Quién nos lo iba a decir Capítulo 2
5%

Capítulo 2

—¿Nos movemos? —me preguntó Emma.

—No.

Reí.

Eran las siete y media de la tarde del sábado, llevábamos todo el día juntas.

—¿A la cocina? —le pregunté.

—Muy graciosa.

Bufó.

—Quiero hacer algo diferente contigo, ya hemos descansado bastante. Mañana te vas al poco de despertarte, así que…

—Eh, lo llevaremos bien —le dije sonriendo.

Le di un pequeño empujón en el brazo, con el mío, pero Emma continuó mirándome con tristeza.

Estábamos sentadas en el sofá de su piso, donde llevábamos toda la tarde sin movernos. Después de desayunar en la cafetería, en la que estuvimos bastante tiempo y me despedí de todos, dimos una vuelta por la zona peatonal.

Entramos en varias tiendas de ropa y al final en la última nos compramos dos camisetas iguales.

En ese momento…

—¿Qué haces? —le dije, cuando me quitó la bolsa al salir.

Se quedó con ella y me dio la suya.

—Ahora sí.

La miré extrañada, sin entenderla.

—Que ahora tú tienes mis camisetas y yo las tuyas, así tenemos algo de la otra y cada vez que nos las pongamos nos acordaremos más —dijo con una gran sonrisa.

—Mmm… Emma, ¿te has dado cuenta de que son exactamente iguales, incluso las tallas?

—¿No me digas? —rio con ganas— Hija que tengo ojos en la cara.

Puso los ojos en blanco y yo contuve una carcajada.

—¿Entonces qué sentido tiene lo que has hecho?

— ¡Qué tienes las mías!

Se encogió de hombros.

—Y tú las mías —le dije, sonriendo.

—Exacto.

Dio una palmada.

Ese fue el intercambio por el que ahora teníamos dos camisetas de la otra.

Cuando nos entró hambre fuimos a comer a uno de nuestros restaurantes favoritos y al salir, vinimos al piso de Emma, para descansar y continuar la tarde haciendo otras cosas, entre ellas dormir un rato la siesta, ver una película y un capítulo de la seria que más nos gustaba.

Y ahora Emma quería salir a la calle, para ir a cenar y a tomarnos unas copas. Se lo veía en la cara.

—Me has dicho que no vas a madrugar para el viaje.

—Sí. Me apetece tomármelo con calma; además, no tengo ninguna prisa por llegar —le dije—. Me da igual estar allí al mediodía o al final de la tarde.

—Haces bien, sobre todo, no corras con el coche —me pidió.

Asentí mientras sonreía.

—¿Vamos a cenar al bar del moreno?

El bar del moreno era nuestro favorito, ponían unas tapas de escándalo. Todo estaba buenísimo.

Lo del moreno no era porque el negocio se llamara así, sino porque Jon era el dueño. Siempre que íbamos nos atendía personalmente y pasaba un rato con nosotras. Él era el moreno, aparte de nuestro amigo.

—Me gusta la idea —le confirmé—. Quería ver a Jon una última vez, aunque ya me despedí de él hace poco.

—Pues listo, vamos allí y el resto ya lo vamos viendo.

Se levantó del sofá de un salto y fue hacia el pasillo.

—Si quieres cambiarte de ropa o…

—Estoy bien, solo necesito cepillarme el pelo. Ahora iré a tu habitación, primero quiero hablar con mis padres.

—Vale, cariño.

Me lanzó un beso al aire, antes de desaparecer.

Me eché hacia delante para coger el móvil de la mesa de enfrente. Lo desbloqueé y entré en la aplicación de mensajes.

Los únicos que sabían que viajaba al día siguiente, para quedarme en mi destino, eran mis padres. El resto de mi familia no tenía ni idea, ya que quería que fuese una sorpresa.

Entré en el grupo que compartía con mis padres.

Xaira: Voy a salir a cenar con Emma, así que no quiero que se me pase la hora y se haga tarde para escribiros, como me pediste, papá. Ya lo tengo todo preparado para irme mañana, en cuanto me tome el primer café del día.

Aparecieron pasados unos segundos.

Mamá: Hola, tesoro. ¿Cómo lo llevas?

Papá: Hola, cariño. Perfecto, pues disfruta con tu amiga. Mañana ten cuidado, ¿vale? Y haz paradas. Te llamaré varias veces.

Xaira: Está siendo más duro de lo que pensaba, mamá. Lo disimulo con Emma, porque ella no lo lleva bien, pero es que yo tengo algo dentro que me oprime.

Xaira: Vamos a disfrutar, sí. No preocuparos, ya le he dicho a Emma que voy a hacer el viaje sin ninguna prisa, me da igual llegar cerca de la noche. Y sí, no alargaré las paradas, papá —le puse una cara haciendo un guiño—. Tendré cuidado y me portaré bien. Tengo muchas ganas de veros. Os quiero.

Mamá: Ay, cariño, nosotros también. Aún no me creo que vuelvas, tengo ganas de llorar.

Papá: Deja las lágrimas para mañana, cuando la veas. Aquí te esperamos con los brazos abiertos, pequeña.

Sonreí porque no era la pequeña de la familia, pero a mi padre le daba igual.

Xaira: Os dejo ya, solo quería avisaros de que todo va bien. Emma ya mismo aparecerá para irnos. Estamos en su piso, llevamos todo el día. Hasta mañana.

Bloqueé el móvil después de sus despedidas y me levanté para guardar el teléfono en el bolso.

Fui a la habitación de Emma, en la que me encontré con mi amiga.

—¿Todo bien? —me preguntó.

—Estupendamente —contesté sonriendo.

—Me alegro.

Sonrió también.

—¿Ya has terminado?

—No tenía que hacer mucho —me dijo con un guiño.

Me dirigí al baño y me cepillé el pelo delante del espejo. Cuando terminé fuimos al salón, directas a la mesa. En ella dejamos al llegar las chaquetas y los bolsos, los que nos pusimos para irnos.

Bajamos en el ascensor y una vez estuvimos en la calle nos agarramos de los brazos. Comenzamos a caminar por la acera hacia el bar de Jon, al que llegamos en menos de diez minutos.

—Hola, Lorenzo —saludó Emma, a uno de los camareros.

Él se giró hacia nosotras y nos sonrió.

—Hola, preciosas. Bienvenidas.

Nos hizo un guiño, mientras ocupábamos una mesa. Llegó a nuestro lado.

—¿Qué tal os va? —se interesó Lorenzo.

—Fatal —soltó Emma, haciendo una mueca.

—¿Y eso? —se extrañó él—. No me digas que hay un responsable porque solo tienes que darme un nombre.

—La tienes delante.

Emma me señaló, como si no lo hubiera dejado claro.

Lorenzo alzó una ceja, mirándome con la diversión reflejada en la cara. Él no sabía que me iba al día siguiente, Jon sí. Emma se lo contó enseguida y Lorenzo me observó sorprendido.

—Joder, te vas muy lejos.

—Sí —dijo Emma, con un bufido.

—No es para tanto —le quité importancia.

—Pero bueno, qué grata sorpresa.

La voz de Jon sonó a mi espalda y me giré hacia él, agradeciendo su intervención.

Emma y yo nos levantamos para darle un abrazo y un beso, después volvimos a sentarnos una frente a la otra. Jon lo hizo a nuestro lado. Esta vez Lorenzo sería el encargado de atendernos, y a su jefe también.

—¿Cervezas? —nos preguntó Jon.

Emma y yo asentimos.

—Trae tres jarras pequeñas —le pidió a Lorenzo.

—Enseguida, jefe —le dijo con un guiño—. Xaira, preciosa, voy a lamentar mucho no verte por aquí.

—Cuando venga, esta parada será obligatoria.

Me referí al bar, para verlos.

—Eso espero, porque como me entere que has venido a la ciudad y no te has pasado a saludarnos… —carraspeó y reí.

Se fue al interior del bar, a por las cervezas.

—Estáis preciosas, como siempre —nos dijo Jon.

Nos sonrió mirándonos, primero a una y después a otra.

—¿Todo bien? —se dirigió a mí.

—Sí.

Era una confirmación breve, pero Jon supo leerme entre líneas. Era algo que nos sucedía a ambos.

—¿Qué habéis hecho hoy? —Cambió de tema.

Le contamos la mañana que habíamos tenido después de desayunar, yendo de un lado al otro, recorriendo tiendas.

También la tarde tranquila en el piso de Emma, hasta que salimos para venir al bar.

En el transcurso del tiempo que nos llevó poner al día a Jon, Lorenzo regresó con las jarras de cerveza y aparte nos dejó una tapa.

—Voy al baño —nos dijo Emma.

Fue al cabo de un rato, cuando ya hablábamos de otra cosa.

—Emma desprende cómo se siente, no puede ocultarlo, pero ¿y tú? ¿Cómo lo llevas?

—Está costándome más de lo que imaginaba —contesté hablando más bajo—. A veces me pregunto si he hecho bien con lo del traslado, cuando aquí estaba muy bien. No tenía ninguna queja —dije pensativa.

—Para mejorar no hacen falta quejas ni que algo vaya mal, se trata de un crecimiento personal. Tomaste la decisión acertada, sino hubiese sido de esa manera te habrías arrepentido con el tiempo.

—Tal vez —susurré.

—Sabes que tengo razón, no le des más vueltas. Acuérdate cuando llegaste aquí, lo que te costó separarte de tu familia. Pues esta vez no será diferente, por Emma. Os costará a ambas, pero después de asimilar la distancia crearéis una nueva rutina, de llamadas y viajes.

Me hizo un guiño.

—Tú y yo tampoco vamos a perder el contacto, ¿eh?

—Por supuesto que no. Sabes cómo encontrarme y los mejores momentos para poder hablar sin prisas, así que cuando tú me digas ahí estaré.

Se refirió a que teníamos nuestros números de teléfono y estábamos en contacto, aunque no nos viéramos a diario.

—Cuenta con ello, aunque también espero que viajes para verme.

—Cuando puedas me das todos los datos y cualquier día te sorprendo apareciendo allí.

Me hizo un guiño y sonreí de oreja a oreja.

Cogí el móvil del bolso y le envié un mensaje a Jon, detallándole la dirección completa en la que iba a vivir. Al menos provisionalmente, porque en algún momento buscaría una vivienda propia.

Pero eso sería con el tiempo, no tenía ninguna prisa por acelerar las cosas.

—Estupendo —dijo al ver el mensaje.

—¿Te quedas con nosotras para cenar y tomarnos unas copas? Sé que hoy el bar se pondrá al completo, pero me encantaría que estuvieras conmigo mi última noche aquí —Miré hacia los lados.

—Última noche provisionalmente, porque te aseguro que, en otro momento del tiempo, en un futuro, recordaremos este instante sentados en esta misma terraza.

Sonrió.

—Me quedo con vosotras —me confirmó y me emocioné—. Los chicos pueden llevar perfectamente el bar y si no, con unos cuantos gritos lo arreglo.

Reímos y lo abracé, por encima de la mesa.

—Todo irá bien —me susurró y solté un suspiro, con los ojos cerrados.