Capítulo 12
—¡Abuelo!
Brian entró en el piso gritando, yendo directo al sofá donde estaba nuestro abuelo.
Sonreí al verlo correr y lanzarse a sus brazos.
Cerré la puerta y dejé caer la mochila de deporte al suelo, para ir al sofá.
Me senté en un lateral, con una pierna flexionada en el asiento, mientras Brian le contaba precipitadamente cómo había ido el partido y los nervios que había pasado.
—Me alegra verte tan animado, aunque no hayáis ganado.
—Es lo que me decís siempre Cian y tú, abuelo.
Sonreí.
—Así es, hijo. ¿Habéis comido?
—Sííí... Hamburguesas.
—Vaya, entonces os habéis puesto las botas.
—Sí —rio mi hermano.
—¿Tú has comido, abuelo? —le preguntó.
—Hace rato. —Le revolvió el pelo—. Deshaz la mochila y échate un rato en la cama.
—Estoy cansado.
—Por eso —sonrió nuestro abuelo.
—Vale.
Brian se puso de pie y fue hacia su mochila, la que había dejado yo junto a la puerta. La abrió y sacó de ella toda la ropa sucia y la toalla, para llevarlas al lavadero.
Hizo un segundo viaje para llevar la deportivas, para que se airearan. Cuando regresó vino a darnos un beso y se fue hacia su habitación con la mochila.
—¿Qué tal, hijo? —me preguntó.
—Bien.
Sonreí y me acerqué a darle un beso, después volví a mi lado del sofá.
—¿No vas a descansar?
—Cuando vayas tú —le contesté.
—Os estaba esperando, sabía que pararíais a comer los dos gamberros.
Los gamberros eran mis amigos, Barry y Jake.
Reí porque así era como les gustaba pincharlos mi abuelo, cuando no era verdad que pensara de esa manera de ellos. Ni mucho menos, principalmente porque no eran unos gamberros.
—Puedes estar contento, hemos comido de gratis —le dije a modo de broma.
—Ya me caen un poco mejor.
Sonreímos.
—¿Te has tomado las pastillas? —le pregunté.
—Sí. No te preocupes por mí.
—Claro, lo que tú digas.
Negué con la cabeza.
—¿Has salido a dar un paseo?
—Con Alfonso.
Asentí. Alfonso era su amigo y por suerte vivía cerca de nosotros. Se hacían compañía mutuamente.
Mi abuelo tenía setenta años, con una apariencia muy cuidada, al igual que mimaba su alimentación. Yo también mimaba eso, desde que le diagnosticaron una enfermedad rara que le provocaba mucho cansancio.
El momento que el médico nos confirmó qué le pasaba, fue un duro golpe. La vida de mi abuelo cambió radicalmente y durante mucho tiempo yo me pasé las noches en vela, para vigilar su sueño y que todo estuviera bien.
La enfermedad podía derivar en un ataque al corazón en cualquier momento y era algo que a mí me daba pánico. Me había costado mucho asumir y asimilar que no podía estar en un sinvivir constante, esperando lo peor durante las veinticuatro horas del día.
Por suerte la medicación que se tomaba parecía mantenerlo bien, estable, solo debía tomársela y cuidarse mucho. De ahí la buena alimentación y que saliera a caminar de manera obligada, por las mañanas y por las tardes.
Eran recomendaciones del médico, el que le dijo que se lo tomara como obligaciones.
Aunque había días que no podía, le dolía tanto el cuerpo y le fallaban tanto las fuerzas, que no podía moverse de la cama.
Eran episodios fuertes que no siempre se daban, pero cuando sucedía era el peor recordatorio.
Tampoco podía alterarse ni ponerse nervioso, por lo que tenía prohibido asistir a los partidos del pequeño. Pero no se quedaba sin verlos, yo siempre se los grababa para que pudiera ver a su nieto pequeño jugar al deporte que tanto le apasionaba.
—Estás cansado —me dijo y entreabrí los ojos.
Se me habían cerrado sin darme cuenta.
—Esta noche he dormido poco y Brian vino a mi cama muy temprano.
—¿Qué tal ha ido tu experiencia del partido?
—Ha sido buena, con un pequeño percance que no ha llegado a nada.
Me encogí de hombros.
—Brian ha tirado a propósito a un jugador del equipo contrario y ha terminado siendo penalti.
—¿Por qué? —se extrañó, ya que como he comentado no era el comportamiento de mi hermano.
—Me ha dicho que le ha parecido que se metía con él.
—¿Es cierto?
—Brian no está seguro, por lo que no tengo ni idea. En todo el tiempo que ha durado el partido yo no he visto ninguna actitud rara por parte del otro, la verdad. Pero tranquilo, ha quedado en nada y le he dicho que la próxima vez que lo vea se disculpe con él.
—Has hecho bien.
Asintió.
—Eso ha supuesto la derrota para nuestro equipo porque el único punto del partido ha sido el del penalti.
—Vaya…
—No pasa nada, han hecho un buen juego.
—Estoy orgulloso de ti, Cian.
Me agarró una mano y yo ejercí un poco de presión en la suya, rodeándosela por el dorso con la otra.
—Gracias, abuelo. He aprendido del mejor —sonreí.
—Muchacho…
—¿Vamos a descansar? —lo interrumpí.
—Claro —suspiró.
Me levanté y lo ayudé a ponerse en pie. No es que lo necesitara en este momento, pero me nacía solo. Cuando mi abuelo estaba bien, sin un episodio fuerte, podía moverse en facilidad y por él mismo, aunque se cansaba.
Cerré la corredera del balcón y fuimos al pasillo, el que recorrimos para separarnos en las puertas de nuestras habitaciones. La de él y la mía estaban una frente a la otra, la habitación de Brian se encontraba seguida de la mía.
Le di un beso a mi abuelo y entré en mi habitación. Me quité la ropa yendo hacia la cómoda, de la que saqué una camiseta fina y un pantalón de pijama ancho y cómodo.
Me vestí y entré un momento al baño. Cada habitación tenía el suyo.
Cuando estuve preparado salí de la habitación para ir a la de Brian. Abrí la puerta despacio y sonreí al verlo tumbado bocarriba en su cama, encima de la colcha. Entré negando con la cabeza y lo tapé con la manta fina que tenía a los pies de la cama.
Le di un beso en la cabeza y me fui dejando la puerta entornada. Por último, me asomé a la habitación de mi abuelo y como siempre, me quedé unos minutos observando cómo su pecho subía y bajaba, rítmicamente, sin parar.
—¿No te cansas muchacho?
Reí, sin alzar mucho el volumen, pero reí porque me había pillado.
—Que descanses, abuelo.
—Tú también, anda vete ya.
Sonreí.
Dejé la puerta como la de Brian, al igual que la mía, y fui directo a tumbarme en mi cama. Me tapé con la sábana la colcha y levanté los brazos hacia la almohada. Los flexioné sobre ella y apoyé la cabeza en los brazos cruzados, con la vista fija en el techo blanco.
Intenté mantenerme despierto, pero el cansancio fue poco a poco venciéndome. Estaba a punto de dormirme cuando el sonido de mi móvil me hizo entreabrir los ojos.
—No me fastidies. Joder.
Bufé y me levanté.
No me había acordado de coger el teléfono y cuando lo hice vi un mensaje de Estefanía, una chica con la que había quedado un par de veces para pasar unos buenos ratos.
Solté un suspiro mientras regresaba a la cama y una vez estuve tumbado de nuevo, puse el modo silencio para que no volviera a sonar y leí lo que me había escrito.
Estefanía: Hola, guapo. ¿Tienes planes para esta noche? Te propongo uno, hace mucho que no nos vemos. ¿Qué me dices? Sabes que no te arrepentirás.
Cian: Hola, preciosa. La propuesta es muy sugerente, pero debo rechazarla. Esta noche ya he quedado.
Estefanía: ¿No puedo hacer nada para convencerte? ¿Quieres que te envíe una foto de lo que estoy haciendo ahora mismo, pensando en ti?
Cian: No hace falta, me hago una buena idea de ello. Te aseguro que nada va a hacerme cambiar de idea, esta noche ya tengo plan.
Estefanía: Eres malo, hace mucho que no nos vemos.
Cian: ¿Para ti es mucho unas semanas? Para mí no.
Estefanía: Está bien, no te insisto más. Espero que la próxima vez aceptes quedar conmigo, sé que en el fondo lo estás deseando. Te envío un regalito, adiós guapo.
El último mensaje fue la foto que adjuntó. Me hizo sentir que me sobraba toda la ropa, la que me tapaba de la cama y la que yo llevaba puesta. Solté un pequeño jadeo, sintiendo cómo mi miembro se venía arriba con la panorámica tan perfecta del sexo húmedo y brillante de Estefanía.
Estaba claro lo que estaba haciendo y yo no pude ni quise contenerme. Me bajé el pantalón y me agarré con fuerza el miembro. Cerró los ojos con esa imagen muy nítida en mi cabeza, la de la foto que acababa de ver.
Mi mano se deslizó sola por todo el largo de mi erección y me tragué los primeros gemidos, mientras bombeaba con fuerza.
Esta noche había quedado con mis amigos, pero, aunque no fuese así, Estefanía, sin darse cuenta, me había impulsado a tomar la decisión de que no iba a volver a quedar con ella.
La siguiente vez que me hablara se lo dejaría claro para que no insistiera más, porque en mí no iba a encontrar lo que buscaba. Su tenacidad solo podía significar una cosa y por mi parte no era correspondido.
No quería hacerle daño, desde el principio ambos quedamos en que solo sería sexo, pero en algún punto eso había cambiado para ella. No me iba la intensidad ni los agobios, no quería pareja precisamente para evitar eso mismo.
Aparte de que no había encontrado a nadie que me complementara ni me hiciera perder la cabeza, hasta el punto de enamorarme. Creía que eso no era para mí; además, mi vida la completaban mi hermano, mi abuelo y mis amigos, no necesitaba nada más.
Bastante ocupado estaba ya con mis responsabilidades, a las que le sumaba mi trabajo.
Aumenté la velocidad de la mano y retiré a tiempo la ropa de cama y subí mi camiseta, para correrme sobre la barriga. Me tragué los gemidos de placer y una vez terminé del todo, me levanté de la cama con pereza y fui a lavarme al baño.
La siguiente vez que caí en la cama fue la vencida, me dormí tan rápido que ni me di cuenta.