Quién nos lo iba a decir Capítulo 13
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Capítulo 13

Xaira

Saqué el pan de la tostadora y lo coloqué en un plato. Lo dejé enfriando y fui a la cafetera, para prepararme el café con leche.

—Sabía que eras tú.

Me giré hacia Lúa, sonriendo.

—Buenos días —le dije.

—Buenos días, suplantación de hermana.

—¿Qué dices?

Reí.

—Tú no puedes ser mi hermana. —Soltó un quejido—. No puedes estar tan feliz, activa y animada un lunes a las siete y media de la mañana. En esta familia eso no se lleva, no es normal.

Reí con más ganas.

—Pues si te digo a qué hora me he despertado y he salido a correr.

—Joder. No lo hagas que me entran ganas de llorar.

Bufó.

Nos quedamos en silencio y mientras ella se preparaba un bocadillo pequeño, yo le hice el café con leche y endulcé el suyo y el mío. Después le eché tomate natural a mi tostada, un poco de aceite y sal, y nos sentamos a la mesa de la cocina con nuestros desayunos.

—¿No te pones embutido?

—La como muchas veces así, me encanta —le dije levantando la tostada.

Le di un mordisco y cuando tragué, bebí un sorbo de café.

—¿Cómo llevas los nervios del primer día? ¿Has descansado? —me preguntó.

—Por ahora bastante bien y he dormido como cada noche. No me hagas pensar mucho que no quiero tener que ir corriendo al baño.

Reímos.

—Te irá genial, tienes madera de sargento.

—¿En serio? —Elevé las cejas.

—Claro, con cuatro hermanos por debajo de ti ya me dirás.

Me hizo un guiño y sonreí.

—Hermanos que me adoran —dije con diversión.

—Eso está clarísimo, no hay ninguna duda. Y ya tu mellizo no te digo nada…

Timón y Pumba entraron en la cocina y vinieron a saludarnos.

Al cabo de unos minutos bajaron juntos Iago y Kevin.

De los hermanos éramos los que trabajábamos. Obviamente a Eloy le quedaba muchos años para meterse en el mundo laboral y a Erea le faltaban unos meses para terminar primero de bachillerato y una vez finalizados los dos cursos iría a la universidad.

Aunque llegado ese momento podía compaginar la carrera con algún trabajo por horas, pero no sería lo mismo que nosotros cuatro.

—Buenos días —nos saludaron al unísono Iago y Kevin.

Lúa y yo les sonreímos y les correspondimos.

—¿Qué tal? —me preguntó Kevin.

—Dejadlo ya —reí—. No estaba nerviosa, pero me estáis poniendo.

Negué con la cabeza.

—Solo nos preocupamos por ti —me dijo Iago, con un guiño.

—Lo sé y os lo agradezco, pero prefiero que me preguntéis a última hora del día, cuando haya pasado.

—Hecho —habló Lúa—. ¿El horario es de ocho y media a dos? No me acuerdo muy bien.

—Lo has dicho bien. —Asentí.

—Está guay. Es muy parecido al de Kevin.

—Oye —me dirigí a Kevin, extrañada—. Es verdad. ¿Qué haces aquí todavía? A esta hora entras a trabajar y no te veo correr porque vas tarde, ni alterado porque te has quedado dormido.

—Perdona, soy un tío responsable y nunca me quedo dormido. —Se hizo el ofendido.

—No me hagas hablar —le dijo Lúa.

—Cállate —le pidió Kevin, divertido.

—Pues eso mismo.

Reímos.

—Hoy entro más tarde, obviamente. —Se señaló y después a la cocina—. Tengo una reunión a las nueve y el jefe me dijo que podía entrar un poco antes.

—Qué bien —sonreí.

—Sí, pero no voy a retrasarme tanto. Iré sin prisa, pero estaré allí antes.

—Anda que si a mí me dijera eso mi jefe iba a presentarme por voluntad propia antes —rio Lúa—. Llegaría a las nueve menos un minuto.

—Por eso yo soy el responsable de la familia —la picó Kevin, con una media sonrisa.

Carraspeé y rectificó.

—Somos —rio—. De algo nos tienes que servir ser los mayores.

Iago y él se sentaron con nosotras a desayunar, después de prepararse sus desayunos.

Timón y Pumba regresaron, iban por libre y eran tan silenciosos cuando querían, que no me había enterado cuándo se fueron de la cocina. Pero entraron de nuevo, para saludar a Iago y a Kevin.

Cuando llegó el momento me despedí de mis hermanos, por última vez esa mañana y montada en mi coche, frente a la entrada de la casa. Salimos todos al mismo tiempo, pero yo me adelanté un poco para recorrer el camino e ir hacia la verja.

Y como no, Timón y Pumba me acompañaron corriendo a los lados de mi coche. Les quedaban unas carreras más, hasta que todos estuviéramos fuera de la propiedad.

La nueva sede de mi empresa no se encontraba a mucha distancia de la casa de mis padres, tardé únicamente diez minutos en llegar. Y no fui con prisa.

Los nervios me entraron de golpe cuando saqué la llave del contacto. Me quedé observando la entrada de la empresa, desde mi plaza de aparcamiento. En cuanto llegué fui directa a ella, ya que el último día que me reuní con Esteban me informó de cuál era. Él era el director general.

Cogí una bocanada de aire y me animé a mí misma a salir del coche. Fuera me ajusté el pañuelo al cuello y me cerré la chaqueta, ya que el día estaba fresco.

La temperatura había cambiado bastante, el día estaba muy nublado. Tenía pinta de que iba a llover, por lo que caminé ligera para ponerme a cubierto. No me apetecía llegar el primer día pasada por agua.

En cuando entré en el edificio me dirigí a la recepción, para saludar a Adela, la recepcionista. Nos presentó Estaban, el primer día que vine a la empresa. También fue mi primer contacto con Esteban.

—Buenos días, Xaira —me saludó con amabilidad y una gran sonrisa.

—Buenos días, Adela.

—Me alegro de verte por aquí.

—Gracias. A ver cómo me va el primer día.

Le hice un guiño.

—Seguro que genial.

Me devolvió el gesto, exagerando el movimiento, y reímos.

—Oye, ¿te apetece un café? Así puedo ponerte al día de los que haya en la cafetería. Seguro que hay varios de la empresa, yo los conozco a todos, no se me escapa ni una cara.

Miré la hora en el reloj de pulsera.

—Has venido muy pronto, falta media hora para el inicio de tu jornada.

—Los nervios.

Sonreí.

—Lo imagino, aunque no creo que seas de llegar justa de tiempo. Para las reuniones con Esteban te presentabas aquí con mucha antelación.

—Crees bien. Vamos a tomarnos unos cafés, invito yo.

—Ah, no. Ni hablar —dije, levantándose rápido—. Lo he dicho yo, te invito. Así la próxima vez te sientes obligada a invitarme tú y volvemos a pasar un rato juntas.

—Vale. Gracias, Adela.

—¿Puedes ausentarte de tu puesto? —Señalé la recepción.

Se puso la chaqueta y cogió el bolso, para rodear el mostrador y ponerse a mi lado.

—Siempre que esto vaya conmigo, sí.

Se tocó una oreja y entonces me fijé que llevaba un auricular.

—Es de largo alcance. Está pensado para eso, para que yo pueda tener movilidad. Si no fuera así no podría moverme de la silla, ni para desayunar.

Se encogió de hombros.

Salimos del edificio y fuimos a la cafetería, la que se encontraba justo enfrente, en la otra acera.

Al entrar ocupamos una mesa y una camarera vino a atendernos enseguida. Adela le pidió un capuchino y yo un café con leche.

—No has conocido a ningún jefe de departamento más, ¿verdad?

—No. Las veces que me he reunido con Esteban ha sido en su despacho y hemos estados solos.

—Pues el que está a la derecha, en la cuarta mesa contando la mesa, es Miguel, el jefe del Departamento Financiero.

—Ah.

Miré de reojo hacia él.

—Esteban te presentará en algún momento a todos los jefes de departamento, como tú.

Sonrió.

—Supongo, sino los iré conociendo poco a poco, por mi cuenta. La verdad es que no es algo que me preocupe.

—Uy, mira, esos dos que acaban de llegar a la mesa de Miguel son Ismael y Víctor. El primero es el jefe del Departamento de Recursos Humanos y el segundo, el del Departamento de Compras.

Observé divertida a Adela, que, sin que se diera cuenta, continuó a lo suyo. Se metió por completo en darme información, me habló un poco de cada uno de los tres jefes de departamento y después de los cuatro trabajadores que había repartidos por la cafetería.

—¿Qué te parece? —me preguntó cuando terminó.

Apreté los labios.

—Solo me acuerdo de los primeros minutos —reí al ver su cara de sorpresa—.

Me has dado mucha información, de golpe y de buena mañana, y sinceramente no me va el cotilleo ni me interesa saber ciertos detalles de la vida de los demás.

Soy de ir a lo mío y no me meto en nada, siempre y cuando no vaya contra mí.

—Joder, y a mí se me ha secado la garganta de tanto hablar. Para nada.

Reímos.

La camarera nos trajo el capuchino y el café con leche y Adela le pagó, antes de que se fuera.

Cuando Adela se entretuvo con su móvil, porque le sonó, yo cogí la taza con las manos y me la acerqué a los labios, para soplar, mientras observaba a través de la cristalera.

La tenía justo al lado, a mi izquierda.

Yo me distraje viendo a la gente de la calle y la entrada de la empresa. No dejaban de entrar personas, trabajadores, por la hora que era.

Bebí un pequeño sorbo, pensando en lo que iba a encontrarme en el Departamento de Marketing y Publicidad. Ese era mi departamento, del que era jefa. Una planta completa del edificio a mi cargo.