Capítulo 5
—¿Cómo ha ido el entrenamiento? —le preguntó nuestro padre.
—Bien —le contestó Eloy, sonando más mayor de lo que era.
Sonreí por ello.
—El entrenador ha castigado a Oliver y a Teo sin jugar el próximo partido.
—¿Qué han hecho?
—Nada —respondió rápido.
Mi padre elevó las cejas.
—Yo no he visto lo que han hecho —se justificó Eloy.
—Me alegro de que no lo sepas y de que por una vez no estés involucrado con ellos —le dijo con un punto de ironía.
Los cuatro adultos sabíamos perfectamente que Eloy estaba encubriendo a sus amigos y que tan inocente no era, como quería hacer ver. Así era siempre, lo que hacía uno los otros dos amigos lo tapaban.
—Me he portado bien.
—Felicidades, hijo. Esta vez no has caído con ellos, no te quedas sin jugar.
—Gracias, papá.
Al decirlo pareció crecerse. Todos sonreímos al verlo, no me hacía falta mirar hacia atrás para saber que Kevin y mi madre estaban igual que mi padre y yo.
Pero algo debió notar mi padre porque…
—¿Qué pasa?
—Es que…
—¿Sí?
—En el próximo partido estaré solo —contestó desanimado.
—Tienes muchos más compañeros.
—No es lo mismo. Yo quiero a Teo y a Oliver conmigo.
Entonces Pumba eligió ese momento para ladrar y venir corriendo hacia los que no nos habíamos movido de la escalera, viendo la escena que se desarrollaba a unos metros de distancia.
Yo continuaba con la mano sobre la cabeza de Timón y cuando llegó Pumba hice lo mismo, acariciándosela.
Eloy se giró y nos vio. Al principio no reaccionó, lo único que hizo fue parpadear, mirándome solo a mí. Se quedó sin asimilar que yo estaba aquí, hasta que lo hizo.
Agrandó los ojos y soltó un grito. Yo reí, mientras terminaba de bajar los últimos escalones.
—¡Xai! —me llamó gritando.
Vino corriendo hacia mí y yo lo imité, para encontrarnos a medio camino. Ahí nos abrazamos con fuerza.
—Hola, cariño.
Le di un beso en la cabeza. Todavía tenía el pelo húmedo de la ducha en el vestuario.
—¿Qué haces aquí? ¿Hace mucho que has llegado? ¿Cuántos días te quedas? ¿Podrás estar para mi partido del siguiente fin de semana?
Solté una carcajada cuando terminó de hablar de carrerilla.
Me separé un poco de él para agarrarle la cara con las manos y se la elevé.
—Poco a poco, tenemos tiempo. —Le hice un guiño.
—¿Cuánto? —insistí en saber.
—A ver, voy a hacer cálculos.
Me puse un dedo en la barbilla y no miré a nadie de mi familia, para no reírme. Notaba como ellos estaban conteniéndose. Me hice la pensativa, mientras Eloy no me quitaba la vista de encima, emocionado y expectante por mi respuesta.
—Yo creo que, de aquí a muchos, muchos años. —Agrandó los ojos—. Aunque no viva siempre en esta casa, me quedaré muy cerquita.
—Eso será porque no quieres, hija —intervino nuestro padre y le sonreí.
—¿Muchos años? —me preguntó extrañado Eloy.
—Ven aquí, peque.
—No soy peque, voy a cumplir diez años.
—Todavía falta para ese momento. —Le revolví el pelo y como siempre sucedía cuando se lo hacía, sonrió de oreja a oreja.
Le encantaba y nunca se quejaba.
—Tengo nueve años, seis meses y cuatro días.
—¡Vaya! —exclamé, impresionada.
Miré a Kevin y ya no pudimos contenernos más, ambos soltamos una carcajada. Eloy se rio también, pero porque Kevin lo cogió en brazos y se lo colgó al hombro. De esa manera comenzó a correr por el salón, sin que nuestro hermano pequeño pudiera dejar de reír.
Mi madre y yo fuimos hacia la zona de los sofás. Había dos, eran largos y anchos, cómodos. Aparte de los sillones que se encontraban a los lados.
Mi madre se sentó al lado de mi padre y yo lo hice al lado de ellos, pero el otro sofá. Cuando Eloy se tranquilizó Kevin paró y vino hasta mí.
—Xai.
Le sonreí a Eloy.
Se sentó entre Kevin y yo y me abrazó. Le correspondí al abrazo con fuerza.
—¿Qué te dan de comer? Has crecido muchísimo —le dije.
Eloy soltó una carcajada.
—Porque tengo nueve años, seis meses y cuatro días —repitió y reí también.
—Todo un hombrecito. —Le di un beso en la cabeza.
—Te dije que había crecido y te envió una foto, para que lo vieras —dijo orgulloso.
Dejó de abrazarme para sentarse con la espalda recta. Sonreí.
—Pero no es lo mismo, por foto no se aprecia tanto.
—¿Entonces es verdad que estarás mucho tiempo aquí? ¿Desde ya? ¿No volverás a irte?
—He venido para quedarme, peque. Me han trasladado aquí en el trabajo, a otra sede que han abierto.
Esta vez no se quejó por lo de peque, estaba tan emocionado, nervioso e impactado que ni se dio cuenta.
—Podré ir a ver todos los partidos que quieras —le dije.
—¡Sííí! —Levantó los brazos—. Este fin de semana no, será al siguiente.
—Vale.
Le hice un guiño y me regaló una sonrisa preciosa.
—Te quedas —susurró.
Todavía no se lo creía y le sonreí asintiendo.
—Sube a tu habitación con la mochila de deporte y saca las cosas —le pidió nuestra madre.
—Vale —dijo animado.
Se levantó rápido del sofá, pero al escuchar la cerradura de la puerta se dejó caer de golpe.
—Que sí. Yo también, tonto.
Erea apareció hablando por teléfono. Ella tenía diecisiete años, después de Eloy era la segunda más pequeña en la lista de los hermanos.
Sonreí al verla caminar concentrada en su conversación. Por la sonrisa que tenía en los labios y las palabras que había escuchado, tenía claro que hablaba con Daniel, su novio desde hacía unos meses.
Me había hablado mucho de él. Era su primer amor correspondido e iba como en una nube siempre.
—Acabo de llegar a casa, dame unos minutos antes de venir a recogerme.
—Erea —la llamó nuestro padre.
Justo ahí se dio cuenta de que no estaba sola. Se paró para girarse hacia él y entonces nos vio a los demás.
—¿Qué…? Oh, joder. ¡Xai! —alzó la voz.
—La boca —la reprendió nuestra madre.
Pero Erea no la atendió, ni siquiera pareció escucharla. Vino directa hacia mí y me levanté del sofá con una sonrisa enorme. Nos fundimos en un fuerte abrazo.
—No sabía nada —me dijo, acelerada—. En esta familia no se me tiene en cuenta —se quejó y apreté los labios para no reírme.
—Señorita me siento aislada de la familia —se dirigió a ella nuestro padre, con diversión—. Ninguno de tus hermanos sabía nada, así que no te sientas diferente.
Terminó haciéndole un guiño.
—¿Ni tú? —le preguntó Erea a Kevin.
—Ni yo —le confirmó él, riendo.
—¿Por qué?
—Hija, porque así son las sorpresas —tuvo que decirle nuestra madre.
Ella volvía a estar emocionada. No sería diferente con el resto de los encuentros que faltaban.
—Ere, ¿sabes qué? —le preguntó Eloy, nervioso.
Me agarró de la mano y le di un apretón, sonriéndole.
—¿Qué? —Quiso saber Erea.
Nos miró a los dos.
—Que Xai no se va más, ha venido para quedarse con nosotros. Ya no tiene trabajo donde estaba —le contestó acelerado.
—¿Cómo? —gritó mi hermana.
—No me han despedido, solo he pedido el traslado a una nueva sede que han abierto aquí.
—¿En La coruña? —Jadeó.
—Sí —le confirmé.
Ahí vivíamos, en La Coruña, una ciudad portuaria de Galicia en la que todos mis hermanos y yo habíamos nacido. Nuestro padre era de aquí, pero nuestra madre era originaria de Irlanda.
Se conocieron en un viaje en el que mi madre vino a España, concretamente a esta ciudad. Por aquel entonces ella tenía dieciocho años y él veinte. Coincidieron en un bar una noche en la que ambos salieron y a partir de ahí, una cosa llevó a la otra y durante tres semanas intensas no se separaron.
Cuando se cumplió la estancia de mi madre aquí ella se fue, regresó a su país.
Fue entonces cuando la relación de ellos se hizo más fuerte, porque mi padre se negó a dejar escapar a mi madre.
Era algo que siempre habíamos escuchado decir a nuestros abuelos paternos, que mi padre luchó a contracorriente, hasta que consiguió a mi madre.
Nuestros abuelos maternos hacía unos años que nos dejaron.
—Joder, ¡qué pasada! —grito mi hermana, haciéndome reír.
Se lanzó a mi cuello, abrazándome con fuerza.
—¡Erea, la boca! —se quejó nuestra madre.
Sus hijos la ignoramos porque el Eloy nos abrazó a Erea y a mí y después se añadió Kevin, rodeándonos a nosotras y al pequeño. Terminamos los cuatro riendo, emocionados.
—Creo que te has olvidado de alguien —le dije a Erea carraspeando, cuando nos separamos.
—¿Qué? —Frunció el ceño.
Divertida, tuve que señalarle el móvil para que se diera cuenta de que Daniel hablaba de vez en cuando. Se lo escuchaba preguntado si todo estaba bien.
—Oh, joder —reaccionó ella.
Me dio un beso sonoro en la mejilla y me pidió perdón con la mirada. Le sonreí y le señalé la escalera, con un gesto de la cabeza. Me dio otro beso, antes de salir corriendo hacia la escalera.
—Daniel, ya estoy aquí. No vas a creerte lo que me he encontrado al llegar a casa. Ay, que estoy muy nerviosa. ¿Has escuchado algo?
Su voz se perdió al llegar a la planta superior.
—Y esta niña con el joder siempre en la boca —se quejó de nuevo nuestra madre.
—Da gracias a que todavía lo tiene en la boca —soltó Kevin.
Lo miré y estallamos en carcajadas, al ver las expresiones de nuestros padres, por la referencia del sexo. Eloy no pilló el sentido de las palabras.
—¡Kevin! Eres el mayor, tienes que dar ejemplo —le dijo nuestra madre.
—¿Qué es tan gracioso? —nos preguntó Eloy, por la reacción de Kevin y la mía.
—Ya te lo explicaré, campeón —le dijo Kevin, con un guiño.
—Vale —aceptó rápido.