Quién nos lo iba a decir Capítulo 6
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Capítulo 6

—No tienes paciencia.

Todos miramos hacia la puerta de la casa, otra vez.

Lo de la paciencia lo había dicho Lúa, mi hermana de veintidós años. Entró acompañada con Iago, mi otro hermano de veinticuatro. Eran los más grandes, por debajo de Kevin y de mí.

—Y tú tienes una calma para hacerlo todo que no es normal —le dijo Iago—. ¿Cómo voy a tener paciencia, si te espero para todo?

Él bufó, ella se cruzó de brazos. Ambos miraron hacia Timón y Pumba, los que entraron en la casa porque ya estábamos todos dentro.

No quedaba ningún hermano más por llegar, en total éramos seis, más nuestros padres y Timón y Pumba.

Siempre era igual, nuestros perros no paraban de salir y de entrar de la casa durante el día, pero en el momento que el último miembro de la familia llegaba por la tarde, ellos ya se quedaban dentro con nosotros.

Los volvíamos un poco locos cuando los mayores salíamos por las noches, porque ellos volvían a salir tantas veces como fuesen necesarias, para ir al encuentro de cualquiera de los que estaban fuera. Hacían el mismo camino incontables veces y no se cansaban nunca.

Al mirar hacia los perros también miraron en nuestra dirección, por lo que nos vieron a todos en los sofás.

Eloy todavía no se había movido de nuestro lado, su mochila de deporte continuaba en el suelo.

—Xai —dijo en tono bajo Lúa—. ¡Xai! —gritó, riendo.

—¡Menuda sorpresa! —exclamó Iago.

Ambos vinieron rápido hacia mí y nos encontramos a medio camino, porque yo también fui hacia ellos. Nos abrazamos.

—¡Qué alegría! —gritaron al unísono, Iago y Lúa.

Al igual que Kevin y yo, ellos siempre habían tenido una relación muy especial. Se llevaban cuatro años de diferencia, pero eran inseparables, por mucho que se quejaran el uno del otro. Ninguno les hacíamos caso en esos momentos.

Eloy se mantuvo junto a Kevin, pero no dejaba de mover los pies. Estaba conteniéndose para no unirse al abrazo, hasta que estiré un brazo hacia él.

Eso fue todo lo que necesito para unirse al abrazo en grupo.

—Pues ya estamos todos —dijo nuestro padre.

Todos lo miramos sonriendo, mientras él se levantaba del sofá.

—Papá, mamá —le dijo Lúa.

Se acercó a ellos para darles un beso, al igual que Iago. Los besos continuaron con Kevin, Eloy y conmigo.

—Menos mal que nos veis —habló nuestro padre, con diversión—. Vuestra madre y yo ya pensábamos que éramos invisibles, Erea ni se ha acercado.

—Hablando de ella… —dije riendo.

Erea bajó la escalera y vino directa hacia nosotros, pero solo para despedirse. Se había cambiado de ropa y seguramente se había duchado.

—No irás a salir… —le dijo nuestra madre.

—Daniel viene a recogerme, ya había quedado con él.

Hizo una mueca.

—Tu hermana ha llegado hoy.

—Mama… —le dije.

Erea me interrumpió.

—Pero no se va más, se queda aquí con nosotros. Además, mañana es sábado y podemos estar todo el día juntas.

—Ah, ¿que no quedarás también con Daniel?

—Quedaría, pero…

—Un momento —la interrumpió Lúa—. ¿Qué significa lo que has dicho? —le preguntó a nuestra hermana.

—¿El qué?

—Erea, has dicho que Xai no se va más, que se queda aquí con nosotros —repitió.

—¿Qué no entiendes de eso?

Erea continuó, al ver las cejas arqueadas de Lúa.

—Significa que Xai no ha venido de visitar, sino a quedarse para siempre en la ciudad. No va a irse, por lo que tenemos todo el tiempo del mundo por delante.

Se encogió de hombros, mirando a nuestra madre.

—¿Eso es cierto? —me preguntó Lúa.

—Sí —contesté sonriendo.

Lúa soltó un grito y se lanzó a mi cuello, para abrazarme con fuerza. A Iago le costó salir un poco de la impresión, pero cuando lo hizo nos abrazó a Lúa y a mí riendo con ganas.

—La familia al completo, de nuevo —dijo emocionado Iago.

Le retiré el flequillo de la frente, mientras le sonreía.

—Mamá —le dije—. Es normal que Erea salga un rato con Daniel. Todo lo que ha dicho es cierto, yo no voy a moverme de aquí. Bueno, claro que lo haré, pero ya me entendéis.

Bajé la mirada a Eloy. Se acercó para abrazarme por la cintura y le pasé un brazo por los hombros, sonriéndole. Le hice un guiño, antes de continuar.

—No la hagas sentir mal por salir —le pedí.

—Acabas de llegar y ya estás revolucionándolo todo con tus hermanos, ¿eh?

Se puso las manos en las caderas, mientras que mi padre se contenía para no reír.

Las palabras de mi madre no iban con mala intención, simplemente había hecho alusión a que tanto Kevin como yo siempre dábamos la cara por nuestros hermanos pequeños.

Le hice un guiño a mi madre y ella puso los ojos en blanco.

—¿Quieres que me vaya de la casa? —la piqué.

—Ay, no.

Vino hacia mí y me abrazó, mientras yo reía.

—Puedes pasar por encima de mí por ellos, todas las veces que quieras —dijo con una gran sonrisa, cuando se separó.

Todos soltamos una carcajada.

—Gracias, mami —le habló Erea.

—¿Mami? Te voy a dar yo a ti mami.

Erea salió corriendo y comenzó a dar vueltas por el salón, con nuestra madre detrás de ella. Mi hermana casi se cayó por la risa que le entró, mientras los demás las seguíamos con la vista, sin poder dejar de sonreír.

—Ahora resulta que eres una niña pequeña, pues no tienes edad para salir —le dijo nuestra madre.

—¡Nooo! —gritó Erea.

Se paró de golpe. Si no hubiese sido por nuestro padre, que frenó a su mujer en el último momento, esta habría caído encima de Erea y se habrían ido al suelo.

—¿Ya has hecho bastante ejercicio? —le preguntó él.

—Ay, amor, hoy necesito tus manos —le pidió ella, con la respiración entrecortada.

Nuestro padre soltó una carcajada y sonreí.

—Jo, qué asco con los tocamientos —soltó Eloy.

—¡Niño! —alzó la voz, sorprendida—. ¿En qué has pensado? ¡Qué tienes nueve años!

—Nueve años, seis meses y cuatro días —dijimos todos los hermanos a la vez, por Eloy.

Nos miramos y soltamos una fuerte carcajada.

—Pero bueno —rio mi madre también.

—¿Qué os parece si acompañamos todos a Erea hasta la verja? Así conoces a Daniel y lo saludamos la familia al completo.

En la última parte se dirigió a mí. Apreté los labios, mirando de reojo a Erea.

Ella no tardó en quejarse, en decirnos que ni se nos ocurriera, pero como solía suceder en esta familia, la ignoramos y todos salimos por la puerta de casa.

Algunos riendo y otros muy animados, divertidos. La única excepción fue Erea que no sabía dónde meterse, porque nuestro padre le quitó el móvil para que no pudiera avisar a Daniel.

—No es justo, solo queréis ponerlo nervioso —comenzó a decir.

—Pero si ya nos conoce —dijo Lúa, sin perder la sonrisa.

—De uno en uno, o como mucho de dos en dos. Los siete de golpe sois demasiados.

—No te olvides de Timón y Pumba —comentó Eloy, con una risilla—. Hace rato que nos han adelantado, ya deben estar en la verja.

—Estupendo —suspiró Erea.

Cuando llegamos Daniel se encontraba al otro lado de la verja, apoyado en un coche que no era el suyo. Obviamente, porque Daniel tenía la misma edad que Erea, diecisiete, por lo que todavía no tenía el carné de conducir.

—Ven aquí, muchacho —le pidió nuestro padre.

—Eh… claro —dijo él, cortado.

Caminó hasta nosotros y entró en la propiedad, después de que nuestra madre abriera lo suficiente la verja. Lo hizo extrañado, mirando nervioso a Erea.

Timón y Pumba enseguida comenzaron a olisquearlo y a dar vueltas a su alrededor. No eran perros pequeños, superaban un poco el tamaño mediano, por lo que Daniel se sintió intimidado.

Hasta que Kevin, al ser muy consciente de ello, silbó y los perros corrieron hacia él. Como estaba a su lado le acaricié la cabeza a Pumba, cuando se sentó junto a las piernas de mi hermano. Timón se quedó al otro lado.

—Hola —nos saludó Daniel.

—Hola —le correspondimos todos, al mismo tiempo.

—Mi familia quería saludarte —le dijo Erea, caminando hacia él.

—Ah.

Daniel pasó la mirada por todos, hasta que la dejó fija en mí.

—Ven.

Erea le agarró una mano y tiró de él. Se acercaron a mí.

—No hacen nada —le aseguré, refiriéndome a los perros.

—Vale —me sonrió.

—Ella es mi hermana Xaira, la única a la que no conocías en persona —me presentó mi hermana.

—Encantado, es un placer —me dijo él.

Sonreí cuando me ofreció una mano y le acepté el gesto.

—Igualmente, Daniel —le correspondí—. Me alegro de conocerte, he escuchado hablar de ti.

Le hice un guiño.

Con mis palabras conseguí que mi hermana se pusiera colorada y que riera nerviosa. Él la observó con una gran sonrisa y una mirada…

«Mmm… este chico a punta alto».

—Erea también me ha hablado de ti, te adora.

—Bueno, nos vamos ya —dijo ella, cada vez más nerviosa—. Ya podéis iros —nos animó a regresar a la casa.

—Daniel —lo llamó nuestro padre.

—¿Sí, señor?

—Son pasadas las nueve y media —continuó, sin mirar la hora—. ¿Crees que puedes traer a mi hija a la una?

—Claro, señor —le confirmó Daniel, nervioso.

—Papá, un poco más —se quejó ella—. Es viernes por la noche.

—Y tú tienes diecisiete años. A las doce y media —rectificó nuestro padre.

Erea soltó un bufido y se cruzó de brazos.

—Papá… —le dije.

—Yo creo que a la una está bien —comentó Kevin, echando una mano.

—Sí, es una hora muy razonable —se sumó Iago.

—Es viernes por la noche —repitió Lúa, divertida.

Nuestro padre sonrió de medio lado y miró a Erea.

—¿Tienes algo que decir?

—¿Por favor? —dije ella.

—Anda, iros ya, antes de que me lo piense mejor. A la una aquí.

—Gracias, ¡eres el mejor!

Erea soltó un grito después de hablar y abrazó a nuestro padre. Él le dio un beso en la cabeza y después ella pasó por nuestra madre y por cada uno de nosotros, sus hermanos.

La animamos a que se fuera rápido y así lo hicieron, después de que Daniel se despidiera de todos, casi a la velocidad de la luz.

Esta noche tenían tema de conversación para rato. Sonreí.

—La estamos perdiendo —me dijo Kevin, pasando el brazo por los hombros.

Solté una carcajada, negando.

—Como nos hemos perdido todos a su edad —hablé con diversión.

—Efectivamente —sonrió con picardía—. Mierda, esta vez no le he leído la cartilla a Daniel.

—¿En serio? ¿Cuántas veces lo has hecho?

—¿Kevin? Cada vez que lo ve y Daniel viene a recoger a Erea —me contestó Lúa.

Nos miramos y soltamos una carcajada.