Quién nos lo iba a decir Capítulo 20
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Capítulo 20

—Después de lo que pasó el sábado ha querido que los chicos se conozcan y hagan las paces, para que la cosa no vaya a peor al sumar más encuentros —dijo Iago.

—Bien pensado —comentó Kevin.

Bebió un sorbo de su cerveza y yo hice lo mismo. La garganta se me había quedado seca de repente.

—¿Cómo lo han conseguido? —pregunté.

—A través de los entrenadores. Papá es muy amigo de Damián y después de hablar con él del tema, Damián se ha puesto en contacto con el entrenador del otro equipo y este, una vez le han explicado lo que querían conseguir, le ha facilitado a Damián el número de teléfono de un familiar de Brian.

—Se lo ha currado —dijo Kevin, sonriendo.

—¿Con qué familiar ha hablado papá? —pregunté.

—Con el hermano mayor de Brian.

Desvié la mirada al botellín de cerveza.

—¿Y ha aceptado sin más esto? —Quiso saber Kevin.

—Sí, porque él también quiere hacer las cosas bien y que esto sea una buena lección para su hermano pequeño.

Volví a mirar a Iago.

—Así que papá ha quedado con Cian, que así se llama el hermano mayor.

Cuando papá ha recogido a Eloy del colegio le ha explicado lo que pasaría esta tarde, y entonces han ido a buscar a Brian a su colegio, donde también se encontraba Cian.

Se han presentado y papá ha venido aquí con los niños. A las ocho llevará a Brian a su casa.

—Me alegro de que haya salido bien —susurré.

—Sí. Papá me ha dicho que el encuentro de los pequeños ha sido bonito, porque lo primero que ha hecho Brian al ver a nuestro hermano ha sido pedirle disculpas, por lo del partido, y se han dado un abrazo. Papá tiene claro que su hermano mayor habló muy bien con él del tema.

—Estupendo, ¿no? —se dirigió a mí Kevin— Cian no es tan mal tío. La educación de Brian habla por sí sola.

Sonrió de medio lado, al ver cómo yo ponía los ojos en blanco.

—El sábado todos nos alteramos —dijo Iago, recordando el momento de las gradas—. Estábamos en caliente.

—Correcto —estuvo de acuerdo Kevin—. ¿Quieres saber por qué he dicho lo del doblete?

—Claro —le dijo Iago, con interés.

—Vas a flipar con las coincidencias —rio Kevin.

Iago me miró a mí. Me encogí de hombros y dejé que fuese Kevin quien hablara, ya que tenía tantas ganas. Y eso fue lo que hizo, contarle a nuestro hermano menor lo que me había pasado en la empresa, la sorpresa que me esperaba en ella.

—Joder —dijo Iago—. Qué casualidad.

—Ya ves —comenté.

—Lo que veo y parece es que tú y Cian no podéis ser un ejemplo para vuestros hermanos pequeños, cuando se trata de vosotros dos.

Arqueó una ceja.

—Yo solo reacciono, es él el que me provoca —me defendí.

Bufé.

—A lo mejor él piensa lo mismo de ti o está esperando una disculpa por tu parte, por lo del sábado. Tan simple como eso —comentó Kevin—. Como ha hecho su hermano pequeño con el nuestro.

—A ti tampoco te habría sentado bien escucharlo a él hablar de nuestro hermano, como lo hiciste tú del suyo —añadió Iago.

—No fue para tanto —me justifiqué.

Fruncí el ceño.

—Vais a tener que llegar a un entendimiento porque a partir de ahora os veréis cada día, durante muchas horas —dijo pensativo Iago.

—Lúa ha llegado al mediodía mala del trabajo.

Cambié de tema.

—Lo sé, me ha enviado un mensaje para decírmelo. He subido a su habitación nada más llegar, pero la he encontrado durmiendo en la cama. Después he bajado y os he visto en el jardín.

—Cuando he ido yo estaba trabajando —le dije.

—Tenía el ordenador a un lado de la cama, encendido. Supongo que se ha empezado a encontrar mal y lo ha dejado.

Asentí.

—Voy a ver si se ha despertado y si quiere algo de comer o beber —hablé pensativa.

Me levanté de la silla, pero las palabras de mi madre me hicieron sentarme de nuevo.

—Vengo de ahí —nos dijo, refiriéndose a la habitación de Lúa—. Está adormilada y con décimas de fiebre. No tiene mucha. Con la pastilla que voy a subirle ahora se le parará rápido, también voy a llevarle una infusión.

—Joder, con los virus —se quejó Kevin.

—No os pido que no vayáis a su habitación porque no me haréis caso, pero no estéis mucho tiempo y que ventile —nos pidió.

—Vale —respondimos al unísono.

—¿A qué hora llega Erea? —pregunté.

—Hoy da clases de balé, llegará más tarde —me contestó mi madre.

Erea llevaba unos años centrada en el patinaje artístico, en ese deporte encontró el desahogo y la ilusión que perdió cuando, después de muchísimos años dedicada al balé, desde muy pequeñita, tuvo que abandonarlo por una lesión en un pie.

Por más que se cuidó y fue a rehabilitación no curó bien, por lo que tuvo que decirle adiós al balé, porque ciertos movimientos no podía soportarlos, la hacían llorar. El patinaje fue el sustituto perfecto para ella, porque el buen futuro que tenía en el balé se le truncó de un día para el otro.

El sueño de mi hermana era el de ser bailarina profesional y era su meta. La entrenadora con la que creció siempre tuvo claro que lo conseguiría, ya que tenía un don innato. Fue duro para todos, porque los demás sufrimos al verla a ella sufrir.

Por suerte el patinaje artístico llegó a su vida y todo cambió. Las ilusiones y las ganas regresaron poco a poco, hasta que se hicieron fuertes. Y encima le salió la oportunidad de dar clases de balé a niñas, dos veces por semana. Lo llevaba todo para delante, incluidos sus estudios.

Timón y Pumba entraron en la cocina y se acercaron a la mesa.

—Hola, guapos —les dije.

Los agarré de las cabezas y les di un beso. Pumba subió las patas a mis piernas y reí, abrazándolo.

—¿Dónde han estado? —le preguntó Iago a nuestra madre.

Era verdad que no los veía desde que subí a mi habitación para echarme una siesta, después de comer. No habían aparecido en el jardín y era raro.

—Con los perros del vecino, cuando se juntan pierden la noción del tiempo —contestó ella.

—Qué fuerte, mis perros son más sociables que yo —dije con diversión.

Soltamos una carcajada.

—Voy con Lúa —nos dijo nuestra madre.

—Te acompaño —se apuntó Iago.

Cogió de la encimera la bandeja que ella había preparado, con una taza de infusión, un vaso de agua y la pastilla para la fiebre.

Sonreí porque ya había pasado demasiado tiempo que Iago estaba alejado de Lúa. Por mucho que se quejara de que ella lo ponía nervioso, no podían vivir el uno sin el otro. Tenían que estar siempre cerca, sobre todo, cuando uno de los dos se encontraba mal.

—Dentro de un rato iré —les dije.

—Yo también —se sumó Kevin.

Nosotros también salimos de la cocina y fuimos al salón, donde nos encontramos a Eloy con Brian.

Tenían un juego sobre la mesa pequeña de enfrente del sofá y ellos estaban sentados en el suelo, sobre cojines.

—¿Qué tal, chicos? —les preguntó Kevin, mientras él y yo nos sentábamos en el sofá de enfrente.

—Mal —contestó Eloy.

—¿Y eso? —me interesé, aunque sabía la respuesta.

—Porque voy perdiendo —dijo con el ceño fruncido, observando el tablero.

—No pasa nada —sonreí.

Brian no habló, se mantuvo en silencio con una sonrisa tímida. Siendo la primera vez podía ser por vergüenza o porque ese era su carácter. Yo apostaba a que era por lo primero, con el tiempo lo sabría.

Era increíble lo que se parecía a Cian. Brian era como el hermano mayor, pero en miniatura. Se veía buen niño, dulce e inocente, sin la picardía que muchos otros niños tenían.

Y yo que el día del partido pensé que debía ser un pieza de cuidado, por la falta que le hizo a Eloy. Falta que provocó mi enfrentamiento con Cian y que terminó en penalti, con la victoria del equipo de mi hermano.

Qué mal lo juzgué e interpreté la situación. Me sentía mal por ello.

Visto en frío, con el paso de los días, tuve claro que por el calor del momento todo se sacó de contexto y se agrandó. Al menos por mi parte, aunque a mí favor diré que Cian no ayudó con su actitud y sus palabras hacia mí, en aquel instante tenso.

—¿Habéis merendado? ¿Tenéis hambre? —les pregunté a los chicos.

—¿No quieres que mañana su hermano mayor te salte encima, por haber dejado a su hermanito sin comer? —me susurró Kevin al oído.

—Idiota —susurré de la misma manera.

Él apretó los labios y yo suspiré.

—Mamá nos ha preparado batidos de fruta —me contestó Eloy.

—Qué rico —dijo Kevin.

—Sí —confirmó Brian, hablando por primera vez.

—Ya mismo tiene que irse —nos informó Eloy—. Voy a acompañar a papá a llevarlo a dónde vive.

—¿Te lo has pasado bien, Brian? —le pregunté.

—Sí.

—Le he dicho a Brian que puede venir aquí cuando quiera —nos dijo Eloy.

—Claro. Eso está muy bien. —Asentí.

—Se nos ha hecho corto —habló Brian.

Lo miré sonriendo. Ya iba soltándose.

—Jugar y pasarlo bien es lo que tiene —comentó Kevin.

—Eloy también puede venir al piso de mi familia, pero es mucho más pequeño que esta casa. Y no tiene jardines.

Más pequeño que la propiedad de mis padres eran muchas cosas, dado el tamaño de la vivienda y los metros cuadrados de los jardines que rodeaban la casa.

El piso en el que viví de alquiler se podía reducir a mi habitación de aquí, con baño incluido, a la cocina y muy poco más.

—Si estáis en tu piso os lo pasaríais igual de bien, Brian —le dije con cariño—. Lo importante no es el dónde, sino el con quién.

Le hice un guiño.

—Es verdad.

Se sentó más recto, como si se hubiera hinchado de orgullo por lo que él tenía.

—Que nunca te intimide lo que ves —se dirigió a él Kevin—, pero sí lo que notes y percibas en el lugar que estés.

Si te sientes incómodo o tienes miedo, huye.

Si te sientes a gusto, protegido y en familia, quédate.

Esta regla sirve para todo en la vida y conforme vayas creciendo tienes que utilizarla, adaptándola al momento que vivas.

—Gracias —susurró Brian.

—Cada vez lo entenderás más y tranquilo, te aseguro que tu hermano piensa como yo. Al menos en esto.

Kevin le sonrió. Yo también porque Brian era adorable. Eso sí, no veáis las faltas que hacía el tío y no lo parecía.