Quién nos lo iba a decir Capítulo 15
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Capítulo 15

Media hora antes…

Cian

—Que vaya bien el día, campeón —le dije a mi hermano.

—Gracias. A ti también.

Sonreí y le revolví el pelo. Brian huyó de mi mano, riendo.

Me esperé frente a la puerta del colegio, con los brazos cruzados, viendo cómo se juntaban varios amigos y entraban todos juntos.

Brian se giró hacia mí en el último momento y se despidió por última vez, como cada día de lunes a viernes. Levantó una mano hacia mí y lo imité, antes de que corriera con sus amigos hacia la entrada del colegio.

Levanté el brazo, para mirar la hora en el reloj de pulsera. Iba un poco pasado de tiempo, más del habitual porque de por sí siempre llegaba tarde al trabajo. No pasaba nada, lo tenía controlado.

Cuando perdí de vista a mi hermano, comencé a caminar por la acera, para volver a la parada de autobús en la que nos habíamos bajado. Esa era nuestra rutina desde que no tenía el coche, al igual que cuando venía a recogerlo por la tarde.

Para compaginar bien los horarios con mi trabajo Brian se quedaba a comer en el comedor. No me daba tiempo a recogerlo y sin coche menos. Él se quedaba feliz, con varios de sus compañeros, aparte de que entendía que yo no podía dividirme más de lo que lo hacía.

Al pensar en el coche saqué el móvil, lo desbloqueé y busqué el número de teléfono de mi amigo el mecánico.

—Cristóbal —dije su nombre, cuando descolgó.

—Hola, tío.

—Hola. Me tienes muy abandonado.

—Joder y no sabes cómo lo siento. —Bufó—. Te aseguro que he pensado mucho en ti, tengo un agobio…

—No sé si eso es bueno o malo para ti, por si acaso no puedo darte amor.

Soltó una carcajada.

—Una pena, tío, porque estás muy bueno.

Chasqueó la lengua, siguiéndome la broma.

Cristóbal estaba casado, llevaba diez años con Elisa. Algunas veces se unían a Barry, a Jake y a mí y salíamos a cenar o a tomar algo. Nos llevábamos muy bien todos y Cristóbal era nuestro mecánico oficial.

—No te he llamado porque me he puesto hoy con tu coche. Tuve que cerrar un día el taller y al siguiente era domingo, así que voy con retraso.

—¿Y eso?

Llegué a la parada de autobús y comprobé que el próximo llegaba en un par de minutos. Podía coger cualquiera porque todos hacían una ruta principal, hasta que se desviaban para tomar direcciones diferentes. Pues mi empresa estaba dentro de esa ruta principal, por suerte.

—Me encontré fatal, Cian. No me acordaba lo que era ponerse tan malo.

—Joder. ¿De qué?

—Un virus.

—¿Te has recuperado con tan pocos días?

—No, pero al menos por ahora lo llevo más o menos bien para trabajar. Solo tendré abierto hasta el mediodía, no me veo con fuerzas para hacer el día completo. Igualmente tengo las puertas cerradas, parece que no esté. Paso de contagiar a quién le dé por entrar.

—Tendrías que haber descansado un día más, como mínimo.

—Ya, pero tengo mucho trabajo acumulado y solo estoy yo.

—Lo entiendo, pero puede ser peor porque como recaigas con más fuerza.

—Si Elisa continúa bien me conformo con lo que me venga a mí. Al menos esta mañana se encontraba como siempre cuando se ha ido a trabajar.

—Me alegro. A ver si dura porque los virus son jodidos.

—Dímelo a mí que no sé ni cómo estoy de pie.

—Olvídate de mi coche, ponte con otros trabajos más urgentes.

—Cian, el tuyo también lo es. No me toques las narices que estoy malo.

—¿Quieres mimitos?

—Pues no me vendrían mal.

Reímos.

Vi acercarse el autobús y me preparé para subir, levantando una mano para que no pasara de largo. Era el único que estaba en la parada.

—Con lo poco que he visto de tu coche lo que puedo decirte por ahora es que no me gusta la pinta que tiene.

Solté un suspiro en el mismo momento en el que subí al autobús. Metí la tarjeta y fui directo a un asiento que estaba al lado de la salida.

—Perdona, acabo de subir al autobús. He dejado a Brian en el cole y voy para el trabajo. ¿Tan mal lo ves?

—Joder, tío, con la falta que te hace. Mal, pero mal.

—Tú dime lo que tiene y cuánto costaría, si es mucho no voy a hacer nada Cris.

—Es lo que iba a recomendarte, es tirar el dinero.

—Qué putada.

Me pasé una mano por el pelo.

—No adelantemos nada, que lo mismo lo reviso un poco más y me doy cuenta de que la avería va por otro sitio.

—Ojalá, pero tengo la corazonada de que mi coche está perdido.

—Si es así puedo buscar unas buenas ofertas. Hay coches con un año o dos que están muy bien.

—Eso es lo que me interesa, siempre y cuando no suba mucho de precio. Me niego a malgastar el dinero, lo necesito para Brian.

—Tranquilo, lo sé. Si sucede lo peor te buscaré uno que merezca la pena y que al mismo tiempo sea asequible.

—Si, por favor. Necesito tener facilidad de movimiento para llevar y recoger a mi hermano, y para podamos salir con mi abuelo los fines de semana. Le apetece mucho ir a la playa, pero necesita ir en coche para no cansarse más de la cuenta.

—Cuenta con ello, tío.

—Gracias.

—Y si necesitas el coche algún día o el fin de semana, solo tienes que llamarme. ¿De acuerdo?

—Sí.

Sonreí, mirando por la ventanilla.

—Barry y Jake también me han dicho y repetido que solo tengo que quitarles las llaves —dije con diversión.

—¿Con está ese par?

—Como la última vez que los vistes.

Sonreí.

—A ver si me recupero del virus y quedamos.

—Cuando te encuentres bien solo tienes que decírnoslo.

—Y que hayan pasado unos días sintiéndome bien, que no me fío. Oye…

—¿Qué?

—¿Qué tal le fue el partido a Brian? ¿Ganaron?

—No, perdieron. Quedaron uno a cero.

—Bueno, a la próxima irá mejor.

—Exacto, y si no tampoco pasará nada.

—Por supuesto. Lo importante es amar el deporte y la ilusión con la que entrenan y salen al campo.

—Mi hermano va sobrado de todo.

—¿El próximo partido dónde es?

—Todavía no lo sabemos, hasta mitad de semana no dan la información.

—Me apunto al siguiente que jueguen aquí o cerca.

—A Brian le hará ilusión que estéis.

—Bueno, tío, voy a seguir con tu coche que a este paso vuelvo a encontrarme mal y me veo forzado a irme.

—No te hagas el valiente. Si tienes que dejarlo todo, lo dejas.

—¿Te queda mucho para llegar?

—No, estoy cerca. Cuídate, que es lo principal.

—Gracias, tío. Hablamos.

—Hasta pronto.

Colgué y me guardé el teléfono en el bolsillo interno de la cazadora. Apoyé la cabeza en el respaldo y la giré para ver las calles pasar. Estaba a pocas de llegar, faltaban dos paradas para bajarme en la mía.

Intenté relajarme, mientras le daba vueltas al tema del coche. Esperaba poder asumir el coste de lo que fuese, lo necesitaba, pero tampoco podía hacer milagros.

Cerré los ojos unos segundos y cuando los abrí tuve que levantarme de un salto, porque ya había llegado. Tuve suerte de que alguien más picara la parada, porque si no habría perdido más tiempo al bajarme en la siguiente.

Bastante tenía con el día como estaba y para colmo me había comenzado a molestar la cabeza. Tanto pensar no era bueno, en absoluto. Le estaba dando muchas vueltas a lo del coche, pero es que para mí era muy importante disponer de vehículo.

A mi abuelo podía pasarle algo en cualquier momento, eso no dejaba de perturbarme, y que yo me viese imposibilitado y no poder llevarlo al hospital, a la hora que fuese…

Sacudí la cabeza caminando por la calle y me presioné el puente de la nariz, para aliviar la sensación.

Respiré varias veces profundo y accedí a la propiedad de la empresa, caminando por el camino que separaba en dos partes el césped.

En cuanto traspasé la puerta del edifico saludé a Adela y me reí cuando le eché un piropo y me lo devolvió.

Con lo tarde que llegaba no me paré en la recepción con ella, fui directo al ascensor. Estaba en la planta principal, por lo que las puertas se abrieron al instante.

Llegué a mi planta de trabajo fastidiado, poque me acordé y me di cuenta de que me había dejado la fiambrera con la comida en la encimera de la cocina.

Había salido con tanta prisa con Brian, para no perder el autobús, que ahí tenía el resultado. Hasta este momento no había caído en ello.

—Estupendo, joder —susurré.

Negué con la cabeza y al hacer ese movimiento algo llamó mi atención. El jefe, el director general, porque éramos el único departamento que no tenía jefe directo, pues el director se encontraba a unos metros por delante, parado en el mismo pasillo central por el que iba yo.

Antes de desviarme para ir a mi mesa de trabajo, me paré para saludarlo. Estaba con mis compañeros Bruno y Belén, y otra mujer que no reconocí. Me daba la espalda.

—Hola —saludé.

No pude anticipar lo que daría de sí esa breve palabra.

Todos me miraron. Esteban asintió ligeramente hacia mí y Bruno y Belén me sonrieron. La sorpresa fue mayúscula cuando me fijé en la cuarta persona, en la mujer que actúo de la misma manera que yo.

Tardé unos segundos de más para que mi cabeza registrara y asimilara que la mujer que se quedó de cara a mí era la misma del partido del sábado, en el que se enfrentaron nuestros hermanos y hubo tensión entre nosotros en más de un momento, aunque solo nos enfrentáramos verbalmente antes del penalti que le pitaron a mi hermano.

Ambos nos quedamos sin saber reaccionar, entre la sorpresa y el desconcierto. Me quedé paralizado por unos segundos, porque en cuanto miré a la mujer que no conocía fui consciente de que ese pensamiento era un gran error.

A ver, en realidad no la conocía, pero no éramos unos completos desconocidos. Ninguno de los dos se había olvidado del otro, al menos de vista.

«¿Qué cojones hace aquí? ¿Quién es?».

La vi abrir y cerrar los labios, varias veces, pero de ellos no salió ningún sonido. Con el ceño fruncido, sin entender una mierda, me moví. Comencé a caminar hacia el grupo de cuatro, sin apartar la mirada de la del partido.

Con satisfacción, la vi tragar saliva. Estaba claro que se encontraba peor que yo, nerviosa.