30 27 de noviembre de 1997
El cementerio de Cielo Alto, rodeado de árboles sin hojas que balanceaban sus ramas al ritmo del viento frío y lluvioso, se convertía en un centro de tristeza y nostalgia en medio de aquel lugar otoñal.
En el centro de aquel escenario melancólico se encontraba Alfie, impecablemente vestido con un traje oscuro que se mimetizaba perfectamente con la oscuridad de aquel día de otoño.
Su rostro, normalmente firme y tranquilo, reflejaba una profunda tristeza en aquel momento, evidenciada por las lágrimas que recorrían lentamente sus mejillas.
A su lado, tanto Robert Harris como Maggie compartían aquel pesar, mostrando semblantes sombríos y miradas cargadas de lágrimas.
Maggie sostenía un carrito donde una niña risueña de apenas cinco años jugaba con un pequeño juguete entre sus manos.
La niña, con su cabello rubio y sus ojos curiosos, parecía distanciada de la tristeza que flotaba en el ambiente, concentrada en su propio mundo infantil y ajena al dolor adulto que acontecía en el lugar.
El susurro de la lluvia al chocar contra los paraguas y las lápidas rompía el silencio que llenaba aquel espacio, mientras el viento otoñal mecía las pocas hojas que quedaban en las ramas de los árboles.
En medio del silencio, el sonido de unos pasos lentos resonó en el sendero empedrado del cementerio.
Todos los presentes dirigieron sus miradas hacia la figura delgada, vestida con una túnica negra que avanzaba con solemnidad entre las tumbas.
Todos los presentes, entre los que estaban Alfie, Robert, Maggie y la pequeña Madison, giraron sus cabezas hacia él, viendo cómo lentamente se colocaba al lado de las dos tumbas abiertas, acompañadas de un ataúd normal y otro más pequeño.
—Buenas tardes a todos —comenzó el cura en medio del silencio del cementerio—.
En este día, nos reunimos para despedir a Emily Spinster y a la pequeña y dulce Violet Spinster.
En estos momentos de profundo pesar, lamentamos la partida de dos seres queridos, cuyas vidas se han desvanecido prematuramente, dejando un vacío doloroso en nuestros corazones.
Nada más comenzar a hablar el cura, Alfie, con el corazón roto por la pérdida de su mujer y de su hija, no pudo contener su dolor.
Las lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas, mientras su cuerpo temblaba por la tristeza que sentía.
Robert, al ver el sufrimiento de su amigo, se acercó y lo abrazó con fuerza.
—Hoy nos encontramos reunidos para honrar y recordar a estas dos preciosas vidas, cuyo paso por el mundo fue corto, pero honroso —continuó el cura mirando a todos los asistentes sin parpadear—.
Emily, una mujer joven con un espíritu vibrante y una sonrisa que iluminaba a todo el mundo.
Era un faro, una brújula para todos sus allegados, siempre dispuesta a brindar apoyo y ayuda a los demás.
Su partida deja un hueco difícil de llenar.
El sacerdote se tomó unos instantes, inhalando una profunda bocanada de aire antes de proseguir.
—Y Violet… una niña pequeña, inocente y llena de vida, que apenas comenzaba a descubrir el mundo que la rodeaba.
Su dulzura, sus risas inocentes y su capacidad para alegrar cualquier ambiente serán recordadas con amor y ternura.
A pesar de su corto tiempo entre nosotros, Violet llenó un hueco imposible de reemplazar en nuestros corazones, y su legado permanecerá grabado para siempre en nuestras memorias.
Alfie continuó derramando lágrimas sin control.
De pronto, la atmósfera de tristeza afectó a Madison, quien comenzó a llorar también.
Maggie intentó calmarla, pero sus esfuerzos no tuvieron éxito, así que decidió llevarse a la niña a un lugar más apartado para tranquilizarla.
Tomó el carrito y salió del lugar por la parte trasera del cementerio, dejando a los presentes atendiendo al funeral.
Mientras tanto, un hombre elegantemente vestido con una impecable gabardina entró por la misma puerta y se aproximó hacia el grupo reunido en el lugar.
—El destino a veces nos presenta desafíos incomprensibles y nos somete a pruebas difíciles de aceptar. Descansen en paz, Emily y Violet Spinster. Vuestra luz seguirá brillando en los corazones de aquellos que os amaron y apreciaron.
El cura concluyó su discurso y, tras la última oración, cerró el libro religioso con cuidado.
Luego, siguió el mismo camino de piedras por el que había llegado.
Alfie, inmóvil y con la mirada perdida en el horizonte, se mantuvo en el mismo sitio, sumido en su profunda tristeza.
Poco a poco, la gente comenzó a retirarse del lugar, dejando el cementerio en un silencio sepulcral.
Robert permaneció al lado de su amigo, sin encontrar palabras que pudieran aliviar el dolor.
—Soy una mierda, Robert —sollozó Alfie—. Está en mi cabeza aquella noche todo el rato. Si no llego a tomar las cervezas…
—Alfie, sé que es difícil, pero el otro conductor cuadruplicó la tasa permitida de alcohol —respondió Robert entre dientes para que ninguno de los que aún quedaban por la zona se percatara—.
Esto es una tragedia, pero quería recordarte que esto hubiera pasado de igual manera, aunque en vez de cerveza hubieras bebido agua.
Alfie negó con la cabeza y se cubrió los ojos con las manos, luchando por contener el torrente de emociones que lo abrumaba.
En ese preciso instante, Maggie regresó con la pequeña Madison, cuya expresión parecía más sosegada después de haber dado un pequeño paseo con su madre.
Maggie se acercó a Robert y susurró algo para evitar que Alfie escuchara.
En ese momento, en la distancia, Spinster divisó al hombre que había entrado por la puerta del cementerio.
Sin titubear, se dispuso a avanzar hacia él, pero Robert lo detuvo suavemente mientras sujetaba su brazo con firmeza.
—No es el momento, Alf —susurró Robert, intentando detener a su amigo .
—Solo quiero hablar, no tardaré.
Alfie se liberó de la mano de Robert y se encaminó decidido hacia el hombre que aguardaba cerca de la salida del cementerio.
—¿Qué estás haciendo aquí, Mitchell? —preguntó Alfie con la voz entrecortada, intentando disimular las lágrimas.
—Jamás imaginé que después de diez años sin verte nos encontraríamos de nuevo en un cementerio —contestó Matthew con solemnidad—. Pero supongo que no me sorprende; nunca has sido capaz de cuidar de ti mismo, así que mucho menos de los demás.
Alfie inhaló profundamente y, tras unos instantes de reflexión, determinó que no valía la pena entrar en batalla con aquel tipo.
—¿Podemos dejar a un lado nuestras diferencias? — preguntó Alfie, sosteniendo la mirada a Mitchell—. Al fin y al cabo, tú también la apreciabas.
—¿Qué yo qué? —respondió Matthew elevando el tono de voz—. No digas tonterías, Spinster. ¿Cómo podría apreciar a alguien que me engañó y me rompió el corazón en mil pedazos?
—Entonces, ¿qué demonios estás haciendo aquí?
Mitchell se alejó un poco de la pared en la que estaba recostado y se acercó a Alfie.
—Vi la noticia en el periódico. Un accidente de coche, dos víctimas mortales —explicó Mitchell con seriedad—. No sabes cuánto hubiera deseado que fueras tú quien muriera en vez de ella y esa pobre niña inocente.
Alfie dio un paso hacia delante mientras apretaba los puños, pero rápidamente entendió que no era el momento ni el lugar para iniciar una pelea. Además, sabía que era lo que Mitchell estaba buscando, y no quería darle el placer.
—¿Cómo puedes ser así? —preguntó Alfie con lágrimas brotando de nuevo en sus ojos—. ¿No te afecta nada ni siquiera en lo más hondo de tu ser?
—Estoy aquí porque, en el fondo, la quería. Sé que fueron dos semanas de mierda. Pero nunca nadie me había hecho sentir así. Con ella fui alguien, Spinster, y tú me la arrebataste.
—Te sentías tan bien que le pegaste la última vez que estuviste con ella… —dijo Alfie dejando salir el resquemor que tenía dentro—. Quieres hacer ver que tienes algo de dignidad, pero eres un maltratador, un acosador y una basura de persona, ¡eso es lo que eres!
Justo antes de que algo más pudiera suceder, Robert intervino desde la distancia, apresurándose hacia donde estaban los dos hombres para calmar la situación.
—Creo que ya has hecho suficiente, Matthew —dijo Robert, invitando al hombre a abandonar el lugar—. Me parece despreciable venir un día como este a montar este espectáculo.
—¿Y qué? ¿Vas a mandarme de nuevo a Los Ángeles? —preguntó Mitchell con tono amenazante—. ¿O vas a apuntarme con un arma otra vez?
—Matthew, por favor, lárgate —pidió Maggie, mientras sostenía a Madison con una mano.
El hombre echó un vistazo a la niña y luego volvió a mirar a Maggie.
—Qué guapa es —dijo con una sonrisa—. Pero ya crecerá, y verás lo que sucede cuando se mezcla con mezquinos como este —añadió señalando a Spinster.
No hubo respuesta, así que Mitchell se ajustó la gabardina y se dio la vuelta. Comenzó a caminar hacia la puerta, pero se detuvo en seco y se giró para mirar a Alfie una última vez.
—No olvides que me arrebataste mi vida, Spinster. Esto no termina aquí. De hecho, tengo una botella de champán en la nevera reservada para el día en el que vea tu esquela en el periódico.
De nuevo, nadie pronunció una palabra, solo intercambiaron miradas de profundo desprecio hacia el hombre. Este, con una sonrisa de arrogancia, se dio la vuelta y salió del cementerio. Alfie se sumió en un llanto desconsolado mientras Robert y Maggie trataban de reconfortarlo.