Capítulo 24
—Claro, como tú estás acostumbrada a que tus hermanos sean tantos…
—¿Eso ha sido una especie de broma? —le pregunté.
—No.
Lo negó, pero vi el inicio de una pequeña sonrisa.
—¿Qué le pasa?
—Anoche empezó a encontrarse mal y ha pasado mala noche. Cuando he ido a verlo esta mañana tenía fiebre.
—¿No hay nadie que pueda quedarse con él? —le pregunté con suavidad.
—No tenemos padres, si es lo que estás preguntado.
—No he preguntado nada, Cian. Tu respuesta podría haber sido una vecina, por ejemplo.
—Nuestra madre murió y nuestro padre es un alcohólico que quiero bien lejos de nosotros. Por suerte lo está.
No me atreví a interrumpirlo ni a decirle la palabra que tiraba por salir de mis labios: lo siento. Sabía que Cian se enfadaría, que no consentiría que le tuviera pena ni que se la mostrara, por lo que simplemente esperé a que continuara.
Me parecía mentira que estuviese abriéndose tanto conmigo.
—A la única vecina que le dejaría a mi hermano, con la que tenemos una relación más cercana, es mayor y no voy a exponerla.
—Lo entiendo.
Asentí.
—Brian y yo vivimos con nuestro abuelo, pero…
—¿Qué?
—Que está muy delicado de salud. Está enfermo y me da miedo que coja el virus y su enfermedad empeore.
Por eso quiero volver a casa, no tendría que haber salido.
Necesito ocuparme de ellos y que mi abuelo se mantenga lo más alejado posible de Brian.
Sé que es complicado estando en el mismo piso, pero la carga vírica no sería la misma si…
—También lo comprendo —lo interrumpí con tacto—. ¿Por qué no has empezado por todo esto? Habría sido mucho más fácil.
Su respuesta fue encogerse de hombros y mi reacción poner los ojos en blanco. Vi otro amago de sonrisa en sus labios.
—Puedes irte y si el lunes Brian todavía no se ha recuperado, o tu abuelo o tú os encontráis mal, no hace falta que vengas. Eso sí, envíame un correo electrónico al de la empresa, para avisarme e informarme.
—Gracias.
Habló sorprendido.
—No me las des. No soy tan ogro como piensas.
Negué.
—Gracias —repitió, como si no lo creyera.
Sonreí.
—Dile a Brian que por la tarde lo llamará mi hermano. En cuanto le diga a Eloy que su nuevo amigo está enfermo querrá hablar con él. Sé que mi padre tiene tu número de teléfono. —Asintió—. Yo lo puedo conseguir fácilmente, pero no quiero tenerlo si no me lo das tú.
Hice una pausa, sintiéndome muy nerviosa.
—A tu hermano le vendrá bien distraerse, pueden hacer una videollamada —añadí.
—Me parece bien.
—Vale. Pues ya está.
Durante unos segundos, o quizás fueron minutos, ninguno de los dos se movió. Nos quedamos observándonos fijamente, en silencio, mientras las personas pasaban por nuestros lados.
—Me voy —me dijo.
—Claro.
Se giró y comenzó a caminar, lo que me extrañó por la dirección que tomó.
Fruncí el ceño.
—¿A dónde vas? El aparcamiento de la empresa está en sentido contrario.
—A la parada de autobús. Llevo días sin coche —me contestó, mirándome por encima del hombro.
—Perdona, no sé porque he dado por hecho… ¿Ese es el motivo por el que siempre llegas tarde?
—Ese es el motivo por el que siempre llego más tarde lo que llegaba antes.
—¿Me puedes explicar eso? —le pedí y volvió a quedarse de cara a mí.
—Nunca entro a mi hora porque tengo que dejar a Brian en el colegio.
Es imposible que llegue a tiempo, entre el tráfico y esperar a que abran las puertas del colegio.
Mi hermano entra a primera hora, no dejan antes.
Cuando tenía mi coche me retrasaba, pero no tanto, desde hace unos días nos movemos en autobús y es más locura aún.
Joder, con razón , me dije.
Sabía que debía haber una explicación.
—Te llevo a dónde me digas —le dije.
—¿Cómo? —Frunció el ceño.
—Que te llevo en mi coche a tu dirección.
—No.
—Joder, ¡no voy a utilizar esa información para nada! —dije a modo de queja, porque había vuelto a levantar el escudo contra mí.
—No lo he dicho por eso. —Elevó las cejas—. Te recuerdo que tu padre y tu hermano hace días que saben dónde vivimos. Muy secreto no es.
—Ah, es verdad —carraspeé—. Entonces… ¿No quieres llegar cuanto antes para estar con tu hermano?
Le di dónde más le dolía. Yo también sabía cómo jugar.
—No me cuesta nada y tú te ahorrarías ¿cuánto? ¿Veinte minutos?
—Un día como hoy, con las calles mojadas, más —dijo.
—Pues más a mi favor. No me deberás nada por llevarte a tu casa, me he ofrecido y lo haré encantada porque estoy preocupada por Brian. Y ya de paso, por tu abuelo.
—No vivo en una casa.
—Era un decir, Cian. Casa de hogar. ¿Qué más da?
Al ver que estaba pensándoselo demasiado, insistí.
—¿Qué me dices? —le pregunté.
—Si me llevas serás tú la que entres tarde al trabajo.
—Soy la jefa.
Frunció el ceño.
—Era una broma.
Bufé, divertida, y continué hablando.
—No pasa nada. Voy a escribirles a Bruno y a Belén, tenemos un grupo para comunicarnos más rápido. Les digo que hablen por mí con Esteban. Y tranquilo, les pediré que no le digan el motivo, de eso me encargo yo cuando vuelva.
—Bruno, Belén y Adela ya lo saben. No me importa que Esteban también lo sepa, me conoce muy bien.
—De acuerdo. Pues mejor.
Sonreí.
Saqué el móvil del bolso y les escribí un mensaje a los chicos, diciéndoles que iba a retrasarme para llevar a Cian a su casa. Me despedí pidiéndoles que avisaran a Esteban y guardé el móvil, para mirar a Cian.
—Ya está. ¿Vamos?
Asintió y caminamos en silencio, uno al lado del otro.
A la altura de la cafetería cruzamos a la otra acera y accedimos al aparcamiento de la empresa, yendo hacia mi plaza de estacionamiento.
—¿Este es tu coche? —me preguntó cuando lo abrí con el mando.
—¿Eso qué significa? —Arqueé una ceja.
—Tranquila, fiera.
Entrecerré los ojos y él soltó una carcajada.
No lo mostré variando mi expresión, pero sonreí por dentro al verlo reír y tranquilo. Hoy había dejado de ser un viernes cualquiera.
Abrí la puerta y me monté. Cian hizo lo mismo, en el asiento del copiloto.
—Esperaba un coche de lujo —me dijo, mientras nos poníamos los cinturones de seguridad.
—¿Por qué? —Arranqué y salí de la plaza, comenzando a circular por el aparcamiento.
—Porque eres pija.
—¿Perdona? —Jadeé, por la sorpresa— ¿Qué tengo yo de pija?
—Todo —contestó con una media sonrisa—. El que seguro que no tengo nada soy yo.
—Eso no es verdad. No me conoces.
Negué con la cabeza.
—Tengo este coche normal, he vivido muchos años sola, en un piso de grande como mi habitación y la cocina de la casa de mis padres.
Pequeñito, pero muy mono y más que suficiente.
Mi vida es muy tranquila y sin excesos. El dinero que gano y tengo ahorrado lo he conseguido con mi trabajo, así que me siento muy orgullosa de ello.
Me sacrifiqué muchos años por los estudios y te aseguro que nadie me ha regalado nada, Cian. Tampoco lo hubiese querido.
—¿Por qué?
Noté cómo me miraba. Yo no me atreví a girar la cabeza hacia él en este momento, porque sabía que me afectaría ver y sentir la intensidad con la que me observaba. Lo notaba.
—Porque mis padres siempre nos han enseñado a mis hermanos y a mí a valorar lo importante, a esforzarnos para conseguir nuestros propios logros.
Sí, ellos tienen el privilegio de vivir en una propiedad enorme, en una casa increíble rodeada de metros y metros de vegetación, pero nunca verás ni oirás a mis padres alardear de lo que poseen.
No importa cuánto dinero tenga mi familia.
—Conozco un poco a tu padre y me dio esa impresión, la de que es una persona sencilla y cercana —me dijo y asentí orgullosa.
—Joder, yo pija —reí.
Lo miré de reojo para ver cómo sonreía.
—No me has dicho hacia dónde tengo que ir —le dije.
—Por ahora vas bien, hasta que te avise.
—Vale —suspiré—. ¿Es mucho si pregunto por qué llevas días sin coche? ¿Crees que puedes soportarlo?
Soltó una carcajada y esta vez fui yo la que sonreí.
—Lo tengo en el taller, pero voy a darlo de baja —me informó.
—¿Por una avería? ¿No tiene arreglo? —Fruncí el ceño, observándolo de reojo.
—Sí —contestó hablando más bajo. Miró por la ventanilla—.
Llevaba una racha de averías y cada vez eran peor, hasta que ha llegado la definitiva.
Tiene arreglo, pero el mecánico, un amigo, me pidió que me olvidara de ello.
Me hizo el presupuesto y no me merece la pena la inversión. El coche ya tiene sus años.
—Entiendo. —Asentí—. Es mejor en invertir en uno nuevo.
—Sí, aunque no lo quiero nuevo. Pierde valor enseguida y es tirar el dinero. Al menos es mi pensamiento. Encontraré una buena oferta en la que el coche no tenga muchos años.
—Seguro que sí.
—Pero hasta que llegue toca movernos en autobús y llegar tarde al trabajo.
—Ya llegabas tarde teniendo coche. Tú mismo lo has dicho —le recordé.
—Exacto, me he referido a llegar más tarde de lo normal.
Giré la cabeza hacia él y el guiño que me hizo me dejó fuera de juego durante unos segundos.
—Gira a la izquierda —me pidió al cabo de un rato.
Eso mismo hice y cambiamos de dirección. Había muchos vehículos circulando, por lo que nos llevó más tiempo del normal llegar frente al edificio en el que vivía Cian. Según me dijo él, a lo del tiempo me refiero.