¿Quién mató a Madison Harris? 32 12 de julio #2
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32 12 de julio #2

—Hoy estoy aquí para despedir a un amigo excepcional.

Alfie y yo compartimos más que simplemente una amistad; compartimos risas, desafíos y también momentos muy duros.

No hay palabras que puedan describir la magnitud de su influencia en mi vida y la de mis allegados.

Alfie era un hombre de honor, con una valentía que no conocía límites.

Su lealtad era tan fuerte como su sentido de la justicia, y su corazón, tan grande como la vida de todos aquellos que juró proteger —el señor Harris quebró su voz a medida que avanzaba en su discurso, pero hizo que todos los asistentes derramaran unas lágrimas—.

Pero no todo fue un camino de rosas, por mi ingenuidad y la influencia de un ser mezquino y detestable, llegué a creerme que mi gran amigo había sido capaz de hacer algo a mi pequeña, incluso sabiendo cuánto la quería.

Por ello, aparte de la tristeza, también siento un profundo arrepentimiento que espero que, allá donde estés amigo, seas capaz de perdonarme.

Alfie tuvo una vida muy difícil, el señor le puso muchas pruebas a lo largo de su vida y pudo ir superando todas ellas con sus ganas de vivir.

Por eso, Alfie, mi amigo, aunque hoy nos despidamos de tu presencia física, sé que tu espíritu seguirá siempre con nosotros.

Tu legado no solo yace en la placa de tu tumba, sino en cada paso de bondad que diste a lo largo de tu existencia, por esta comunidad y por todos aquellos seres queridos.

Descansa en paz, querido amigo. Siempre recordaré tu valentía, tu risa resonando por los pasillos de la comisaría y la luz que trajiste a nuestras vidas.

Que encuentres la paz en el reino de los cielos.

Con sus últimas palabras resonando en el aire, Robert Harris, visiblemente emocionado, guardó el papelito que llevaba consigo y, con paso calmado, se dirigió hacia el lado de Maggie, buscando urgentemente consuelo en aquel momento tan duro.

—Que la paz de lo eterno envuelva su alma y la luz de su memoria ilumine nuestro camino en los días venideros — dijo el cura, finalizando ya la ceremonia—.

Que en la tristeza encontremos la promesa de la esperanza y la certeza de que, algún día, nos reuniremos de nuevo.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

El sacerdote dio por finalizado el funeral.

La gente fue dispersándose poco a poco, aunque muchos permanecían inertes mirando el ataúd, como si quisieran que nada de lo que había pasado fuese real, deseando ver el coche patrulla de Alfie por las calles como solían acostumbrar.

Tom agarró la silla de ruedas de Lucy y se dirigió junto con la joven hacia el lugar donde estaban Noah, Keira y la abuela de esta.

—¿Cómo estás, Noah? —preguntó la joven policía al ver al chico con la mirada algo perdida.

—La vida es muy injusta, Lucy —respondió Noah con un tono triste—. Si llego a hablar antes posiblemente Spinster seguiría vivo.

—No pienses eso, Noah. Has sido muy valiente y no todo el mundo le hubiera echado tanto valor como tú — respondió Lucy con compresión—. Gracias a ti se acabó Mitchell para siempre.

—Sí… Y menos mal.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Lucy con interés al joven.

— Me voy de este pueblo. Todo me recuerda a esta puta mierda que ha pasado y no voy a poder vivir así siempre — explicó Noah mientras gesticulaba con las manos—. Así que me voy a Europa con Keira, probablemente a España .

—Haces bien, a veces es mejor dejar todo atrás para empezar de nuevo —afirmó Lucy, que dirigió su mirada a Keira y después le lanzó una tímida sonrisa a Noah. Este le devolvió la sonrisa y expresó gratitud con los ojos—. Hay una última cosa que me gustaría hacer contigo, si tú quieres claro.

Noah miró a Lucy con atención y un gesto de confusión.

—Prometí a Alfie que cuando todo acabara iríamos a ver a Madison para despedirla —explicó la joven—. Ahora todo ha acabado, y Alfie ya no está. Voy a ir con Tom y me gustaría que nos acompañaras.

—Será un placer —respondió el joven con voz sosegada sin dudarlo ni un segundo.

Noah invitó a Keira y a la señora Simpson a la visita, pero la joven explicó que tenía que volver a llevar a su abuela a la joyería.

Por ello, se despidieron, de modo que los tres jóvenes se dirigieron hacia la tumba de Madison, que estaba varios metros más lejos que la tumba de Alfie y su familia.

Caminaron con tranquilidad por el cementerio, Noah andaba al lado de los dos policías mientras que Tom llevaba a Lucy en su silla de ruedas por los caminos empedrados del lugar.

Cuando se arrimaban a la tumba, pudieron observar la figura de un joven alto y musculado, junto con una señora bajita y rechoncha.

—¿Ethan? —exclamó Lucy con tono de sorpresa por ver al joven allí—. ¿Qué haces aquí?

—Hola, agentes. Hola, Noah —saludó Ethan mirando a la pareja de policías y a Noah—. Acabo de recibir el alta. Pregunté y me dijeron que la tumba estaba aquí, así que aquí estoy. Ya me he enterado de lo del sheriff… Es una gran pérdida, aunque no tuviera el honor de conocerlo .

—¿Cómo vas de lo tuyo? —preguntó la joven interesándose por él.

—Bueno… Hay muchas cosas que aún no recuerdo. El golpe en la cabeza fue muy fuerte y tengo aquella noche muy nublada. Mitchell vino a verme al hospital y no pude ayudarlo, pero visto lo visto me alegro. Tengo bastante claro que fue él el que me dio el golpe en la cabeza.

—Respecto a eso… —dijo Noah metiéndose de lleno en la conversación y captando la mirada de Ethan por primera vez—.

Me gustaría pedirte perdón. Me volví loco y no razoné.

Fui un estúpido y no debí actuar así. Después de la fiesta, cuando supe que había sido Mitchell el que mató a Madison, estuve yendo cada día al hospital deseando que despertaras para pedirte disculpas.

—¡Es cierto! ¡Eres ese chico majo que venías cada tarde y me hacía compañía! —exclamó Gertrude, la madre de Ethan, al reconocer a Noah.

—No te preocupes, Noah. Es agua pasada —respondió Ethan dedicando una sonrisa tranquilizadora al joven—. Me enamoré de ella, era una chica increíble. Pero ella nunca quiso nada conmigo, a pesar de que estabais mal nunca hicimos nada, solo éramos amigos.

Ethan, a pesar de la amnesia, tenía muy presente los momentos que había pasado con Madison, pero decidió que no era el momento ni el lugar para revelar nada, pues el sufrimiento había acabado ya y lo mejor era que todo volviera a su ser.

—Te agradezco mucho estas palabras, Ethan… — respondió Noah con tono triste—. Si llegamos a actuar todos de diferente forma quizás ella seguiría con nosotros.

—No hay que fustigarse, Noah. Yo siento su pérdida tanto como tú, y no sabes lo que sentí cuando me desperté y me enteré… Pero hay que ser fuertes, apoyarse en los seres queridos y avanzar en la vida.

Con los ojos encharcados, Noah asintió y volvió a agradecer al joven con un sutil movimiento de cabeza.

—También me enteré de lo de Ruby, y ahí sí que me pesa la conciencia. Si me hubiera centrado en ella y no hubiera hecho el gilipollas las cosas serían muy diferentes ahora — explicó Ethan completamente compungido.

—De nada sirve lamentarse, Ethan —respondió Lucy, que estaba sensible mientras vivía aquel momento—. Las cosas son así y todos tendremos que vivir con esto para siempre, pero lo importante es seguir adelante. Somos fuertes, así que podremos.

En el cálido atardecer que marcaba el final del día, Lucy y Tom se despidieron de todos los que se encontraban frente a la tumba de Madison.

La pareja se dirigió al coche para poner rumbo a la comisaría.

El motor del coche rugía suavemente mientras Tom conducía de regreso al lugar.

Una vez allí, Tom ayudó de nuevo a Lucy a bajar del coche, para después dirigirse juntos hacia la puerta.

Antes de entrar Lucy se detuvo y miró a Tom con gratitud en sus ojos.

—Tom —dijo Lucy con voz suave, pero firme—. Creo que quiero subir al despacho de Alfie un rato. Necesito estar sola un momento por allí. ¿Podrías llevarme?

Tom asintió con comprensión. El chico metió a Lucy en el ascensor, y juntos llegaron al despacho del que había sido el sheriff durante tantos años.

La puerta se abrió con un ligero crujido, revelando un espacio lleno de recuerdos y la presencia aún palpable de Alfie.

Con un gesto de apoyo, Tom acarició el hombro de Lucy y la dejó a solas en el despacho, cerrando la puerta tras de sí.

La joven se quedó inmóvil en medio del despacho, con sus ojos explorando cada rincón con una mezcla de nostalgia y dolor.

Se acercó con su silla de ruedas al escritorio, donde la fotografía de Alfie con su esposa e hija alegraba la vista en la mesa.

Las estanterías contaban la historia de un hombre que desempeñó un papel crucial en la vida de muchos, incluida ella misma.

Una foto de Alfie y Lucy, capturada una tarde de servicio, se encontraba en un lugar especial en la colección de recuerdos.

La vista de esos momentos felices agrietó la fortaleza de Lucy y las lágrimas comenzaron a brotar en la soledad del despacho.

Cada rincón del lugar resonaba con la ausencia de Alfie, y el eco de su voz parecía flotar en el aire.

Mientras lloraba en silencio, Lucy notó un cajón entreabierto con una hoja doblada sobresaliendo.

La curiosidad se mezcló con la tristeza y, con cuidado, la sacó del mueble.

Desplegándola, se encontró con unas palabras escritas por la mano de Alfie.

«Querida Lucy: