Quién nos lo iba a decir Capítulo 17
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Capítulo 17

—Bruno quería hablar un rato con él, se nos unirá en la cafetería. Han ido allí con Cian.

—Estupendo.

—¿Tienes algo con Cian? —me soltó de golpe.

—¿Qué dices?

Mi voz sonó aguda y alcé la voz por la sorpresa. Miré alrededor y por suerte no teníamos a nadie cerca.

—Me he referido a si te ha caído mal o yo qué sé, por las caras que pones cuando escuchas hablar de él. Si vieras tus reacciones…

Me miró con mucha curiosidad y diversión.

—¿Qué has creído que te he preguntado?

—Eh, no sé.

—Sí que lo sabes.

Chocó su hombro con el mío, paradas frente a las puertas del ascensor.

Solté un suspiro al mismo tiempo que pulsé el botón para que viniera a nuestra planta.

—¿Tú que pensarías si te pregunto si tienes algo con Bruno?

Arqueé una ceja. Ella rio.

—Joder, hoy está siendo un lunes estupendo —comentó—. Pues habría pensado lo mismo que has pensado tú, pero con la diferencia que yo me hubiese reído con ganas porque yo adoro a mi mejor amigo.

Me hizo un guiño y negué con la cabeza, siguiéndola al interior del ascensor cuando las puertas se abrieron.

—Cian no tiene pareja.

—No me interesa su vida personal.

—Como jefa debes saberlo todo de tus empleados.

Apretó los labios.

—Si hombre…

Bufé.

—No tiene pareja ni la quiere, está centrado en su vida tal y como la tiene —continuó.

—Belén…

—Ya está. —Levantó las manos—. Era para darte más información.

Rio al ver mi cara de agobio y agradecí que se olvidara del temita que me había puesto nerviosa.

Mierda, me había quedado en evidencia tan fácilmente. ¿Por qué me afectaba tanto ese hombre? ¿Qué tenía para ponerme tan nerviosa que perdía el control de mí? Me cagué en todo, mentalmente.

Adela ya nos esperaba en medio de la entrada y cuando me vio con Belén se ilusionó.

Salimos del edificio y fuimos a la cafetería de la calle de enfrente, yo preparándome mentalmente por quién había dentro.

Solté un suspiro y seguí a las chicas, las que se dirigieron a una mesa que estaba cerca de la cristalera. Conseguimos un buen sitio porque había muy pocas libres. La nuestra tenía platos y tazas vacías, seguramente acababan de irse los anteriores clientes.

Controlé de reojo las personas que había, por lo que supe rápido que Bruno y Cian no estaban. Debían haberse entretenido porque todavía no habían llegado.

Una camarera vino para recoger y limpiar la mesa, cuando colgábamos las chaquetas en los respaldos de las sillas. Yo también me quité el pañuelo del cuello, el que dejé sobre mis piernas.

Le pedimos a la chica tres desayunos. Yo elegí un café con leche con un bocadillo pequeño vegetal, ya que llegaría a casa pasadas las dos. Con eso tendría suficiente para aguantar.

—¿Cómo te está yendo la mañana? —me preguntó Adela.

—Muy bien. Estoy muy contenta y satisfecha —le contesté sonriendo—. Con el recibimiento y con todo lo demás.

—Me alegro —me devolvió la sonrisa Adela—. Cuídamela, ¿eh? —le pidió a Belén, la que la miraba divertida.

—Por supuesto, con mi vida.

Reímos.

—Ahí vienen los dos tíos más guapos de la empresa.

Caí en mirar hacia la cristalera, para darme cuenta de que Adela se había referido a Cian y a Bruno.

Belén rio, mientras los ellos acortaban la distancia con la entrada de la cafetería.

Justo cuando entraron la camarera regresó con nuestros desayunos. Le hubiera dado un beso como agradecimiento, por la distracción que me dio.

Cuando la chica se fue me centré en endulzar mi café y en removerlo. El bocadillo tenía una pinta estupenda, se me hizo la boca agua, a pesar de que salí de casa con la tostada con tomate en el estómago.

—Hola, chicas —nos dijo Bruno.

Levanté la mirada sonriendo, pero el gesto se me borró cuando me di cuenta de que no se habían parado para saludarnos, sino que habían ocupado la mesa de al lado.

¿En qué momento se habían ido los anteriores clientes? Joder.

De esa manera Bruno no tenía que dejar a Cian y tampoco venir a nuestra mesa, porque estábamos todos juntos y revueltos.

—Hola, guapos.

Vi por primera vez a la mujer que habló.

—Es la dueña. Se llama Cecilia —me susurró Belén.

La tenía sentada a mi derecha, yo estaba al lado de la cristalera, así que Belén y Adela eran las que estaban cerca de los chicos.

—Y se vuelve loca cada vez que viene Cian —continuó.

Tendría que haberla frenado porque no me importaba ni iba conmigo, pero es que, en realidad, sí quería saber más. ¿En qué lugar me dejaba eso, cuando nunca en mi vida había sido cotilla ni me había interesado la vida de nadie?

Me mantuve callada y Belén siguió hablando.

—Cada vez que Cian está aquí ella revolotea a su alrededor. Es exagerado. Mírala, no sabe qué hacer para que la mire.

—Pues él no parece estar muy por la labor, no aparta la vista del móvil —susurré.

—Porque no lo está —sonrió con picardía.

No comprendí cómo me miró ni el guiño que me hizo, pero no le pregunté.

—¿Lo de siempre, cariño? —le preguntó Cecilia a Cian.

Bruno ya había pedido.

—Sí. —Fue la respuesta escueta de él.

—¿Tengo que rogarte una miradita? —le preguntó con descaro.

Con la taza en los labios, vi de reojo cómo Cian, desde que había llegado, apartaba por primera vez la vista de su móvil. Levantó la cabeza y la giró hacia la dueña de la cafetería.

—¿Contenta? ¿O quieres también que te haga un paseíto?

Ella soltó una carcajada, pero no perdió el tiempo en acariciarle la mandíbula. Fue muy breve, pero sucedió.

—Ya me has puesto contenta —le dijo ella, con un guiño—. Enseguida vuelvo con los desayunos.

Cecilia se fue y entonces Cian miró hacia nuestra mesa.

—Hola —saludó.

No me miró a mí.

Le correspondimos al saludo, yo en un susurro. Total, no iba a darse cuenta y tampoco esperaba nada de mí.

—Tú debes de ser Xaira.

Busqué al dueño de la voz que me había hablado. Todos miramos hacia él, incluso Cian.

Un hombre alto, rubio y con una sonrisa de anuncio me observaba con atención. Era Ismael, el jefe del Departamento de Recursos Humanos.

Me acordaba de todo lo que me contó Adela por la mañana, mientras nos tomábamos los cafés. En ese momento me habló de los jefes de departamento que estaban sentados cerca de nosotras e Ismael era uno de ellos.

No tenía ni idea de que podía intuir quién era yo, por la mañana él no se fijó en mí. Normal, aunque tampoco hubiese conseguido saber quién era yo. Por eso me llamó mucho la atención que me llamara por mi nombre y se dirigiera a mí.

Yo no había ido a recursos humanos, a su territorio. Mi antiguo jefe se encargó del trámite de mi traslado y del ascenso, firmé toda la documentación el último día que trabajé en mi antiguo puesto, por lo que llegué aquí con todo hecho.

—¿Qué me ha delatado? —le pregunté intrigada.

—Esteban nos ha puesto al día de que hoy era tu primer día. No eres una cara conocida y estás con ellos.

—Podría haber sido cualquier otra persona.

Sonreí.

—Podrías, pero no es así.

Sonrió de medio lado.

—Yo soy Ismael, el jefe del Departamento de Recursos Humanos.

Adela me dio una patada por debajo de la mesa y tuve que contener la mueca y la queja, porque no controló la fuerza y me dio en la espinilla.

—Encantada.

—Los demás hemos ocupado otra mesa, si te apetece venir un…

—¿Cuánto tarda el desayuno hoy? —preguntó Cian de manera inesperada, girándose hacia la barra.

—Mucho, ¿verdad? —habló Bruno.

No entendí porque parecía estar conteniéndose para no reír.

—Bueno, lo dicho —continuó Ismael, después de la interrupción de Cian—. Que aproveche.

—Gracias. Igualmente —le correspondimos todos.

Al menos eso me pareció, tampoco presté mucha atención.

—Te has pasado —le dije a Adela y todos la miraron.

Ella soltó una carcajada.

—Joder, ya verás el morado que me sale.

Puse los ojos en blanco.

Me encantaba que se sintiera tan a gusto conmigo que se mostrara como era, pero joder, todavía no entendía porque me había dado una patada.

—No lo pillo —dijo Belén.

—Me ha dado una patada en la espinilla.

Bufé.

—Se me ha ido el pie —dijo entre risas Adela.

—Ya te vale. ¿La estabas avisando de que ricitos de oro le estaba haciendo ojitos?

—¿Qué dices? —pregunté sorprendida.

Me giré hacia Belén, con la cara ardiendo por la vergüenza.

—Mírate —sonrió—. Eres encantadora.

Me hizo un guiño.

—Ismael no me ha hecho ojitos. —Negué con la cabeza—. ¿Y por qué lo llamáis ricitos de oro? Es rubio, pero no tiene ni un rizo.

Ellas estallaron en una carcajada y entonces miré a la mesa de al lado, para ver cómo Bruno también reía, mientras que Cian repiqueteaba los dedos en la mesa, mirando su móvil.

—No estás pensando en los pelos correctos, cariño —me dijo Belén.

—¿Cómo?

La miré extrañada. De verdad que no lo pillé, hasta que fue demasiado tarde.

—¿Te estás haciendo la tonta a propósito?

La pregunta de Cian me dejó más sorprendida. Su intervención acalló todas las risas y yo al final fruncí el ceño.

—¿Tú de qué vas?

—De nada. —Elevó las cejas—. Dentro del edificio de la empresa eres mi jefa, pero fuera eres como cualquier otra mujer.

—Como cualquier otra —repetí.

—Eso he dicho. ¿Tienes problemas de entendimiento?

—Cian… —lo llamó Bruno, sin éxito.

—Estás pasándote —le advertí.

—Como si me importara.

Apretó la mandíbula.

Cecilia, la dueña de la cafetería, apareció de nuevo con el desayuno de los chicos e incluso ella, que venía dispuesta a otro acercamiento y coqueteo con Cian, decidió que era mejor estar callada e irse rápido.

Cian tenía cara de muy pocos amigos, por no decir ninguno.

—No es mi problema nada de lo que te importe o no —le dije.

Me levanté de la silla cabreada y sin apartar la mirada de la suya. Me puse la chaqueta y el pañuelo, antes de beberme el café de una vez. Cogí el bocadillo pequeño y lo enrollé en varias servilletas, para llevármelo.

Dije un adiós susurrado y me largué de la cafetería, a pesar de las miradas de Belén y Adela que me pedían que me quedara, que no me fuese de esta manera. Continué a lo mío, rodeé las mesas y me alejé lo máximo que pude sin mirar a nadie más.

Salí del local con un nivel de cabreo que me empujaba a estallar. Estaba a punto, tan cerca, por eso había tomado la decisión acertada de irme, porque un choque más y habría saltado sobre Cian.

Y era mi primer día y tampoco quería dar esa cara.

Impresentable.