Capítulo 14
Cogí una bocanada de aire, justo antes de que las puertas del ascensor se abrieran en mi planta, donde estaba mi equipo y mi despacho.
Todavía no lo había visto, pero sabía por Esteban que se encontraba al fondo, en línea recta.
Eran las ocho y veinte, por lo que faltaban diez minutos para el inicio de la jornada. Por ese motivo muchas mesas estaban vacías, faltaban trabajadores por llegar.
El ir a ciegas no me gustaba, me creaba ansiedad, pero por suerte quedaba poco para conocerlos a todos, aunque fuese en una presentación grupal. Después ya tendría tiempo de reunirme con ellos, uno a uno, porque así sería.
Me gustaba saber quién formaba parte de mi equipo, en quienes podía confiar más o menos, y, por supuesto, en quiénes podía confiar por completo, desde el inicio.
Esperaba que sucediera esto último, no había cosa que más me gustara que trabajar en una misma dirección y la que predominaba el respeto y la profesionalidad.
Nadie me prestó atención mientras caminaba por el pasillo central, con hileras de mesas a ambos lados. De las personas que había repartidas por el espacio algunos hablaban entre ellos y otros estaban quitándose las chaquetas y guardando sus cosas, para estar preparados para el inicio de la jornada.
La gran mayoría de ellos, incluyendo los que faltaban, comenzaron a trabajar aquí cuando abrió la sede. Ya había pasado casi un mes, estando a las órdenes del jefe del Departamento Comercial.
Desde hoy eso cambiaba y Pablo, que era el jefe comercial, lo sabía. Era del único que conocía el nombre porque Estaban me habló de él, aparte del propio Estaban y de Adela.
Si se fijaron en mí cuando abrí la puerta de mi despacho, no tuve ni idea. No me giré para comprobarlo, ya que Esteban debía estar al llegar.
Cerré tras de mí con una gran sonrisa, mientras recorría con la vista el espacio en el que iba a pasar muchas horas.
Caminé hasta la mesa, era grande y rectangular, acompañada por una silla que se veía muy cómoda, acolchada.
Acaricié el respaldo y me fijé en todos los detalles que había sobre la mesa. La habían preparado para mí y había una caja de plástico, con muchas cosas de material de oficina.
Me dirigí al armario, el que abrí para dejar la chaqueta colgada y el bolso sobre una balda. Cogí el móvil antes de cerrar las puertas y lo llevé a la mesa.
Con las manos libres me acerqué a uno de los grandes ventanales que había. Eran impresionantes, permitían que entrara mucha luz porque terminaban a unos centímetros por arriba y por abajo y por los laterales. Eran como paredes de cristal, pero sin serlo en realidad.
Me acerqué con precaución porque por mucho que me gustara la sensación y las vistas desde lejos, no podía estar tranquila aproximándome mucho. Tenía vértigo, por lo que me paré a unos metros de distancia. No quería que en este momento me diera un vuelco el estómago.
Levanté la vista y giré sobre mí misma, para seguir observando el despacho.
Aparte del escritorio y la silla, también había un sofá de tres plazas en el lateral contrario al del armario. Al sofá lo acompañaban una mesa pequeña cuadrada y dos sillones.
Me pregunté para qué iba a necesitar esa parte, no me veía utilizándola, pero estéticamente quedaba precioso. Tal vez para alguna reunión, pero eso lo vería sobre la marcha.
Tal a Esteban, el director general, le gustaba hacer visitas a los cargos inferiores a él, y estar cómodo en sus despachos. A saber.
Unas puertas más allá de la mía, hacia la izquierda, estaba la sala para las reuniones con el equipo. Era grande, lo suficiente para que nos acogiera a todos sentados.
Los baños estaban saliendo hacia la derecha, al igual que el archivo y la pequeña sala en la que se guardaba todo el material de oficina.
Esteban me contó que cada planta estaba distribuida de manera idéntica, en lo único en lo que se diferenciaban eran en los despachos de los jefes de departamento.
Yo me lo había encontrado montado, pero por lo visto el resto pudo decorarlo a su gusto.
Yo no tenía ninguna queja, estaba encantada con mi despacho.
Solté un suspiro al sentarme en la silla. Efectivamente era muy cómoda. Sonreí.
Aparté la caja con el material de oficina, para ponerme con ella más tarde, y cogí la agenda que estaba al lado del teclado.
La abrí y comencé a hojear las páginas, viendo que me habían escrito los números de las extensiones y a quiénes pertenecían. También había un papel doblado. Dentro de él estaban las instrucciones de cómo grabar en el teléfono inalámbrico las extensiones.
Para las que más se utilizaban estaba muy bien.
Memoricé las dos primeras y las últimas, por ahora. El número uno se lo llevó el director general y la recepción, Adela.
Continué mirando la agenda y llegué a una página en la que detallaba la contraseña del ordenador, la que estaba al lado de un número de teléfono. Ponía informático y di por hecho que era para las dudas y las preguntas.
No iba a tener ningún problema, ya que conocía muy bien el programa informático. Era el mismo que había utilizado en la otra sede de la que venía, durante años, así que lo dominaba a la perfección.
Encendí el ordenador para ir adelantando y tecleé la contraseña. En cuanto estuvo encendido lo primero que hice fue cambiar la contraseña, ya que la misma predeterminada para todos los equipos. Los trabajadores debían cambiar, poniendo una suya propia.
Así lo hice, justo cuando terminé golpearon varias veces la puerta. Levanté la mirada.
—Adelante —di paso, mientras me levantaba.
Como esperaba, fue Esteban quien entró. Dejó la puerta entornada y se acercó a mí, sonriendo.
—Buenos días, Xaira.
—Buenos días, Esteban —le devolví el saludo y la sonrisa.
—¿Qué tal la primera impresión?
—Estupenda. Me encanta el despacho.
—Me alegro.
Asintió.
—¿Preparada?
—Claro.
Rodeé la mesa y fui a su lado.
—Pues vamos a presentarte y que empiece el juego —me dijo con un guiño.
—Mientras que no sean los del hambre me llevaré bien contigo y con todos —hablé con humor.
Esteban soltó una carcajada, de esa manera salió del despacho, riendo.
La zona abierta de trabajo estaba ya al completo, había pocas mesas libres, unas cuatro, pero tampoco tenían sillas, por lo que nadie las ocuparía. Por el momento.
La risa de Esteban los alertó y cuando me di cuenta todas las cabezas estaban giradas en la misma dirección, con los ojos puestos en nosotros.
—Buenos días —los saludó Esteban.
—Buenos días, jefe —le correspondieron.
Las voces fueron sumándose como en una escala, hasta que se quedaron en silencio.
—Desde que abrimos habéis sido el único departamento que no ha tenido jefe, pero eso como he dicho, habéis, hoy queda en pasado.
Ya ha cambiado, ella es Xaira, vuestra jefa y la dueña de ese despacho.
—Lo señaló a nuestras espaldas—. Así que estáis a su cargo y sois su responsabilidad.
Confío en que le haréis la vida más fácil.
—Por supuesto, jefe.
—Cuenta con ello, jefe.
—Me gusta, una mujer contra los demás jefes. Ja, ja, ja…
—Ja, ja, ja… tienes razón.
—Bienvenida —dijeron muchas voces.
—Gracias por el recibimiento —me dirigí a ellos, un poco menos nerviosa—. Me gustaría conoceros personalmente, tomarme unos minutos con cada uno, así que os pido que os organices para cuando os diga que vayáis pasando por mi despacho.
—Yo haré una lista para seguir un orden, así nadie se despista —dijo una chica, dando un paso al frente.
—Perfecto Belén, gracias —le dijo Esteban, desvelando su nombre—.
Por ahora ya podéis ocupar vuestros puestos de trabajo, Xaira hablará con cada uno de vosotros.
Os aseguro que en mejores manos no podría dejaros.
Me hablaron muy bien de Xaira, como persona y como profesional, y he tenido el placer de corroborar por mí mismo que todo es cierto.
Lo miré agradecida.
—Así que se acabó el tiempo de descanso, a trabajar —dijo con diversión.
Se escucharon risas, lo que terminó de dejarme una sensación muy bien. Todo había salido genial.
—Belén, Bruno, vosotros quedaros un momento —les pidió Esteban.
Ya sabía otro nombre, el del chico.
Les sonreí.
—Xaira, ellos serán tus manos, tus ojos o lo que necesites —me dijo con un guiño Esteban—. Bruno y Belén estarán siempre cerca de ti, para darte apoyo en todo. Son tu equipo de trabajo más directo y reducido, no dudo de que tendréis mucha confianza.
—Con razón nos cambiaste de mesas, jefe —le dijo Bruno.
—Antes estábamos por el centro de esta zona —me explicó Belén, al ver mi cara—. Desde hace unos días ocupamos las mesas que están más próximas a tu despacho, jefa.
—Sí. Esas dos.
Bruno me las señaló y asentí.
Pues sí que estaban cerca, a pocos metros de la puerta. Sus mesas se encontraban una frente a la otra, separadas por el pasillo central.
—Vale —sonreí—. ¿Os va bien venir a mi despacho ahora? Quiero empezar por vosotros.
—Genial —dijo ella.
—A mandar —comentó él—. Lo he dicho en el buen sentido —añadió y reímos.
Me caían muy bien y también opinaba como Esteban, porque me daba a mí que íbamos a llevarnos genial y a tener mucha confianza.
—Hola.
Esa simple palabra en alto nos interrumpió y anticipó un cambio del que no fui consciente, hasta que me giré para quedarme de cara a la persona que había hablado.
Ni siquiera recordé la voz, imposible cuando la escuché muy poco unos días atrás, y lo más importante, porque me parecía imposible oírla aquí, en la empresa y en mi zona de trabajo.
Agrandé los ojos al encontrarme con la última persona que esperaba ver.
Abrí la boca y la cerré, un par de veces, pero no supe qué decir. ¿Qué hacía ese hombre aquí? ¿Y por qué caminaba hacia nosotros, sin apartar la vista de mí?
Después de quedarse tan paralizado como yo por la sorpresa, al recordarme, y de observarme durante unos segundos casi sin pestañear, con el ceño fruncido, se movió para caminar por el pasillo.
Tragué saliva porque mis nervios regresaron. ¿Qué digo? Se dispararon sin remedio, mientras me hacía muchas preguntas.