Quién nos lo iba a decir Capítulo 3
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Capítulo 3

Después de casi once horas paré el coche frente a mi destino. Lo único que me separaba de él era la verja cerrada delante de mí.

Estaba agotada de tantas horas conduciendo, de ir en la misma posición y de la pesadez de las carreteras y la circulación. Tenía el culo dormido y dolor de espalda.

Cada cierto tiempo había hecho paradas muy cortas, para descansar y estirar las piernas. La excepción fue el rato que paré para comer, ahí no me di ninguna prisa para volver al coche.

Una sonrisa tiró de mis labios cuando la verja comenzó a abrirse frente a mis ojos, al pulsar el mando.

Aceleré para traspasar la entrada y una vez dentro, esperé a que la verja se cerrara y encajara para continuar adentrándome en la propiedad.

Comencé a recorrer el camino asfaltado, nerviosa, por los meses que hacía que no veía en persona a mis padres. A algunos de los demás, mucho más.

Solté una carcajada cuando Timón y Pumba, nuestros perros, aparecieron corriendo. Se acercaron y me siguieron ladrando. Estaban dándome la bienvenida y yo estaba deseando poder abrazarlos.

Mis nervios aumentaron, junto a mis emociones, cuando la casa familiar apareció majestuosa frente a mí, a unos metros de distancia. Aceleré un poco más, con urgencia de llegar ya. Timón y Pumba se adelantaron y me esperaron.

Paré el motor frente a la puerta, para tener más facilidad para descargar el maletero. Lo llevaba lleno con las maletas, las bolsas de viaje y unas cuantas bolsas de plástico en las que metí las pocas cosas de comer que tenía en la nevera y en la despensa.

Al bajarme del coche Timón y Pumba se me echaron encima y caí al suelo riendo, mientras aceptaba sus muestras de cariño. Después de muchos lametones y abrazos y besos por mi parte, conseguí levantarme.

—Estáis preciosos —les dije.

Les di un beso en la cabeza y cogí una bocanada de aire, dispuesta a picar al timbre, pero antes de dar el primer paso hacia la entrada, la puerta principal de la casa se abrió de golpe.

Fue mi padre quien apareció, con una sonrisa de oreja a oreja, y mi madre pasó por su lado. Salió corriendo hacia mí y riendo, yo hice lo mismo.

Timón y Pumba me siguieron y comenzaron a saltar a nuestro alrededor, sumándose al reencuentro.

—Mi Xaira —me dijo emocionada, abrazándome con fuerza.

—Hola, mamá —susurré, aspirando su olor.

Mi madre olía a casa, a alegría, a familia y a amor.

—Bienvenida a casa, pequeña —me dijo mi padre.

—Papá.

Lloré cambiando de brazos, me lancé a los suyos que me acogieron al instante.

Él olía a protección, a estabilidad, a serenidad, a familia y a amor.

—¿Cómo ha ido el viaje? —me preguntó mi madre, acariciándome la espalda.

—Ya está aquí, lo demás puede esperar. Déjala respirar —le pidió mi padre, con cariño.

—Sí, sí… tienes razón —le sonrió ella, abrazándome de costado.

Me dio un beso en la mejilla y seguimos a mi padre, hasta el maletero del coche. Sacamos de él todo el equipaje y las bolsas de la comida, haciendo varios viajes a la casa.

—¿Llevo el coche al garaje? —le pregunté a mi padre—. He parado aquí porque es más directo, por todo lo que tenía que descargar.

—Tranquila, hay tiempo —me contestó con un guiño—. Yo me encargo.

Le di la llave y me pasó el brazo por los hombros, para entrar en la vivienda.

—¿No hay nadie?

La curiosidad estaba pudiendo conmigo, pero, sobre todo, los nervios por los reencuentros y las sorpresas que iba a dar.

—Has venido pronto, el único al que puedes ver ya es a Kevin. El resto hasta dentro de un rato no irán llegando.

Sonrió al ver mis ojos más brillantes de lo normal. Tragué saliva.

—Es que como no podía dormir he salido muy temprano.

Asintió.

—Me ha costado retener aquí a tu hermano, con lo insistente que se ha puesto con que había quedado con sus amigos —comentó, sonriendo—. Cuando te vea retirará todo lo malo que ha dicho de mí.

Reímos.

—Kevin no ha hecho eso, te respeta mucho.

—Como debe ser, y que por su bien siga cagándose en los demás.

Volvimos a reír.

—¿Dónde está?

—En su habitación.

Llegamos a la cocina y ayudamos a mi madre a guardar las cosas de comida que habían viajado conmigo. Estábamos en ello, terminando, cuando el corazón se me aceleró al escuchar su voz.

—Bueno, ahora sí que me voy y nada ni nadi…

Mi hermano se quedó callado de golpe y fue en ese instante en el que me giré despacio, para encontrármelo con los ojos abiertos por la sorpresa. Me miraba fijamente, como si no se creyera que estaba delante de él, en la casa.

—¿Xai?

Se dirigió a mí como llevaba haciendo desde siempre, por el diminutivo de mi nombre.

Solté una carcajada y corrí. Corrí hacia él para que me cogiera en brazos, como tantas veces habíamos hecho. Salté encima de él y mi hermano me atrapó al vuelo. Me agarró con fuerza.

—Joder… —rio también— ¿Qué es esto? ¿En serio no me has avisado de que tenías previsto venir? —me preguntó, dando vueltas conmigo en brazos.

Yo no pude parar de reír, mientras que nuestros padres nos observaban sonrientes y abrazados. Mi madre muy emocionada.

—Quería que fuese una sorpresa —le dije cuando pude tranquilizarme.

Le di un beso sonoro en la mejilla y lo abracé con fuerza.

—Hola —susurré cerca de su oído.

—Hola, cariño —imitó mi tono de voz—. Me has dado una gran sorpresa, una enorme.

Me devolvió el beso y terminó haciéndome una pedorreta en la mejilla. Reímos por ello, cuando me soltó y mis pies tocaron el suelo.

—Me alegro —le dije satisfecha.

Le sonreí.

—Ven —le pedí.

Le agarré una mano y tiré de él. Mi miró con una expresión de interrogación, pero no le dije nada porque preferí darle la sorpresa definitiva, la que sería otro impacto, uno mucho más grande.

Cuando llegamos al salón le solté la mano y esperé.

—¿Qué…?

No llegó a hacer la pregunta, sus ojos se quedaron fijos en todas las maletas y las mochilas de viaje que estaban juntas en un lateral.

Mi hermano se giró hacia mí, sorprendido, y no necesitó confirmación por mí parte para saber qué significaba lo que acababa de ver.

—No me lo puedo creer.

—Tienes tiempo para acostumbrarte a mi presencia —dije.

Había comenzado a llorar, pero la sonrisa no desaparecía de mis labios.

—Joder, Xai.

Bufó y me agarró, para abrazarme con fuerza de nuevo.

—He vuelto —susurré contra su pecho.

Kevin apretó el agarre de sus brazos, con la barbilla apoyada en mi cabeza.

—Estoy flipando.

—Yo también me siento un poco descolocada, entre todo lo que he dejado atrás y lo de aquí.

—Déjame verte, bien.

Se separó de mí y me hizo dar varias vueltas completas, mientras yo me reía.

—¿Ya no tienes prisa, hijo? —le preguntó nuestro padre.

—No, voy a avisar a los chicos para que no cuenten conmigo.

—Ahora sí, ¿eh? Y la última vez que me has preguntado por qué tenías que esperar para salir, casi me arrancas la cabeza al decirte que tuvieras paciencia.

—Joder, después te preguntas de quién hemos sacado lo de ser exagerados —comentó Kevin.

Soltamos una carcajada los cuatro.

—Ya… exagerado —carraspeó nuestro padre.

Nuestra madre apareció cargando con una bandeja en la que traía tazas vacías, las cucharillas, el azucarero, y dos jarras, una con café y otra con leche. Antes de sentarse en el sofá nos dejó claro que si alguno quería otra cosa que fuese a la cocina.

Tanto mi padre, como Kevin y yo, aceptamos lo que había preparado. Cogimos una taza cada uno y nos preparamos los cafés a nuestro gusto.

Kevin se sentó en uno de los sillones y me hizo ponerme sobre sus piernas, de lado. Cuando estuve cómoda encima de él le di otro beso y me acarició un brazo, con cariño.

Aún estaba haciéndose a la noticia que le había dado, los ojos se le iban a mi equipaje.

Nuestro padre se sentó al lado de nuestra madre, en el sofá.

—Tienes que explicarme muchas cosas —dijo mi hermano—. Con todo lo que hablamos por teléfono y no tengo ni idea de lo que te ha hecho regresar.

—¿Importa?

—En absoluto, si es bueno. Pero igualmente quiero saberlo.

Sonreí.

—No podía decirte nada porque lo habrías sabido todo.

Negué sonriendo.

—Te echaba mucho de menos.

—Yo también —susurré.

—¿Es definitivo?

Me pidió con la mirada que le dijera que sí y por suerte pude hacerlo con palabras. No me gustaba decepcionar a mi hermano, cuando alguna vez había sucedido, por poco que fuese, yo lo había llevado fatal. Nunca había sido por algo importante, pero el sentimiento era intenso.

—Sí —le confirmé.

—Joder.

Sacudió la cabeza, con una sonrisa de oreja a oreja.

Kevín y yo éramos hermanos mellizos, teníamos veintiocho años y encabezábamos la lista de los hermanos, siendo los mayores. Él y yo teníamos una conexión especial, siempre habíamos bromeado con lo de que si hubiésemos sido gemelos no tendríamos tanta, por lo que debíamos ser la excepción.

—¿Cómo se ha quedado Emma? ¿Cómo lo llevas tú?

Hice una mueca, con la que le respondí a ambas preguntas sin tener que respondérselas.