Capítulo 22
Cian
—Gracias —le dije a Cecilia.
Acababa de dejarme el café con leche delante.
—No hay de qué, guapo. ¿Seguro que no quieres ir al baño a secarte un poco? Tienes la ropa empapada, puedo dejarte una toalla.
—Prefiero perder tiempo de trabajo —le dije, con un guiño.
Sonrió de oreja a oreja.
—Ya veo que piensas en todo —rio—. Os dejo que terminéis tranquilos. Cualquier cosa ya sabéis dónde estoy.
Señaló hacia el pasillo, mirándome. Imaginé que se refería a su despacho, pero no iba a preguntarle.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó Adela.
Arqueé una ceja.
—Hola y gracias —le dije.
—Tonto —rio—. Me refiero a que es muy pronto para ti.
Sonrió.
—Es verdad. ¿Le ha pasado algo a Brian? —Fue el turno de Belén de preguntar, con el ceño ligeramente fruncido.
Ellas y Bruno eran de las pocas personas de la empresa que sabían cómo debía que distribuirme el tiempo y por qué.
—Anoche empezó a sentirse mal. Ha pasado muy mala noche y cuando he ido esta mañana a ver como estaba tenía fiebre. Al no llevarlo al colegio he podido coger el autobús directamente hasta aquí, desde la parada que está cerca de nuestro piso.
—Ay, pobre Brian —dijo Belén y curvó los labios hacia abajo.
—Cada vez escucho más casos de virus —comentó Bruno, negando con la cabeza—. Joder, pobrecito.
—No quería irme —dije pensativo—. No me gusta que mi abuelo tenga que ocuparse de Brian. No quiero que se exponga tanto entrando en su habitación, porque si él cae enfermo, con lo delicado que está…
Apreté la mandíbula.
Unas carcajadas me hicieron seguir la dirección de los sonidos y mi tensión aumentó al ver que los que se reían eran Xaira e Ismael, los dos jefecitos .
No me sorprendí porque antes de verlos ya intuí que eran ellos los escandalosos. Tampoco es que estuvieran exagerando, pero…
Mierda, no sabía por qué cojones sentía tanta rabia. ¿Rabia de qué? Esa mujer podía hacer con su vida lo que le diera la santa gana, siempre y cuando se mantuviera alejada de mí.
Agarré la taza con fuerza y bebí un sorbo de café, sin apartar la mirada de la parejita .
—Oye, Cian.
Me fastidió apartar la vista de ellos, para centrarla en Belén.
—¿Qué?
—¿Por qué no hablas con Xaira?
—¿Perdona?
Agrandé los ojos, cuando otra puñetera carcajada conjunta me hizo apretar con más fuerza la taza.
—Ya sé que no te cae bien.
—Yo no diría tanto —carraspeó Bruno.
Cuando lo miré me hizo un gesto casi imperceptible que solo entendí yo. Me pidió que me relajara y automáticamente solté la taza, agradeciéndoselo con la mirada.
—La ocasión lo merece, ¿no? —me preguntó Adela—. Sé a lo que se ha referido Belén y tiene razón.
—Exacto. Cian, Xaira es buena. No sé porque empezasteis con tal mal pie, enfrentándoos, ni porque os picáis tanto y huis del otro, sobre todo, tú, pero los tres podemos asegurar que Xaira tiene buen corazón, que es buena persona.
—Lo que están queriendo decirte con tantas vueltas…
—dijo Bruno, con un tono de voz divertido—.
Es que le digas a Xaira que tienes que irte porque tu hermano pequeño está malo y tu abuelo se encuentra muy delicado de salud, como para estar todo el día expuesto a tantos virus, ya que si no estás tú él tiene que cuidar a Brian.
—No me dará el día libre —susurré.
—¿Por qué lo dices tan seguro? —me preguntó Belén—. No lo sabes.
Me sonrió con cariño.
—Si Xaira conociera a Brian… —suspiró Adela—. Con lo bonito que es ella misma te empujaría para que te fueras.
—Xaira ya conoce a mi hermano.
—¿Cómo?
—¿Qué?
Preguntaron al unísono ambas, alzando la voz. Bruno no reaccionó de ninguna manera porque él era el único que lo sabía desde hacía días. Le conté lo que hizo el padre de Xaira para que los niños se llevaran bien y no estuvieran enfrentados.
A mí me pilló tan de sorpresa…
Lo último que me esperaba era que el entrenador de Brian le facilitara mi número de teléfono al padre de mi jefa. Me quedé descolocado cuando descolgué la llamada, sin conocer el número de teléfono, y escuché la explicación del hombre que se presentó y me habló con serenidad.
Y fue una grandísima sorpresa, una muy gratificante. Cuando Román, así se llama el padre de Eloy y de Xaira, aparte de más hermanos, me propuso que los niños se hicieran amigos, que los acercáramos, me pareció una gran idea que ni en sueños hubiese imaginado que sucediera de la manera que se dio.
Ese hombre me dio un toque de realidad porque uno no puede hacerse una idea preconcebida de alguien o de una familia al completo, sin conocerlos.
Acepté y fue la mejor decisión, porque cuando trajeron a Brian a casa solo tuve que ver su cara los primeros segundos, en el momento que bajó del coche de Román, para saber lo contento e ilusionado que volvía.
Fue un momento muy bonito y divertido, en el que los pequeños se prometieron que en el campo lucharían, pero sin hacerse daño. Y si sucedía, porque a veces era inevitable, después quedarían fuera del campo para comerse un helado.
Lo del helado fue cosa de mi hermano, mientras que Eloy le dijo que vale, pero que también podían comer chucherías y palomitas, para hacer las paces.
Así de simple y de inocente. Román y yo los observamos divertidos y satisfechos, antes de despedirme del hombre con un fuerte apretón de manos.
Le di las gracias por lo que había hecho y él le quitó importancia. Me comentó que si me parecía bien los pequeños volverían a quedar pronto y como no, le dije que, por supuesto. Se fue diciéndome que tuviera bien guardado su número de teléfono porque me llamaría en unos días.
También me abrió las puertas de su casa a mí, Román me repitió que podía ir cuando quisiera, que era bienvenido.
Les conté a las chicas cómo es que Xaira conocía a Brian y me escucharon con las bocas abiertas, porque eso me llevó al momento clave, al primero encuentro o enfrentamiento que tuvimos Xaira y yo, la primera vez que nos vimos en el partido de nuestros hermanos.
Entonces comprendieron a qué venía nuestra actitud tirante y esquiva, así como nuestros intercambios de palabras desde el inicio.
—Joder, qué fuerte —dijo Belén.
—Estoy alucinada —rio Adela.
—Cian, pues con más razón tienes que contarle a Xaira lo que te pasa. En cuanto sepa que Brian…
—No me dará el día libre —repetí, porque de verdad lo creía.
—Tío, ¿qué pierdes por intentarlo? —me preguntó Bruno y después señaló disimuladamente hacia la mesa donde estaban Xaira e Ismael—. Además, así la apartas de ese, que todo lo malo se pega.
Sonrió de medio lado y yo puse los ojos en blanco, porque sabía muy bien que el motivo que acababa de decir no era el verdadero por el que me pedía alejar a Xaira de Ismael.
Sacudí la cabeza.
Miré por la cristalera. Había dejado de llover con fuerza, ahora el agua caía muy fina y poca, casi ni se notaba.
Me moría de ganas de volver con mi familia, para encargarme de ella. Necesitaba estar con mi hermano y mi abuelo, para estar tranquilo. Sabía que, si no era así, igualmente mi mente estaría con ellos, por lo que no iba a centrarme en el trabajo.
Solté un suspiro y dirigí la vista hacia Xaira, preguntándome si sería posible que se pusiera de mi lado y me dijera que podía irme. No quería forzar más las cosas, si ella me decía que no, obviamente obedecería, pero podía suponer que comenzara otra guerra entre nosotros.
O quizás no, me refiero a que no la obedecería y me largaría, sin importarme su negativa.
Me froté la nuca y dejé la mano quieta ahí, pensando.
—No le des más vueltas —me pidió Belén.
La miré de reojo y después volví a observar a Xaria, directamente.
Pensé en mi hermano, en todo lo que me contó cuando regresó de la casa de su nuevo amigo, cuando nos pusimos cómodos en su cama. Me explicó que jugó mucho con Eloy, que se lo pasaron muy bien y que la madre les preparó un batido de fruta que le gustó mucho.
Me habló de que conoció a tres de sus hermanos mayores, a Kevin, a Iago y a Xaira.
Eloy tuvo que repetirle sus nombres varias veces, para que los recordara.
Por lo visto había otra hermana en su habitación, Lúa.
Y una última, Erea, pero esta no se encontraba en la casa porque Eloy le dijo que llegaría tarde de dar clases de balé.
Debo reconocer que aproveché para hacerle algunas preguntas a mi hermano, disimuladamente, y me gustó varias de las palabras y los consejos que le dieron Xaira y Kevin, al menos de las pequeñas partes que se acordó de decirme mi hermano.
Brian me hizo un resumen perfecto de dónde vivían, de la gran verja de la entrada, de los jardines y de la zona arbolada por la que se pasaba para llegar a la casa.
Me detalló que vivían en una vivienda enorme de dos plantas, con mucho terreno alrededor. Vio una piscina, una barbacoa y zonas con tumbonas y sofás en el jardín.
Lo que no me sorprendió, después de conocer al padre que tenía Eloy, fue que Brian me dijera que su nuevo amigo no se burló de él en el campo, cuando jugaban.
Ese fue el motivo por el que Brian empujó a Eloy y se dio cuenta de que se equivocó al hacerlo.
Eloy se sorprendió cuando mi hermano le preguntó con sinceridad y quedó claro que fue un malentendido por parte de mi hermano.
La familia era enorme, seis hermanos, dos padres y dos perros, ni más ni menos.
De estos últimos también me habló mucho Brian.
Nos reímos cuando me dijo que se llamaban Timón y Pumba.
Y sin pretenderlo, cuando mi hermano se durmió al final porque estaba rendido, me di cuenta de que había entrado en la familia de mi jefa.
—Deseadme suerte —les dije a mis amigos.
Tomé la decisión y me levanté de la silla, de donde cogí la cazadora.
—Ay, qué bien —se animó Adela.
Me puse la cazadora y me terminé el café.
Bruno me hizo un guiño y asintió, dándome ánimos en silencio. Belen tenía una sonrisa de oreja a oreja.
—Dale muchos besos a Brian y dile que esperamos que se recupere pronto —me pidió Belén.
—Lo haré —sonreí.
Me guardé el móvil en un bolsillo interno de la cazadora y me despedí de ellos, porque saliera mal o bien la conversación con Xaira, no me quedaría más tiempo en la cafetería.
Caminé entre las mesas y conforme me acercaba escuché con más claridad la voz de Xaira.
—¿Podemos hablar? —le pregunté, al pararme a su espalda.
Xaira se giró en la silla, sorprendida.
—Ismael —le dije a él, a modo de saludo.
—Cian —me correspondió de la misma manera, sumando un asentimiento de cabeza.
Una vez quedé bien, solo me centré en Xaira.
—Ya veo que estás muy bien y cómoda aquí, pero insisto ¿puedes atenderme? No te quitaré mucho tiempo, para que puedas seguir divirtiéndote.
—No estoy… ¿Qué quieres?
—Te espero fuera —le dije, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón—. Si no sales entenderé que no te interesa lo que tengo que decirte y no se me ocurrirá nunca más hablar contigo.
Esas fueron mis últimas palabras, por el momento. Me giré y caminé hacia la puerta, de donde cogí el paraguas del paragüero. Salí a la calle tranquilamente, cerrando bien el paraguas. Ya no llovía nada.
Bueno, eso de tranquilamente era un decir.
Esperé de espaldas a la puerta, a unos pasos de ella. Me negaba a observar cómo Xaira se quedaba sentada frente a Ismael porque lo prefería a él, antes que perder el tiempo conmigo.
Cogí una bocanada de aire y al cabo de un breve tiempo, cuando pensaba que ya había pasado demasiado para que Xaira saliera, comencé a caminar por la acera.
Lo hice cabreado conmigo mismo y con todo, con un agobio impresionante y planteándome el largarme por mi cuenta.
El problema era que quería hacer las cosas bien con Xaira, al menos por esta vez, ya que lo tenía muy fácil para irme sin darle explicaciones. Solo tenía que descolgar el teléfono para llamar a Esteban, el director general, y este no me pondría ningún problema para irme.
Pero eso sería pasar por encima de ella y era lo que no quería.
—¿Te vas?
La voz y la pregunta de Xaira me hicieron pararme de golpe.
—¿No querías hablarme de algo? —insistió.