Quién nos lo iba a decir Capítulo 10
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Capítulo 10

—¡¡Eso es falta!! —grité, nerviosa.

Eloy estaba en el suelo, después de caerse de mala manera. Lo habían empujado cuando llevaba el balón y se aproximaba a la portería.

—¡No me lo puedo creer! —dije alterada—. Eloy…

—Está bien. Mira —me pidió Iago.

Los tres nos habíamos levantado, antes incluso de que sucediera la falta, cuando la vimos venir. Desde la distancia podía diferenciar la voz de mis hermanas, quejándose también.

Falta que todavía no había pitado el árbitro.

—¿Por qué no pita la falta? —les pregunté a mis hermanos, mientras no apartaba la vista de Eloy.

Durante unos segundos se quedó sentado sobre la hierba, con una mueca de molestia en la cara. Hasta que se levantó gracias a la ayuda de sus dos mejores amigos. Teo y Oliver fueron corriendo hacia mi hermano y no se habían separado de él.

—Es penalti —me aclaró Kevin.

—¿Y por qué no lo pita? —insistí.

—Porque lo están hablando, el árbitro no estaba atento y no ha visto lo que ha sucedido.

—Estupendo —dije con fastidio.

Bufé.

—¡Vamos, hombre! ¡Está clarísimo que ha sido penalti! Ha tirado a propósito a mi hermano, se merece el castigo. ¡Son las normas! —grité—. ¡Ese niño tiene que aprender lo que es la deportividad!

—¿Perdona? ¿Quién te crees que eres para hablar así de nadie? ¡Son niños!

Al escuchar la voz a mi espalda me giré, junto a mis hermanos. Kevin me agarró de un brazo, lo que no supe es si fue para tenerme controlada o para apartarme si el tío que me había hablado se lanzaba hacia mí. Este también estaba de pie.

—No me creo nadie especial, pero si tienes ojos en la cara has visto lo mismo que yo —le dije, tomándolo como mi objetivo para la rabia que sentía.

—Mi hermano sabe perfectamente lo que es la deportividad y no se merece un castigo —soltó.

Entrecerró los ojos.

—¿Eres el hermano del que ha empujado y tirado al mío? —Jadeé por la impresión.

—Sí. ¿Qué pasa?

—Nada —intervino Iago—. Está claro que ha sido una mala jugada, pero se queda aquí la cosa. Los niños están bien, vamos a calmarnos.

—Claro que pasa —continué, ignorando a mi hermano. Volví a dirigirme al del asiento de atrás—. Si no sabes diferenciar que está mal lo que ha pasado, entonces entiendo que tu hermano lo haya hecho.

El pitido del árbitro nos hizo girarnos a mis hermanos y a mí. Le dimos la espalda al enemigo, al hermano mayor, para centrarnos en el campo de juego.

—¡Sííí! —Aplaudí, porque había sido penalti.

Cuando Eloy se posicionó para lanzarlo miró a la parte de las gradas en la que estábamos Kevin, Iago y yo.

Nuestro contacto visual duró tan solo unos segundos, pero fueron suficientes para que yo asintiera, sonriendo, y le levantara los pulgares.

Cuando me di cuenta el balón golpeó la red, dentro de la portería. Eloy había conseguido el primer gol para su equipo.

—Sí, sí, sí… —grité saltando y me colgué del cuello de Kevin, sin poder parar de reír.

Las personas de las gradas se levantaron y comenzaron a silbar, a gritar y a aplaudir. Nosotros nos unimos a ellos.

Pude sentir el peso de la mirada del de atrás y no fue una sensación equivocada porque cada vez que observaba de reojo al hombre, él estaba atento a mí. Eso sí, con cara de pocos amigos.

El partido continuó y todos ocupamos nuestros asientos, para no entorpecer la visión.

Fue emocionante y se mantuvo muy animado, aunque también nos llevamos algunos sobresaltos más hacia los amigos de Eloy, Oliver y Teo.

—Esto no es bueno para mí —les dije a mis hermanos, a pocos minutos de que la segunda parte finalizara, por lo tanto, el partido también.

Iago y Kevin soltaron una carcajada y me uní a sus risas.

—Lo vives con intensidad —comentó Iago.

—¿Intensidad? Eso se queda corto para ella —dijo Kevin, con diversión.

—Es que se sufre mucho —reí.

—Ya te hemos visto, ya… —Negó con la cabeza Iago.

—¡Oye! Que vosotros también habéis estado alterados.

Los empujé por los brazos.

—Es que hemos ganado y por el gol de nuestro hermano —me dijo Iago, con un guiño.

Ninguno de los dos equipos había marcado más goles. Por lo que iba uno a cero.

—No atraigas a la mala suerte —le pidió Kevin—. A ver si en el poco tiempo que queda se lía.

—Cuatro minutos —dije, al mirar la hora en el reloj.

Cuatro minutos que se hicieron eternos y que a mí estuvo a punto de darme algo, cada vez que había riesgo de perder.

Cuando el árbitro pitó el final del partido toda la grada se vino arriba, sin excepción. Casi pude sentir en el cogote la respiración del de atrás.

Solo habíamos tenido un primer encontronazo, desde ese momento no habíamos vuelto a cruzar ninguna palabra ni miradas. Pero no por eso había dejado de sentir su presencia.

Estaba claro que lo había ofendido y cabreado, y tal vez, solo tal vez, yo me había envalentonado por los nervios y la impotencia de ver a mi hermano pequeño en el suelo.

Había una pequeña parte de mí que lamentaba mi comportamiento, pero otra, la más grande, estaba satisfecha con la defensa a Eloy. Lo volvería a hacer, sin dudar.

Las personas de las gradas comenzaron a moverse hacia las dos salidas que había y Kevin me pidió que esperara un poco a que se despejara.

—Hasta dentro de un rato no lo veremos —me dijo Iago

Me puso la mano en la pierna que me subía y bajaba, para pararme el movimiento mientras me sonreía.

—Las felicitaciones tienen que esperar para cuando salga del vestuario —añadió Kevin.

—Ya, ya…

—Pues relájate —rio Iago.

—Valeee… ¿Me invitáis a un refresco de la máquina del pasillo? Tengo mucha sed.

—Ya podemos salir —dijo Kevin.

Nos levantamos y entonces me di cuenta de que el hombre de atrás ya no estaba. Éramos los únicos en esta parte de la grada.

Mejor, me dije, no tenía ganas de enfrentarme a su mirada de nuevo.

Mis hermanos y yo salimos de las gradas y bajamos las escaleras que nos llevaron al pasillo en el que vi la máquina para comprar agua y refrescos. Nos dirigimos a ella directamente y Kevin sacó tres latas.

—A ver si te estiras un poco la próxima vez, jefa de departamento —me picó.

Solté una carcajada.

—Cuando cobre mi primer sueldo —le dije con un guiño—. Hasta ese momento tienes que mantenerme.

Le saqué la lengua, haciendo reír a ambos.

—¡Te pillé! —gritó Erea en mi oído, al colgarse de mi cuello por la espalda.

Si no hubiese sido porque Iago nos hizo de barrera al estar delante de mí, nos habríamos ido contra la máquina de la bebida. Reímos.

—Qué bruta eres, hija —le dijo Lúa, con diversión.

—En esta familia sois muy exagerados. —Puso los ojos en blando Erea—. ¿Habéis visto que partidazo de Eloy?

—Igual que tú —le contestó Kevin, riendo.

—Tonto.

Le dio un golpecito en el brazo y se apoyó en él. Kevin la abrazó por los hombros, acercándola a él.

Para mí Kevin era especial por ser mi mellizo, ya lo he comentado, pero para el resto de mis hermanos también era un pilar muy importante. Lo respetaban como a nuestros padres, por lo que representaba para todos. Era confidente, protector, amigo y hermano.

Salimos del edificio para que nos diera el aire, después de que nuestra madre, Lúa y Erea sacaran sus bebidas. Para nuestro padre y Eloy tampoco faltaron.

—Xai casi llega a las manos con un tío —dijo Iago, apoyándose en una baranda.

Me hizo un guiño, mientras se llevaba la lata a los labios.

—Madre mía, qué exagerado.

Negué sonriendo.

—Si te hubiéramos dejado es lo que habría sucedido —carraspeó Kevin.

—¿Por la entrada que le han hecho a Eloy? —me preguntó Lúa y asentí— No me extraña.

Bufó.

—Joder, ya te digo. Nos ha faltado poco para saltar al campo.

Soltó una carcajada y los demás sonreímos, menos nuestra madre.

—Erea, esa boca —le llamó la atención, por la palabrota.

—Mamá, que tengo diecisiete años. —Puso los ojos en blanco.

—¿Y? Cómo si tienes cuarenta. —Elevó las cejas, dejándole claro que le daba igual la edad que tuviéramos todos.

Erea tomó la mejor decisión, callarse. Los demás intentamos no reír.

—Nosotras también hemos reaccionado a lo de Eloy, pero estábamos en el bando bueno, el del nuestro equipo, rodeadas de todos los familiares —comentó Lúa—. Vosotros os habéis mezclado con el enemigo.

Sonrió.

—Con razón, porque el tío de atrás, con el que casi llego a las manos según ellos, es el hermano del que ha provocado que Eloy cayera —comenté.

—¡Qué mala suerte! —Agrandó los ojos Erea.

—Tampoco ha sido para tanto —sonreí.

—Pues él parece que continúa teniéndote ganas —dijo Iago.

—¿Qué?

Lo miré y después dirigí la vista hacia donde me indicó con un gesto. Ambos disimulamos para hacerlo.

Vi de refilón cómo el que había estado sentado detrás de mí continuaba mirándome, pero en este momento no tan directamente. Lo hacía de vez en cuando, mientras hablaba con otros dos hombres.

Parecían tener la misma edad los tres. Le di la espalda para evitar la tentación y el impulso de hacer como él.

Nuestra madre entró un momento al edificio y cuando salió venía acompañada por nuestro padre y Eloy.

El pequeño vino corriendo hacia nosotros y yo fui la primera en abrazarlo, porque se lanzó para que lo cogiera.

—Lo has hecho genial, cariño —le dije y le di un beso.

—¿Te ha gustado? —me preguntó ilusionado.

—Me ha encantado y me lo he pasado bomba.

Le hice un guiño.

Sonrió de oreja a oreja y volvió a abrazarme con fuerza, antes de pasar por los brazos de los demás.

—Vamos a celebrarlo—dijo nuestro padre.

—Hemos reservado en un restaurante para comer —nos informó nuestra madre.

—¡Sí, vamos a celebrar la victoria! —alzó la voz Eloy, levantando los brazos.

Kevin lo cogió para echárselo al hombro y el pequeño rio con ganas. De esa manera fuimos hacia el aparcamiento, para irnos en los coches hacia el restaurante.