Quién nos lo iba a decir Capítulo 9
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Capítulo 9

Miré la hora en el reloj de pulsera, sentada en el borde ancho de uno de los grandes maceteros que decoraban la entrada de casa.

A Timón y Pumba los veía de tanto en tanto, cuando pasaban cerca de donde me encontraba. Estaban recorriendo el terreno, jugando.

Delante de mí estaban los coches de mi madre y mi hermano Kevin, en ellos iríamos repartidos al lugar donde se celebraba al partido de Eloy.

Mi hermano pequeño llevaba varios días muy nervioso por este día y hoy, desde que se había levantado de la cama, su entusiasmo por el partido lo tenía alterado.

Mi madre me había dicho que era porque había coincidido que estaría yo, con el resto de la familia, al completo. Como era normal mis demás hermanos muchos fines de semana se saltaban esta cita, sobre todo, cuando jugaban fuera de la ciudad. Y en otras ocasiones iban algunos, pero no todos.

—¿Ya? —le pregunté a mi hermano Kevin.

Se puso a mi lado, pero él no se sentó. Se quedó apoyado en el macetero con el final de la espalda, de cara a los coches.

—Lo normal es que lleguemos cuando el partido está a punto de comenzar —me contestó con una media sonrisa.

—¿En serio?

—No sé de qué te sorprendes, con todos los que somos…

Su sonrisa se amplió.

—Al menos papá está allí —suspiré.

—Sí.

—Pero ¿cuánto les queda?

—No lo sé y tampoco lo he preguntado, porque para que me digan, unos segundos o unos pocos minutos, y no sea verdad…

Me hizo un guiño.

—Quería llegar con tiempo. Eloy me ha dicho esta mañana que miraría muchas veces a las gradas para verme. Me da pena no estar.

—Si nos vamos dentro de poco todavía llegaremos bien.

Asentí y esperamos, pero el único que salió de la casa fue Iago. Nuestra madre se asomó por la puerta varias veces, preparada, pero de Lúa y Erea no había rastro.

—Estás nerviosa —me dijo Iago.

—Sí —reí—. Joder, ¡es que no sé qué hacen dentro! Qué vamos a un partido, no a una boda.

Puse los ojos en blanco.

—Nosotros nos vamos —dijo de repente Kevin.

Se bajó de un salto del macetero, porque al final se sentó, cansado de esperar.

—¿Te vienes con nosotros o con ellas? —le preguntó a Iago.

—Me voy —aceptó riendo.

Yo también me reí cuando me cogió en brazos para bajarme del macetero. Le di un beso sonoro en la mejilla, antes de separarme de él.

Kevin fue hacia la puerta y comenzó a hablar en alto, gritando.

—¡Mamá, nosotros nos vamos ya! Se vienen conmigo Iago y Xai.

—¡Vale, cariño! —escuchamos la respuesta de nuestra madre, desde alguna parte de la casa.

Iago y yo nos miramos divertidos.

—¡Y estas niñas…! —se quejó ella— ¡Os voy a cortar la luz! ¡Dejad ya el puñetero secador! Señor, qué paciencia.

Mis hermanos y yo estallamos en carcajadas y después de que Kevin le dijera que tuviera cuidado en la carretera, nos despedimos de Timón y Pumba que vinieron hacia nosotros al intuir que nos íbamos.

Una vez nos montados los tres en el coche de Kevin, con él al volante, por fin salimos de la casa.

Kevin tomó la dirección del polideportivo y durante una buena parte del trayecto, tanto él como Iago, me pusieron al día de cómo iba la clasificación este año y cuál era la fuerza de los equipos, de mayor a menor.

Sonreí porque en el que jugaba Eloy no iba muy mal en la clasificación, aunque estaba claro que no quedarían de los primeros ni cerca de ellos, al final de la temporada.

Por lo que me contaron el partido de hoy era importante, más por la rivalidad que siempre había entre los dos equipos. Estaban muy igualados e iban a por todas dentro del campo. Como debía ser, siempre que hubiese profesionalidad y compañerismo.

Eso era lo principal y que se lo pasaran genial jugando, por supuesto. Eran niños.

Cuando llegamos al aparcamiento del polideportivo estaba bastante lleno, lo que me sorprendió. No esperaba que fuese tanta gente.

Las voces altas se escuchaban nada más traspasar la puerta principal del polideportivo.

—¿Encontraremos sitio para estar todos juntos? —les pregunté.

—Lo dudo en este partido y con lo tarde que es —me contestó Iago.

Se encogió de hombros.

—Con suerte podremos sentarnos los tres juntos —comentó Kevin—. Tu primera experiencia va a ser fuerte.

Me hizo un guiño.

—No me esperaba esto —reí.

—Es porque juegan estos dos equipos, en el resto de los partidos no sucede lo mismo —dijo Iago.

—Joder, me tenéis intrigada.

Reímos.

Me sorprendí cuando accedimos a las gradas, de una pasada rápida no vi ni un hueco libre.

—Qué pasada —dije, cuando Kevin me agarró de la mano.

Comenzó a seguir a Iago y tiró de mí, de esa manera caminamos entre el poco espacio que había entre las piernas y los asientos. Había tanta gente que hasta estaban sentados donde no había asientos, directamente sobre el cemento en forma de escalones.

Mi hermano Iago consiguió encontrar tres asientos libres, sorprendentemente, y encima tuvimos la suerte de que estaban en una buena posición. Sentados veíamos perfectamente todo el campo y a muy buena distancia.

—No sé dónde van a ponerse mamá, Erea y Lúa —comenté, haciendo una pasada rápida visual.

—No me preocupa —rio Iago.

Lo miré con curiosidad. Estaba sentado a mi izquierda, Kevin a mi derecha.

—Lo que quiere decir es que, aunque te parezca mentira o increíble, te aseguro que ellas terminarán sentadas. No falla.

—Además, todavía quedan algunos escalones libres —añadió Iago.

—¡¡Guapo!! —grité de repente.

Mis hermanos fijaron la vista en el campo y vieron, como yo, a Eloy saludándonos.

Mi hermano pequeño tenía dibujada en la cara una sonrisa preciosa, por lo que acababa de decirle. Nos levantamos de los asientos y le devolvimos el saludo.

Iago le hizo varios gestos a Eloy, cuando miró las gradas para localizar a nuestra madre y hermanas. Gestos con los que le dejó claro que estaban de camino. Eloy asintió sin dejar de sonreír y se despidió de nosotros, para seguir a sus compañeros.

—Ay, qué mono —dije.

—Eso no lo digas delante de él porque te dirá que no es pequeño.

Reímos por las palabras de Iago.

Me emocioné al verlo con la ropa del equipo, parecía más grande que lo que era. Y sus gestos… mientras el entrenador les hablaba todos estaban serios, escuchándolo con mucha atención. Al final asintieron y soltaron un grito al unísono, juntando las manos en el centro del grupo.

—Una monada, ¿no? —me habló Kevin.

Reímos y choqué el brazo con el suyo.

—Oye, ¿y papá? ¿Está en las gradas? No lo he visto, hay mucha gente.

—Sube de vez en cuando aquí para estar con quienes estemos, pero la mayor parte del tiempo la pasa con el entrenador.

—Son buenos amigos —añadió Iago.

—Ah. Vale.

Asentí.

En la grada se levantaron bastantes personas, cuando el equipo rival salió al campo. Aplaudieron y silbaron, dándoles la bienvenida y ánimos. Sonreí, era bonito de ver y me imaginaba la emoción que debían sentir los niños.

En ese momento vi con claridad la división del público, el que estaba muy igualado por equipos.

Al cabo de pocos minutos todos comenzaron a calentar.

—Ay, qué empieza —dije, nerviosa.

Mis hermanos se rieron de mí, pero los ignoré. Sin dejar de sonreír, vi cómo Eloy se colocaba en su posición en el campo, como el resto de los niños, tanto de su equipo como del rival.

Él miró hacia donde estábamos y le lancé un beso al aire, haciéndolo sonreír. Me encantaba verlo tan feliz. También estaba muy nervioso, mucho, pero era parte de la magia del momento. Iago y Kevin le dieron ánimo y suerte con varios gestos.

Cuando Eloy miró hacia otra parte de la grada y dejó la vista allí, supimos que estaba mirando a nuestra madre y hermanas. Ya debían estar sentadas porque nosotros no conseguimos verlas, pero eso cambió cuando apareció nuestro padre y fue directo hacia donde estaban.

Nos saludamos desde la distancia, porque él les señaló dónde nos encontrábamos.

El árbitro dio comienzo al partido y me centré en ver el juego. En ello estaba cuando nuestro padre se acercó.

—Hola —le dije, después de darnos un beso.

—Hola —nos saludó—. Habéis conseguido un buen sitio.

—Por poco —comentó Kevin.

—Ya… vosotros no tenéis los superpoderes de vuestra madre y hermanas, yo tampoco ni sé cómo lo hacen.

Reímos sin alzar mucho la voz.

Se quedó un rato con nosotros, viendo el partido, hasta que se despidió.

—Os dejo, vuelvo abajo.

—Vale, papá. ¿Puedes hablar con Eloy en el descanso?

—Estoy cerca de él.

—Pues dile que lo está haciendo genial.

—Lo haré —sonrió—. Le encantará y se vendrá arriba, porque le cuesta verlo. Es muy exigente consigo mismo.

Kevin, Iago y yo asentimos, porque lo sabíamos muy bien.

Nuestro padre se fue y volvimos a quedarnos los tres solos, centrados únicamente en el juego.

Sufrimos con cada avance, para que consiguieran meter gol. Sufrimos con cada falta, fuese del equipo que fuese. Sufrimos cuando el equipo contrario se acercaba demasiado a nuestra portería. Y nos llevábamos las manos a la cabeza cuando alguno de los niños caía sobre la hierba.

—Mierda, esto es un sinvivir —me lamenté, haciendo reír a Iago y a Kevin.