Capítulo 19
—No duermas más, bella durmiente.
Al escuchar la voz de Kevin sonreí, antes de abrir los ojos.
—Estoy relajada.
Lo miré.
—Ya.
—Se está genial aquí.
—Si. Hazme sitio.
—Nos vamos a caer.
—Te caerás tú, a mí no me mueve nadie de la tumbona.
—Eres tonto.
Riendo me eché hacia un lado, para que Kevin se tumbara a mi lado en la tumbona.
Estábamos en el jardín, yo había salido hacía un rato.
Cuando llegué del trabajo Kevin ya estaba en casa. Me encontré con él en la cocina y lo ayudé a terminar de preparar nuestra comida, pero hasta ahora no habíamos podido estar solos.
Nuestra madre se nos unió y al poco apareció por sorpresa Lúa. Mi hermana no se encontraba muy bien, por ese motivo se fue del trabajo. Ahora estaba encerrada en su habitación, un poco más recompuesta, pero sin llegar a estar bien, aunque estaba trabajando un rato a distancia.
Lo sabía porque antes de bajar pasé por su habitación, cuando salí de la mía al despertarme de la siesta.
A pesar de que su cara reflejaba que le pasaba algo, Lúa comió con nosotros y lo más importante, le sentó bien.
—¿La sensación rara que sentías por la mañana ha desaparecido?
Mi hermano sacó el tema.
—Sí
Me acomodé de lado y lo abracé. Kevin colocó bien la manta sobre nuestras piernas, la que antes solo me tapaba a mí. la subió hasta la cintura y lo abracé, apoyando la cara en su pecho. Él me rodeó con un brazo y en esa postura nos sobró tumbona por los lados.
—Cuéntame qué te ha pasado.
Me dio un beso en la cabeza y sonreí.
—En realidad ha sido una tontería. Rabia por la impotencia de no pegar unos cuantos gritos y lanzarle algo a alguien —suspiré—. Lo que pasa es que me ha pillado desprevenida o sin fuerzas. A primera hora ha sucedido algo que me ha impactado y como no me lo esperaba me ha costado hacerme a ello.
—¿El qué?
No lo vi, pero supe que había fruncido el ceño. Sonreí.
—No puede ser una tontería si has sentido rabia y querías gritar y pegarle a alguien.
—Yo no he dicho pegar.
—Has dicho lanzarle algo a alguien, lo que en nuestro idioma es lo mismo.
Reímos.
—Vale —acepté.
—¿Y? ¿Qué te ha pillado desprevenida y porque no tenías fuerzas? ¿Qué te ha impactado?
—Cuando he llegado a la empresa he ido directa a mi despacho. Me hacía ilusión verlo. Me ha gustado mucho, es una pasada.
—Me alegro.
Comenzó a hacerme caricias en el brazo que tenía colocado sobre su barriga.
—Al cabo de un rato ha venido a por mí Esteban, el director general.
—Asintió—. Y hemos salido a la zona de trabajo.
Esta se compone de mesas distribuidas por un espacio muy amplio, con un pasillo central que va desde mi despacho al ascensor y las escaleras.
O a la inversa, según en qué dirección vayas.
—¿Qué habéis hecho ahí? Por cierto, ¿cuántos años tiene Esteban?
—No se lo he preguntado, ni lo voy a hacer —contesté riendo.
—Vale, he formulado mal la pregunta —carraspeó—. ¿Lo ves joven, puede tener tu edad o unos cuantos años más, o pasa los sesenta?
—Yo diría que debe tener unos cincuenta años —le respondí divertida.
—¿Y se acerca mucho a ti?
—Estás muy tonto, ¿eh?
—Ya… sabré yo lo que digo.
Bufó.
—En la zona de trabajo Esteban me ha presentado oficialmente a todos los trabajadores del departamento y el primer contacto ha ido muy bien. Me han hecho sentirme a gusto y bien recibida, por lo que me he quedado muy satisfecha y contenta.
—Eso es estupendo. ¿Entonces?
—El problema ha venido después, cuando hemos terminado. Yo no sabía que faltaba un trabajador por llegar y cuando ha aparecido…
Levanté la cabeza y apoyé la barbilla en su pecho, para mirarlo a la cara.
—¿Qué? ¿Te ha dicho algo malo cuando ha sabido quién eres?
Buscó mis ojos.
—Que lo conocía.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Quién es?
—No vas a creerte la coincidencia.
—Suéltalo.
—El hermano del jugador del equipo contrario al que se enfrentó el equipo de Eloy el fin de semana pasado, hace dos días. El pequeño fue quien empujó y tiró a Eloy.
—El… —dijo pensativo e imaginé que terminó la frase en su cabeza, para darle forma y entender bien lo que acaba de decirle—. No me jodas.
Se incorporó en la tumbona, sentado, y yo hice lo mismo, después de soltar todo el aire de golpe.
—Jodida estoy yo.
Solté una carcajada.
—¿De verdad el tío con el que te enganchaste en las gradas, el que teníamos detrás, trabaja en tu empresa y para rematarlo, para ti directamente? ¿Eres su jefa?
—Sí a todo.
Hice una mueca.
De todas las formas que creí que reaccionaría mi hermano eligió la que estaba más abajo en mi lista. Comenzó a reír con ganas y yo puse los ojos en blanco. Tuve que esperar a que se tranquilizara, tiempo en el que me crucé de brazos y solté varios bufidos.
—Eso es un problema —me dijo, calmado.
—¿No me digas? Fíjate, no me había dado cuenta.
Negué con la cabeza.
—Habéis chocado ya, otra vez.
Lo confirmó.
—Cada vez que abre la boca chocamos.
—Qué fuerte. ¿Cómo os habéis quedado al veros? Habrá sido un shock para los dos.
—Paralizados por la sorpresa y el impacto. Te puedes hacer una idea —suspiré.
—Y lo más importante, ¿cómo ha reaccionado él después y qué ha hecho para que te pongas mal?
—Nada en concreto, ha sido todo. Es un listillo que siempre busca destacar y quedar por encima de los demás. Para colmo ha llegado tarde y Belén y Bruno no han tardado en defenderlo, incluso sin que yo hiciera un comentario al respecto. Se lo he dicho a Cian porque va con él, nada más.
—¿Quiénes son Bruno y Belén?
—Dos personas que tendré muy cerca en el trabajo. Esteban los ha juntado conmigo, para que me den apoyo constante. Trabajan para mí y hemos encajado muy bien, he desayunado con ellos.
—¿Y Cian?
—El del sábado del partido se llama así.
—Ah.
—Adela también me cae muy bien —sonreí—. Voy a tener buenos amigos, con ella me he tomado un café antes de entrar y también ha estado en el desayuno con nosotros.
Lo miré de reojo.
—¿Qué? —le pregunté.
—Nada, todavía estoy pensando en todo lo que acabas de contarme y en lo que puede suponer para ti.
—No va a suponer nada, ni, aunque ese tío fuese alguien importante fuera de la empresa. Me da igual, dentro está bajo mis órdenes.
—Sé que no hace falta que te lo diga, porque tú nunca sobrepasas tus límites, pero antes de actuar, si pasa algo, pregúntate cómo tratarías a Cian si lo hubieses conocido en la empresa, como al resto de los trabajadores.
—No hace falta, no.
—Eso es. No le pongas etiquetas, Xai. Sé justa en todo momento y no te dejes llevar por ningún impulso.
Eso es ser una buena jefa, planta cara a todas las situaciones, desde la tranquilidad y la profesionalidad, aunque por dentro te estés cagando en quien tienes delante.
Deja que sea él quien se exponga si actúa mal, tal vez te sorprenda y todo. En positivo.
Sonreí.
—Tranquilo, no…
—¡Hola!
Al escuchar a Iago ambos nos giramos hacia él. Caminaba hacia nosotros por la hierba.
—¿Qué hacéis aquí? —nos preguntó.
—Charlando.
—Qué bien vivís —nos dijo con un guiño.
—Míralo, el que acaba de llegar desde que salió del trabajo a las tres —comentó Kevin.
Se levantó y le dio una colleja que hizo reír a Iago.
—Me he encontrado con papá y Eloy en la verja —nos informó.
—Vamos a saludarlos —hablé.
Me incorporé y después de darle un beso a Iago, fuimos los tres hacia el porche, para acceder a la casa por el salón.
Así lo hicimos y recorrimos el interior, siguiendo las voces de nuestro padre y hermano pequeño.
Llegamos a una puerta y nos paramos al verlos juntos.
—¿De acuerdo?
—Sí, papá.
—Está, portaos bien —sonrió.
Mi padre y Eloy no estaban solos, había otro niño con ellos. Estaba de espaldas, pero supe que no eran ni Oliver ni Teo, sus amigos.
Cuando mi padre nos miró a nosotros, los pequeños se giraron. Fue entonces cuando agrandé los ojos, sorprendida.
—Joder, hoy llevas doblete —dijo Kevin, con asombro.
—¡Hola! —nos saludó Eloy.
Vino corriendo hacia nosotros y nos abrazó, pasando de unos brazos a otros.
—Él es Brian, mi nuevo amigo —nos presentó al niño de su edad que no se había movido del lado de mi padre.
—Id a jugar —lo animó este, acariciándole el pelo.
Brian levantó la cabeza para mirarlo y asintió, con vergüenza. Se acercó a nosotros y los saludamos, presentándonos. Le dimos un beso y se fueron corriendo, hacia la escalera.
Nuestro padre también nos dejó solos, después de darnos un beso. Fue en busca de nuestra madre.
—¿Qué has dicho de doblete? —le preguntó Iago a Kevin, mientras caminábamos hacia la cocina.
Mi mellizo no le hizo caso, estaba muy entretenido mirándome a mí por la coincidencia.
—Es la primera vez que viene —me aseguro Kevin, sabiendo perfectamente lo que pasaba por mi cabeza.
—Papá lo ha arreglado todo. Me lo ha explicado.
—¿Qué quieres decir? —le pregunté, con el ceño fruncido.
Entramos en la cocina y Kevin sacó tres botellines de cerveza, con los que nos sentamos a la mesa. Ambos miramos a Iago, esperando a que continuara.