Quién nos lo iba a decir Capítulo 7
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Capítulo 7

—Hola, preciosa —saludé a Emma, por la pantalla del móvil.

Me había llamado por videollamada.

—¡Holaaa!

Se acercó a la cámara, para mostrarme su sonrisa de cerca.

Reí.

—Te veo genial —le dije.

—Buenooo… podría estar mejor teniéndote aquí.

—Nos veremos pronto.

—Pues no sé cuándo, porque dentro de unos días comienzas a trabajar y ya sabemos qué significa. Tendrás que adaptarte a todo lo nuevo.

—Sí, pero también tendré vida fuera del trabajo. No voy a hacer más horas.

Le hice un guiño.

—¿Al final has quedado con alguien para salir esta noche? —le pregunté—. Lo estabas pensando.

Dejé apoyado el móvil en la encimera y cogí un vaso del armario, para llenármelo de agua.

—¿Agua? ¿En serio? ¿Dónde ha quedado tu alma aventurera y fiestera de los sábados noche?

—Agua, sí, y creo que ya no me queda de eso.

Reímos.

—¿No vas a salir? —Quiso saber.

Tenía puesto el pijama y el pelo recogido en un moño mal hecho, así que mi plan saltaba a la vista.

—Yo he preguntado primero —le dije.

Me bebí el agua en varios sorbos y dejé el vaso vacío a un lado de la encimera. Con el móvil en la mano fui hacia la escalera, para volver a mi habitación.

Eran cerca de las ocho de la noche y la casa estaba casi en completo silencio.

Timón y Pumba hacía rato que se quedaron dormidos en sus camas del salón, y tres de mis hermanos estaban terminando de prepararse en sus habitaciones, para salir esta noche.

Ni siquiera Eloy estaría, lo que me hubiese encantado para ver alguna película con él en el sofá.

Hacía bastante rato que nuestro padre lo llevó a la casa de su amigo Teo.

Oliver también estaba con ellos, habían pasado la tarde juntos y así continuaría hasta el día siguiente, porque dormían los tres juntos.

Tenían fiesta de pijamas, por lo que no iba ser yo el motivo de cambiarle los planes a mi hermano pequeño. Con lo ilusionado que había estado hasta que nuestro padre se lo había llevado…

Mis padres tampoco estaban, habían salido a cenar.

—No tengo ningún plan —me contestó Emma—. Jon me ha dicho esta mañana de quedar, pero no me apetecía.

—¿Por qué? Seguro que a esta hora tienes ganas.

Entré en mi habitación y fui hacia la cama, en la que coloqué varios cojines para apoyar el teléfono. Después se senté frente a él, con las piernas flexionadas.

—Que va, continúa sin apetecerme —me dijo.

Se encogió de hombros.

—Te habría venido bien despejarte —le comenté haciendo una mueca—. Las salidas de los sábados solo nos las saltábamos si nos poníamos malas o una u otra no podía por cualquier otro motivo de peso. Lo necesitas para recargar pilas.

—Bah, sobreviviré —sonrió.

—Sabes que con Jon te lo pasarás genial, aparte, te levantará el ánimo si lo necesitas —insistí.

—Déjalo. —Me hizo un guiño, pero no me convenció—. ¿Por qué no sales tú? ¿Y cómo ha ido el día?

—Bien, tranquilo. Mis padres han ido a su restaurante favorito a cenar.

Iago, Lúa y Erea están arreglándose para salir.

Los dos primeros con sus amigos en común, así que salen juntos.

Erea ha quedado con su novio Daniel y su grupo de amigos.

Eloy está en una fiesta de pijamas con sus tres mejores amigos.

—¿Y por qué no sales con alguno de ellos? Con el pequeño no.

Reímos.

—Iago y Lúa me han pedido que vaya con ellos, a Erea no la he dejado terminar cuando iba a decírmelo, porque no quiero cortarle el rollo. El caso es que no me apetece moverme y he dicho que no.

Me encogí de hombros.

—¿No lo estarás haciendo por mí?

—¿Qué dices?

Reí, negando con la cabeza.

—¿Seguro? Porque te cuelgo ahora mismo.

—Me cuelgas y no descuelgo ni una llamada más tuya.

Elevé las cejas.

—Joder, cuánto dramatismo.

Rio y sonreí.

—Oye, me has nombrado a todos menos a tu mellizo. ¿Se queda en casa contigo?

—No está. Kevin se fue sobre las cinco y media, sus planes eran estar con sus amigos hasta después de cenar y al terminar venir para aquí.

—Pues vas a tener la casa sola para ti, por un tiempo. ¿Montamos una fiesta? —sonrió con picardía.

Solté una carcajada.

—Para fiestas estoy yo…

—Chica, no estás para nada —se quejó.

—Pues igual que tú.

—Vale me callo. Ahí le has dado.

Volvimos a reír.

—¿Qué has hecho hoy? —le pregunté.

—Limpiar el piso, ducharme, ponerme una mascarilla, leer, comer, dormir la siesta, leer, ver un capítulo de la serie que seguimos y ahora hablar contigo. Y no tardaré en cenar, tengo hambre.

—Buen resumen —sonreí—. Yo he salido a correr esta mañana.

—Uy, qué interesante.

Puso los ojos en blanco y solté una carcajada.

—Pues sí, listilla.

Miré hacia la puerta al notar la presencia de alguien. Le sonreí a mi hermana Erea.

—Ven —le pedí—. Estoy en videollamada con mi amiga Emma.

—Oh, quiero saludarla —dijo animada.

Se subió a la cama y su cara apareció en la pantalla.

—Hola, Emma —la saludó.

—Hola, guapísima. Guay, Erea, esta noche triunfas.

Reímos.

—Esa es la intención.

—Oye, tú y yo tenemos que hablar —le dije en broma.

—Daniel ya está en la puerta. Me voy ya, que no quiero llegar tarde —habló apresurada, en broma.

—Corre, huye de tu hermana —la animó Emma.

—Cállate —reí—. Cariño —me dirigí a mi hermana—, pásatelo muy bien y ten cuidado con todo. ¿Vale?

—Sí.

Nos abrazamos y la vi ir hacia la puerta. Estaba preciosa. Solté un suspiro.

Todos mis hermanos y mis padres conocían a Emma, la única excepción eran Timón y Pumba. Durante los años que había estado alejada de mi familia ellos habían venido a visitarme, por lo que, por supuesto les presenté a Emma. Aparte de todo lo que les había hablado de ella.

—Es una monada —me dijo, refiriéndose a Erea.

—Sí —sonreí—. Y está muy enamorada.

—Pues esperemos que el tal Daniel se comporte.

Elevó las cejas.

—Yo creo que por la cuenta que le trae lo hará.

—Cariño —me dijo Lúa.

Entró en la habitación seguida por Iago. Era lo que tenía dejar la puerta abierta.

—¿Ya os vais? —les pregunté.

—Sí —me confirmó mi hermano.

—Tengo a Emma en una videollamada —les informé.

Ambos se mostraron en la pantalla para saludarle y desearle buena noche, la disfrutara como la disfrutara.

—Igualmente, guapísimos. Estáis estupendos —les dijo mi amiga.

—Gracias, preciosa —le habló Lúa.

Me despedí de ellos deseándoles también que se lo pasaran genial, con un abrazo y besos. Antes de irse de mi habitación insistieron en si quería ir con ellos, por si había cambiado de opinión. Me dejaron claro que a ellos no les importaba esperarme, pero les dije que no.

—¡Fiesta! —gritó Emma.

Solté una carcajada.

—Ya soy toda tuya.

—¿Y Timón y Pumba?

—Deben estar entretenidos yendo a la verja y volviendo, siguiendo a mis hermanos.

Reímos.

—Ay, qué monos.

—Oye, ¿quieres que veamos un capítulo de la serie juntas? Podemos ponerlo en pausa para comentarlo.

—Me encanta la idea —dijo animada.

—Pero primero vamos a la cocina, toca preparar la cena. ¿Qué te apetece a ti?

Cogí el móvil y me levanté de la cama, para caminar hasta la puerta.

—No tengo mucha, con cualquier cosa rápida me apaño.

—¿Qué has comido este mediodía?

Bajé la escalera.

—Las lentejas que me sobraron de ayer —contestó.

—Qué buenas.

—Era lo que tenía, hoy me negaba a meterme en la cocina —rio.

—Lo he dicho de verdad, no era ironía —reí—. ¿Nos hacemos una pizza? Creo que tengo varias opciones diferentes.

—Vale. Yo de queso.

Se levantó del sofá y fue a su cocina, justo cuando yo entraba en la de la casa de mis padres.

Me dirigí directamente hacia el congelador y comprobé que estaba en lo cierto. Tenía varias para elegir.

—Yo de barbacoa —dije—. No hay de queso y las otras no me apetecen ahora.

Cogí la pizza barbacoa del congelador y la llevé a la encimera, donde también coloqué el móvil. Saqué la pizza de la caja de cartón, le quité la protección y la metí en el horno. Lo encendí y abrí la nevera, de donde cogí una lata de refresco.

Emma terminó al mismo tiempo y ambas nos fuimos al salón, para sentarnos en el sofá. Ella también con su bebida.

—Nos quedamos por el capítulo seis de la segunda temporada, ve al siete —me recordó.

—Sí.

Encendí la tele con el mando y pasé todas las pantallas, hasta que llegué que dejé el inicio del capítulo en pausa.

—Lo tengo —le dije.

—Yo también.

—Dale.

Sonreí al escuchar la risa de Emma.

—Xaira.

—¿Sí?

Miré la pantalla del móvil.

—Gracias. Me encanta este plan.

Volví a sonreír, con una sonrisa mucho más amplia.

—No me des las gracias, a mí también me encanta. Y vamos a repetirlo los fines de semana, tantas veces como queramos.

—No me importa compartirte con tu familia —me dijo con un guiño.

Solté una carcajada.

—Seguro que la próxima vez no estarás sola en ese sofá.

—No te digo que no.

—Acuérdate de las pizzas, a ver si se nos van a chamuscar.

—¿Por qué yo? —le pregunté divertida.

—Porque eres la que tiene más memoria.

—Mentirosa. Lo que pasa es que tú cuando estás viendo la serie te olvidas de todo.

—Pues eso, mi memoria se va.

Reímos.

—Calla, que empieza.

—Shhh… —le pedí silencio, divertida.

Comenzamos a ver el capítulo y después de quince minutos, ambas lo pusimos en pausa para ir a revisar las pizzas. Tuvimos que esperar un poco más para comérnoslas en el sofá, mientras continuábamos viendo la serie.

Fue una noche estupenda a la que se unió mi hermano Kevin, cuando volvió a casa de cenar con sus amigos. Llegó pasadas las diez y media, muy pronto para estar conmigo.

Se encontró con Emma de sorpresa en mi móvil y después de saludarla y de hacerse ambos las preguntas típicas, Kevin subió a su habitación para cambiarse de ropa.

Bajó con el pijama puesto y se puso cómodo a mi lado, en el sofá. Ninguno de los dos apartó la mirada del televisor.