Quién nos lo iba a decir Capítulo 1
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Quién nos lo iba a decir

Quién nos lo iba a decir

Por Carlota Manzano

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Capítulo 1

Xaira

Me bebí el último sorbo de agua y dejé a mi lado, sobre la hierba, la botella de plástico vacía.

Apoyé la barbilla en los brazos cruzados que coloqué sobre las rodillas flexionadas, con la mirada perdida hacia delante. Las vistas de este lugar siempre me habían encantado y el silencio que había a estas horas del día, aún más.

Debían de ser ya sobre las siete y cuarenta de la mañana. Miré la hora cuando paré de correr al llegar aquí, después de ponerme la sudadera.

Me encontraba en un mirador que ofrecía una panorámica increíble. Estaba situado en lo más alto de la ciudad, por encima de un par más.

Durante un tiempo disfruté de estar sola, tiempo que utilicé para capturar definitivamente en mi cabeza todas las imágenes que representaban a mi ciudad. Al menos así había sido a lo largo de cuatro años y medio, a partir de mañana todo cambiaría.

Estiré las piernas para abrir la riñonera, en cuanto mi móvil sonó dentro. Lo saqué y vi que era mi amiga Emma.

—Buenos días, madrugadora —la saludé.

—¿Qué tienen de buenos? No son ni las ocho, por Dios.

Sonreí.

—Me has llamado tú. ¿Qué haces despierta tan pronto?

—¡¿Qué qué hago?! ¡¿En serio?! ¡¡Hoy es tu último día aquí!!

Tuve que retirarme el teléfono de la oreja, por lo fuerte que grito.

—¿Te has quedado a gusto? Porque debes haber despertado a la mitad de tus vecinos —hablé con diversión.

—Como si me importara —suspiró—. Ay, Xaira, ¿qué voy a hacer sin ti? Definitivamente estoy deprimida, a partir de ahora sí.

—Llevas diciendo lo mismo durante la última semana.

Me levanté de la hierba, me sacudí el pantalón corto deportivo por detrás y me agaché para coger la botella vacía de plástico.

Le di la espada a las vistas del mirador y me dirigí al camino que llevaba hasta las calles de la ciudad. Comencé a descender dando un paseo.

Hoy ya había hecho varias veces el mismo recorrido de esta ruta, durante mi rutina de ejercicio, por ese motivo ahora quería bajar con calma, para despedirme del lugar sin prisas, admirándolo y apreciando todos los detalles. Me había acompañado casi diariamente, a lo largo de los años.

—Cállate —me dijo Emma —, sabré yo cómo estoy… No quiero que te vayas, así que estoy deprimida. Cada vez más.

—Vale, pero te lo estás tomando como una separación definitiva y no lo es, en absoluto. Puedes venir a visitarme cada vez que puedas y quieras, las puertas de donde yo esté siempre estarán abiertas para ti. Y si te piensas que yo no voy a venir aquí…

—No me hagas llorar —susurró—. No es justo. Eres mi mejor amiga.

—Emma… joder, que para mí tampoco es fácil. Estoy intentado ser la fuerte de las dos, pero cada vez me lo pones más difícil.

—¿Y por qué te vas?

—Como si no lo supieras… No podía rechazar la oportunidad que me han dado en el trabajo. Estaría loca si no hubiese pedido el traslado, con ascenso incluido. Además, allí lo tengo todo.

—Todo.

—Menos a ti. Ya sabes a lo que me he referido.

—Sí.

—Puedo buscarte un trabajo.

—Si es mejor que el que tengo acepto —rio.

—Para eso no hace falta mucho. No sé porque te empeñas en seguir ahí.

—¿Por qué llevo un año y medio enviando currículums y no he conseguido nada? No es por gusto.

—Con el jefe de la empresa de aquí no hubo suerte, más estirado no puede ser el tío, pero a dónde voy…

—Bueno, paso a paso. Lo primero eres tú. ¿Qué haces?

—Bajar del último mirador.

—¿A qué hora has salido del piso?

Alzó la voz de nuevo, porque estaba lejos.

—A las seis menos veinte.

—¡Estás loca!

Ella jadeó y yo solté una carcajada.

—No he estado corriendo todo el tiempo. Casi no he dormido esta noche, como mucho habré cerrado los ojos una hora, pero he conseguido descansar menos de ese tiempo.

Ya estaba cansada de dar vueltas en la cama y después de dos cafés seguidos, he decidido salir a correr para cansarme.

Mañana viajaré con unas ojeras hasta el suelo.

—Seguro que esta noche te irá mejor; si no, el maquillaje es milagroso. Madre mía, ni loca salgo yo a esa hora un día de fiesta.

Bufó.

—¿Día de fiesta? Ni cualquier otro día —reí—. Por eso tú eres tú y yo soy yo.

—Uy qué graciosa para no haber dormido ni descansado.

Volví a reír.

—¿Nos vemos en la cafetería?

—Claro —contestó animándose.

—Tómatelo con calma, voy al piso a darme una ducha rápida.

—Ahora nos vemos.

La cafetería a la que íbamos los fines de semana era siempre la misma, desde hacía años, por lo que no hacía falta aclarar a qué sitio nos referíamos.

Guardé el móvil en la riñonera, mientras pensaba en todos los cambios importantes que se avecinaban.

Iba a echar muchísimo de menos a Emma. En realidad, ella era lo único y lo principal que me atacaba a esta ciudad. Lo principal. Por el trabajo no tenía que preocuparme.

La empresa para la que yo trabajaba era una multinacional y meses atrás, a muchos kilómetros de aquí, había abierto otra sede. Me ofrecieron la oportunidad y no dudé en pedir el traslado, por varios motivos de peso. El primero que encabezaba la lista era mi familia.

Al cabo de unos quince minutos andando a paso ligero, dejé el camino del mirador y entonces comencé a correr por las calles, sin forzarme y sin quitarme la sudadera que me puse para no coger frío.

Tenía ganas de llegar al piso, por lo que no paré hasta que estuve frente al edificio.

Subí en el ascensor hasta la cuarta planta y fui directa hasta mi puerta.

En cuanto cerré a mi espalda, dejando la llave en la cerradura, pasé por al lado de las maletas y las mochilas preparadas y me dirigí directamente a la habitación.

Ya lo tenía todo recogido, solo me faltaban las cosas de última hora, pero estas no las guardaría hasta el día siguiente, cuando estuviera arreglada para irme.

Toda mi ropa iba entre las mochilas de viaje y las maletas.

Era lo único que tenía de propiedad aquí, por lo que no necesitaba llevarme mucho más.

Había vivido de alquiler en este piso y desde el primer momento me lo encontré completamente amueblado y listo para entrar a vivir, incluso con ropa de cama nueva para estrenar. Tampoco le faltaba ni un detalle en electrodomésticos, tanto grandes como pequeños.

Era pequeñito, solo tenía una habitación, pero para mí había sido más que suficiente y perfecto.

En cada viaje que mi familia había hecho para visitarme nos habíamos apañado muy bien.

El sofá se convertía en cama, aparte de que la primera vez que vinieron compré dos colchones hinchables y un inflador, por si acaso.

En cuanto entré en el baño me quité la riñonera y me desnudé, para meterme en la bañera. Me sentó de lujo estar debajo del agua, que esta me cayera por la cabeza y arrastrara la pesadez del cansancio del ejercicio y el sudor.

Me duché rápido, de la misma manera que me sequé el cuerpo y el pelo.

En un lateral de la cama tenía la ropa que había dejado fuera de las maletas, para hoy y para el día siguiente.

La de mañana era muy cómoda porque iba a estar horas al volante de mi coche, la de hoy un pantalón vaquero, una camiseta de manga tres cuartos y la cazadora.

Además de lo básico, la ropa interior y los calcetines.

También tenía fuera las zapatillas deportivas de estilo casual, las que me puse sentada en el borde de la cama, después de vestirme. Las deportivas de correr iban en una de las mochilas que tenía en el salón, pero no las guardaría hasta la mañana siguiente, para dejarlas respirar.

Volví al baño para cepillarme el pelo, el que me dejé suelto, y después de perfumarme y de sacar el móvil de la riñonera, salí para ponerme la cazadora. Me fui de la habitación colgándome el bolso, en el que metí el teléfono.

Hasta la cafetería había menos de diez minutos caminando, por lo que tenía por delante un pequeño paseo tranquilo que no tardé en hacer. En cuanto llegué, al ver que Emma no había llegado todavía, ocupé una mesa de la terraza, para aprovechar el buen día que hacía.

Aún faltaba un mes y medio para el verano, pero la temperatura ya era muy agradable e incluso en las horas más calurosas del día sobraban capas de ropa.

Por el momento estaba estupendamente como iba vestida, la cazadora la dejé en la silla que quedaba a mi derecha. El bolso me lo coloqué sobre las piernas para tenerlo controlado.

—Buenos días, Xaira —me saludó una de las camareras, Verónica.

—Buenos días, guapa.

Nos sonreímos.

Como sabía de sobra que normalmente, por no decir siempre, durante años, Emma llegaba más tarde, lo habitual era que sin pedir nada me trajeran un café con leche para la espera.

Verónica o cualquiera de los que trabajaban en la cafetería.

Después de tanto tiempo nos conocíamos todos, en ciertos sentidos.

Verónica dejó sobre la mesa la taza, haciéndome un guiño.

—Gracias.

—A ti, preciosa.

Se fue tan silenciosa como llegó y comencé a beberme el café con leche, observando a la gente ir de un lado al otro.

Era sábado y me encontraba en una zona peatonal muy transitada, en la que había muchos comercios y tiendas.