Capítulo 4
Subí las escaleras detrás de mi hermano. Llevábamos a mi habitación el último equipaje, Kevin una maleta y yo una mochila.
En mi habitación las dejamos junto al resto y entonces me paré a mirar la estancia.
Las veces que había venido de viaje para estar con la familia estaba exactamente igual, pero ahora la veía de distinta manera. Volvía ser mía, sin tener que despedirme de todo.
Al menos por un tiempo, hasta que buscara una vivienda para independizarme. Pero como ya había comentado iba a tomármelo con mucha calma, porque después de haber disfrutado durante años de lo que era vivir sola, ahora lo que más me apetecía era disfrutar del tiempo con mi familia.
—¿Cómo se siente al regresar definitivamente? —me preguntó.
Sonreí y lo miré.
—Genial, pero me siento extraña en mi propia habitación.
—Es normal, sabes que no estás de visita, que es permanente. Cuéntame eso, todo —me pidió.
Fuimos a la cama, nos descalzamos y nos subimos a ella, para quedarnos sentados, con la espalda apoyada en el cabecero.
De esa manera nos habíamos hecho las mayores confesiones de nuestras vidas, las que dependiendo de la edad variaron en, por ejemplo: un compañero de clase me ha tirado el estuche al suelo y después se ha reído de mí, me gusta un chico, lo he hecho por primera vez con una chica, y muchas cosas más.
Por cierto, Kevin me defendió al día siguiente del chico que me tiró el escuché y se rio de mí. Fue a por él, para pelearse antes de llegar al colegio. Nunca supe lo que le dijo mi hermano, alguna amenaza, porque mi compañero nunca volvió a acercarse a mí.
—¿Cómo es que has dejado el trabajo? —me preguntó, adelantándose a mí—. Te encantaba, trabajabas en lo que te gustaba y cobrabas muy bien. Incluso podías ahorrar bastante, después de pagar el alquiler y asumir los gastos del mes.
—No lo he dejado —le dije, sonriendo.
Mi hermano frunció el ceño, comenzando a pensar en las posibilidades de mi respuesta.
Durante el tiempo que habíamos pasado en el salón no habíamos hablado del motivo que me había traído hasta aquí. Mis padres, los nuestros, sabían que quería ser yo la que se lo contara a Kevin.
—Me han trasladado a una sede que está recién inaugurada, por así decirlo. Todavía está arrancando, solo hace unos meses que la abrieron.
—¿En serio? ¿Y está por aquí?
Asentí.
—Joder —sonrió.
—Mi jefe sabía de donde era yo, por lo que me hizo ir a su despacho y me informó de la nueva apertura. Me dio la oportunidad y le pedí el traslado. Es que ni me lo pensé, primero porque podía volver aquí, a casa. Segundo, porque el traslado era con ascenso incluido.
—¿Te han ascendido? —se sorprendió.
—Sí. Ahora soy la jefa del mismo departamento en el que trabajaba, dirigiré al equipo que tenga a mi cargo.
—No me esperaba nada de esto —rio—. Enhorabuena, cariño.
Me abrazó.
—Gracias. Ha sido todo muy rápido, la oferta, mi decisión y organizarlo todo.
Suspiré.
—¿Y Emma? Por la cara que has puesto antes, mal.
—Sí. Desde que se lo dije no lo llevaba muy bien, pero ahora que me he ido…
—Me lo imagino, al igual que tú.
Apoyé la cabeza en su hombro.
—No quería rechazar esto —susurré—. No podía.
—Y no sabes cómo me alegro de que no lo hayas hecho.
Me dio un beso en la cabeza y me rodeó con un brazo, acercándome más a él.
—Estaréis bien —me dijo—. Ya lo verás. Solo necesitáis acostumbraros y hacer que funcione vuestra amistad, sin poder veros cada vez que os apetezca.
—La echo mucho de menos y me despedí de ella anoche, después de pasar todo el día juntas.
—Es normal. ¿Y cuándo empiezas en el nuevo puesto?
—Me han dado unos días de vacaciones, por el traslado. Me llamarán antes de comenzar, para enseñarme la empresa, mi despacho y todo lo demás.
—Perfecto.
—¿Cómo es que estabas en casa? Cuando papá me ha dicho que te encontrabas en tu habitación me ha extrañado, aunque me he callado. ¿Y el trabajo?
El horario de Kevin era partido, de ocho de la mañana a una de la tarde y después de tres a seis. Yo había llegado a las cinco y cuarto, por lo que él debería haber estado trabajando.
—Como la última semana hemos podido hablar poco, y ahora entiendo el porqué de tus prisas por colgar… —reí— No te he contado que en mi empresa también ha habido cambios.
—¿Cuáles?
Me incorporé un poco y me aparté del cabecero, para girarme y quedarme sentada frente a él. Crucé las piernas flexionadas.
—El único cambio que me influye a mí es el horario, el que ha mejorado. Estoy encantado porque ahora trabajo de siete y media a dos, termino para comer y ya me olvido hasta el día siguiente. Todos los días de la semana.
—Joder, ¡qué guay!
—Sí.
Me hizo un guiño.
—Los demás cambios me dan igual y ni yo sé cuántos son. Me han contado algunos y no van conmigo, así que no me importan. No me tocan de cerca.
Se encogió de hombros.
—Pero ¿a qué vienen todo eso?
—El comienzo fue la renovación de todo el equipo directo, el dueño apuesta por un nuevo enfoque a la empresa. Con eso también ha conseguido quitarse de encima a varios que se lo tenían muy creído. Un dos por uno.
—¿La empresa iba mal? —Fruncí el ceño.
—No, pero según el jefe ahora irá muchísimo mejor y, en definitiva, es lo que se espera y se quiere de un negocio.
—Pues sí —sonreí—. Me encanta que hayas mejorado, tener todas las tardes libres es un subidón.
—Lo he experimentado esta semana, he ido de subidón en subidón.
Reímos.
—Yo quiero encontrarle aquí un trabajo a Emma —dije, mirando hacia la ventana—. Se merece mucho más que con lo que se conforma —suspiré—. No ha tenido suerte buscando durante más de un año.
—¿Tú crees que vendría para aquí? —preguntó con curiosidad.
—Sí, sin dudar —respondí con una gran sonrisa.
—Entonces adelante. —Me hizo un guiño—. Te lo he preguntado para que después no te llevaras una decepción, si ella se niega a la oportunidad.
—No lo hará —dije convencida—, pero, aunque no quisiera cambiar de trabajo para venir aquí, no me afectaría hasta ese punto. Estoy segurísima de que si le propongo un trabajo le dará un giro a su vida, la conozco.
Asintió.
—No quiero que esté sola.
Bajé la mirada a la colcha y comencé a tocarla.
—Tiene más amigos allí, no lo estará.
—Pero no es lo mismo. Dicho por ella —sonreí con tristeza—. Emma es muy hermética.
—No ha tenido una vida fácil.
—Lo sé. Por eso quiero que la tenga. —Tragué saliva.
—Pues ya sabes, a por ello.
Me acarició la mejilla y dejé caer la cara en su mano, para sentirlo más.
—Chicos.
Giramos las cabezas hacia la puerta. Habíamos dejado la puerta abierta y nuestra madre ocupaba el espacio.
—Eloy está aquí —nos avisó, con una gran sonrisa.
Ella y Kevin rieron cuando salté de la cama. No me paré a calzarme, con los calcetines tuve suficiente para bajar a la planta principal.
—Tranquila, tiene que llegar a la casa. Matilde acaba de avisarme de que Eloy ha entrado y que la verja está cerrada.
Matilde era la madre de Oliver, uno de los mejores amigos de mi hermano Eloy. Ella había recogido a su hijo, a mi hermano y a Teo del entrenamiento. Lo sabía de sobra, el trio era inseparable.
Matilde se turnaba con alguno de mis padres para ir a llevaros y a recogerlos y esta tarde le había tocado a la mujer.
Eloy tenía nueve años y era el menor de la familia.
Con Kevin y conmigo había mucha diferencia de edad, pero nunca había supuesto una barrera entre nosotros.
Todo lo contrario, Eloy desde muy pequeño siempre nos había seguido a todas partes, a las que había podido, y se empeñaba en parecerse a nosotros.
—¿Qué hora es? —le pregunté a mi madre.
—Cerca de las siete y media.
—Joder, sí que ha pasado el tiempo —dije sorprendida.
—Esa boca, señorita —me advirtió mi madre.
Reí y le di un beso al pasar por su lado. Kevin me siguió y ella vino detrás de nosotros. De esa manera, en fila de uno, bajamos las escaleras.
Mi padre sonrió al vernos. Estaba en el salón, sentado en uno de los sofás que quedaba de cara a nosotros. Cuando me faltaban un par de escalones para terminar de bajar, la puerta principal de casa se abrió de golpe.
No es que la viera, porque quedaba oculta desde mi posición, pero el sonido que hacía era inconfundible, así como el portazo que dio mi hermano y la presencia de Timón y Pumba, que iban a los lados de mi hermano.
—Papá —le dijo Eloy al verlo.
Me había parado de repente en la escalera, provocando que Kevin se pegara a mi espalda y mi madre a la de él. Los tres observamos cómo Eloy dejaba su mochila de deporte en el suelo e iba hasta nuestro padre.
—Hola, hijo —lo saludó él, devolviéndole el beso en la mejilla.
Eloy continuó sin vernos y yo no podía dejar de sonreír, mientras pensaba que había crecido mucho en poco tiempo.
Timón vino silencioso hacia nosotros, directo a mis piernas, y le acaricié la cabeza, pidiéndole silencio. Eloy tampoco se dio cuenta, todavía.