Quién nos lo iba a decir Capítulo 18
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Capítulo 18

Entré en el edificio de la empresa como un vendaval y fui directa a las escaleras.

Tenía un agobio tan grande que descarté meterme en el ascensor.

Las subí rápido, deseando llegar a mi despacho y encerrarme en él. No estaba huyendo ni me escondería, eso no iba conmigo.

Todo lo contrario, lo que intentaba era tranquilizarme y necesitaba un espacio en el que nadie me molestara. Y llamar a mi tabla de salvación.

Tenía varias, pero la lisa la encabezaba mi hermano Kevin.

Cuando llegué a mi planta y a la zona de trabajo me la encontré desierta. No había nadie.

Fui directa a mi despacho y una vez que cerré, con llave, apoyé la espalda en la puerta y solté un grito de frustración y rabia.

—Vale, mucho mejor —dije al cabo de unos segundos, con los ojos cerrados y la respiración alterada.

Solté un suspiro, echando la cabeza hacia atrás. Durante un rato no me moví, hasta que noté que me había tranquilizado lo suficiente para comerme el bocadillo y que no se me indigestara.

Oh, porque iba a desayunar, y tanto que sí. A mí ese tío no iba a quitarme el hambre, ni nada.

Caminé hasta la mesa y al lado de la silla me descalcé los zapatos. Dejé el bocadillo en la mesa y fui al armario, descalza.

El suelo no estaba frío, era de madera y la sensación era muy agradable.

Me quité la chaqueta y el pañuelo, los dejé guardados y regresé a la mesa con el móvil.

Una vez sentada, desenvolví el bocadillo y le di el primer mordisco. Ni siquiera me había dado tiempo a probarlo en la cafetería.

—Mmm…

Estaba riquísimo, o tal vez era porque a mí los disgustos me abrían el apetito y todo me parecía exquisito. No, era verdad que estaba muy bueno y me lo comí muy rápido. Demasiado por lo pequeño que era, me supo a poco.

Cuando terminé giré la silla y me impulsé hacia el gran ventanal que quedaba en línea recta con mi mesa y la puerta.

Las ruedas de la silla me deslizaron por el suelo del despacho, hasta que frené con los pies, a un metro del ventanal. Si no estaba de pie la sensación de vértigo disminuía, no me daba tanto miedo porque no se me iba el cuerpo. Por eso y porque no veía hacia abajo.

Bajé la mirada a mi móvil y lo desbloqueé, para entrar directa en la aplicación de mensajes. Pulsé en la conversación de mi hermano Kevin.

Xaira: Hola. ¿Te has olvidado de mí? Me parece raro que no me hayas escrito para saber cómo me está yendo el primer día. ¿Estás muy liado? Espero no molestarte.

Coloqué el teléfono sobre las piernas y esperé a que me respondiera. Mientras tanto dirigí la vista hacia delante, que no hacia abajo, a través del ventanal.

Dejé el móvil en un reposabrazos y subí los pies al asiento de la silla. Me abracé las piernas flexionadas y cerré los ojos, solo con la intención de dejar la mente en blanco, de desconectar de todo y todos.

No supe cuánto tiempo pasó, pero me di cuenta de que me había quedado dormida cuando me despertaron varios golpes en la puerta.

—¿Xaira?

Era Belén.

—¿Estás ahí? —Hizo una pausa—. Sé que estás ahí —confirmó—. Vale, no quieres hablar. He subido antes por si querías, aquí fuera todavía no hay nadie.

—Otro día. Gracias, Belén —dije lo suficientemente alto para que me escuchara.

—Gracias por responder. Solo una última cosa. ¿Estás bien?

—Perfectamente. No te preocupes.

—Vale.

La escuché suspirar.

—Hasta luego.

—Hasta luego —repetí.

Me hubiese gustado quedarme callada, por el simple hecho de que no me apetecía hacer el esfuerzo de hablar.

No tenía nada que ver con Belén y como me había sabido mal preocuparla, por cómo me había ido de la cafetería después de lo que había pasado, pues me obligué a hacerle saber que todo estaba bien.

Porque lo estaba, claro que sí, aunque ahora lo que necesitara era estar sola.

Por el único que giraría la llave en la cerradura para abrir la puerta sería Esteban. Y porque era el director general, que, si no, también se quedaba fuera.

Miré el móvil y vi que mi hermano me había respondido hacía unos minutos. Solo había dado una cabezada.

Kevin: Hola, cariño. ¿Cómo voy a olvidarme de ti? Te recuerdo que somos mellizos, que yo salí unos segundos antes que tú y que me empujaste para que fuera rápido, para seguirme.

Reí.

Kevin: No te he escrito porque no quería molestarte de ninguna manera, estaba haciendo tiempo. ¿Cómo ha ido? ¿Cómo te sientes? ¿Qué tal con los que trabajan en tu departamento?

Xaira: Te empujé porque decidiste salir el primero, yo tendría que haber sido la hermana mayor.

Kevin: Envidiosa. Ja, ja, ja… ¿Quieres el puesto? Lo decidimos en secreto y nadie más que nosotros lo sabrá. Te cedo el papel de hermano mayor.

Xaira: No lo quiero, porque ¿entonces con quién hablo cuando me sienta mal?

Kevin: Hablarías conmigo, igualmente. ¿Qué te pasa?

Xaira: Me siento rara.

Kevin: Es normal, cariño. Ahora es todo nuevo, pero ya verás que rápido le pillas el punto.

Xaira: Eso no me preocupa. Ya le he pillado el punto, aunque tengo que ponerme muy al día.

Kevin: ¿Entonces? Me he perdido. ¿De qué estamos hablando?

Xaira: Echo de menos Emma.

Kevin: Vale, ahora sí. Pero no solo la echas de menos, también estás preocupada por ella. ¿Me equivoco?

Xaira: No.

Kevin: ¿Por qué no vas este fin de semana a verla? Pero en avión. Coge un vuelo para el viernes y regresas el domingo.

Xaira: Me encantaría, pero este sábado es la exhibición de patinaje artístico de Erea y está muy ilusionada porque voy a estar. No puedo fallarle.

Kevin: Mierda, es verdad.

Xaira: ¿Qué le pasa a nuestra familia con el deporte?

Kevin: Ja, ja, ja… y me lo dice tú que te levantas tempranísimo cada mañana para salir a correr. Anda que… Di más bien a la mitad de nuestra familia, porque Iago, Lúa y yo somos tranquilos en ese aspecto.

Xaira: Tú vas al gimnasio, eso cuenta.

Kevin: Claro, al gimnasio que hace meses que no piso. Anda que…

Xaira: ¿En serio? Pues te conservas genial.

Kevin: Es todo genética. En eso, de los dos, también me llevé la mejor parte.

Xaira: Eres tonto y no te lo crees ni tú. Ja, ja, ja… yo soy la guapa, tú vas muy por detrás de mí.

Kevin: Ja, ja, ja… Vale, ahora que ya te has relajado un poco cuéntame qué te pasa. La verdad, porque antes te he seguido el rollo. Por mucho que te afecte lo de tu amiga Emma tú no eres de venirte abajo porque sí. Estás decaída porque te ha sucedido algo más y ha sido hoy.

Xaira: Ahora entiendo porque saliste el primero.

Kevin: Ja, ja, ja… Va, ahora en serio. Suéltalo.

Xaira: Prefiero contártelo en casa, ahora solo necesitaba hablar contigo.

Kevin: Dime únicamente si te encuentras bien.

Xaira: Me encuentro bien, de verdad. No quiero que te preocupes.

Kevin: Vale, pues entonces puedo esperar.

Xaira: Te quiero.

Kevin: Te quiero. Prométeme que si esa sensación rara aumenta me llamarás.

Xaira: Te lo prometo, pero no va a pasar.

Kevin: De acuerdo. Nos vemos en casa para comer. Escríbeme cuando vayas a salir.

Xaira: Vale. Hasta luego.

Salí de la aplicación y me impulsé con los pies, para deslizarme con la silla hasta la mesa.

Frené con las manos y subí las piernas al asiento, para cruzarlas, con la tranquilidad de que estaba echada la llave. De ese modo no tenía que estar bien sentada ni calzada, para continuar trabajando por donde lo dejé antes de bajar a desayunar.

Ese pensamiento me llevó a otro y se me encogió algo por dentro, pero obvié la sensación y se me pasó enseguida.

Las únicas pausas que hice en el trabajo fueron para atender el teléfono inalámbrico, en diferentes momentos.

El primero que me llamó fue Esteban, para saber si me iba bien. Le dije que sí, que ya estaba a tope. La segunda llamada que recibí vino de Belén. Ella me preguntó una tontería de trabajo, digo tontería porque conocía perfectamente la respuesta. Su intención era saber cómo continuaba.

La tercera vez que me sonó el teléfono al descolgar me encontré con Bruno. Él me preguntó si quería algo, un café, un refresco, agua… lo que también fue una excusa para conseguir que le dijera que sí y de esa manera tendría que verme.

Y, por último, hablé con Adela. Ella me entretuvo un poco contándome algo de dos clientes importantes que llegaron a la empresa cuando hablábamos. Sinceramente ya no me acordaba de más de la mitad de lo que me dijo, pero me sirvió para desconectar y reír.

El tiempo pasó y el final de la jornada llegó. Por fin. Con lo bien que comenzó el lunes no pensé que al final deseara que terminara pronto.

En realidad, faltaban unos minutos para la hora de la salida, pero me dio exactamente igual.

Después de apagar el ordenador y de colocar bien los papeles dentro de sus carpetas, las guardé en un cajón y me levanté de la silla.

Hice una mueca al ponerme los zapatos y fui hacia el armario, para colocarme la chaqueta y el pañuelo. Cogí el bolso y fui con él hasta la mesa despejada.

Agarré el móvil para enviarle un mensaje a mi hermano Kevin, como me pidió.

Xaira: Ya estoy preparada, voy para el aparcamiento. Nos vemos ahora. Te quiero.

Le di a enviar y no esperé su contestación, porque sabía que mi hermano solo lo leería al momento. Ya debía estar conduciendo.

Llegué a la puerta y giré la llave en la cerradura, mientras pedía mentalmente que cierta persona se hubiera ido. Complicado cuando todavía no era la hora.

Una vez desbloqueada, agarré la manilla y la bajé con fuerza, para salir sin mirar a ningún lado.

Me quedé de espaldas a la zona de trabajo, de cara a la puerta, mientras echaba la llave.

No vi a nadie, pero sí noté el peso de miradas, de varias.

No me importó, subí los muros a mi alrededor. Era una experta en ello.

Cuando metí el llavero en el bolso me giré y entonces sí que vi a Belén y a Bruno, en primer lugar. Como ya sabía me observaban.

Caminé con determinación en línea recta y me despedí de ellos al llegar a sus mesas.

—Nos vemos mañana —les dije.

—Por supuesto —afirmó Bruno.

Ambos me sonrieron con una mezcla de preocupación y nerviosismo, pero les devolví la sonrisa para que se tranquilizaran. Después de desearles que el resto del lunes les fuese bien, volví a caminar.

Recorrí el pasillo central notando otra mirada, pero esa la ignoré por completo.

Agradecí que al llegar al ascensor este abriera las puertas. Esperé a que saliera una chica y después entré yo.

Cuando me moví y miré hacia delante, antes de que las puertas se cerraran, me dio tiempo a ver a Cian. Se había levantado, estaba parado en el pasillo central de cara al ascensor.

Me quedé con las ganas de enseñarle el dedo corazón, pero eso estaba fuera de lugar porque no era profesional. ¿O sí?