Quién nos lo iba a decir Capítulo 8
19%

Capítulo 8

La música se cortó de golpe al entrarme una llamada.

Paré de correr, para comprobar a través de la funda del brazo qué nombre aparecía en la pantalla del móvil.

Sonreí al ver que era Jon, mi amigo dueño del bar al que Emma y a mí tanto nos gustaba ir.

Me quité los cascos y saqué el teléfono, descolgué mientras me retiraba el sudor de la cara.

—Hola —lo saludé, con la respiración entrecortada.

—Hola, preciosa. ¿Estás bien? —me preguntó.

—Sí —reí. —Me has pillado corriendo, acabo de parar.

—Ah, no me he acordado de tu rutina. Es demasiado pronto para mí.

Me fijé que eran las ocho y cuarto de la mañana, lo que para Jon era muy temprano para ser sábado.

Las noches de los viernes y los sábados el bar cerraba muy tarde, ya que tenía un permiso especial para alargar los cierres.

Y después había que sumarle el tiempo que tardaban en limpiar el local y quitar la terraza.

Por eso a los días siguientes Jon no se despertaba antes de las diez.

—¿Qué haces despierto?

—Eres la salvación de mi vecino.

—¿Cómo?

—Hace un rato que me han despertado los martillazos del de arriba y te he llamado para no subir y tirar su puerta abajo. ¡¡Estoy hasta los cojones!! —gritó, para que lo escuchara.

—Joder, la gente no tiene consideración. No son ni las ocho y media. ¿A qué hora ha empezado? ¿Antes de las ocho?

—La gente solo quiere el respeto para ellos. No se paran a pensar en una mierda, por si lo que hacen ellos jode a los demás. No eran las ocho todavía, cuando me he despertado.

Bufó.

—Madre mía… Esta noche, cuando llegues de madrugada, ponte a cantar gritando o pon música alta —le sugerí.

Reímos.

—Lo he pensado. Algo haré. ¿Qué tal estás?

—Muy bien —le contesté sonriendo.

Me acerqué a la baranda de madera, para apartarme del camino de correr. Apoyé los brazos en ella, con la vista hacia la imagen tan fantástica que tenía delante.

—Te encantaría estar en el lugar que estoy ahora mismo.

—¿Sí?

—Mira.

Hice una foto al mar, capturando en la imagen un poco del verde de la hierba, y se la envíe.

—Joder, qué pasada. Pues sí que me encantaría, pero no a estas horas.

Reímos.

—Jon.

—¿Sí?

—Sé que estás pendiente de Emma, pero ¿me harías el favor de estar más encima de ella?

—¿Te ha dicho algo? ¿No se encuentra bien?

—Siempre que hablo con ella está animada, pero sé que no es así —suspiré—. Se esfuerza para no preocuparme, pero que no saliera el sábado por la noche contigo, ni con nadie, me hace pensar que está peor de lo que imaginaba.

—Tranquila. La próxima vez no le preguntaré si quiere salir, me presentaré en su piso y la sacaré a rastras.

Sonreí.

—Gracias. Será un método infalible.

—Cuenta con ello. También es mi amiga.

—Lo sé.

Sonreí de nuevo.

—Es mejor que hablemos en otro momento, no quiero que cojas frío al estar parada.

—No pasa nada. Espera, me pongo la sudadera.

Dejé el móvil sobre la base plana de la barandilla de madera, para deshacer el nudo de las mangas que llevaba alrededor de la cintura, y me coloqué la sudadera para no coger frío.

—Ya está —le dije a Jon—. Ahora estoy perfecta, calentita.

—Estupendo.

—Voy a regresar a casa caminando, estaba a punto de parar cuando me has llamado —le informé.

Me despedí del mar, después de coger una bocanada de aire profunda y comencé a caminar un poco separada del paseo, para no entorpecer.

—Dales recuerdos a los chicos del bar.

—De tu parte. Quitando lo de Emma, te noto muy animada.

—Sí. Me ha venido genial regresar a casa, los echaba mucho de menos a todos.

—Me lo imagino, estáis muy unidos.

—¿Cuándo vas a venir a verme?

—No me tientes, preciosa.

—¿Por qué? Si es lo que pretendo.

Reímos.

—Cuando menos te lo esperes te diré, ábreme la puerta.

—Ojalá.

—¿Tanto me echas de menos? —me preguntó con diversión.

—Sabes que sí, después de Emma eres mi persona favorita de la que me he alejado.

—Tú también lo eres para mí, Xaira. Quiero cuadrarlo todo en el bar para escaparme unos días, Lorenzo se quedará al frente del negocio.

—Eso suena genial.

—Sí, pero por el momento no puedo decirte más.

—Es más que suficiente —sonreí—. Espera, voy a por un café.

Ya había dejado atrás el camino de correr y llevaba unos minutos recorriendo las calles. Al pasar cerca de una cafetería no pude resistirme a cruzar la carretera.

Entré en ella y le pedí al chico que estaba al otro lado del mostrador un café con leche para llevar. Mientras me lo preparaba y Jon se mantenía en silencio al otro lado de la línea, dejé el móvil en la barra y cogí varias monedas de la riñonera.

Siempre que salía a hacer ejercicio me gustaba llevar algo de dinero, preferiblemente un billete pequeño, pero en esta ocasión no había tenido y lancé en la riñonera las monedas suficientes por si tenía que comprar una botella de agua o como ahora, un café.

A veces lo hacía, me gustaba bebérmelo mientras regresaba a casa caminando.

—Gracias —le dije al chico, cuando me puso el café en la barra.

—De nada —me sonrió.

Lo preparé a mi gusto y le puse la tapa, para salir de la cafetería llevándome el móvil a la oreja.

—Ya estoy —le dije a Jon.

Me llevé el vaso a los labios, disfrutando del primer sorbo.

—Yo me he levantado de la cama para prepararme uno. ¿Cuánto tardas en llegar a casa?

—A paso tranquilo, desde donde estoy, unos quince minutos.

—Un buen paseo.

—Sí.

—Ayer estuvo en el bar Erik.

—¿Y eso tiene que interesarme?

—Me preguntó por ti.

—¿Y qué le dijiste?

—Que hacía días que no te veía. Por mí no va a saber nadie que te has ido, ni mucho menos él. Ya avisé y advertí a todos los del bar que ese tema estaba prohibido.

Sonreí.

—Gracias.

—Que le jodan, va a venir ahora con el interés, preguntando por ti.

—Lo hizo para alterarte, porque sabe que das la cara por mí. Estoy segura.

Bebí otro sorbo de café.

—La próxima vez que se le ocurra aparecer por mi bar no permitiré que ocupe una mesa. Ayer me pilló de sorpresa, me lo encontré de golpe y no quise montar un numerito. La terraza estaba llena de clientes.

—Espero que no te molestara mucho.

Hice una mueca.

—Solo cuando me preguntó por ti. Ahí tuve que contenerme, pero el resto del tiempo que estuvo en el bar lo esquivé. Y tranquila, por mí no tienes que preocuparte.

Erik era una pareja que tuve unos meses atrás. Fuimos novios durante medio año, hasta que me dejó ver su verdadera cara y corté de un día para el otro.

Digamos que no se lo tomó muy, porque claro, se creía el dominante y el único que podía tomar decisiones. Ver para creer. En fin, que me lo quité de encima y me alejé de él.

De vez en cuando alguien conocido me comentaba que lo había visto y que Erik le había preguntado por mí. Como si me importara…

—A ver si no le da por ir más.

—Estaba con unos amigos. Cogí a uno de ellos cuando entró en el local para ir al baño y le dije, amablemente, que nunca más volvieran a mi bar, sino querían que hubiese problemas.

—Amablemente… —repetí y apreté los labios.

—Por supuesto. ¿Por quién me tomas?

Reímos.

—Lo importante es que lo pilló —me confirmó.

—Me alegro.

Sonreí.

—Empiezo a trabajar el lunes —le dije.

—Joder, ya era hora, ¿no?

—¡Oye! —reí.

—Después de una semana completa de descanso ya está bien. ¿O quieres más?

Habló con diversión.

—Semana que me ha venido genial y te recuerdo que me he reunido varias veces con el director general.

—¿Y te has cansado, hija?

Soltamos una carcajada.

—Eres muy tonto.

Sonreí.

—¿Estás nerviosa?

—Un poco.

—Lo que quiere decir bastante.

—Más o menos —reí.

—¿Por qué? El trabajo lo conoces de sobra y la forma de desarrollarlo también. La única diferencia es que ahora eres la jefa.

—Una jefa que no conoce a nadie.

—Lo vas a hacer de maravilla, te adaptarás rápido.

—Me encantaría verlo como tú —suspiré.

—Vamos, Xaira, que el lunes te saldrá redondo.

Sonreí.

—Empieza dando varios gritos y así reduces la tensión.

—¿En serio ese es tu consejo?

—El mejor, porque conseguirás que te respeten y no se atreverán a hablarte —rio—. ¿Tú sabes lo tranquila que estarás en tu despacho?

—Estás fatal.

—Normal, no tiene que ser saludable despertarse escuchando martillazos.

Reímos.

—Estoy llegando a casa —le dije.

—Qué rápido ha pasado.

—Pues sí. ¿Qué vas a hacer ahora?

—Volver a la cama.

—¿Ya no hay ruido?

—No. A ver si puedo dormir un poco más.

—Descansa. Hablamos en otro momento.

—Gracias, preciosa. Cuenta con ello.

Alargamos un poco más la despedida y justo cuando colgué, me paré frente a la verja. Al poco de abrirla y de comenzar a andar por el camino, Timón y Pumba aparecieron corriendo para recibirme.

Los saludé con caricias y besos y fuimos los tres a la casa. Necesitaba un baño con urgencia y prepararme, aunque para esto último tenía tiempo, ya que hasta las once no me iba con mi familia a ver el partido de Eloy.