
Me hizo otro guiño y algo dentro de mí dio un vuelco.
—¿Alguno más de tu familia se ha puesto malo? —me preguntó.
—Por ahora no. Mi madre ha tenido a mi hermana casi en aislamiento —comenté con diversión.
—Tal vez Lúa enfermó por otra cosa. Por cierto, ¿cómo está?
—Lo que fuese lo cogió fuerte o era muy agresivo, porque todavía está recuperándose. Pero se encuentra mucho mejor, ya solo le dan décimas, aunque se siente débil. Trabaja desde casa. Gracias por preguntar.
Asintió.
—Bueno, me voy —me dijo.
—Claro. Que vaya bien y no te preocupes por nada, olvídate del trabajo.
—Gracias, Xaira —susurró, con la voz más grave de lo normal.
Sonreí.
—No hay de qué. —Asentí.
Nuestras miradas se quedaron enganchadas.
—¿Y si…? —comencé a preguntar, pero me callé.
Conseguí frenar un impulso provocado por un pensamiento loco.
—¿Qué? —me preguntó.
—Nada.
Sacudí la cabeza.
—¿Qué ibas a decir? —insistió.
—Iba de decirte que quería ver a Brian, pero eso sería ya demasiado.
Negué.
—En cualquier otro momento te diría que sí.
Sus palabras me sorprendieron, porque me esperaba una negativa.
—Pero ahora no voy a hacerlo —continuó—. Si subes tienes muchas posibilidades de ponerte mal y ya bastante has tenido con estar cerca de mí.
—Lo mismo soy inmune, si Lúa tuvo lo mismo que Brian.
—Tal vez, pero no quiero arriesgarme —dijo serio.
Hice una respiración profunda sabiendo que no iba a conseguir nada de él.
—Está bien. Gracias.
—Puedes hablar con él cuando se llamen nuestros hermanos.
—Sí.
Sonreí.
—Hasta pronto, Xaira.
—Hasta pronto, Cian.
Nada más pronunciar su nombre abrió la puerta y se bajó del coche. Noté el vacío que dejó como un peso aplastante y me pregunté cómo era posible. ¿Qué tenía Cian para que me afectara tanto?
Precisamente la ausencia que sentí, la que anticipé antes de que se fuera, fue el motivo por el que había querido alargar el tiempo a su lado. Con virus incluido.
Cian caminó con pasos firmes y rápidos hacia la entrada del edificio. Abrió la puerta con la llave y, antes de entrar, se giró hacia mí. Fue tan breve que no me dio tiempo a levantar una mano.
Entró y despareció tras la puerta, cuando esta se cerró.
Me quedé dentro del coche, mirando el edificio, por no sé cuánto tiempo. Pensé, pensé mucho, siendo Cian el protagonista de cada uno de mis pensamientos, aunque algunos de esos pensamientos derivaran en cualquier persona el continuaba estando presente.
El sonido de una llamada me sobresaltó. Busqué el móvil dentro del bolso y sonreí al ver que mi amiga Emma estaba llamándome. La echaba muchísimo de menos.
—Hola, preciosa —la saludé al descolgar.
—Hola, cariño. ¿Qué tal va todo?
—Tengo cositas que contarte —le dije.
—¿De las que me gustan o de las que me duermen?
Solté una carcajada.
Arranqué y maniobré para salir del aparcamiento. Me incorporé a la carretera y tomé la dirección de la empresa.
—De las primeras, de las que te gustan.
—Pues ya puedes empezar.
—Vas a tener que esperar hasta esta tarde.
—¿En serio? ¡No me lo puedo creer! ¿Y para qué me dices nada?
—Para tenerte entretenida pensando —reí—. Ahora no puedo, porque quiero que hablemos tranquilamente. He tenido una mañana movidita.
—Pero si acaba de empezar. Ah, no, perdona, que tú te levantas a unas horas prohibidas para correr.
Volví a reír.
—Para tu información hoy no, me he quedado en la cama.
—Joder, ¿te encuentras bien?
—Que yo sepa sí —sonreí—. Me he despertado a la hora de siempre, pero estaba tronando y no me ha apetecido salir para mojarme. Al final ha comenzado a llover cuando he llegado a la cafetería de enfrente del trabajo, me he librado por los pelos. ¿Cómo se te presenta el día?
—Aburrido —suspiró.
—¿Y la noche? ¿Has quedado?
—No quería, pero al final no sé cómo me ha convencido Jon —rio—. He quedado con él que iré a su bar, cuando llegue estará conmigo.
—Guay. Me gustaría mucho estar con vosotros, os echo de menos.
Emma me acompañó al teléfono durante más de medio trayecto. Nos despedimos quedando para el día siguiente, el sábado, para volver a tener otra sesión de sofá, palomitas, película o serie, o tal vez viésemos una película y algún capítulo o varios de la serie que nos gustaba.
Antes de colgar me dijo que le deseara mucha suerte a mi hermana Erea, para la exhibición de patinaje. Le prometí a Emma que la llamaría por videollamada, en un momento en el que estuviéramos los seis hermanos juntos.
También le comenté que le enviaría las grabaciones que hiciera de la pista de hielo, de los momentos más bonitos, al igual que la actuación completa de mi hermana. Colgó la ilusionada.
Tardé bastante en llegar al aparcamiento de la empresa, el tráfico era una locura. Cuando estacioné en mi plaza llovía de nuevo, así que me bajé y corrí hacia la protección de la entrada.
No tenía paraguas en el coche y, a pesar del día como estaba desde que me desperté, se me olvidó cogerlo del armario de mi habitación.
Saludé a Adela desde la distancia, para no retrasarme más.
—En unos minutos te llevo un café con leche —me dijo alzando la voz.
—¡Eres la mejor!
—Lo sé.
Reímos.
Subí en el ascensor, a que esta hora lo encontré vacío en la planta baja. Al llegar a la mía fui directa a mi despacho, saludando a mi equipo de departamento.
Al caminar por el pasillo central pasé entre las mesas de Belén y Bruno, las últimas antes de llegar a mi despacho.
La silla de Bruno estaba vacía, Belén me recibió con una gran sonrisa.
—¿Cómo ha ido? —me preguntó.
—Bien —sonreí—. Muy bien, la verdad.
Amplié la sonrisa.
—Se nota —me dijo con un guiño—. ¿A que hoy es un día maravilloso?
—Sí.
—¡Lo sabía!
Rio levantando los brazos y me contagió las risas.
—No sé qué sabes —carraspeé en plan broma.
—Hazte la tonta, jefa, pero si aceptas un consejo, se te da fatal.
Volvimos a reír.
—¿Y Bruno?
—Con Esteban, lo ha llamado a su despacho.
Asentí.
—¿Le habéis contado lo que ha pasado y que yo llegaría tarde?
—Sí, tranquila —me confirmó.
Sonrió.
—¿Qué ha dicho? —me interesé.
—¿Esteban?
—Sí. Vamos a mi despacho —le pedí.
Cuando Belén entró detrás de mí y cerró la puerta volvimos a hablar.
—Espero que Esteban no se haya molestado porque faltáramos Cian y yo.
—Tú estás aquí.
—Pero no a primera hora.
—Lo que a Esteban le da exactamente igual, te lo aseguro. No es así con todo el mundo, solo con quien tiene su confianza.
—Yo soy nueva, por así decirlo.
Fui hacia el armario, donde guardé el bolso y el abrigo. El pañuelo me lo dejé en el cuello y cogí el móvil del bolso, antes de cerrar la puerta del armario.
Me dirigí a la mesa y dejé encima el teléfono.
—¿Tienes frío?
—Ahora mismo un poco.
—¿Sabes que puedes regular la temperatura de aquí? En todos los despachos.
—No tenía ni idea.
Mire las paredes, pero ya sabía que no había ningún termostato para la calefacción.
—No vas a encontrarlo —me dijo riendo.
—Ya…
—Pensaba que Esteban te lo había dicho, se le pasaría. Mira.
Caminó hacia una de las paredes laterales y se paró frente a un cuadro. Eso pensé que era, hasta que Belén partió la imagen en dos al abrir las puertas pequeñas de lo que era un armario de llaves. Ahí estaba el termostato.
—Joder, qué bien escondido —dije sorprendida.
Me acerqué y subí la temperatura, hasta que entrara en calor.
Belén se quedó un rato conmigo, las dos sentadas con la mesa entre nosotras. Los primeros minutos estuvimos hablando de Cian, pero después nos pusimos a trabajar.
Adela apareció en mi despacho con mi café con leche y le preguntó a Belén si quería uno, que no le importaba ir a por otro.
—No te preocupes, cariño —le dijo Belén—. Te lo agradezco, pero me espero al desayuno.
Adela se fue y Belén y yo continuamos hablando de trabajo, con algunos silencios mientras revisábamos la información de varias carpetas.
Bruno se nos unió al cabo de un rato.