Quién nos lo iba a decir Capítulo 16
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Capítulo 16

Xaira

—¿Llegas ahora? —le preguntó Esteban al recién llegado.

Yo todavía no había podido moverme.

—Sí —le confirmó él.

—Hola, guapo —lo saludó Belén.

—Hola, preciosa —le correspondió.

—¿Todo bien? —le preguntó Bruno.

—Ya te contaré, pero sí.

—A ver si os ponéis al día de vuestras cosas a la hora del desayuno —dijo a modo de reprimenda Esteban.

Lo miré y me sorprendió que sonriera. Debía saber el motivo por el que ese hombre había llegado tarde al trabajo.

—Venid los cuatro conmigo —nos pidió Esteban.

Nos dio la espalda y caminó hacia mi despacho. Belén fue la primera en seguirlo y después lo hizo Bruno, tirando del otro.

El del partido del sábado me miraba otra vez, hasta que Bruno le pasó el brazo por los hombros y se lo llevó. Me quedé sola en mitad del pasillo y, aun así, me costó moverme y reaccionar.

—Joder —susurré.

—Jefa, ¿necesitas algo?

Giré la cabeza hacia la derecha y me encontré con un chico.

—Soy Nico.

—Encantada, Nico.

Conseguí sonreír.

—Te he llamado jefa, espero que no te moleste.

—Claro que no.

—Vale. ¿Necesitas algo? Puedo ayudarte.

—Te lo agradezco, pero Esteban me espera en mi despacho.

—Ah, que el jefe supremo no se ha ido —comentó con diversión—. Me callo.

Se alejó de mí y entonces, gracias a la intervención de Nico, volví a tener el control sobre mí misma.

—¿Qué te ha pasado para quedarte así? —me pregunté, con un bufido.

Caminé rápido hacia el despacho y en cuanto entré todos me miraron. Estaban de pie.

—Cierra la puerta, por favor —me pidió Esteban.

Lo hice, como no, aunque de repente encontraba el espacio de mi despacho muy, pero que muy pequeño.

—Hemos venido aquí porque eres el único que no lo sabes. Por llegar tarde.

Esteban solo constató un hecho, no lo regañó.

—¿El qué no sé? —le preguntó el otro.

Ignoró el comentario de que había llegado tarde, lo que me dio a entender que yo estaba en lo cierto. Esteban estaba informado de su tardanza, por el motivo que fuese. Eso o tenía tanta confianza en ese hombre que se lo dejaba pasar.

Lo mismo era de los que hacían muchas, horas una vez finalizado el horario laboral. Qué sabía yo. Además, estaba dando por hecho que él trabajaba aquí.

¡Pues claro que trabaja aquí! Si no qué hace en tu despacho y porque lo conocen y hablan con él con tanta familiaridad , me dijo una vocecilla en mi cabeza.

—Te presento a la nueva jefa de este departamento, tu jefa más directa. Se llama Xaira y se ha incorporado hoy.

—No me jodas. —Fue la reacción de Cian.

—¿Cómo? —le preguntó Esteban con una ceja alzada, por su contestación.

—No tenía ni idea —susurró Cian.

—Nadie sabía nada —le dejó claro Esteban.

—Esteban la ha presentado en la zona de trabajo y Xaira ha dicho unas palabras para todos —dijo Belén.

—Vaya qué pena, me lo he perdido.

La ironía brilló en cada una de sus palabras.

—No te preocupes… ¿cómo te llamas? —me dirigí a él.

Entrecerró los ojos.

—Cian —contestó.

No le quedó más remedio.

—Cian —repetí, saboreando cómo sonaba su nombre—. Como decía, no te preocupes. Te pongo al día de lo que te has perdido, no es gran cosa porque no me ha dado tiempo a mucho.

Hice una pausa. Todos me miraban y estaban atentos a mí, sin que se dieran cuenta de la tensión que continuaba habiendo entre Cian y yo. Ahora que sabía su nombre era peor.

Era una puñetera broma de mal gusto que su nombre definiera perfectamente el color de sus ojos. Mierda.

Me concentré en continuar hablando, aunque me costó.

—Cuando Esteban me ha presentado he dicho que me gustaría conocer a todos personalmente, para tomarme unos minutos con cada uno. Por eso he pedido que os organicéis para ir pasando por mi despacho, en el momento en el que yo lo pida.

—Y yo he dicho que haré una lista con todos los nombres, así seguimos un orden y nadie se despista —dijo Belén, sonriéndole a Cian.

—Pues muy bien —dijo el, como si nada.

Metió las manos en los bolsillos del pantalón y volvió a mirarme fijamente.

—Estarás contenta con tus trabajadores —me dijo Esteban—. Incluido Cian, es muy bueno.

Ah, pues algo debía haber notado el hombre para hacer esa aclaración. ¿Se notaba la tensión en el despacho, entre él y yo? Había creído que…

—Ya irá conociéndome —soltó Cian.

Una sonrisa de medio lado apareció lentamente en sus labios.

¿Es que en este hombre todo era llamativo?

—Por supuesto, trátamela bien —le pidió Esteban.

—Jefe, ¿por quién me tomas? —se hizo el ofendido Cian.

Esteban rio, esa fue su contestación. A continuación, se despidió de todos y salió de mi despacho, para ir al suyo. No se fue sin antes decirme que no dudara en descolgar el teléfono para llamar a su extensión, tantas veces como necesitara.

—¿Vosotros no os vais? —les preguntó Cian a Bruno y a Belén, al ver que no se movían.

—No, vamos a tener una pequeña reunión con la jefa —le contestó Bruno.

—Guau, la primera nada más llegar —silbó Cian.

—¿Tú te quedas? —le preguntó Belén.

—No he sido invitado, preciosa —le respondió con una sonrisa de medio lado.

Sin más, comenzó a caminar hacia la puerta.

—Cian —lo llamé.

Se paró con la mano en la manilla y me miró por encima del hombro.

—A partir de ahora espero que llegues puntual al trabajo.

Apretó la mandíbula y frunció el ceño.

—Y si tienes algún problema con eso y ves que no vas a llegar a tiempo, espero que me mantengas informada.

—Claro, jefa —dijo, remarcando las palabras.

Abrió la puerta de golpe y desapareció. Di un pequeño bote cuando cerró con fuerza, de un portazo.

Entrecerré los ojos, con ellos fijos por donde se había ido.

—Cian tiene un carácter un tanto especial

Lo justificó o defendió Belén. Fue ambas cosas.

—Es un buen amigo y compañero, solo tienes que conocerlo —añadió.

—Y no te lo pondrá fácil, solo deja acercarse y entrar a quién él quiere.

—Ya… —susurré—. Pero resulta que soy su jefa y que trabaja directamente para mí.

Rodeé la mesa y cuando llegué junto a mi silla, me senté en ella. Me hubiese encantado dejarme caer de golpe, pero me contuve.

Les pedí que ocuparan las sillas de enfrente, cuando se quedaron de pie. En el momento que estuvieron sentados continué.

—Lo siento —tuve la necesidad de disculparme con ellos—. No soy una jefa que impone las cosas a la fuerza, puede que haya sonado mal lo que he dicho, pero es que…

—Te hemos entendido —me interrumpió Belén, sonriendo.

—Tranquila, jefa —me pidió Bruno—. No es ni la primera ni será la última vez que Cian te frustrará. Solo te pedimos que tengas paciencia con él.

Se encogió ligeramente de hombros.

—En eso soy una experta —suspiré—. Tengo cinco hermanos, cuatro más pequeños, así que imaginaos la paciencia que he desarrollado.

Sonreí.

—Joder, ¿sois seis hermanos? —preguntó con sorpresa Belén.

—Sí —reí—. Al final parece que vosotros sois los jefes, solo hablo de mi vida yo.

Reímos.

—Me gustas, jefa. Me caes muy bien —me dijo Belén, con un guiño.

—Me alivia saberlo.

Sonreí.

—Lo mismo digo. —Se sumó Bruno—. Esteban ha tardado en ocupar este despacho, pero presiento que ha dado en la diana contigo.

—Bueno, ya vale —reí—. Vais a sacarme los colores.

—Ya estas ruborizada —dijo riendo Bruno.

Negué con la cabeza.

—Sobre Cian…

Miré a Belén.

—Es lo último que digo de él, por ahora. —Asentí—. Si no comprendes algo sobre el trabajo referente a Cian, como por ejemplo porque ha llegado tarde hoy, habla con Esteban antes de tomar decisiones precipitadas.

—Lo tendré en cuenta —comenté pensativa.

—Bien.

—Pues ya está, ha llegado el momento de que dirijas tú la reunión o lo que sea esto —habló con gracia Bruno y reímos.

—Empecemos —les pedí, pasando la mirada de uno a otro, sonriendo.

Bruno y Belén estuvieron en mi despacho casi una hora, tiempo en el que me pusieron al tanto de todo lo relacionado con nuestro departamento. Me hablaron de todos sus compañeros y de la función que hacían cada uno.

Me actualizaron toda la información de los trabajos que estaban llevando para delante y los que tenían pendientes.

Les pedí que, sin prisa, me lo trajeran todo para echarle un vistazo.

Necesitaba organizarme para poder distribuir el trabajo de otra manera, una vez que finalizaran lo que hacía cada uno.

Les comenté que Nico se había presentado antes de que viniera al despacho y que había quedado con Adela en la recepción, a la hora del desayuno.

—Esta mañana hemos tomado el primer café juntas —les dije.

—Adela es estupenda —sonrió Belén—. Un encanto.

—Si nos aceptáis podemos unirnos a vosotras —comentó Bruno.

—Claro. Me encantaría —dije.

—Los jefes de departamento suelen juntarse todos en una mesa —me informó Belén—. Por si te dicen algo.

—Gracias. Está bien saberlo.

Le hice un guiño.

—Pero ni me preocupa ni lo hará en algún momento. Cada uno desayuna con quien le da la gana. Sé diferenciar muy bien lo que es el trabajo y la amistad.

Solté una carcajada cuando ambos se levantaron para aplaudirme.

Cuando los dejé libres y fueron a sus puestos de trabajo, les pedí que dejaran la puerta abierta y comencé a ponerme al día.

Bruno me trajo las primeras carpetas y me puse a trabajar con lo que contenían. Se me pasó el tiempo volando y cuando golpearon a mi puerta abierta me sobresalté, por lo concentrada que estaba.

Levanté la vista y vi a Belén ocupando el hueco. Nos sonreímos.

—¿Bajamos? Es la hora de desayunar.

—¿Ya?

Miré la hora en la pantalla del ordenador.

—Sí —rio.

Me levanté de la silla negando con la cabeza y dejé la mesa tal y como estaba, para cuando regresara continuar por donde lo había dejado.

Fui al armario a por la chaqueta y el pañuelo para el cuello, me los puse y cogí el monedero del bolso y el móvil de la mesa. Ambas cosas me las guardé en los bolsillos internos de la chaqueta, mientras caminaba hacia Belén.

Cerré el despacho y caminamos por el pasillo central, directas hacia el ascensor.

—¿Y Bruno? —le pregunté con curiosidad.

Desde que los había conocido, a él y a Belén, siempre los había visto juntos. Incluso cuando se levantaban de vez en cuando.

Al trabajar con la puerta abierta había tenido una buena visión de ellos, incluso de Cian. Para mi mala suerte, porque su mesa de trabajo ya podría haber estado más apartada. Dirigí la vista hacia ella.

Estaba vacía y recogida.

—Con Cian —me contestó Belén, mirándome divertida.

Se había dado cuenta dónde me había quedado mirando.

—Muy bien —carraspeé.