Quién nos lo iba a decir Capítulo 11
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Capítulo 11

Cian

—Deja de mirarla porque al final va a pensar que te interesa de otra forma —me dijo Jake.

—Déjalo, está abriéndose paso en cortejo —comentó Barry.

—¿Estáis tontos o qué os pasa?

Los miré con los ojos entrecerrados.

—De la única manera que estoy mirando a esa chica es con rabia.

—Pues ya te quedará poca rabia, ¿no? —me preguntó Jake— Porque yo más bien noto que te la comes con la mirada.

—Ya va siendo hora de que vayas al oculista.

Sacudí la cabeza.

—El proceso del cortejo es lento, esperemos que en el del apareamiento nuestro chico esté más avanzado.

—Joder, estáis insoportables hoy. Y yo de vosotros no me llevaría más al límite —les advertí.

Bufé.

—Vamos, tío, ¿Dónde te has dejado el humor hoy? —Quiso saber Barry—. Estamos de broma.

—Pues no me hace ni puñetera gracia. Esa chica me ha alterado y no me ha quedado más remedio que tenerla delante hasta el final del partido.

—Te has quedado con las ganas de decirle más cosas, ¿eh?

—Pues sí. ¿Qué pasa? ¿Algún problema? Me ha tocado los cojones que hablara mal de mi hermano, cuando el suyo no es ningún santo. Son niños, joder.

—Relájate. Ahí viene el peque —me dijo Jake.

Al moverme para girarme me di cuenta de que la chica se había ido, junto a los demás que estaban a su lado. Suponía que algunos eran familia, los demás amigos.

En cuanto vi a mi hermano acercarse rápido a nosotros se me quitó todo: el cabreo, la mala leche y el agobio que no entendía porque lo sentía, pero así era.

—Hola, campeón —le dije, abrazándolo.

—Hola —me correspondió hablando muy bajo, con la cara escondida en mi camiseta.

—¿Eh? Mírame —le pedí.

Me separé de él y le agarré la cara con las manos. Estaba triste porque no habían ganado.

—No pasa nada por perder. Todo lo contrario, es perdiendo dónde se demuestra de qué clase son las personas. Las derrotas tienen que servirte para superarte, como motivación.

—Me lo dices siempre, pero es que hoy pensaba que ganaríamos —susurró.

—Tampoco pasa nada por equivocarse. No podemos ser perfectos en todo, ¿no?

Una pequeña sonrisa apareció en sus labios y le hice un guiño.

Le quité la mochila y me la colgué al hombro.

—Has estado genial, campeón —le dijo Barrry, revolviéndole el pelo.

A Brian no le importó. Sonrió.

—Ya te digo. Has jugado muy bien —lo animó Jake.

—Tienes que sentirte orgulloso de ti —le dije, rodeándole los hombros con el brazo—. Aunque la entrada que has hecho no ha estado nada bien, la que ha terminado en penalti. No quiero que lo repitas.

Era muy consciente de la verdad de mis palabras, porque lo que había defendido frente a la mujer que se había largado, era a mi hermano, no a lo que había hecho él.

Como he dicho eran niños y por lo tanto debían aprender. Hoy había sido el primer día que Brian había actuado de esa manera contra un rival, no era agresivo.

—Lo siento. —Bajó la cabeza y miró al suelo.

—¿Por qué lo has hecho?

—Porque me ha parecido que se burlaba de mí.

Tuve que inclinarme hacia él para entenderlo, de lo bajo que habló.

—¿Te ha parecido que se burlaba de ti? —Fruncí el ceño.

Mi hermano asintió.

—¿O se ha burlado de ti? —reformulé la pregunta—. Hay mucha diferencia, Brian.

—No lo sé —dijo con una mueca.

—A lo mejor no lo ha hecho —comentó Barry—. Yo no he visto al chico de esa manera, solo metido de lleno en el partido.

—A mí tampoco me ha dado la sensación de que fuese buscando guerra —habló Jake—. A veces todo se confabula para jugarnos una mala pasada.

Mi amigo le acarició la cara, en un gesto afectuoso. Brian soltó un suspiro.

—Lo mismo… lo mismo me he equivocado y él sus amigos se reían de otra cosa, no de mí.

—¿Por qué iban a reírse de ti? —preguntó pensativo Barry— Vuestros partidos son los mejores, cada vez que jugáis es una pasado, así que lleváis mucho tiempo siendo rivales.

—¿Me he equivocado? —me preguntó mi hermano, tragando saliva.

—En actuar como lo has hecho sí, porque no son formas de enfrentar las cosas. —Lo apreté a mi costado—. En lo otro no sé si te has equivocado al juzgar que ese chico estaba burlándose de ti, no lo sabes ni tú que te ha pasado.

—Lo siento —susurró.

—Está bien, pero con quién tienes que disculparte es con ese chico. La próxima vez que haya partido te acercas a él y te quedas tranquilo. ¿Vale?

Asintió. Me incliné para darle un beso en la cabeza.

—Y ahora vamos a la mejor parte del día, a comernos unas maxi hamburguesas —dijo Jake.

—¡Sí! —gritó mi hermano.

Sonreí cuando Barry lo separó de mí para caminar unos pasos por delante. Jake y yo los seguimos, escuchándolos hablar del partido.

—Si la chica te hubiese escuchado hablar con tu hermano tendría que retirar todo lo que te ha dicho —comentó con diversión.

—No me la recuerdes.

Puse los ojos en blanco.

—Solo era para destacar un hecho —rio—. Se acabó.

Asentí, agradecido.

—Vamos a disfrutar de la comida con el peque, se lo merece.

—Sí. Mi hermano se lo merece todo.

—Lo sé, tío.

Jake me dio un breve abrazo, antes de alejarnos del polideportivo.

En el aparcamiento no quedaban muchos vehículos cuando nos subimos al de Barry. Hoy le había tocado hacer de chófer y venir a buscarnos a Brian y a mí, así como también a Jake.

Mi coche estaba en el taller, llevaba haciendo el tonto una buena temporada, hasta que el jueves, dos mañanas atrás, no arrancó.

El mecánico, un amigo, no me había dicho todavía lo que tenía y lo que suponía en dinero, estaba a la espera porque si la reparación costaba mucho no iba a invertir más en él. El coche tenía muchos años como para gastarme un dineral.

Hasta ahora había pagado por todas las averías que había tenido, pero porque eran pequeñas, algo razonable, más o menos. Si tenía que invertir en algún vehículo sería en la compra de uno más nuevo, me negaba a tirar el dinero.

Barry nos llevó a nuestra hamburguesería preferida y como éramos de costumbres fijas, los cuatro pedimos las hamburguesas de siempre, con una buena ración de patatas para cada uno.

Me encantaba ver disfrutar a mi hermano y fue lo que hizo con cada bocado.

Reí cuando se manchó de kétchup y mayonesa y Jake se rio de él. Brian nunca se tomaba a malas las bromas de mis amigos porque sabía lo que lo querían. Así era, porque Barry, Jake y yo éramos como hermanos, aunque no compartiéramos la misma sangre. Por lo tanto, Brian estaba protegido por los tres.

—¿Quieres algo más? —le pregunté.

—No —rio y sonreí—. Estoy muy lleno.

—Eso está bien.

Le hice un guiño.

—¿Nos vamos? —nos preguntó Barry, al llegar del baño— Ya he pagado —nos informó, al ver la intención de Jake y mía.

—Joder, qué rápido has sido —comentó Jake, levantándose de la silla.

—Con vosotros o lo soy o pierdo la oportunidad —rio Barry—. Hoy quería invitaros por lo bien que lo ha hecho nuestro chico.

Le hizo un guiño Brian.

—No lo miméis tanto —les pedí, pero en broma.

Yo era el primero que ponía a mi hermano por delante de todo.

—Lo que tienes es envidia y miedo de que nuestro campeón quiera pasar más tiempo con nosotros que contigo —me dijo Barry.

—¡Eso no va a pasar! —habló claro mi hermano.

Chocamos las manos y nos reímos. Mis amigos se unieron a las risas.

Volvimos a montarnos en el coche de Barry, quien dejó primero en su casa a Jake. Nos despedimos de él, yo y Barry hasta la noche para salir.

Los siguientes fuimos nosotros.

—Gracias, tío —le dije con un abrazo.

Nos habíamos bajado los tres del coche porque Barry había podido aparcar cerca del edificio en el que vivíamos Brian y yo.

—No digas tonterías —sonrió—. Eh, campeón. Pasa lo que queda de día muy bien, ¿vale?

Brian asintió.

—Así me gusta. Me enteraré si no es así, esta noche le preguntaré a tu hermano y como me diga que no has disfrutado del sábado, mañana vendré y te haré cosquillas como castigo, hasta que me ruegues que pare.

—Nooo…

Sin parar de reír, después de soltar una carcajada, Brian salió corriendo hacia la puerta del edificio.

—Joder, me he quedado sin beso y sin abrazo —se lamentó Barry.

Reí.

—Eso te pasa por hablar antes de actuar.

Sacudí la cabeza.

—Nos vemos a las ocho —le dije.

—Aquí estaré —me confirmó, con una sonrisa.

—Para que no te vayas deprimido…

En cuando terminé de hablar lo abracé y le di un beso en la mejilla, los que le habían faltado de mi hermano.

Lo dejé riendo en la acera, mientras que yo, sin dejar de sonreír, iba hacia Brian.

Fuimos en el ascensor hasta la segunda planta, porque según mi hermano no podía subir las escaleras. Sus piernas necesitaban descansar.