Capítulo 21
—Menudo día hace —dijo Belén.
Aparté la vista de la calle para mirar a mi nueva amiga y después a mis otros dos nuevos amigos.
Eran las ocho y diez de la mañana, estaba en la cafetería tomando el café de antes de iniciar el día de trabajo con Belén, Bruno y Adela.
Ya había pasado casi una semana de trabajo desde que comencé en esta sede. Quedaban las horas del viernes, pero era final de semana, refiriéndome a lo laboral, por lo que daba por superada mi primera semana como jefa de departamento.
Estaba contenta porque una vez pasado el lunes y ciertas sorpresas, los siguientes días hasta hoy habían sido muy tranquilos y llenos de armonía.
Ya habían pasado por mi despacho todos los trabajadores que tenía a mi cargo, los conocía un poco más y eso me gustaba, a la par que me hacía estar un poco más tranquila.
El ambiente de trabajo fuera de mi despacho era muy bueno y en particular para mí, era estupendo porque Belén y Bruno siempre me ofrecían una mano para liberarme de la carga que se me acumulaba. Eran un gran apoyo, como me dijo Esteban.
Y todo lo anterior había funcionado de maravilla porque Cian se había mantenido distante y apartado.
En definitiva, que más no había podido ignorarme, y eso que pensé que con el acercamiento de nuestros hermanos pequeños y con lo de que pasó la tarde en la casa de mis padres, la actitud de Cian aflojaría.
De verdad que lo creí, pero nada que ver con la realidad.
Estaba claro que Cian no podía ni verme, por eso me esquivaba.
Ni siquiera me miraba directamente y, aunque me fastidiaba, mucho, muchísimo, y me hubiera costado reconocerlo, su comportamiento me afectaba.
Descubrí rápido que no me gustaba que pasara de mí, en cambio, a cualquier otra persona que se acercaba a hablar con él la recibía con una sonrisa.
A estas alturas ya había aprendido a identificar sus sonrisas por compromiso, las que venían a decir: muy bien, di lo que tengas que decirme y déjame en paz. También tenía caladas sus risas verdaderas, las sinceras, las que le iluminaban la cara.
Con todos era simpático, hacía bromas y se relacionaba hasta con los que no trabajan en nuestra planta. Conocía a muchas personas de este edificio, sino a todas, pero me sobraban dedos de una mano para contar las personas con las que sí, con las que era él en estado puro.
Lo demás era una fachada, un compañerismo durante el horario laboral de: te soporto porque remamos en el mismo barco, pero no me interesa conocerte en lo personal.
Al menos esa era la impresión que me había dado en el trascurso de los días. Y no es que hubiera estado analizándolo constantemente, era cosa de las coincidencias.
—Tiene pinta de que lloverá todo el día —continuó hablando Adela del tiempo.
—A mí no me disgusta —comentó Bruno.
—A mí tampoco —dije, sonriendo—. De hecho, me encanta.
Me encogí de hombros.
—¿Te gusta que llueva? —me preguntó Adela.
—Sí —reí, al ver su cara—. Me relaja.
—¿Y si diluviara y te pillara en la calle? —Quiso saber Belén, sonriendo.
—A ver, está claro que en ese caso es un rollo, más que nada porque acabaría empapada, pero si es una lluvia normal o ese diluvio y estoy a cubierto, me sigue gustando.
—Soy de los tuyos —dijo Bruno.
Chocamos las manos por encima de la mesa y reímos.
—Lo que sois es muy raros. —Negó con la cabeza Adela—. A mí me deprimen estos días, necesito el sol.
—A mí también me gusta el sol —dije con diversión—. Cada momento tiene su encanto.
—Claro que sí.
Bufó y reí.
Me llevé la taza a los labios para darle varios sorbos seguidos al café.
—Mira, otro jefazo —comentó Adela.
Ella y Bruno estaban de cara a la puerta, Belén y yo le dábamos la espalda.
—¿Quién? —preguntó Belén.
—El que ha entrado es Ismael, por ahora —contestó Bruno.
Cuando Adela nos susurró que Ismael miraba nuestra mesa, lo saludamos levantando las manos. Después nos quedamos en silencio bebiendo de nuestros cafés.
—Oye, ¿os apetece quedar esta tarde? —habló Adela—. Estaría guay.
—Yo no puedo hoy —me adelanté—. Mañana una de mis hermanas tiene una exhibición de patinaje artístico y lleva repitiéndome varios días que esta tarde-noche toca sesión de dulces y charlas con todos los hermanos.
Sonreí.
—Oh, qué guay. ¿Cuál de ellas?
—La pequeña, Erea. Teniendo en cuenta que tiene diecisiete años y Lúa veintidós.
—Tiene que ser una pasada tener tantos hermanos —comentó Belén.
—Sí, para lo bueno y para lo malo.
Reímos.
—Pero otro día me apunto para salir —les dije—. Me encantaría que cogiéramos una rutina de quedar algún día del fin de semana, fuera del entorno del trabajo. Si es que podéis.
—Y tanto que sí. —Me hizo un guiño Bruno—. Contad conmigo, siempre que lo sepa con tiempo. Salgo con mis amigos los fines de semana.
—Yo claro que puedo —se unió Belén—. Y Adela también porque lo ha propuesto.
—Estupendo. Qué ilusión —les dije.
—Xai —me llamó Adela.
Cuando estábamos solos los tres habían cogido la costumbre de llamarme por el diminutivo de mi nombre, como mi familia y Emma.
—¿Qué? —le pregunté.
—Ismael mira mucho para aquí.
—Joder, ¿cómo te das cuenta? No te he visto en ningún momento mirar hacia él, ni de reojo, y te tengo en frente.
—Es uno de sus superpoderes —soltó Bruno.
Reímos.
—El caso es que lo sé y no me equivoco —sonrió Adela.
—Podría acercarme un rato, ahora que sigue solo. Desde que se acercó el primer día y me lo propuso he pasado de ir —comenté.
—No creo que te diga algo sobre eso, pero si saca el tema dile que no lo has visto en ningún momento solo en la cafetería —dijo Belén.
—No me preocupa lo que pueda o no decirme —sonreí—. Tenéis razón, voy a ir a su mesa un rato y así me quito el compromiso de encima.
—Suerte —me deseó Adela.
—Pues como no sea para no tropezarme, no sé para qué —reí.
Dejé a las chicas riendo y a Bruno entre divertido y serio.
No me paré a analizarlo, me levanté y cogí mi taza de café, para ir a la mesa de Ismael, sorteando las demás.
—Hola —lo saludé al llegar—. ¿Puedo? ¿Te viene bien?
—Eh, qué sorpresa.
Sonrió.
—Perdona por tardar tanto en venir un día, desde que me lo dijiste, pero no te he visto solo en ningún momento en la cafetería. No quería molestar ni pasar vergüenza —le dije, devolviéndole la sonrisa.
Decidí sacar el tema yo, para zanjarlo.
—No pasa nada, Xaira. No tienes que disculparte, no me lo he tomado mal.
—Gracias. Es bueno saberlo.
—¿Cómo te ha ido la primera semana? —se interesó.
—Genial. Mi departamento es el mejor —lo piqué.
Soltó una carcajada y oculté mi sonrisa detrás de la taza de café. Le di un sorbo.
—No lo creo.
—Te lo demuestro cuando quieras.
Le hice un guiño.
—Estaré encantado de ver esa demostración —dijo con diversión.
—Quitando de que mi equipo es el mejor… —Volvió a reír—. De verdad que me ha ido genial. Estoy muy contenta y satisfecha.
—Me alegro mucho.
Asintió.
—¡Cian, tío!
Al escuchar la voz de Bruno, en alto, o más bien, al escuchar el nombre de Cian, giré la cabeza hacia la mesa de mis amigos.
Lo hice extrañada porque como ya he dicho, Cian me esquivaba, y este lugar, la cafetería, no era una excepción para él.
Me di cuenta de que Bruno le había hablado a través del móvil, lo tenía en la oreja, mientras que él miraba hacia la cristalera.
Observé hacia la calle y me sorprendí al ver a Cian con un paraguas en la acera, de cara a su amigo Bruno. Belén y Bruno eran dos de las personas con las que le salía la sonrisa verdadera a Cian, Esteban era otro.
El paraguas no le hacía nada, lo único que parecía tener seco era del pecho hacia arriba, el resto de su ropa estaba mojada.
Otra de las cosas que me extrañó es que hubiese llegado ya. Cian nunca aparecía puntual en el trabajo y yo, para no empeorar más nuestra situación, no me había atrevido a preguntarle porque llegaba cada día pasadas las nueve menos veinte, más de diez minutos después del inicio de la jornada.
En ese sentido yo también había evitado discusiones con él, porque Cian no vino a contarme el motivo por el que llegaba tarde, como le pedí mi primer día de trabajo, en mi despacho. Su confirmación de que lo haría fue una mentira bien grande.
—Vamos, tío, entra un rato —le pidió Bruno—. Estás empapado y todavía queda para entrar a trabajar.
Cian parecía no escuchar a su amigo, a pesar de que también tenía el teléfono en la oreja. Su mirada estaba fija en mí y yo no aparté la mía de la suya, aunque me sentí muy extraña.
Parpadeé varias veces rápido, para salir de momento, cuando Cian dirigió la vista a Ismael. Estuvo pocos segundos observándolo, hasta que se movió y para mi sorpresa entró en la cafetería.
Dejó el paraguas en el paragüero y saludó a todos los que conocía, conforme iba a la mesa de nuestros amigos. Una vez saludó a Bruno, a Belén y a Adela, ocupó mi lugar, la silla que yo había dejado libre.
—¿Quieres ir con ellos?
—¿Qué?
Dirigí la atención a Ismael.
—Te agradezco que hayas venido a hacerme un poco de compañía, ha sido breve, pero me ha gustado mucho, pero entiendo que quieras volver con ellos.
—Ah. Sí, claro. En unos minutos voy.
A pesar de decirlo no lo tenía yo tan claro. Siempre podía sentarme encima de Cian y si se quejaba decirle que… ¿Y por qué no encima de Bruno, Adela o Belén? Joder…
Las ganas que tienes del otro , me dijo una vocecilla en mi cabeza, sorprendiéndome.
—Con ellos estoy siempre —le hablé a Ismael, sonriendo.
Necesitaba quitarme la sensación rara.
—Vale. No voy a insistirte.
Me hizo un guiño.
Cogí la taza y me la llevé a los labios, notando el peso de una mirada puesta en mí. No pude evitar girar la cabeza hacia la mesa de la cristalera, para encontrarme con los ojos de Cian.
No entendí a qué venía esto, a tener su atención de repente. Los nervios se me dispararon.